—¿De dónde ha sacado esta foto? —Javier palidece al ver la imagen de su padre desaparecido…
Cuando Javier llega a casa del trabajo, su madre está regando las flores del balcón. Inclinada sobre las macetas colgantes, acaricia con delicadeza las hojas. Su rostro irradia una calma especial.
—Mamá, eres como una abeja —dice Javier, y deja la chaqueta para rodearle los hombros con los brazos—. ¿Llevas todo el día de pie?
—Ay, eso no es trabajo —responde ella con una sonrisa, quitándole importancia—. Ahí descansa el alma. Mira cómo está todo florecido. Es como si no estuviéramos en el balcón, sino en el Jardín Botánico.
Se ríe bajito, con cariño, como siempre. Javier aspira el suave perfume de las flores y no puede evitar acordarse de cuando vivían en un piso compartido y solo tenían una maceta con un geranio mustio en el alféizar.
Mucho ha cambiado desde entonces.
Su madre ahora pasa mucho tiempo en su casa de campo, la que él le regaló por su aniversario. Una casita pequeña, pero con un terreno enorme para plantar lo que quiera. En primavera cría plantones, en verano trabaja en los invernaderos, en otoño guarda la cosecha en tarros de cristal. Y en invierno espera a que vuelva la primavera.
Pero Javier lo sabe: por mucho que sonría, en sus ojos siempre hay una pena callada. Una que no desaparecerá hasta que se cumpla su mayor deseo: volver a ver al hombre que ha esperado toda la vida.
Su padre. Una mañana salió a trabajar y nunca regresó. Javier tenía entonces cinco años. Su madre cuenta que aquel día, como siempre, él la besó en la sien, le hizo un gesto a su hijo y le dijo: «Pórtate bien». Luego se marchó, sin saber que sería para siempre.
Después vinieron las denuncias en la policía, meses de búsqueda. Familiares, vecinos, conocidos… todos cuchicheaban: «A lo mejor se fugó», «A lo mejor tiene otra familia», «O le ha pasado algo malo». Solo su madre decía siempre lo mismo:
—Él no se habría ido así sin más. No puede volver.
Ese pensamiento tampoco deja descansar a Javier, más de treinta años después. Él está seguro: su padre nunca los habría abandonado. Nunca.
Tras el instituto, Javier empieza ingeniería, aunque en secreto sueña con el periodismo. Pero sabe que tiene que valerse por sí mismo cuanto antes. Su madre trabaja como auxiliar de enfermería en el hospital, hace turnos de noche, nunca se queja. Incluso cuando le arden los pies de tanto estar de pie y tiene los ojos enrojecidos, solo dice:
—Todo va bien, hijo. Ya verás. Concéntrate en tus estudios.
Y así lo hace él. Pero por la noche revisa bases de datos de desaparecidos, examina documentos antiguos, escribe en foros. La esperanza no muere; al contrario, se hace más fuerte, se convierte en parte de él. Se vuelve obstinado. Crece con la certeza de que tiene que estar por su madre donde su padre faltó.
Cuando consigue su primer trabajo bien pagado, liquida todas las deudas, abre una cuenta de ahorros y, por fin, compra la casa de campo. Entonces dice:
—Ya está, mamá. Ahora puedes descansar.
Ella llora aquel día, sin esconder las lágrimas. Javier solo la abraza y le susurra:
—Te lo has ganado mil veces. Gracias por todo.
Javier, por su parte, sueña con formar una familia. Con un hogar donde huela a pan recién hecho y a guiso. Donde los domingos se reúnan los seres queridos y las risas de los niños resuenen en las habitaciones. Pero hasta entonces, sigue trabajando. Ahorra, acumula capital para montar algún día su propio negocio. Tiene manos hábiles, siempre le ha gustado arreglar cosas.
Pero en lo más profundo de su corazón arde un solo deseo: encontrar a su padre. Quiere que ese hombre entre un día en sus vidas y diga:
—Perdonad. No pude volver antes.
Y ellos lo entenderán, lo perdonarán, y se fundirán los tres en un abrazo. Entonces, por fin, todo será como debía haber sido.
A veces, cuando Javier piensa en su padre, todavía oye su voz. Siente cómo lo levantaba en brazos y le decía: «¿Y mi pequeño héroe? ¿Quieres que volemos?» —antes de atraparlo de nuevo entre risas.
Aquella noche vuelve a soñar con él. Esta vez su padre está a la orilla del río, con un abrigo viejo, llamándolo. Tiene la cara borrosa, como si la viera a través de la niebla… pero los ojos, grises, profundos, conocidos, son los mismos.
Javier tiene un trabajo estable, pero «del sueldo solo no te haces rico», sobre todo cuando uno hace sus propios planes. Así que por las tardes suele trabajar de extra: repara ordenadores, instala sistemas de domótica. En una tarde resuelve dos, a veces incluso tres encargos: problemas con la impresora aquí, caída de internet allá, actualizaciones de software… sabe manejarse. Sobre todo, la gente mayor lo aprecia: educado, paciente, nunca pesado. Explica las cosas con claridad y no insiste con servicios innecesarios.
Aquel día le llega un encargo a través de una conocida: una familia pudiente —una urbanización cerrada a las afueras de la ciudad, servicio de seguridad, acceso solo con identificación—. Buscan a alguien que les configure la red doméstica.
—Venga después de las seis, por favor. La señora de la casa estará allí para atenderle —le dicen.
Javier llega puntual. Después del control en la entrada, se detiene ante una casa grande con columnas blancas y ventanales. La puerta se abre y aparece una mujer joven, de unos veinticinco años, delgada, menuda, con un vestido elegante.
—¿Es usted el técnico? Pase, por favor. Los equipos están en el despacho de mi padre. Está de viaje de negocios, pero quería que todo quedara listo hoy —dice con una sonrisa suave.
Javier la sigue por un pasillo largo. El aire huele a perfume caro, todo parece estéril, casi clínicamente limpio. En el salón hay un piano de cola, cuadros en las paredes, estanterías, fotos enmarcadas. El despacho es sobrio: madera oscura, una lámpara verde de escritorio, un monitor grande y un sillón de cuero.
Javier asiente, saca sus herramientas y se pone a trabajar. Todo transcurre con normalidad… hasta que su mirada se detiene en una foto de la pared. Una pareja joven. Una mujer con un vestido blanco y flores en el pelo. A su lado, un hombre con traje gris, sonriendo. El tiempo ha marcado sus rasgos, pero por dentro Javier oye una voz, alta y clara: *Ese es. Papá.*
Se levanta, se acerca, se queda mirando. Ojos grises, los mismos pómulos, el mismo hoyuelo al sonreír. Inconfundible.
—Perdone… ¿quién es el de la foto? —pregunta con vacilación.
La mujer lo mira sorprendida.
—Mi padre. ¿Lo conoce?
Javier no sabe qué decir. Se queda mirando la imagen como si viera un fantasma. El corazón le late tan fuerte que ella seguro lo oye. Por fin, dice con dificultad:
—Creo… quizá. ¿Podría…?
Él solo asiente, se da la vuelta y sale de la casa para siempre, con la certeza de que hay pasados que es mejor dejar en paz.







