Aitana mira la pantalla del móvil. Pilar ha enviado una invitación al grupo de amigas: «Chicas, os espero el sábado a las seis en el café Menta. ¡Va a ser divertido!»
Aitana tiene treinta años. Dos hijos, la niña Ainhoa y el pequeño Iker. Divorciada. Una silla de oficina que conoce su espalda mejor que cualquier hombre en los últimos dos años. Y esa invitación, que la ha alegrado de verdad.
—Iker, ¡no corras por el pasillo! Ainhoa, ponte los calcetines, que hace frío —grita Aitana, sujetando el teléfono con el hombro.
Al otro lado, Pilar parlotea sobre sorpresas y karaoke.
—Aitana, ¿vas a venir? Te prometo que será genial, y sin tus frases de «tengo hijos».
Aitana resopla.
—Tus hijos, tus problemas. Tu divorcio, tu edad… Ya veré —responde.
El sábado, Pablo, el exmarido, llegó dos horas tarde; viene a ver a los niños los fines de semana. Ainhoa lloraba porque quería que mamá le hiciera una trenza «como de princesa», e Iker había escondido el zapato izquierdo. Cuando Aitana por fin subió la cremallera del único vestido que aún no le quedaba holgado, el reloj marcaba casi las seis.
—Voy. Al menos una hora.
En el café sonaba música. Las chicas de contabilidad ya habían brindado con cava, y Lourdes, la de ventas, contaba lo de su nuevo novio con un tono como si defendiera una tesis titulada «Mi felicidad, que todos debéis ver».
Pilar vio a Aitana, chilló y se lanzó a abrazarla.
—¡Has venido! ¡Qué guapa estás! Siéntate, ahora traen la tarta.
Aitana se sentó a la mesa, cogió una copa de zumo. Escuchó. Asintió. Sonrió en los momentos adecuados.
Mercedes, la del departamento de al lado, una rubia alta con cara de enfado perpetuo, se inclinó hacia ella:
—¿Y el tuyo dónde está?
—Divorciada. Desde hace un año —dijo Aitana con tono neutro.
—Ay, perdona. No lo sabía. Los niños lo pasarán mal, supongo.
Aitana se terminó el zumo. Sonó una canción lenta, conocida. Invitaron a bailar a alguien. Aitana se quedó sentada. Se acercó Pilar, la cumpleañera, ya un poco borracha y por eso inusualmente seria.
—Aitana, ¿por qué estás triste?
—No estoy triste. Estoy cansada.
—Es lo mismo cuando tienes treinta con dos hijos y un ex que viene solo por horarios.
Aitana se sorprendió de tanta precisión.
—¿Tú también estás divorciada?
Pilar se rió:
—No. Pero soy observadora. Escucha… Le pedí al cantante que tocara una canción. Para ti.
Aitana no entendió, pero asintió.
El chico del micrófono rasgueó los acordes. Y de repente sonó algo viejo, de cuando Aitana estudiaba en la universidad. La canción con la que ella y Pablo se besaban en el banco de la residencia. Letras tontas sobre «nunca digas adiós». Aitana se cubrió la cara con las manos. No de vergüenza. Porque alguien recordó cómo era ella. Antes de «tus hijos».
—Yo no pedí esta canción —susurró.
Pilar se encogió de hombros:
—Igual la ha puesto él. Igual le gustas. ¿Te miras al espejo alguna vez, Aitana?
No se miraba. Pero levantó la vista. El chico del micrófono sonreía. Desconocido. Joven. Que no sabía nada de su vida. Aitana se secó las mejillas con una servilleta, cogió una copa de cava y le devolvió la sonrisa. No la sonrisa de oficina de siempre, sino una de verdad.
Luego le escribió a Pablo: «Me retraso. Los niños se quedan contigo esta noche. No hay discusión».
Y soltó el aire. Por primera vez en mucho tiempo, a pulmón lleno.
La tarta llegó justo a las nueve. Aitana se comió dos trozos y no contó las calorías. Pilar le susurró al oído:
—¿Sabes? Te invité porque eres la única que no criticó mi informe en la reunión.
—Tu informe estaba bien —se encogió de hombros Aitana.
—Exacto. Eres la única que escucha de verdad. Que no finge.
Aitana volvió a casa pasadas las doce. El piso vacío olía a silencio. Al principio quiso llorar porque los calcetines de Iker no estaban tirados por el pasillo ni la horquilla de Ainhoa en la cocina.
Pero luego se quitó el vestido, se hizo un té, se puso los auriculares con esa misma canción. Y entendió que el hogar no solo es el ruido de pies pequeños. También es este silencio en el que por fin puedes oírte a ti misma.
—No ha estado mal la noche —pensó Aitana, y se durmió sonriendo.
A la mañana siguiente llegó un mensaje de un número desconocido: «¿Vas a ir hoy a la presentación? Soy el cantante del café, Sergio. ¿Puedo invitarte a un café? Porque sí, sin motivo».
Aitana miró el móvil y tecleó: «Voy. Café solo, sin azúcar. Y gracias por la canción».
Las primeras dos semanas fueron como en el cine. Sergio recogía a Aitana después del trabajo con un ramo. Cantaba para ella en el café cuando había poca gente, y la miraba como si fuera la única mujer del mundo. Aitana se derretía. Y desaparecía.
Primero una vez a la semana. Luego cada dos días. Luego su madre, Rosa, dejó de ocultar el enfado.
—Aitana, ¿a quién le tiras a los niños? Yo tengo mis cosas. Y tú trabajas, ¿sabes?
