La gata empezó a despertar a su dueño a las tres en punto de la madrugada, y al cuarto día él por fin comprendió qué estaba pasando…

Cuatro noches seguidas, la gata despierta a Javier Molina exactamente a las tres. Él cierra la puerta con pestillo, se enfada, busca en internet gotas tranquilizantes para animales. Y lo único que tenía que hacer era levantarse y seguirla hasta la cocina.

La primera noche, Javi casi le tira una almohada a la gata.

Son las tres. La hora más pesada, la más odiada de la noche, cuando uno todavía no ha dormido lo bastante y ya lo han sacado del sueño. Y por dentro, de golpe, todo se vuelve seco, rabioso y espinoso.

Se despierta porque alguien toca su mejilla con suavidad, pero con insistencia. No con las uñas, sino con la pata. Como si no fuera una gata quien le despierta, sino alguien que repite con paciencia: levántate. Por favor, levántate.

Javi abre los ojos y ve a Chus.

Está ahí, junto a la almohada —tricolor, con la oreja izquierda rota— y lo mira como solo saben mirar los animales: directo, sin vergüenza, sin explicaciones. Al segundo, la pata vuelve a posarse en su cara.

—¿Estás loca? —masculla ronco.

Chus maúlla bajito.

Ni fuerte, ni lastimero, pero como si de ese sonido corto dependiera algo de verdad.

Javi se sienta en la cama, enfadado, pesado, con ese odio nocturno instantáneo hacia todo lo que respira y molesta. La habitación está a oscuras. Solo la farola del patio corta el techo con una franja amarilla turbia. Fuera, noviembre es una cosa húmeda, pelada, desvelada. Los radiadores se encienden y se apagan. El suelo está helado.

Va a la cocina, echa pienso en el cuenco y suelta:

—Toma, come. Y déjame vivir de noche, por lo menos.

Chus se acerca al cuenco, huele el pienso, pero no come.

En cambio se frota contra su pierna, da media vuelta y se adentra en la cocina. Se detiene. Vuelve la cabeza.

Javi ya no lo ve.

Regresa a la cama, se envuelve en la manta y casi de inmediato se hunde en el sueño, convencido de que la gata simplemente se comporta raro. Los animales tienen días así: hoy no les gusta la comida, mañana no tienen humor, o la luna estará mirando hacia otro lado.

Por la mañana, Chus parece la de siempre.

Está sentada en el sillón, con las patas recogidas. Luego salta al alféizar. Luego se tumba junto al radiador. Silenciosa, tranquila, demasiado tranquila para la que por la noche lo ha estado despertando con tanta insistencia.

En realidad, Chus no es de esas gatas que agobian a sus dueños.

En los dos años que lleva con Javi, nunca ha tirado el árbol de Navidad, ni ha maullado por las noches, ni ha robado comida de la mesa, ni se ha colgado de las cortinas. Come con cuidado. Usa la bandeja sin fallar. Duerme en su sillón. Si necesita algo, lo pide con mesura, como si entendiera que el hombre ya tiene bastante con sus cosas.

Javi la encontró en otoño, casi por casualidad.

Salió una tarde a bajar la basura y la vio junto al portal: una gata tricolor con la oreja rota, sentada en el cemento mojado. No correteaba, no se restregaba, no pedía. Solo miraba más allá de la gente, con una expresión que parecía decir: pedir no sirve de nada.

Javi se quedó con la bolsa de basura en la mano, mirándola, y sintió algo desagradablemente conocido. Aquella gata tenía la misma pinta que él llevaba meses teniendo después del divorcio: ya no esperas nada, y aun así no te vas.

Dejó la bolsa en el piso y subió con la gata.

El nombre no llegó enseguida. Primero fue “la gata”. Luego “oye”. Luego “¿qué haces?”. Un día le echó de comer y sin pensar dijo:

—Chus, ven.

Ella vino. Y se quedó.

Después del divorcio, el silencio se convirtió para Javi en casi la única cosa importante.

Al principio, la casa vacía daba miedo. Luego empezó a curar. Nadie discutía. Nadie pedía explicaciones. Nadie daba portazos ni decía con voz irritada:

—Otra vez no me escuchas.

No había que justificarse, ni explicar, ni prometer cambios. Bastaba con volver a casa, quitarse la chaqueta, poner el fuego y callarse.

Chus encajó perfectamente en esa vida.

Por eso, cuando la segunda noche la gata vuelve a despertarle, Javi ya no se extraña. Se enfada.

