— Te mudarás al pueblo con mis padres. Los cuidarás, — ordenó el marido.

Con los años, aquella escena se ha quedado grabada como una de esas tardes en que cambia algo sin que uno se dé cuenta. Javier Ortega apareció ante Carmen Delgado justo en la puerta de la oficina, como si llevara allí todo el día esperándola. Carmen acababa de salir a la calle, ajustándose la correa del bolso. La tarde era cálida y ella pensaba en una manzanilla con limón y en el silencio de su casa. En lugar del silencio, se encontró con su marido, con cara de piedra.

—Hola —dijo ella—. ¿Qué milagro? A ti no te gusta venir a buscarme.

—Óyeme —Javier ni siquiera la saludó—. Mañana presentas la baja voluntaria. Dejas el trabajo y te vas al pueblo de mis padres, en Soria. Te quedarás a cuidarlos.

—¿A cuidar a quién? —Carmen ladeó la cabeza, como si no hubiera oído bien.

—A mis padres. Ya están mayores, ya ves. Necesitan a alguien en casa. Está decidido.

Ella se quedó un instante callada, mirándolo como si en la frente de su marido se hubiera encendido una cinta de noticias. Está decidido. No «vamos a hablarlo», no «te lo pido». Está decidido, como un sello en un documento.

—Qué curioso —dijo Carmen, despacio—. ¿Y a mí no se os ocurre preguntarme?

—¿Y qué hay que preguntar? —Javier se encogió de hombros—. Tú eres mi mujer. Es un asunto de familia. Aquí no se pregunta, aquí se hace.

—Asunto de familia —repitió ella, saboreando las palabras—. O sea, que mi familia ahora es una maleta y el horario del autobús.

—No empieces con tus juegos de palabras —se quejó él, frunciendo el ceño como si hubiera mordido un limón—. Te lo he dicho claro. Te vas, y punto.

Carmen se ajustó el bolso al hombro. Por dentro todo hervía, pero por fuera mantenía una voz serena, casi amable. La paciencia era un bien caro y no pensaba gastarla en el portal.

—Javi, por favor, no hablemos en la calle —dijo con dulzura—. Cuando llegues a casa lo hablamos tranquilamente. Te preparo algo. ¿Has comido?

—No tengo tiempo para pamplinas —dijo él, y ya estaba mirando el móvil, después el reloj, cualquier cosa menos a ella—. Tengo cosas que hacer. Ya te he dicho lo importante y me has oído. Vuelvo por la noche.

—¿Y los detalles? —sonrió ella—. La dirección, por ejemplo. Nunca he ido a casa de tus padres.

—Después, después —contestó con un gesto de la mano, y se marchó sin volverse, como quien da por cerrado un asunto para siempre.

Carmen se quedó en mitad de la acera, mirándolo alejarse. No era rabia, era asombro. Cómo podía un hombre que había compartido su vida con ella durante años creer que la vida de su mujer era un mueble que se cambia de sitio sin pedir permiso.

—Anda que… —dijo en voz alta, para sí misma—. «Te vas, y punto».

Suspiró y entró en el supermercado. Pan, queso, algo para la merienda. La cabeza le pedía gestos simples y concretos, en los que una misma elige su barra de pan.

En la sección de verduras se topó con Pilar Serrano. Compartían despacho, espalda contra espalda, y se sabían hasta lo que no querían saber.

—¡Mira a quién veo! —Pilar empujaba un carro a rebosar, como si preparara un asedio—. Carmen, sálvame, que me voy a tumbar aquí mismo, entre los calabacines.

—¿Qué te pasa?

—¿Qué me va a pasar? En casa. La lavadora lleva tres días echando agua, el niño ha vuelto del colegio con un resfriado, y mi marido se pregunta por qué la cena no se hace sola. Estoy como una ardilla en una rueda, pero con la rueda cuadrada.

—Lo siento —sonrió Carmen—. Yo también traigo novedades. Frescas, recién hechas.

—Cuenta.

—Javier me ha esperado a la salida. Me ha ordenado dejar el trabajo e irme al pueblo a cuidar de sus padres.

Pilar frenó el carro tan de golpe que el bote de garbanzos casi se cae.

—Espera. ¿Ordenado? ¿Así, ordenado?

