El teléfono sonó a las seis y media de la mañana, cuando Lola estaba todavía en el recibidor con un zapato en la mano y el pie descalzo, como si el día no hubiera decidido del todo si empezaba. En la pantalla, «Almudena». No contestó hasta calzarse el segundo zapato, y aun así contestó, sujetando el móvil con el hombro.
—Lola, me hacen falta seiscientos euros urgentes. Íñigo se va al campamento de inglés, ya sabes, y además tiene el profesor de mates; ya sabes lo que están los precios.
Ni «buenos días», ni «cómo estás». Seiscientos euros e Íñigo.
—Buenos días —dijo Lola.
—Sí, buenos, buenos. ¿Entonces me los mandas hoy? Que si no, se pierde la plaza del campamento.
***
Íñigo llegó a su casa en invierno, cuando el niño tenía dos años y tres meses. Almudena estaba en la puerta con una bolsa al hombro y un carrito en el que dormía su sobrino, y hablaba deprisa, como si tuviera miedo de que alguien la interrumpiera.
—Lola, es solo por un par de meses. Ahora no puedo, de verdad. Joaquín se ha ido, no tengo dinero, tengo que buscar trabajo, y con el niño no sé dónde dejarlo. Mamá dice que tú estás libre, que para ti es más fácil.
Libre. Esa palabra se le quedó pegada a Lola como una etiqueta que no se puede arrancar. Treinta y un años, un estudio en Vallecas, contable en una constructora, sin marido y sin hijos. Entonces, libre. Entonces, más fácil.
—Almudena, yo trabajo. Salgo de casa a las seis y vuelvo a las ocho.
—Pero si está la guardería. Yo te iré pasando dinero cuando me coloque. Por favor, Lola. Anda, hermana.
Su madre llamó esa misma noche.
—¿Le vas a cerrar la puerta a tu hermana, con un crío? El marido la ha dejado, está que no puede. Y tú estás sola como un hongo, no te cuesta nada. Dios no te ha dado hijos, pues ayuda al menos a tu sobrino.
Dios no te ha dado hijos. Eso también se dijo. Como quien habla del tiempo.
Lola se llevó a Íñigo por un par de meses.
El par de meses se estiró hasta que Lola dejó de contarlos. Primero Almudena «buscaba trabajo». Luego lo encontró, pero «no le cuajó con el jefe». Luego se fue a Marbella «a airearse, que estaba perdiendo la cabeza». Desde Marbella mandó fotos: ella en una lancha, ella con un hombre bronceado, ella en un restaurante. Dinero no mandó.
Íñigo fue a la guardería cerca de casa de Lola. Lola se levantaba a las cinco para tener tiempo de vestirlo, llevarlo y llegar al trabajo. Enfermaba a menudo, como todos los niños de la guardería, y entonces Lola pedía días sin sueldo o se pasaba las noches con los informes para poder quedarse con él durante el día. Le compró una cuna; luego, un sofá cama, porque la cuna se le quedó pequeña. Zapatos, chaquetas, gorros: todo se compraba solo, sin hacer cuentas, porque un niño no puede ir hechos un harapo.
Almudena aparecía cada dos o tres meses. Traía un juguete, abrazaba a Íñigo, lloraba diciendo «cuánto te he echado de menos, mi sol», y a las dos horas se iba: tenía «cosas que hacer», «una cita», «una persona nueva, no te imaginas qué persona».
—¿No podrías dejar al menos para los pañales? —le dijo una vez Lola.
—Lola, es que ahora ando fatal. Cuando me arregle, te lo devuelvo hasta el último céntimo.
Íñigo la llamaba «mamá Lola». Él solo, nadie le había enseñado. Al principio ella lo corregía: «soy tu tía», pero el niño no lo entendía, y ella dejó de corregirlo.
Se dormía en su hombro mientras ella le leía «Marcelino Pan y Vino». Se sabía todas las letras de memoria a los cuatro años, porque Lola las ponía con imanes en la nevera. Lloraba cuando ella se iba a trabajar y la esperaba en la puerta cuando volvía.