—Mamá, por favor, Iker ya duerme, Ainhoa ha hecho los deberes. Solo dos horas.
—Dos horas dice… Toda la semana dos horas. Ya conozco yo esos «dos horas». ¿Un hombre? —Aitana calló.
—¿Y de dónde sale? ¿De ese café? —madre frunció los labios—. Un cantante de bares… Aitana, eres lista, con treinta años y dos hijos te agarras a cualquiera que te mire con cariño. Pero todos son del mismo palo. Hoy te canta uno, mañana otro.
—¡Mamá, para! —Aitana tiró el bolso al sofá—. No lo conoces.
—Y tú… ¿cuánto llevas con él? ¿Un mes? ¿Dos? Yo he visto a muchos hombres en mi vida —y dio un portazo.
Sergio era diferente. Recordaba cómo se llamaban Ainhoa e Iker, y que Iker tenía miedo a la oscuridad. Decía que no le importaban los niños, que ya pensaría cómo podían organizar la vida.
Aitana casi se lo creyó.
Esa noche decidió darle una sorpresa. Sergio había dicho que tocaría hasta las diez y luego estaría libre. Aitana dejó a los niños con su madre —Rosa puso los ojos en blanco pero no se negó— y se fue al café sin avisar. Entró en la sala. Sonrió al camarero conocido. Miró al escenario.
Sergio no estaba.
Estaba junto a una columna, bailando. No un vals, tonterías, pero al ritmo de la música con una mujer guapa. Alta. Delgada. Con un vestido ceñido que costaba como el sueldo de Aitana en un mes. Su pelo perfectamente peinado, su risa fuerte y libre.
Sergio también reía. Luego la cogió de la mano y desaparecieron tras una puerta con el cartel de «Salida de personal».
Aitana se quedó en medio de la sala. Alguien la rozó al pasar, se disculpó. La música seguía sonando.
—Todos son del mismo palo —recordó las palabras de su madre.
Se dio la vuelta y salió. No dio un portazo. No lloró. Solo se metió en un taxi y dio la dirección… En la entrada del portal estaba Pablo. Con la chaqueta vieja, ojeras, enfadado y despeinado.
—¡Aitana! ¿Por qué no coges el teléfono? Tu madre lleva media hora llamándome. Tu padre ha tenido un infarto. Está en el hospital. Ella dejó a los niños en casa y me pidió que viniera a cuidarlos.
Aitana se llevó la mano al pecho.
—¿Qué? ¿Cómo? Si él…
—No sé cómo. Pide un taxi. Yo me quedo con los niños.
Con los dedos temblorosos marcó el número de su madre. Rosa sollozaba al otro lado.
—Tu padre está en la UCI. Ven ahora mismo.
—Ya voy, mamá. ¿Va a salir?
—Los médicos no dicen nada.
Toda la noche estuvieron madre e hija sentadas en el pasillo del hospital. A las ocho de la mañana salió un médico agotado.
—La crisis ha pasado. Su marido es fuerte. Media hora más y no lo aseguraba. Pero ahora todo irá bien. Reposo, dieta, nada de estrés.
Rosa rompió a llorar. Aitana la abrazó, y así estuvieron las dos mujeres que casi pierden al hombre más importante de sus vidas. De vuelta en el taxi, Aitana miraba por la ventana. El sol del amanecer se colaba entre los bloques de pisos. Recordó cómo Sergio le acariciaba la mejilla, prometiendo el mar y viajes. Ridículo. El mar… mientras su padre estaba en la UCI, ella en un café.
—Ya está bien de locuras.
En casa estaba Pablo, también sin dormir, se le notaba.
—Pablo —dijo ella en voz baja—. Gracias por venir, por quedarte con los niños.
Pablo calló un minuto. Luego habló torpe, como siempre que se trataba de sentimientos.
—Aitana, yo sin ti… Los niños necesitan un padre. Y no solo los fines de semana. En fin, volvamos a vivir juntos. Otra vez, como antes. Estás cansada. Los niños te echan de menos. Y yo echo de menos la casa, tus broncas si no me quito los zapatos.
Aitana se rió entre lágrimas. Se acercó a su marido y apoyó la cabeza en su hombro. Le cogió la mano. Una palma áspera, conocida, cálida. No la que cogía el micrófono y prometía el mar. Sino la que había empujado el carrito, cambiado las ruedas de su coche.
—Vamos a intentarlo —dijo Aitana—. Pero si vuelves a dejar la taza sin fregar, te mato con la almohada.
—Trato hecho.
Los niños salieron de la habitación, Iker se colgó de Pablo gritando «¡papá!». Ainhoa primero se dio la vuelta, pero luego se acercó y dijo en voz baja:
—¿Te quedas? ¿Mucho tiempo?
Pablo se agachó:
—Para siempre, Ainhoa. Si me aceptáis.
Y por la noche, cuando los niños durmieron, Pablo fregaba los platos, Aitana cogió el móvil y borró la conversación con Sergio. No había llegado ni un solo mensaje.
—Mi madre tenía razón —pensó Aitana—. Pero se equivoca en una cosa. No es cuestión de los treinta. Ni de los hijos. Ni del divorcio. Es a quién eliges. Yo elegí promesas bonitas. Y debía haber elegido ojos cansados y una taza sucia en el fregadero.
Se acercó a Pablo, le abrazó por detrás, enterró la nariz en su hombro.
—¿Qué? —preguntó él.
—Nada. Que me alegra que estés en casa —y eso fue más que todas las canciones del mundo.