—Así. «Te vas, y punto».

—¿Y tú qué le has dicho?

—Nada. Me quedé mirándolo, contemplando cómo un hombre tachaba mi vida de un solo plumazo.

—Vale, alto —Pilar entrecerró los ojos—. ¿Y sus padres no tienen a nadie más? ¿Tienen más hijos?

—Sí. Una hermana. Araceli.

—La herma-na —dijo Pilar con una cara como si le hubieran revelado el secreto del universo—. O sea, que sus padres tienen una hija natural. ¿Y la que tiene que cuidarlos es la nuera? ¿He entendido bien?

—A la perfección.

—Carmen, te ha endosado su problema como quien cuelga una bolsa en el carro. ¡Ni siquiera son tus padres! Son suyos, y de su hermana. Y la última eres tú. ¡Qué cómodos son!

—Cómodos —asintió Carmen—. También me he dado cuenta. Es curioso cómo el amor a los padres termina justo donde empieza la comodidad de uno.

—Ay, tú siempre sabes decirlo —se rió Pilar—. Oye, ¿de verdad piensas irte?

—¿Tengo yo pinta de maleta sin asa?

—No.

—Pues eso. Iré a por manzanilla, y volveré.

En casa, la tranquilidad duró hasta que sonó el teléfono. En la pantalla apareció el nombre de Araceli Fuentes. Carmen lo miró un segundo, pero contestó; la curiosidad pudo más.

—¡Carmen! ¡Qué alegría! —la voz de Araceli era tan dulce que empalagaba—. ¡Javi me lo ha contado todo! Eres un encanto, hija, de verdad, de oro.

—Hola, Araceli. ¿Y en qué soy de oro?

—¡Anda, qué pregunta! Que te vas al pueblo de mis padres, que vas a ayudarlos. He respirado, no te imaginas. Con los niños, el trabajo, la casa, estoy hecha trizas.

—Un momento —la cortó Carmen, con tacto—. ¿Te ha dicho Javier que ya estoy yendo?

—¡Claro que me lo ha dicho! Ha dicho que está decidido, que mañana dejas el trabajo y te pones a recoger. Carmen, eres tan responsable, no como otras.

—Araceli —dijo Carmen, casi con una sonrisa—. Siento darte un disgusto en una tarde tan bonita, pero no voy a ningún sitio.

Al otro lado se hizo un silencio enorme.

—¿Cómo que no vas? Javier ha dicho…

—Javier dice muchas cosas. El año pasado dijo que iba a colgar una estantería en el salón. La estantería sigue sin aparecer. Pues igual.

—¡Carmen, por Dios! —la voz de la cuñada se aceleró—. ¡Son sus padres! ¡Necesitan ayuda! ¿Quién, si no?

—Buena pregunta. Por ejemplo, la hija. ¿No se te ha pasado por la cabeza?

—¿Yo? ¡Tengo familia! ¡Tengo niños! ¡La casa entera recae sobre mí!

—Ah, claro. Y yo no tengo familia, ni casa, ni obligaciones. Qué cómoda soy, Araceli. Un regalo.

—¡Estás tergiversando!

—Solo escucho y repito lo que oigo —contestó Carmen, tranquila—. No te entretengo. Un beso a tus padres. De mi parte, de lejos.

Colgó y soltó el aire. En la cerradura giró una llave. Llegó Javier. Pasó a la cocina, se dejó caer en una silla, cogió el plato que Carmen se había puesto para ella y se puso a comer.

—¿Hay de comer?

—Para ti ya está puesto, como ves.

Comió con prisa, dejando migas, sin mirarla. Luego apartó el plato, se limpió la boca con el dorso de la mano y, para asombro de Carmen, se levantó y se fue al dormitorio. Ella oyó las puertas del armario.

—¿Javier? —se asomó—. ¿Qué haces?

—Te ayudo —contestó él, sacando los jerséis de ella y amontonándolos en una maleta abierta sobre la cama—. Tienes que hacer las maletas. Soy un buen marido, te las hago yo. Agradécemelo.

—Agradéceme… —Carmen se apoyó en el marco de la puerta—. Yo no he dicho que me vaya.

