Trajeron gata y la dejaron. Tres años, asombro: ¿qué le pasó?

Lola no había tocado la comida en tres días. Lidia movió el cuenco más cerca del radiador, aunque sabía que no era por la temperatura del pienso.

La gata yacía en el alféizar de la sala de espera, con las patas recogidas. No dormía. Miraba por la ventana como si al otro lado del cristal empañado hubiera alguien esperando. Lidia pasó un dedo por su lomo, y Lola agitó una oreja, pero no se giró. El pelo estaba caliente y espeso, y bajo los dedos se notaban las costillas que antes no estaban.

En la clínica olía a antiséptico y a pienso seco. Ese olor se había incrustado en las paredes, en la bata, en la piel de las manos, en el pelo. Lidia había dejado de notarlo hacía tiempo, pero cada mañana, al abrir la puerta y encender la luz, los primeros segundos le golpeaba la nariz, como un recordatorio: aquí trabajas, no vives.

Y ella vivía. Tres años atrás se había quedado con Lola porque nadie vino a recogerla. La dueña la dejó después de la revisión, dijo «vuelvo en una hora» y no regresó. Ni a la hora, ni a la semana, ni al mes. Lidia esperó dos semanas, luego dejó de esperar y trajo de casa una manta vieja.

En la estantería del cuarto de atrás todavía estaba el collar. Viejo, de cuero marrón, con una chapita metálica donde apenas se leía un número de teléfono. Los dígitos estaban casi borrados, como si alguien los hubiera frotado con el dedo una y otra vez. Lidia nunca intentó descifrar ese número. No quiso. Quien abandona a un ser vivo no merece una llamada.

Le quitó el collar a Lola la primera noche, cuando la gata se quedó a dormir en la clínica, y lo guardó en el estante superior, detrás de una caja de vendas. Tres años estuvo allí, y el polvo a su alrededor formaba un anillo gris y uniforme.

Lidia se ajustó las gafas de cadena, tiró el resto de agua del cuenco que tenía una grieta en el fondo y puso agua fresca. El cuenco era viejo, de la clínica, con el logo desteñido del fabricante de pienso. Provisional.

Tres años llevaba Lidia pensando en comprar uno decente, de cerámica, con bordes bajos, como recomiendan para gatos de cara chata. Pero cada vez se paraba frente al escaparate de la tienda de animales y pasaba de largo. Porque un cuenco normal habría significado que Lola era suya. Y Lola era ajena. O mejor dicho, ya no era de nadie.

* * *

El teléfono sonó a las nueve y media, cuando Lidia estaba preparando té en el cuarto de atrás. Javier, su ayudante, cogió el auricular primero, refunfuñó algo entre dientes y se lo pasó. Dijo que llamaba una mujer.

Lidia tomó el teléfono. La voz al otro lado era baja, sin presión. La mujer se presentó como Carmen, dijo que tres años atrás había dejado una gata en aquella clínica. Tricolor. Lola.

El té se enfriaba en la taza. Lidia miraba el vapor subir y disolverse, y escuchaba. Carmen hablaba despacio, buscando las palabras. Dijo que le gustaría saber dónde estaba Lola y, si era posible, llevársela.

Lidia no respondió de inmediato. Los dedos apretaron el auricular. Luego preguntó con voz plana, como se pregunta un diagnóstico a un colega:

– ¿Y usted dónde estaba esos tres años? La gata ha estado en la clínica en precario todo este tiempo.

Carmen calló. No se justificó, no explicó. Solo repitió que podía venir, si Lidia se lo permitía.

Lidia dijo que la llamaría y colgó el teléfono sobre la mesa. La pantalla aún brillaba, y de ella salía una franja azul sobre el hule.

Javier estaba en el marco de la puerta, secándose las manos con un delantal que olía a pienso y a algo agrio, a un guiso de lentejas del tupper que había calentado para comer.

– ¿Es ella? ¿La que abandonó?

Lidia asintió.

Javier se rascó la barbilla. Calló un momento, luego dijo que recordaba a aquella mujer. Tenía los ojos rojos cuando trajo a la gata. Él se lo había comentado a Lidia entonces. ¿Lo recordaba?

Lidia no lo recordaba. O no quería.

