«Si no le das dinero a tu hermana, no hace falta que vengas por Navidad», dijo mi madre. Y yo ya no pensaba ir.

Pues verás: el móvil sonó a las seis y media, cuando Pilar estaba todavía en el pasillo con un zapato en la mano. En la pantalla ponía «Rocío». No lo cogió hasta que se puso el otro zapato, y entonces aceptó, con el teléfono apoyado en el hombro.

—Pili, me hace falta como unos cuatrocientos euros. Dani se va al campamento de idiomas, y también al profe de mates, tú sabes lo que está todo ahora.

Sin «hola», sin «¿cómo estás?». Directa a los cuatrocientos pavos y a Dani.

—Buenos días —dijo Pilar.

—Sí, buenos días. ¿Me los pasas hoy? Que si no, se va la plaza del campamento.

Dani llegó en invierno, cuando el niño tenía dos años y tres meses. Rocío estaba en la puerta con una bolsa al hombro y en el carrito el niño dormido, y hablaba deprisa, como si tuviera miedo de que la cortaran.

—Pili, solo un par de meses. Ahora mismo no puedo. Javi me ha dejado, no tengo dinero, tengo que buscarme la vida, y ¿a dónde voy con él? Mamá dice que tú estás libre, que te resulta más fácil.

Libre. Esa palabra se le quedó pegada a Pilar en la familia, como una etiqueta que no hay manera de arrancar. Treinta y un años, un piso de un dormitorio en Vallecas, contable en una constructora, soltera, sin hijos. Entonces, libre. Entonces, más fácil.

—Rocío, yo trabajo. Salgo de casa a las seis y vuelvo a las ocho.

—Pues la guardería, mujer. Yo te voy pasando algo en cuanto me asiente. Anda, Pili, mi vida.

Su madre llamó esa misma noche.

—¿A que no vas a dejar en la calle a tu hermana con un crío? Se le ha ido el marido, está que no puede. Y tú estás más sola que la una, no te cuesta nada. Dios no te ha dado hijos, pues ayúdale al sobrino.

Dios no te ha dado. Eso también se dijo. Como quien comenta el tiempo.

Pilar se quedó con Dani un par de meses.

El par de meses se estiró hasta que Pilar perdió la cuenta. Primero Rocío «buscaba trabajo». Luego lo encontró, pero «no cuajó con el jefe». Después se fue a Benidorm a «despejarse, que me estoy volviendo loca». Desde Benidorm mandaba fotos: ella en una lancha, ella con un tío moreno, ella en un restaurante. Dinero no mandó.

Dani entró en la guardería de al lado de casa de Pilar. Pilar se levantaba a las cinco para dejarlo todo, llevarlo y llegar al trabajo. Se ponía malo muchísimo, como todos los niños de la guardería, y entonces Pilar pedía días por su cuenta o se pasaba noches enteras con informes para poder quedarse con él. Le compró una cuna, luego montó el sofá cama porque se quedaba pequeña. Zapatos, chaquetas, gorros: todo se compraba solo, sin echar cuentas, porque no iba a ir el niño hecho unos harapos.

Rocío aparecía cada dos o tres meses. Traía un juguete, abrazaba a Dani, lloraba diciendo «ay, mi sol, cómo te he echado de menos», y a las dos horas se iba: tenía «cosas», «una cita», «un tío nuevo que no te haces una idea».

—Podrías dejar al menos para los pañales —dijo una vez Pilar.

—Pili, es que ahora mismo ando fatal. En cuanto me asiente, te lo devuelvo todo, hasta el último céntimo.

Dani la llamaba «mamá Pili». Nadie se lo enseñó. Ella al principio le corregía: «soy tu tía», pero él no entendía, y ella lo dejó pasar.

Se dormía en su hombro mientras ella le leía «Platero y yo». Con cuatro años se sabía todas las letras, porque Pilar se las ponía con imanes en la nevera. Lloraba cuando ella se iba a trabajar, y la esperaba en la puerta cuando volvía.