—¿Y hace falta decirlo? —no se volvió—. Está decidido. Ya se lo he dicho a mi madre, ya se lo he dicho a Araceli. Ahora es tarde para echarse atrás, no podemos dejar en mal lugar a la gente.

—La gente —murmuró ella—. A mí, en cambio, se me puede fallar.

—No empieces —dijo él, y por fin se giró, con el jersey favorito de Carmen en las manos—. Siempre montas dramas. ¿Qué tiene de malo? Vas, los cuidas un tiempo. No te cuesta nada, y ellos reciben ayuda.

—Sabes —Carmen se cruzó de brazos, mirando la montaña de ropa que crecía en la maleta—. Cuánto más la llenas, más ganas me dan de ver cómo acaba esto.

—¿Ves? —él se iluminó, interpretándolo a su manera—. Ya te va haciendo ilusión. Te lo decía yo: al final entrarás en razón.

Llamaron a la puerta. En el umbral estaba Sergio Molina, un amigo de Javier, hombre tranquilo, de mirada atenta y grave. Entró, vio la maleta abierta y frunció el ceño.

—¿Os vais de viaje? ¿De vacaciones?

—No has acertado —dijo Javier, saliendo al recibidor y dándole una palmada en el hombro—. Carmen se va al pueblo de mis padres. A cuidarlos.

Sergio miró a Carmen. Ella estaba quieta, con una sonrisa débil.

—¿Es verdad? —le preguntó.

—Es el plan de Javier. En ese plan, como ves, yo soy solo la maleta. No he dado mi consentimiento: ni de palabra, ni con un gesto, ni siquiera con un parpadeo.

Sergio se volvió despacio hacia su amigo.

—Javier. Ven.

Pasaron a la cocina. Carmen no se escondió; se quedó cerca, curiosa.

—¿Qué estás haciendo? —empezó Sergio, en voz baja—. Esos son tus padres. Y los de tu hermana. ¿Por qué tiene que cargar con todo tu mujer?

—¿Y quién si no? —Javier abrió los brazos—. Araceli está liada, tiene hijos. Yo trabajo. Carmen es la única persona libre.

—Libre —repitió Sergio, moviendo la cabeza—. No es libre, es la única que os sirve. Te lo digo yo, que saqué a mi familia adelante desde pequeño: así no se hace. Yo cuidé de mi hermano y de mi hermana, y sé lo que es cuidar. El cuidado no se ordena. El cuidado se toma, se ofrece.

—Ay, ya empezó —Javier hizo una mueca—. Tenemos al santo. Tú hiciste tu vida y yo hago la mía. Yo digo que se va, y se va.

—Son tus padres, Javier —insistió Sergio, con firmeza—. Tu sangre. Si quieres ayudar, ayuda tú. O repartíos con tu hermana. Lo que no se hace es cargarle el muerto a alguien que ha venido de fuera.

—¡Es mi mujer! —alzó la voz Javier—. ¡Mi mujer no es de fuera! ¡Es familia! Y la familia tiene que arrimar el hombro.

—Arrimar el hombro —terció Carmen desde la puerta, pensativa—. Javi, yo no soy un caballo para meterlo en el carro. Ni un armario para tenerlo en un rincón hasta que haga falta.

—¡Cállate! —gruñó él—. Ya me arreglo yo.

Sergio lo miró.

—Eres un necio, Javier —dijo, con sencillez—. Y no tienes cura. —Asintió a Carmen y se marchó.

Cuando la puerta se cerró, Carmen fue al salón y llamó a su cuñada. De pronto le interesaba llegar al fondo del asunto.

—Araceli, hola otra vez. Tengo una pregunta. Ya que todos estáis tan preocupados por los padres, dime: ¿qué estás dispuesta a hacer tú por ellos?

—¿Yo? —Araceli se puso a la defensiva—. Yo les mandaré dinero. Cada mes. Eso también es cuidar, y no poco.

—Estupendo —se animó Carmen—. ¿Y cuánto?

—Treinta euros —anunció Araceli, con orgullo—. Cada mes. Para que lo sepas, eso no lo hace cualquiera.

Carmen no pudo evitarlo y se echó a reír: una risa clara, sincera.

—Treinta euros —repitió entre risas—. Araceli, ¿en serio? Treinta euros al mes para que yo lo deje todo y me vaya a vivir a una casa que no es mía. Menudo trato. Qué generosidad más… de andar por casa.