Javier se encogió de hombros y refunfuñó que así era la gente: primero abandonan, y al cabo de un año se acuerdan. Y añadió:

– No la dejes entrar. Luego se fue a limpiar las jaulas, y desde el pasillo llegó el tintineo de los barrotes metálicos y el chapoteo del agua.

Lidia terminó el té, aunque ya estaba frío. El regusto de la infusión se le quedó en la lengua, espeso y amargo, como el poso de una conversación inconclusa. Lola seguía en la sala de espera, mirando por la ventana. El pienso seco del cuenco seguía intacto.

Por la tarde, Lidia llamó. Marcó el número, y descolgaron al primer tono, como si hubieran estado esperando junto al teléfono todas aquellas horas.

Lidia dijo con brevedad: Lola llevaba tres años viviendo con ellos. Estaba sana, vacunada, tenía su rincón, su manta, sus costumbres. Y que no le parecía correcto entregar una gata a quien la había dejado en la clínica sin una palabra.

El silencio duró cuatro segundos. Luego Carmen dijo:

– Yo no la abandoné.

Dos palabras, y no tenían ni rencor ni enfado. Solo un hecho.

Lidia quiso responder, pero la garganta se le cerró, y tuvo que carraspear. Repitió: usted no vino a buscarla, eso es abandonar. Carmen no discutió. Dijo «lo entiendo» y colgó. Los tonos salieron seguidos, largos, y Lidia los escuchó casi un minuto antes de guardar el teléfono en el bolsillo.

Carmen llegó dos días después. No llamó, no avisó. Solo estaba allí, de pie ante la puerta de la clínica.

Lidia la vio a través del cristal esmerilado: una silueta delgada con un abrigo demasiado grande, las mangas le cubrían los dedos, y los hombros levantados, como si tuviera frío, aunque fuera hiciera dieciocho grados.

Estaba quieta, sin moverse, sin llamar. Esperaba. Como se espera en las salas de espera donde los números se van cantando y no se puede acelerar nada.

Fuera lloviznaba. Una lluvia fina, templada, de mayo. El olor a asfalto mojado y a hojas de chopo entraba por la rendija de la puerta, y el aire del pasillo se volvió húmedo.

En el fuego del cuarto de atrás silbó el hervidor, y Lidia se apartó de la ventana para retirarlo del fogón. Las manos se movían con costumbre: hervidor, taza, bolsita de té. Y en la cabeza, una idea: no abrir. No hacerlo.

Lola saltó del alféizar. Por primera vez en tres días se movía sola, sin que la empujaran, sin que Lidia tuviera que bajarla en brazos. Se acercó a la puerta y se sentó, enroscando la cola alrededor de las patas delanteras. Miraba el cristal. La cola no se movía.

Lidia se pegó con la espalda a la pared. El hervidor humeaba en su mano. Esperó a que la silueta se fuera. Y la silueta se fue. Giró despacio y se marchó, encorvada, como alguien que no tiene fuerzas para enderezar la espalda.

Lola se quedó sentada junto a la puerta hasta el anochecer. No comió, no bebió, no se acicaló. Cuando Lidia la llevó en brazos al cuarto de atrás, la gata volvió la cabeza por encima del hombro y miró el cristal esmerilado. En el cristal no había nada. Solo lluvia y la luz de la farola.

Javier lo notó y calló. Refunfuñó desde un rincón que la cerradura de la entrada estaba atascada y que ya tocaba cambiarla. Lidia asintió. No cambió la cerradura.

El sobre estaba bajo la puerta por la mañana, cuando Lidia llegó a abrir la clínica. Blanco, sin sello, sin remite. Solo un nombre escrito a mano: «Para Lidia». Letras pequeñas, inclinadas a la izquierda.

Lo levantó con dos dedos, como si el sobre pudiera quemar. El papel olía a perfume ajeno, algo floral y tenue, como el último aliento de una lavanda seca en una bolsita de tela. El sobre era ligero, pero las manos sintieron su peso, como se siente el peso de las malas noticias antes de leerlas.

Dentro había tres hojas y una fotografía.

La primera hoja. Un informe del centro oncológico, fechado tres años atrás. Diagnóstico, estadio, protocolo de tratamiento. Lidia leía documentos médicos cada día, sabía lo que significaban aquellos códigos y abreviaturas. Al ver las líneas escritas con la fuente estándar del hospital, los dedos empezaron a temblar ligeramente, y dejó la hoja sobre las rodillas para no dejarla caer.