Cinco años.
Almudena se lo llevó en verano, justo antes del colegio.
Llegó ya otra: más rellenita, con un buen abrigo, con un nuevo marido llamado Manolo, que esperaba en el coche.
—Ya está, Lola, ya estoy lista. Manolo gana bien, tenemos piso, voy a meter a Íñigo en un buen colegio, que hay un instituto al lado. Gracias, claro, me has ayudado muchísimo.
—Almudena, tiene siete años. Ha vivido aquí toda su vida.
—Pero es mi hijo. No te hagas la rara. Un niño tiene que estar con su madre.
Íñigo no quería irse. Se agarraba a la chaqueta de Lola y lloraba tan fuerte que los vecinos se asomaron. Almudena, nerviosa, le soltaba los dedos.
—Íñigo, para ya de hacer el ridículo. Vamos a casa de mamá, verás qué bien, tendrás tu propia habitación.
Lola se quedó sentada en el suelo del recibidor mientras bajaban. Oía llorar a Íñigo en la escalera. Después se cerró la puerta del portal y todo quedó en silencio.
Recogió los imanes de la nevera en una caja de zapatos. Los guardó en el armario, en el estante de arriba.
Tres años casi sin noticias de Almudena. En Año Nuevo, el típico «felices fiestas»; en el cumpleaños de Lola, a veces se acordaba, a veces no. No le traía a Íñigo. «Lola, no es cómodo, hay que cruzar todo Madrid, y el niño está ocupado, tiene actividades».
Lola iba ella. Llevaba regalos, paseaba con él por el parque de su barrio los fines de semana, cuando Almudena le daba permiso. Íñigo había crecido y ya le daba vergüenza abrazarla en la calle, pero en el parque, cuando nadie miraba, le cogía la mano.
Luego incluso esas citas se fueron acabando. Unas veces Almudena «se había ido al pueblo con Manolo», otras «Íñigo estaba con el profesor», otras simplemente no cogía el teléfono.
Y entonces: las seis y media de la mañana. Seiscientos euros.
—Almudena, espera. ¿Qué seiscientos euros?
—Te lo he dicho. El campamento, el profesor, y la ropa, que ha crecido una barbaridad. Ahora estoy justa, Manolo está reestructurando el negocio, lo tiene todo invertido. Pero tú le quieres. Tú lo criaste. A ti no te cuesta.
Eso de «tú lo criaste» lo oía Lola por primera vez en tres años. Antes había sido «es mi hijo», «un niño está con su madre». Ahora que hacía falta dinero, lo había criado ella.
—¿Y Manolo? Tú decías que ganaba bien.
—Te explico: ahora mismo lo tiene todo en el negocio. Y además, ¿qué tiene que ver Manolo? No es su hijo. Es de Joaquín. Mejor dicho, mío.
—¿Y Joaquín? Es su padre. Que pase la manutención.
Al otro lado respiraron hondo, con dramatismo.
—Lola, ¿te estás riendo de mí? Hace siglos que no veo a Joaquín, ¿dónde lo voy a buscar? Te lo pido por favor, por lo más humano. Somos hermanas. Tú tienes tu sueldo, tu carrera, vives sola, gastas solo en ti. Yo soy madre, tengo un hijo.
—Tienes un hijo desde hace diez años. Íñigo no ha nacido ayer.
—¿Y qué? ¡Los hijos piden dinero todo el rato! Tú no lo sabes, porque no los tienes.
Ahí estaba. Lola no se sorprendió. Sabía que iba a salir, lo estaba esperando, y aun así le escocía como agua hirviendo.
—No los tengo —repitió Lola—. Por eso crié al tuyo cinco años.
—¡Otra vez con lo mismo! ¡Ha pasado un siglo! ¿Qué manía tienes con lo de criar, criar? ¿Yo te obligué? ¡Lo cogiste tú!
Lola llegó tarde al trabajo esa mañana. Se quedó en el recibidor, sentada en un taburete, con los zapatos puestos y el abrigo puesto, y se puso a contar.