Cinco años.

Rocío se lo llevó en verano, justo antes de la escuela.

Llegó otra mujer: más llenita, con un abrigo bueno, y con un marido nuevo llamado Paco, que esperaba en el coche.

—Ya está, Pili, estoy lista. Paco gana bien, tenemos piso, voy a meter a Dani en un cole bueno, que hay un instituto al lado. Gracias, de verdad, me has salvado.

—Rocío, tiene siete años. Ha vivido aquí toda su vida.

—Pero es mi hijo. No me hagas esto. El niño tiene que estar con su madre.

Dani no quería irse. Se aferraba a la chaqueta de Pilar y lloraba tanto que los vecinos se asomaron. Rocío le iba soltando los dedos con fastidio.

—Dani, vale ya de hacer el ridículo. Vamos a casa de mamá, que ahí lo vas a pasar muy bien, vas a tener tu cuarto.

Pilar se quedó sentada en el suelo del pasillo mientras bajaban. Oía a Dani llorando en la escalera. Luego el portal dio un portazo, y se hizo el silencio.

Metió sus imanes de letras en una caja de zapatos y la subió al armario, al estante de arriba.

Tres años casi sin llamadas. Rocío ni se acercaba. Por Navidades un «felices fiestas» de compromiso, por el cumpleaños de Pilar a veces se acordaba, a veces no. A Dani no lo traía. «Pili, es que no es cómodo, cruzar todo Madrid, y él está todo el día con las actividades».

Pilar iba ella sola. Le llevaba regalos, paseaba con él por el parque de su barrio los fines de semana cuando Rocío la dejaba. Dani había crecido, y le daba corte abrazarse con ella en la calle, pero cuando no los veía nadie, en el parque, volvía a cogerle la mano.

Luego también eso se fue perdiendo. Unas veces Rocío «se iba a la casa de la sierra con Paco», otras «Dani está con el profe»; otras directamente no cogía el teléfono.

Y ahora, las seis y media de la mañana. Cuatrocientos euros.

—Rocío, espera. ¿Qué cuatrocientos euros?

—Ya te lo he dicho. El campamento, el profe, y hay que comprarle ropa, que ha crecido un montón. Ahora mismo ando justa, Paco está reestructurando el negocio, todo el dinero está atado. Pero tú le quieres. Tú lo criaste. A ti no te cuesta nada.

Ese «tú lo criaste» lo oyó Pilar por primera vez en tres años. Antes era «es mi hijo», «el niño tiene que estar con su madre». Ahora que hacían falta los cuartos, «lo criaste».

—¿Y Paco? —dijo Pilar—. Tú dijiste que ganaba bien.

—Te explico, es que lo tiene todo en el negocio. Y a ver, ¿qué tiene que ver Paco? No es hijo suyo. Es de Javi. Bueno, mío.

—¿Y Javi? Es su padre. Que pase la pensión.

Al otro lado resoplaron, con un suspiro largo y teatral.

—Pili, ¿estás de broma? Hace mil años que no veo a Javi, ¿dónde lo busco? Te lo pido por lo humano. A tu hermana. Tú tienes nómina, tienes tu carrera, vives sola, gastas en ti. Yo soy madre, tengo un hijo.

—Claro, tienes un hijo desde hace diez años. Dani no ha nacido ayer.

—¿Y qué? ¡Los hijos piden dinero todo el rato! Tú ni te enteras, porque no tienes hijos tuyos.

Ahí estaba. Pilar no se sorprendió. Sabía que lo iba a decir, lo estaba esperando, y aun así fue como si le echaran un cubo de agua hirviendo.

—No tengo hijos —repitió Pilar—. Por eso crié al tuyo durante cinco años.

—¡Otra vez con lo mismo! ¡Eso fue hace un siglo! ¿Qué te empeñas en dar la tabarra? Criado, criado. ¿Te obligué yo? ¡Lo cogiste tú porque quisiste!