—¿Y de qué te ríes? ¡El dinero no cae del cielo!

—Exacto —dijo Carmen, ya seria—. Mis años tampoco. Gracias, Araceli. Me has ayudado mucho. Ahora sé exactamente cuánto vale vuestra preocupación: treinta euros.

Colgó. Javier estaba en la puerta, satisfecho.

—Mira —señaló la maleta—. Cabe todo. Es grande, cómoda. Soy un fenómeno.

—Eres un fenómeno —asintió Carmen.

De pronto fue al trastero, sacó dos bolsas grandes y se puso a meter en ellas la ropa que quedaba, con mucha calma.

—¿Para qué tanto? —se extrañó Javier—. ¿Te mudas para siempre?

—Claro —contestó ella sin volverse—. Si me voy, me voy a lo grande.

A Javier se le calentó el pecho: había aceptado. Su mujer había aceptado. Él siempre lo había sabido: la firmeza acaba venciendo. La vio llenar las bolsas y se dio mentalmente una palmada en la espalda.

A la mañana siguiente, Javier se despertó de excelente humor. Se estiró, paseó por la casa como dueño de todo y no dejaba de mirar el equipaje junto a la puerta.

—No te olvides —dijo, sorbiendo el café—. Mi madre te espera. Te ha preparado una cama, en una habitación aparte. Se ha esmerado. Llámala y dale las gracias.

—La llamaré —dijo Carmen, y de verdad marcó el número de su suegra.

—Buenos días —dijo, con voz serena—. Soy Carmen. Le agradezco la cama que me ha preparado. Es muy atenta.

—Ay, hija, no es nada —se alegró la mujer—. Ya he limpiado el cuarto y he dejado sitio. Ven, ven. Aquí hace falta ayuda, y mucha: los suelos, el huerto, la casa.

—Lo entiendo —dijo Carmen—. Gracias otra vez por la cama.

—¿Y para cuándo te esperamos?

—Gracias por la cama —repitió Carmen con una sonrisa, y se despidió.

La suegra se quedó contenta: le habían dado las gracias, luego la nuera iba a venir. Javier, que había oído la conversación, resplandecía.

—¿Ves qué bien? —dijo—. Todos contentos. Te lo dije.

—Todos —asintió Carmen—. Una fiesta, vaya.

Pidió un taxi. Javier, espléndido, bajó él solo la maleta y las bolsas. Resoplaba, pero bajaba, con cara de hombre que hace una buena obra. Lo cargó todo en el maletero y cerró de golpe.

—Bueno —dijo, sacudiéndose las manos—. Que Dios te acompañe. Llama cuando llegues.

Carmen se sentó en el coche, le dijo adiós con la mano y se marchó. Javier se quedó en la puerta, viendo alejarse el taxi, orgulloso de sí mismo como nunca.

Pero justo cuando el coche desaparecía en la esquina, algo le dio un empujón. La dirección. No le había dado la dirección. Carmen nunca había estado en casa de sus padres; su madre era siempre la que bajaba a verlos a ellos.

—Ay, madre —murmuró, y agarró el móvil.

La llamó. Tonos largos. Otra vez. Tonos. Cortó. Escribió un mensaje con la dirección y añadió: «No te pierdas. Cuando llegues, llama». Lo envió. Se quedó un rato más, calmándose: lo leerá, llegará, todo irá bien. Su mujer se había ido. Ella misma se había metido en el taxi. Ella sola.

El día pasó entre sus asuntos. Al atardecer, Javier incluso había olvidado la inquietud: estaba convencido de que todo seguía el plan. Entonces sonó el teléfono. Era su madre.

—Javi —tenía la voz perdida—. ¿Y Carmen? No ha llegado nadie. Llevo todo el día esperando, con la cama hecha y el pastel encargado. No está aquí.

—¿Cómo que no? —Javier se quedó frío—. Se fue esta mañana. En taxi. Yo mismo cargué el equipaje.

—No hay nadie, hijo. Ni taxi, ni Carmen. A lo mejor se ha perdido.

—Ya me ocupo yo —cortó, y colgó.