Nunca había contado. No había querido. Pero aquella mañana cogió el papel de la receta del centro de salud, le dio la vuelta y se puso a escribir al dorso.
La guardería: la pagó ella, sin ayudas, un niño ajeno sin papeles a su nombre. Uno. La ropa y el calzado, cada temporada. Dos. Los juguetes, los cuentos, el material del cole. La medicina: Íñigo tuvo una neumonía a los seis años, y ella pidió días sin sueldo. Los dientes: lo llevó al dentista privado porque en el ambulatorio había un mes de lista de espera. La cuna, el sofá cama, las sábanas, los platos, los vasos.
Salía una cantidad que no le cabía en la cabeza: en cinco años había sacado del bolsillo lo bastante para no trabajar un año entero.
Y Almudena no había dado ni un euro. Ni una vez. Ni para pañales, ni para una chaqueta, ni para la medicina.
Y ahora pedía seiscientos euros. Hoy. Para que no se perdiera la plaza del campamento.
Lola dobló el papel en cuatro y lo guardó en el bolso.
Por la tarde, Almudena volvió a llamar. Más calmada, entrando desde lejos.
—Lola, ¿lo has pensado? No te pido seiscientos. Con cuatrocientos me arreglo. O con trescientos, solo para el campamento.
—No te los doy, Almudena.
—¿Cómo que no?
—En el sentido literal. No te doy seiscientos, ni cuatrocientos, ni trescientos. Tú eres su madre. Te lo llevaste cuando te convino. Ahora mantienes tú.
—¡Lola! —la voz se le disparó—. ¡¿Cómo se te ocurre, no te da vergüenza?! ¡Es Íñigo! ¡Lo llevaste en brazos!
—Lo llevé. Cinco años. Gratis. Y tú mientras estabas en Marbella en una lancha. Te pedí que dejaras al menos para pañales, ¿te acuerdas de lo que dijiste? «Cuando me arregle, te lo devuelvo». ¿Dónde está mi dinero, Almudena? Dijiste hasta el último céntimo.
—¡¿Me estás echando en cara el pasado?! ¡Entonces no podía! ¡Mi vida se estaba hundiendo!
—¿Y la mía no? Yo me levantaba a las cinco. Hacía los informes de noche para estar con él de día. No me casé en tres años, porque ¿qué hombre quiere a una mujer con un hijo ajeno que ni siquiera se puede adoptar, porque la madre está vivita y coleando, paseándose en barco?
Al otro lado se echaron a llorar. De verdad o no, Lola había dejado de distinguirlo hacía tiempo.
—Pensaba que lo querías —dijo Almudena con voz fina.
—Lo quiero. Por eso no te doy el dinero. Porque no será para el campamento. Yo conozco tus campamentos. Busca a Joaquín y pídele la manutención; eso es lo legal, lo justo. O pídele a Manolo, ya que estás casada. Pero yo no soy un cajero que se enciende cuando tú dices que lo tienes todo invertido.
Su madre llamó al día siguiente. Lola sabía que iba a llamar.
—Lola, ¿qué me cuentan? ¿Le has negado el dinero a tu hermana?
—Hola, mamá.
—No me digas hola, contesta. Almudena está llorando, el niño se queda sin campamento, y tú, su propia tía, ¿no sueltas ni un céntimo? ¿No te da vergüenza?
—Mamá, yo crié a Íñigo cinco años. ¿Dónde estaba Almudena?
—¡Estaba pasando una mala racha! No te pongas como una fiscal, contándolo todo. Es sangre de tu sangre, y tú vas de extraña.
—Sangre de mi sangre. Y cuando ya era tarde para que yo tuviera hijos, y me quedé con un niño que no era mío, criándolo en vez de vivir mi vida, ¿qué sangre era esa?
Su madre se atragantó un segundo.
—Pero tú aceptaste. Nadie te obligó.