Pilar llegó tarde al trabajo esa mañana. Se quedó sentada en una banqueta del pasillo, con los zapatos y el abrigo puestos, echando cuentas.

Nunca las había echado. No había querido. Pero aquella mañana cogió un papel donde tenía apuntada una receta, le dio la vuelta y se puso a escribir.

La guardería la pagó ella, sin ayudas, porque un hijo ajeno sin papeles a su nombre no le daba derecho a nada. La ropa y los zapatos, cada temporada. Los juguetes, los libros, las actividades. La medicina: a Dani le dio una neumonía con seis años, y Pilar se pidió vacaciones sin sueldo. Los dientes: lo llevó al dentista privado porque en el público había un mes de espera. La cuna, el sofá cama, las sábanas, los platos de niño.

Al final salía una cantidad tan grande que Pilar habría podido estar todo un año sin trabajar.

Y Rocío no había dado ni un céntimo. Ni una sola vez. Ni para pañales, ni para una chaqueta, ni para la medicina.

Y ahora pedía cuatrocientos euros. Hoy. Para que no se le fuera la plaza del campamento.

Por la tarde Rocío volvió a llamar. Esta vez más tranquila, entrando desde lejos.

—Pili, ¿te lo has pensado? No te pido los cuatrocientos. Con trescientos vale. O doscientos cincuenta, por el campamento solo.

—No te lo voy a dar, Rocío.

—¿Cómo que no?

—En el sentido literal. Ni cuatrocientos ni doscientos cincuenta. Tú eres su madre. Lo recogiste cuando te vino bien. Ahora conténtalo tú.

—¡Pili! ¡Cómo se te ocurre! ¡Es Dani! ¡Lo llevaste en brazos!

—Lo llevé. Cinco años. Gratis. Mientras tú estabas en Benidorm en una lancha. Te pedí que me dejaras para pañales, ¿te acuerdas de lo que me dijiste? «En cuanto me asiente, te lo devuelvo.» ¿Dónde está mi dinero, Rocío? Hasta el último céntimo.

—¿Me estás echando en cara el pasado? ¡No estaba yo para esas cosas! ¡Se me había caído el mundo encima!

—¿Y a mí no? Me levantaba a las cinco de la mañana. Pasaba las noches con informes para poder quedarme con él. Llevo tres años sin vida, porque ¿qué hombre quiere meterse con una mujer que tiene un niño ajeno, y que ni siquiera puede adoptar, porque la madre está vivita y coleando?

Al otro lado se pusieron a llorar. De verdad o no, Pilar ya no distinguía.

—Yo creía que le querías —dijo Rocío con voz fina.

—Le quiero. Por eso no te doy el dinero. Porque sé que no va a ir para el campamento. Me conozco tus campamentos. Busca a Javi y pídele la pensión, que es lo legal y lo justo. O pídele a Paco, ya que estás casada. Pero yo no soy un cajero que se enciende cuando tú lo tienes todo «atado».

Su madre llamó dos días después. Pilar sabía que iba a llamar.

—Pilar, ¿qué me cuentan? ¿Le has negado el dinero a tu hermana?

—Hola, mamá.

—No me digas hola, contesta. Rocío está deshecha, el niño se queda sin campamento, y tú, su propia tía, ¿te ha dolido dar una miseria? ¿Cómo no te da vergüenza?

—Mamá, crié a Dani durante cinco años. ¿Dónde estaba Rocío?

—¡Es que ella pasó una época muy mala! No seas fiscal, no estés sumando y restando. Es sangre de tu sangre. No eres de la familia.

—Sangre de mi sangre. ¿Y cuando a mí se me pasó el arroz para tener hijos, y me quedé en mi casa con un niño que no era mío, en vez de vivir mi vida? ¿De quién era esa sangre?

Su madre dudó un segundo.

—Tú te ofreciste. Nadie te obligó.