La segunda hoja. Un certificado de finalización del tratamiento. Fecha, firma del médico, sello redondo con el escudo. Remisión. Dos años de remisión estable.

La tercera hoja. Una nota escrita a mano. La misma letra que en el sobre, pequeña, las letras apretadas unas contra otras, como si hubiera poco espacio en el papel y mucho que decir. Solo unas líneas.

«Dejé a Lola porque no sabía si volvería. Quimioterapia, luego radioterapia, luego cirugía. No estaba en casa durante meses enteros. No podía llevármela conmigo y no podía dejarla sola en un piso vacío. La clínica era el único sitio donde sabía que la cuidarían. Llamé cada mes el primer año. Me decían que la gata se la había llevado una veterinaria. No me atreví a venir hasta estar sana. Le prometí que volvería».

La fotografía era pequeña, de seis por nueve, con una esquina doblada. En ella, una mujer con el pelo corto después de la quimioterapia sostenía una gata tricolor en brazos. El pelo apenas empezaba a crecer, un vello oscuro, como el de un recién nacido. La gata frotaba el hocico contra su barbilla, y la mujer la apretaba con las dos manos, contra el pecho, como se aprieta lo que se teme perder y que ya casi se ha perdido.

Lidia se sentó en el suelo, en medio del pasillo. Releyó la nota. Luego otra vez.

Lola se acercó sin hacer ruido y se tumbó a su lado. El pelo estaba caliente y suave, como siempre. Tres años llevaba Lidia acariciándola y creyendo que Lola era suya. Y Lola, los tres años, se había pasado en el alféizar mirando por la ventana.

Lidia llamó al mediodía. La voz no tembló, pero la garganta estaba seca y las palabras salían cortas, como los números de una receta.

– Carmen. Venga. Recójase a Lola.

Silencio. Luego una pregunta:

– ¿Está segura?

Y Lidia respondió «sí», y ese «sí» fue la palabra más corta y más pesada que había dicho en tres años.

Carmen llegó cuarenta minutos después. Entró en silencio, se detuvo en el umbral. El abrigo era el mismo, demasiado grande, con las mangas largas. Pero los ojos eran otros. No suplicaban, no tenían culpa. Agradecían, sin una palabra, con una sola mirada.

Lola estaba en el alféizar. Cuando Carmen dio un paso hacia la sala de espera, la gata volvió la cabeza. Se detuvo un segundo, como si comprobara algo. Luego saltó y se acercó a ella. No corriendo, no de un brinco. Simplemente anduvo, como se va hacia quien se ha esperado mucho tiempo y por fin se ha encontrado.

Lidia cogió el collar del estante. Cuero marrón, agrietado y blando en un punto, la chapita con un arañazo de uña. Se lo tendió a Carmen y dijo solo:

– Es suyo.

Carmen tomó el collar y se lo puso a Lola. Tenía los dedos finos, y el cierre no cedió a la primera, tuvo que apretar. El clic fue suave y preciso, como un punto al final de una oración larga.

Lola levantó el hocico y empujó a Carmen en la muñeca. Carmen la cubrió con la palma y se quedó un segundo así, sin moverse. Luego alzó a la gata en brazos, y Lola hundió el hocico en su cuello, en el hueco entre las clavículas, y cerró los ojos.

Lidia retiró el cuenco agrietado de la mesa. Lo lavó, lo secó con un paño, lo guardó en el armario. Javier estaba en la puerta del cuarto de atrás, pero no refunfuñó ni comentó nada.

– Cómprele un cuenco decente – dijo Lidia sin volverse–. Este era provisional. Tres años provisional.

Carmen asintió. Apretó a Lola con las dos manos contra el pecho y salió.

La puerta se cerró. En el pasillo olía a lluvia y a perfume floral ajeno. Lidia se quedó junto a la ventana y miró cómo Carmen caminaba hacia el coche, abrazando a la gata contra sí.

En el estante quedó un espacio vacío donde había estado el collar. Lidia pasó el dedo por el contorno de polvo y lo borró. Luego se puso las gafas, encendió la luz de la sala de espera y abrió la puerta para el primer paciente.

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