A Antonio Revilla lo encontraron por la mañana; el perro llevaba aullando desde la noche anterior. Consuelo Zamora lo oyó a través de dos vallados, pero no salió, porque Trueno aullaba a menudo y hacía tiempo que había dejado de levantarse por eso. El aullido era bajo, sostenido, sin pausas, y hacia la medianoche se había vuelto parte de la noche, como el viento o el rumor del agua por las tuberías.
El guardia civil llegó a mediodía, precintó la casa y se marchó. Hizo los papeles sobre el capó, fumó y miró de reojo al perro, pero no se acercó. Le dijo a Consuelo por encima de la valla que el cuerpo se lo habían llevado a la capital de la comarca y que había que buscar a los familiares. Después cerró la portezuela y siguió por el camino, dejando en el barro dos rodadas profundas. El perro se quedó. Sentado al final de la cadena, con el hocico alzado al cielo, y de él salía un sonido igual, grave, como de una tubería que olvidaron cerrar. No era ladrido ni lloriqueo. Era un aullido. De esos que dejan un dolor sordo debajo de las costillas si se escuchan mucho rato.
Consuelo se quedó en su portón, mirando desde el otro lado de la carretera el patio de Antonio. El barro de la lluvia nocturna brillaba en las rodadas y de la tierra salía un olor pesado y húmedo, como el de un huerto recién cavado. La cerca estaba torcida; tres listones yacían entre las ortigas, pero el portón se cerraba con un alambre, y el alambre estaba enrollado con cuidado, con cuatro vueltas. El viejo no arreglaba la cerca, pero cada noche cerraba el portón. Consuelo lo sabía porque desde la ventana de la cocina lo veía salir al anochecer y retorcer el alambre con los dedos secos. Cruzó la carretera, deshizo el alambre y entró en el patio. Olía a tierra mojada, a perro y a algo agrio: al agua estancada del tonel junto al cobertizo.
Trueno dejó de aullar y volvió la cabeza. Rojizo, con el lomo negro, grande, parecía un pastor alemán cruzado con perro de pueblo. Tenía el hocico canoso y los ojos amarillos, turbios, como los de los perros viejos que han visto más de la cuenta. La cadena iba del poste al collar. Gruesa, de eslabones grandes, de cinco metros. Consuelo conocía esa cadena desde hacía siete años. Cada verano veía desde la ventana a Trueno moverse en arco, abriendo un surco en la tierra. Con los años, el surco se hizo tan hondo que llegaba al tobillo y en él se quedaba el agua de la lluvia. En invierno la cadena se cubría de escarcha y los eslabones chocaban entre sí con el viento. Pero entonces Consuelo notó lo que no había visto antes: en uno de los lados, donde la cadena se tensaba más, los eslabones estaban desgastados y brillaban. El metal estaba pulido como un picaporte que se usa cada día. El perro había tirado siempre hacia el mismo lado. No andaba de un lado para otro ni daba vueltas: siempre hacia un lado.
Junto al poste había un cuenco. De aluminio, abollado, con restos de gachas. Las gachas se habían secado, con la harina pegada a las paredes y una película de grasa cuajada en la superficie. Al lado, otro cuenco con agua y una hoja dentro. Antonio había dado de comer al perro la mañana del día en que murió. O quizá la tarde anterior. Consuelo miró el cuenco y se arregló el pañuelo de la cabeza, porque las manos buscaban solas algo conocido. Durante siete años les dijo a los vecinos que el viejo maltrataba al perro. Se lo dijo a Carmen, la de la tienda; a Pilar, la de Correos; y a su hija por teléfono. Cadena, caseta, gachas y ni un paseo. Un ser vivo atado a un poste. Y cada vez que lo decía, sentía una seguridad que calienta más que cualquier estufa y no necesita pruebas. Porque la verdad era evidente: el perro encadenado, el dueño callado, luego el culpable era él.
Pilar, la de Correos, llegó una hora después, con pan y leche, porque estaba acostumbrada a llevárselos a Antonio y ya no sabía a quién dárselos. Dijo que lo vio el sábado: había cobrado la pensión y comprado dos kilos de harina. Para él y para el perro. Consuelo preguntó si Antonio tenía familiares. Pilar lo pensó, apretando el bolso contra el costado, y recordó a la hija. Rocío Revilla. Vive en Valdeperales, al otro lado de la carretera, a doce kilómetros. Llevaba mucho sin venir. Pilar añadió en voz baja:
—La hija ofreció llevarse al perro. Pero el viejo no quiso. Incluso tengo su teléfono apuntado en la oficina.
Consuelo calló. Pensó: tacaño; con tal de no dar al perro, aunque ya no pudiera cuidarlo. Después se acercó al poste. El mosquetón del collar estaba oxidado y los dedos resbalaban sobre el metal mojado. Consuelo lo frotó, le dio vueltas y apretó con el pulgar el cierre. El óxido se le metió bajo las uñas y las palmas le olían a hierro, un olor agrio y frío. Trueno se mantenía quieto. No lloriqueaba ni se movía. Solo esperaba, como si supiera que eso iba a pasar justo entonces, y hubiera aguantado siete años por un solo chasquido.