Esta vez lo ha comprobado todo antes: el pienso está en el cuenco, el agua está, la bandeja está limpia. La ventana está casi cerrada. Chus ha comido, se ha lavado y se ha acomodado en el sillón. Nada anunciaba la función nocturna.

Pero al rato Javi se despierta por un rasguño.

Tarda en saber qué es. Se queda tumbado, mirando a la oscuridad, escuchando. Luego lo entiende: la puerta del dormitorio.

Chus rasguña desde fuera.

Las uñas arañan la madera vieja con un ritmo metódico, insistente. Como si no quisiera entrar, sino hacerse oír. Al poco se suma un maullido.

Ni fuerte ni lastimero.

Raro, como si la gata quisiera decir algo y no supiera cómo.

Javi suelta un taco, se levanta, abre, la deja pasar al pasillo, vuelve a la cama, pero casi enseguida comprende que no se dormirá. Así que cierra con el pestillo.

El pestillo es viejo, de cuando en esa casa vivían sus padres. Pequeño, de hierro, con dos tornillos y algo flojo, pero firme. Javi casi nunca lo usa, solo cuando quiere aislarse del mundo.

Se vuelve a tumbar.

La luz de la farola dibuja una raya amarilla en el techo. En las tuberías silba el aire. En la cocina, la nevera tose con su carraspera vieja. Los sonidos normales de una casa vieja.

Y de pronto, otra vez el rasguño.

Ahora detrás de la puerta.

Chus araña la madera con la misma obstinación, luego maúlla, se calla, vuelve a maullar. Así casi hasta las cuatro.

Javi está tumbado con la almohada en la oreja y cada minuto se enfada más. Le parece que la gata se está burlando. Que todo su frágil descanso nocturno se viene abajo por un capricho animal que él no entiende y no tiene por qué entender.

El día empieza mal.

El despertador suena a las siete y a Javi le parece que no ha dormido nada. En el trabajo bebe café tras café, bosteza, se frota las sienes, y a mediodía entra en internet a buscar una respuesta.

«Mi gato me despierta por las noches, qué hago».

Internet le ofrece consejos: ignorarla, comprar un comedero automático, darle gotas tranquilizantes, jugar con ella antes de dormir, evitar el estrés, llevarla al veterinario. Un foro incluso asegura que los gatos avisan así del “mundo sutil”.

Javi resopla y encarga las gotas.

La tercera noche, Chus vuelve a presentarse a las tres en punto.

Como si tuviera reloj.

Primero, una pata suave en la mejilla.

Luego, si él finge que duerme, un maullido corto junto a la cama.

Luego, cuando él no se levanta, rasguños tras la puerta.

Pero ahora su voz tiene algo que inquieta más que las uñas. Dos sonidos cortos. Pausa. Otros dos. Como si contara segundos. O como si lanzara una señal.

Javi se queda quieto.

En la cocina, el reloj hace tic-tac. Fuera, la farola se balancea. El linóleo del pasillo cruje bajo las patas de la gata.

Y en algún lugar del fondo de la casa —o a él le parece— se oye algo más. Muy débil, casi imperceptible.

Se levanta de golpe, abre la puerta de un tirón y casi grita:

—¡Basta!

Chus aplana las orejas.

Pero no retrocede.

Lo mira desde abajo con una mirada larga y tranquila. Esa mirada hace más efecto que cualquier maullido lastimero. No hay capricho animal. Hay una resistencia casi humana, como si llevara tiempo repitiendo lo mismo y todavía no pensara rendirse.

Luego da media vuelta y se va hacia la cocina.

Javi se queda en la puerta.

Por primera vez siente algo parecido al miedo.

Pero aun así no la sigue.

Vuelve a la cama. No duerme en toda la noche.

Al día siguiente, en el portal, se encuentra con Pili, la del tercero.

Ella sigue como siempre: en albornoz de felpa sobre unos pantalones de chándal, con un cigarro en la mano y esa cara de quien ya casi nada le sorprende.

—Pili —la llama Javi—. ¿A ti el gato te despertaba por las noches?

Ella lo mira por encima de las gafas, da una calada y suelta el humo de lado.

—Me despertaba. ¿Por qué?

—Es que la mía lleva tres noches sin dejarme dormir. Que si pata en la cara, que si arañazos, que si maullidos. Lo he mirado todo: pienso, agua, bandeja.

Pili entorna los ojos.

—Si una gata hace tres noches lo mismo, por algo será.

—¿Qué va a ser?