—Acepté. Porque tú dijiste: «Dios no te ha dado hijos, ayuda al menos a tu sobrino». ¿Te acuerdas? Ayuda. Ayudé. Cinco años. Y ahora Almudena pide más, y yo otra vez soy la mala.
—Ella no exige, te lo pide.
—Exige, mamá. Con eso de «debes» y «no tienes hijos». Eso no es pedir.
—Te diré una cosa, Lola —la madre bajó la voz, y Lola supo que venía la sentencia—. Si no le das el dinero, no vengas por las fiestas. Ya que eres una extraña para la familia.
—Está bien —dijo Lola—. No iré.
Colgó ella primero. Antes siempre esperaba a que su madre terminara.
Almudena jugó su última carta una semana después. Le escribió un mensaje largo, de media pantalla. Venía a decir: «Ya que eres así, contaré a todo el mundo que una tía se negó a ayudar a su sobrino. Que lo abandonaste, que lo tiraste de tu vida cuando ya no te hacía falta. Ya verás cómo te mira la gente».
Lola lo leyó de pie, delante de los fogones. Lo releyó dos veces. Luego respondió despacio, eligiendo cada palabra.
«Cuéntalo. Y yo enseñaré los recibos. Los he guardado: los de la guardería, los de los médicos, todos. Cinco años. Y contaré que tú no podías dejar ni para pañales mientras te paseabas por Marbella. Y que te llevaste a Íñigo cuando te convino y luego estuviste tres años sin dejarme verlo. Veremos, Almudena, a quién juzga la gente».
No conservaba todos los recibos, por supuesto. Quedaban algunas cosas: facturas de la clínica privada, el contrato de la guardería. Pero Almudena no lo sabía. Y Almudena se calló.
Para siempre.
Pasó la primavera, empezó el verano. No invitaron a Lola al cumpleaños de su madre, que cumplía sesenta y cinco. Lo supo cuando su prima hermana colgó las fotos de la comida: estaban todos, Almudena, Íñigo con una camisa nueva, la madre a la cabecera de la mesa. Sin ella.
Lola miró a Íñigo en la foto. Había pegado un estirón, se había vuelto larguirucho, como todos los adolescentes, pero los ojos eran los mismos; los habría reconocido entre mil. Esos ojos que la miraban desde abajo cuando ella le leía a Marcelino Pan y Vino.
La llamada llegó en junio, ya de noche, desde un número que no conocía.
—¿Mamá Lola? —la voz se le quebraba, saltaba de grave a aguda—. Soy yo, Íñigo. Te llamo desde el móvil de un amigo. Mi madre no me deja llamarte, dice que los has abandonado.
Lola se sentó en el taburete.
—Iñiguito, no os he abandonado. ¿Me oyes? Nunca.
—Lo sé —dijo en voz baja—. Me acuerdo de cómo ponías las letras en la nevera. Me acuerdo de todo. Solo que mi madre dice otra cosa.
Hablaron unos diez minutos. Del colegio, de que ahora le iban los robots, que se pasa el día soldando cosas. Lola escuchaba sin atreverse a respirar, con miedo de espantarlo. Al final, él dijo:
—Te volveré a llamar. Pero no se lo digas a mi madre, ¿vale? Si no, me quita el móvil.
—No se lo diré —prometió Lola—. Llama, mi sol. Cuando quieras.
Se cortó.
Llamó otras dos veces. Luego dejó de llamar: o se acabó el móvil del amigo, o Almudena lo olió. Lola nunca lo supo. El número desde el que llamaba ya no contestaba.
Sacó del estante de arriba del armario la caja de zapatos. La abrió. Los imanes: la A azul, la B roja, la C amarilla. Todas las letras con las que aprendió a leer, apoyado en su hombro.
Lola los puso en la nevera. Uno a uno, como entonces. M, I, G, U, E, L. Se quedó de pie, mirándolas. Luego cogió el móvil, buscó el último número desde el que él la había llamado y lo guardó en la agenda. Le puso como nombre «Íñigo». Dejó el móvil en la mesa, con la pantalla hacia arriba, para ver si se encendía.