—Me ofrecí. Porque tú me dijiste: «Dios no te ha dado hijos, ayuda al sobrino.» ¿Te acuerdas? Ayuda. Ayudé. Cinco años. Y ahora Rocío me pide más, y encima la mala soy yo.

—No te pide, te suplica.

—Te exige, mamá. Con eso de «debes» y «no tienes hijos». Eso no es una petición.

—Pues te voy a decir una cosa, Pilar —su madre bajó la voz, y Pilar notó que venía la sentencia—. Si no das el dinero, no vengas por las fiestas. Como si no fueras de la familia.

—Vale —dijo Pilar—. Pues no iré.

Fue ella quien colgó primero. Antes siempre esperaba a que su madre terminara.

Rocío jugó su última carta a la semana. Le mandó un mensaje larguísimo, de media pantalla.

Venía a decir: «Si tú eres así, le cuento a todo el mundo que una tía ha dejado tirado a su sobrino, que lo ha olvidado en cuanto ha dejado de hacerle falta. Ya verás cómo te mira la gente.»

Pilar lo leyó de pie, en la cocina. Lo leyó dos veces. Luego tecleó despacio, eligiendo cada palabra.

«Cuéntalo. Y yo enseño los justificantes. Los he guardado: guardería, médicos, todo. Cinco años. Y cuento cómo no podías dejar ni para pañales mientras veraneabas en Benidorm. Y cómo te llevaste a Dani cuando te vino bien, y luego tres años sin dejarme verlo. Mira, Rocío, a ver a quién juzga la gente.»

Claro que no tenía todos los justificantes. Le quedaban algunos: informes de la clínica privada, el contrato de la guardería. Pero Rocío no lo sabía.

Y Rocío se calló. Para siempre.

Pasó la primavera, llegó el verano. Para el cumpleaños de su madre, que cumplía sesenta y cinco, no llamaron a Pilar. Se enteró cuando una prima colgó las fotos de la comida: estaban todos, Rocío, Dani con una camisa nueva, y su madre en la cabecera de la mesa. Sin ella.

Pilar se quedó mirando a Dani en esa foto. Había crecido, se había vuelto larguirucho, como todos los adolescentes, pero tenía los mismos ojos; los habría reconocido entre mil. Esos que la miraban desde abajo cuando ella le leía «Platero y yo».

La llamada llegó en junio, tarde, desde un número desconocido.

—¿Mamá Pili? —la voz se le quebraba, saltando de grave a aguda—. Soy Dani. Llamo desde el móvil de un amigo. Mi madre no me deja llamarte, dice que nos has dejado tirados.

Pilar se sentó en la banqueta.

—Dani. Yo no te he dejado tirado. ¿Me oyes? Nunca.

—Lo sé —dijo bajito—. Me acuerdo de cuando ponías las letras en la nevera. Me acuerdo de todo. Solo que mi madre cuenta otra cosa.

Hablaron unos diez minutos. Del instituto, de que ahora le gustan los robots, que suelda cositas. Pilar escuchaba sin respirar, con miedo a espantarlo. Al final, él dijo:

—Te vuelvo a llamar. Pero no se lo digas a mi madre, ¿vale? Que me quita el móvil.

—No se lo diré —prometió Pilar—. Llama cuando quieras, mi sol.

Pitidos.

Llamó dos veces más. Luego se acabó: se le gastó el móvil del amigo, o Rocío se olió algo. Pilar no lo supo. El número ya no contestaba.

Sacó del armario la caja de zapatos del estante de arriba. La abrió. Imanes: una A azul, una B roja, una C amarilla. Todas las letras con las que aprendió a leer, dormido en su hombro.

Pilar las colocó en la nevera. Una a una, como entonces. D, A, N, I.

Se quedó un rato mirándolas. Luego cogió el móvil, buscó el último número desde el que él había llamado, y lo guardó. En contacto puso «Dani».

Y dejó el móvil en la mesa, con la pantalla hacia arriba, para ver si se encendía.

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