El mosquetón cedió. El collar se deslizó del cuello y Consuelo vio debajo una franja de pelo aplastado, clara, casi blanca, como la marca de un anillo de boda. El perro se sacudió de arriba abajo, del hocico al rabo. Después miró a Consuelo. Se quedó un segundo parado. Y salió disparado. No hacia ella, ni hacia el cuenco, ni hacia la casa. Hacia la cerca. Se coló entre los listones, ganó el camino y echó a correr. Consuelo vio el lomo rojizo desaparecer tras los arbustos de saúco. Fue a la oficina de Correos a ver a Pilar; había que ponerse en contacto con la hija de Antonio.
El perro, mientras tanto, ya había cruzado la carretera. En el punto donde la vía giraba y los coches frenaban antes del puentecillo sobre la cuneta, esperó un momento y pasó. Tomó el camino vecinal hacia Valdeperales. Valdeperales empezaba con tres chopos y una parada de autobús sin marquesina. Trueno giró en la segunda calle, pasó junto a la fuente, junto al jardincillo de dalias, y se detuvo ante la casa del tejado verde. El porche era bajo, de dos peldaños, con las tablas oscurecidas por la humedad. La puerta estaba forrada de plástico imitando cuero y en una esquina el forro se había despegado, colgando como un triángulo. Trueno se sentó delante de la puerta y se puso a lloriquear. El rabo golpeaba contra el escalón, y aquel golpeteo era el único sonido alegre de todo el día.
La puerta se abrió. En el umbral había una mujer delgada, con el pelo oscuro recogido en un moño y las manos llenas de harina. De la casa salía olor a bollos y a vainilla; un olor caliente que se derramó en el porche y se mezcló con el de la tierra mojada. La mujer miró al perro. Luego se agachó, le cogió el hocico con las dos manos, y la harina de los dedos se le quedó en el pelo rojizo en manchas blancas. Trueno le hundió el morro en la muñeca y cerró los ojos.
Consuelo llamó justo en ese momento. Dijo que Antonio había muerto, que el perro se había soltado y había escapado.
—Está conmigo. Me llamo Rocío.
Consuelo solo acertó a exclamar:
—¡Doce kilómetros por la carretera!
Y Rocío contó la historia. Trueno era un cachorro cuando ella aún vivía con su padre. Lo trajo del pueblo vecino con un mes, rojizo y con una oreja levantada. Lo crió, le dio de comer con un cuentagotas y durmió con él en el suelo la primera semana, porque lloriqueaba y no podía dormirse solo. Después Rocío se casó y se trasladó a Valdeperales. Trueno se quedó con el padre.
El perro corría a verla. Por el campo, por la carretera, doce kilómetros en cada sentido. Llegaba al caer la tarde, se echaba junto al porche y esperaba. Rocío lo alimentaba, lo acariciaba y lo dejaba pasar la noche. Por la mañana, Trueno volvía corriendo. Otra vez los doce kilómetros. La primera vez lo atropellaron a los seis meses. Le dio el costado de un coche y lo arrastró por la grava. Antonio lo encontró en el arcén y lo llevó a casa en brazos: cuatro kilómetros. Rocío llegó en un coche que la trajo y, juntos, llevaron al perro al veterinario de la capital. Le quedó una cicatriz en el costado izquierdo, larga, de las costillas a la pata.
Trueno se curó y al mes volvió a escaparse. Lo atropellaron una segunda vez. El mismo tramo, la misma curva. Fisura en el hueso de la cadera, tres meses sin poder moverse. Antonio le cambiaba la manta dos veces al día y lo sacaba al patio en brazos para que viera el cielo. Después de aquello, Antonio compró la cadena. Rocío le pidió que le diera el perro. Antonio se negó. Dijo una sola cosa:
—Volverá. Siempre vuelve. Y no va a sobrevivir a un tercer cruce de la carretera.
Rocío discutió, estuvo seis meses sin venir. Después empezó a ir, pero cada vez menos. Hasta que dejó de ir. Siete años estuvo Trueno atado a la cadena. Antonio le hacía gachas por la mañana y por la noche. De harina, a veces de sémola, con recortes de carne que Carmen, la de la tienda, le vendía a mitad de precio. Revisaba el collar y engrasaba el mosquetón para que no se quedara agarrado por el óxido. Se sentaba a su lado en el tajo y callaba. Trueno ponía la cabeza en su rodilla, y así esperaban a que oscureciera, dos viejos: uno en el tajo, el otro al final de la cadena. Consuelo lo veía cada tarde desde la ventana de la cocina.
Trueno se quedó con Rocío. Estaba allí adonde había querido ir durante siete años. Consuelo miró una vez más hacia el portón de Antonio y se detuvo junto al poste. La cadena estaba en el barro, enrollada en círculo. Consuelo la levantó. Los eslabones eran pesados y fríos, y uno de sus lados relucía, pulido hasta quedar liso. Colgó la cadena del clavo que había en el poste y dio al alambre del portón cuatro vueltas, como hacía Antonio. Se quedó un instante mirando el patio vacío, el surco de la tierra marcado en arco, el tajo junto al poste. Después cruzó la carretera hacia su casa y cerró la puerta.
El cuenco lo lavó y lo dejó en su porche. Por si acaso. Por si Trueno volvía.