Se puso a llamarla. Una, dos, cinco veces. Tonos, después apagado. Los mensajes no llegaban. Se quedó en mitad del salón, y le fue cayendo encima, despacio y pesado: Carmen no se había ido a ningún sitio. Sus cosas, la maleta, las bolsas habían viajado a quién sabe dónde; solo no estaban en casa de su madre.

—Menuda… —resopló. Le subía una rabia oscura, pegajosa—. Me ha engañado. Me ha engañado del todo.

Deambuló por la casa, marcó una y otra vez, dejó mensajes de voz: primero exigía, luego acababa gritando al vacío. Nadie contestó. Durmió mal.

A la mañana siguiente fue a la oficina de Carmen. La esperó. Carmen salió: tranquila, descansada, como si el día anterior no hubiera pasado nada.

—¿¡Dónde has estado!? —la atacó en el portal—. ¿¡Dónde está el equipaje!? ¡Mi madre te esperó todo el día! ¿¡Qué has hecho!?

—Buenos días, Javier —dijo Carmen, imperturbable—. No he ido a ninguna parte. Y te diré la verdad: no pensaba ir. Desde el principio.

—¿¡Cómo que no pensabas ir!? —se atragantó—. ¡Te metiste en el taxi! ¡Hiciste el equipaje!

—El equipaje lo hiciste tú —le corrigió ella—. Con muchísimo entusiasmo, por cierto. El taxi me llevó a mí y a mis bolsas a otro sitio. A un lugar donde no me tratan como a un mueble.

—Tú… ¡te estás burlando de mí! —echaba chispas, con la cara llena de manchas—. ¡Yo te hablo en plan bien! ¿Y tú?

—En plan bien es cuando se pregunta, Javier. No cuando se dice «te vas, y punto». —Se ajustó el bolso—. Por cierto, no lo olvides: el viernes hay que pagar el alquiler del piso. Yo ya no vivo allí, así que ahora es enteramente tu problema. Lógico, ¿no?

—¡Vuelve ahora mismo a casa y te vas hoy a casa de mi madre! —gritó él, sin escucharla—. ¡He dicho que vas! ¡Deja de hacerte la interesante!

Carmen lo miró sin una sombra de sonrisa. Su voz se volvió llana y fría.

—Javier. Escúchame bien. Si vuelves a darme una orden, aquí, ahora mismo, sin moverme de este portal, saco el móvil y presento la solicitud de divorcio. Por internet, en tres pulsaciones. ¿Quieres comprobarlo?

Se calló. Abrió la boca, pero no encontró palabras.

—No te estoy amenazando —añadió ella, con calma—. Solo te informo de las condiciones. Como a ti te gusta. Está decidido.

Y se alejó, con paso ligero, sin volverse. No dijo cuándo volvería. Ni siquiera si volvería.

Javier se quedó donde estaba. La rabia se le escurrió de golpe y en su lugar apareció un miedo pegajoso, incómodo. De pronto entendió que ella sí se había ido: con la maleta, con las bolsas, con las cosas que él mismo le había llenado con sus propias manos. Como si la hubiera puesto en la puerta. Como si la hubiera estado empujando. Y él la quería. Nunca pensó, nunca creyó que Carmen fuera capaz de tomar, tranquila y firme, y marcharse de su lado.

Sonó el teléfono. Araceli.

—Javier, ¿y los padres? —empezó su hermana, a toda prisa—. ¿Cuándo piensa venir Carmen por fin?

—Nunca —gruñó—. No va a ir. Si quieres, coge tú un autobús y vete a cuidar de mamá.

—¿¡Cómo te atreves a hablarme en ese tono!? —se encendió ella.

—Y tus treinta euros, métetelos en el monedero bien hondo —soltó él, y oyó los tonos cortos. Araceli le colgó.

Se sentó en el bordillo del portal. No fue a ninguna parte. Decidió esperar a la tarde. Esperar a Carmen. Y hablar con ella. Sin «está decidido». Sin «te vas». Solo hablar. Si ella todavía quería escucharlo.

Se quedó sentado, pensando que la firmeza de la que estaba tan orgulloso no había sido más que cabezonería. Y que a la persona que tenía al lado la había tomado por un mueble, por una cosa que se puede poner en otro sitio. Pero la cosa se había levantado y se había ido. Con sus propios pies. Con la maleta que él mismo le había preparado.

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