—¿Y tú has comprobado?

—Pero si te digo que lo he mirado todo…

—No te digo que mires el cuenco —la corta Pili—. Te digo si la has seguido.

Javi se calla.

Pili tira la ceniza y sonríe con sorna:

—No son tontas, Javi. Los tontos somos nosotros. Si te llama, no te quedes pensando; ve.

El cuarto día, Javi se prepara.

Pone el despertador a las dos y cuarenta y cinco, pero se despierta antes. Se queda tumbado en la oscuridad escuchando la casa. El reloj de la cocina. La nevera. Una pequeña crepitación del radiador.

Y otro sonido.

Muy flojo.

Tan flojo que se podría confundir con el chirrido de una tubería, con el viento, con cualquier cosa, si uno no quiere escuchar.

A las tres en punto, Chus salta a la cama.

Se acerca a la almohada.

Toca su mejilla con la pata.

Javi se sienta de inmediato.

—Vale —dice bajito—. Vamos.

Chus salta al suelo y avanza con paso firme, sin volverse. Como si supiera que por fin la va a seguir.

Lo lleva por el pasillo hasta la cocina, pasa de largo la mesa, la banqueta, y se planta junto al radiador de debajo de la ventana.

En ese rincón la penumbra es más espesa. La lucecita verde del microondas apenas llega, y por eso las tuberías parecen más gruesas que de día, y la rendija entre la pared y el hierro fundido, más honda y más oscura. De la ventana entra frío: la hoja sigue otra vez un poco abierta.

Javi se echa la culpa en silencio. Lleva una semana fumando en la ventana y siempre deja la rendija “un momento”, y luego se olvida de cerrarla. Por la noche, el aire helado corre por el suelo y la cortina fina se mueve sin que nadie la toque.

Chus se sienta en el suelo y se queda mirando fijamente al radiador.

Javi se agacha.

Al principio no entiende qué se supone que debe ver. Polvo bajo el alféizar. Fijaciones oxidadas. Una tubería vieja. Un trozo de rodapié suelto.

Nada especial.

Pero entonces, del radiador llega un sonido.

Un chirrido fino, casi de cosa muerta. Tan débil que de día, seguramente, sería imposible de oír: en la calle pasan coches, en el portal dan portazos, en el piso de al lado ponen la tele, en la cocina silba el hervidor.

Pero de noche la casa entera se hunde en el silencio, y hasta un sonido así empieza a atravesarlo.

Javi saca el móvil, enciende la linterna y enfoca hacia la rendija.

Primero solo ve polvo y telarañas viejas. Luego algo pequeño, negro, apelmazado.

Un gatito.

Diminuto. Tendrá tres semanas como mucho. Los ojos ya abiertos, pero turbios, como si no supiera muy bien dónde está. Los costados le tiemblan. Las patas, recogidas contra el vientre. Está tumbado de lado, atrapado entre la tubería, la pared y el radiador, tan mal colocado que parece que no entró solo, sino que se cayó y se quedó encajado.

Javi ilumina más arriba, hacia el alféizar, y por fin lo entiende.

Fuera, justo debajo de la ventana, pasa la marquesina estrecha de la tienda de abajo. Desde la calle, un gato adulto puede subir a ella por un árbol, por el saliente, por cualquier cornisa. Y más allá está la ventana entreabierta. La rendija no es grande, pero para un gatito pequeño basta.

Seguramente, la madre lo iba trasladando de un sitio a otro, para protegerlo del frío o de los perros del patio, y lo dejó ahí. O quizá el gatito salió de algún escondrijo de la marquesina y se fue hacia el olor del calor. Del radiador sale un calor seco, y para una cría así pudo ser la única referencia clara.

Luego todo ocurrió sencillo y terrible.

Se coló por la rendija, se escurrió del alféizar abajo, detrás del radiador, a un sitio donde un animal adulto todavía podría darse la vuelta, pero una cría tan pequeña ya no. La rendija entre la pared y las secciones es estrecha, polvorienta, con una fijación de metal que sobresale y un rodapié despegado. Entrar pudo —por miedo, por instinto, por el olor desconocido de la casa—. Pero salir, ya no.

Por abajo le estorba el rodapié. Por el lado, la tubería. Por arriba, cae el peso del radiador. Cada vez que el gatito intentaba salir, se deslizaba más hacia el rincón.

Javi lo imagina con una claridad que le retuerce las tripas: un bulto pequeño, casi sin vida, que se metió donde olía a cobijo y quedó atrapado a dos pasos de la gente.

Ahora se explica también por qué el gatito solo chillaba de noche.

De día en la casa hay ruido. Javi se va a trabajar, la nevera ronronea, fuera pasan coches, los vecinos de arriba mueven sillas, los niños salen al patio. Y la cría está demasiado débil, helada y hambrienta para pedir a gritos. Se queda callada, duerme, cae en una duermevela. Solo de noche, cuando la casa se apaga y el frío aprieta, despierta por el hambre y el miedo.

Entonces empieza a sonar.

No muy fuerte, no le quedan fuerzas para un grito.

Fino.

Raro.

Casi inaudible.

Solo Chus podía oírlo.

Seguramente lo oyó ya la primera noche.

Los gatos oyen de otra manera. Lo que para un humano es un roce en las tuberías o una imaginación, para ella era una criatura viva. Al principio, Chus le llevó comida. Javi ahora lo ve: en el rincón más lejano hay trocitos de pollo secos. Así que los fue sacando de su cuenco. Uno a uno. Quizá los empujaba con el hocico o con la pata. De alguna manera conseguía meter la comida en un sitio donde ella no cabía entera. Y solo cuando entendió que no bastaba, cuando el gatito estaba tan débil que casi no piaba, empezó a despertar a Javi.

Javi se tumba con cuidado en el suelo frío y mete la mano en la rendija.

A la primera no sale: la tubería estorba, el borde afilado de la fijación le araña la muñeca. Tiene que estirarse de lado, casi a ciegas.

Por fin los dedos tocan el pelo caliente y sucio, y el gatito deja oír un chillido apenas perceptible.

—Tranquilo, tranquilo… —susurra Javi, sin saber por qué.

Lo envuelve con la palma.

La cría pesa casi nada, como una manopla arrugada. Solo es calor. Vida. Y un temblor.

Cuando por fin lo saca de detrás del radiador, el gatito ni siquiera intenta zafarse. Solo mueve una pata con debilidad y se queda quieto, con el hocico apoyado en el pulgar de Javi.

Chus se acerca, lo olfatea y maúlla corto, casi sin voz.

Como si dijera:

—Por fin.

Javi se sienta en el suelo, con la espalda contra el mueble de la cocina, y se queda un buen rato mirando el bulto negro que tiene en las manos.

Chus salta a su regazo, se acomoda al lado del gatito, lo toca con el hocico y, por primera vez en todas esas noches, se relaja. Hasta cierra los ojos.

Y Javi, sentado en el suelo, comprende con una claridad dolorosa algo muy simple: se ha acostumbrado tanto a vivir en su silencio, en su intimidad cuidadosamente armada, que se ha olvidado de responder cuando alguien a su lado pide ayuda de verdad.

Por la mañana lleva el gatito al veterinario.

Compra leche de fórmula, una pipeta, una almohadilla térmica, empapadores. Escucha todas las instrucciones. Asiente con tanto cuidado como no asiente ni delante del jefe en el trabajo.

Al volver a casa, prepara una caja con una toalla suave junto al radiador. Chus primero se queda al lado, con desconfianza; luego se tumba cerca, como si hubiera dejado a Javi de guardia, pero sin irse del todo.

Por la tarde, Javi da vueltas por la casa sin encontrar sitio.

Y de repente, sin saber muy bien por qué, coge el teléfono y llama a su madre.

La primera vez en tres meses.

Cuando ella contesta, se queda bloqueado un segundo. No esperaba haber llegado a marcar el número.

—Mamá, estoy… —empieza, y se corta.

En ese momento Chus salta a la mesa y pone una pata junto al teléfono.

—¿Qué ha pasado, Javi? —pregunta su madre enseguida.

—Nada —dice él tras una pausa—. Solo quería saber cómo estás.

Al otro lado de la línea se hace un silencio.

No ofendido. Ni pesado. Solo sorprendido.

—Bien —dice por fin la madre—. ¿Y tú?

Javi mira la caja junto al radiador. A Chus. A la cocina, que de pronto, en una sola noche, se ha vuelto distinta.

—Yo también… bien —responde.

Y por primera vez en mucho tiempo, ese “bien” no es mentira.

Desde entonces, la puerta del dormitorio no vuelve a cerrarse con pestillo.

Luego Javi quita los tornillos y lo guarda en un cajón. La puerta, si la cierra, la deja entornada.

Porque ahora sabe con certeza que cuando alguien viene a media noche y te llama con insistencia, no siempre es para molestarte.

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