Las Mujeres del Edificio 17: Historias y Secretos entre sus Paredes

Mujeres en el Edificio 17
El edificio 17 de la calle Cervantes era antiguo, de esos que parecen sostenerse por pura terquedad y humedad. Las grietas en las paredes contaban historias, las escaleras rechinaban como fantasmas y el ascensor llevaba años sin funcionar. El portero, Don Emilio, había fallecido hacía una década y nadie ocupó su lugar. Los vecinos se apañaban solos: cada cual barría su rellano, tiraba la basura y, de vez en cuando, colgaban notas en el portal para protestar por los malos olores, el ruido o las goteras. Pero, sobre todo, se quejaban los unos de los otros.
En el tercero vivía Carmen, una mujer entrada en años, de mejillas coloradas y carácter recio. Era viuda y se ganaba la vida cosiendo para las vecinas, además de vender buñuelos los domingos. Carmen tenía fama de entrometida y cotilla, pero nadie podía negar que su corazón era grande, aunque lo escondiera tras su ironía.
Justo debajo, en el segundo, residía Lola, una mujer delgada y nerviosa, con el pelo siempre recogido en un moño despeluchado. Tenía treinta y cinco años, estaba separada y trabajaba en una farmacia. Lola era callada, pero cuando montaba en cólera, su voz retumbaba en todo el edificio. Vivía con su madre, Doña Pilar, una anciana de carácter severo y lengua viperina, que había criado sola a Lola y no perdía ocasión de recordarle que la vida exigía firmeza.
El resto de los pisos lo ocupaban familias jóvenes, jubilados solitarios, estudiantes e inquilinos de paso. Pero los rifirrafes entre Carmen y Lola eran el pan nuestro de cada día para todos.
El polvo y la chispa
Un martes al amanecer, cuando el sol apenas despuntaba entre las nubes, Carmen decidió sacudir la alfombra del salón. La colgó por la ventana y la golpeó con fuerza, levantando una polvareda que flotó un instante antes de posarse, irremediablemente, sobre la ventana abierta de Lola.
Lola regaba sus geranios cuando notó el polvo en el pelo y sobre las hojas verdes. Tosió, se sacudió y, al alzar la vista, vio la alfombra de Carmen ondeando como un estandarte.
¡Oye, Carmen, cuidado con la alfombra! ¡Me está cayendo todo el polvo encima! gritó Lola, irritada, asomándose al balcón.
Carmen, sin dejar de sacudir, respondió con sorna:
Cariño, ese moño ya es un desastre. Con polvo o sin él, da igual.
Lola apretó los puños y estuvo a punto de lanzarle un tiesto, pero en ese momento apareció Doña Pilar, escoba en mano.
¡Carmen! vociferó la anciana, golpeando el marco de la ventana de arriba. ¡Deja de ensuciar a mi hija, foca!
Carmen se asomó, manos en las caderas:
¡Vas a romper el cristal, espárrago!
¡Siempre armando jaleo, ¿eh?! replicó Doña Pilar. ¡Ballena!
La trifulca subió de tono y pronto los gritos resonaron por el edificio. Los vecinos cerraron las ventanas, habituados a los altercados entre las del segundo y tercero.
Historias cruzadas
Las broncas entre Carmen y Lola no eran nuevas. De hecho, eran parte del paisaje del edificio. Pero tras los insultos y el polvo había historias calladas, heridas viejas y soledades compartidas.
Carmen, desde que enviudó, se había vuelto más arisca. Su marido, Antonio, había sido su gran amor y su sostén. Cuando él murió, Carmen tuvo que aprender a defenderse sola en un mundo que no perdona flaquezas. La costura y los buñuelos eran su refugio, pero también su manera de no pensar demasiado en lo que ya no estaba.
Lola, en cambio, había crecido bajo la sombra de una madre exigente. Doña Pilar le repetía que la vida era una guerra y que una mujer debía ser fuerte, implacable. Lola intentaba cumplir, pero a veces sentía que se ahogaba entre la farmacia, las plantas y los reproches de su madre.
A pesar de todo, Carmen y Lola tenían más en común de lo que creían: la soledad, la lucha diaria y ese deseo oculto de ser entendidas.
El ladrón observa
Esa tarde, mientras las vecinas discutían por la ventana, un hombre caminaba por la acera de enfrente. Era alto, delgado, con barba desaliñada y mirada huidiza. Se llamaba Rafa, pero en el barrio lo conocían como “El Topo”. Nadie sabía de dónde venía, pero todos sabían que era mejor no toparse con él de noche.
Rafa se detuvo frente al edificio, observó la escena y esbozó una sonrisa pícara.
“Mujeres siempre a la greña. Esto me viene al pelo”, pensó, alejándose con un silbido.
La noche del miedo
Esa noche, Lola volvía tarde de la farmacia. Había tenido un día agotador y solo pensaba en una ducha caliente y la cama. Caminaba deprisa, con el bolso bien agarrado, cuando oyó pasos tras ella.
Al doblar la esquina, una mano la agarró del brazo.
No chilles. Ven conmigo dijo una voz áspera.
Lola intentó soltarse, pero el hombre la empujó hacia un callejón oscuro.
¿A dónde me llevas? preguntó, temblando.
Él sonrió, mostrando unos dientes amarillos.
Ahí al fondo. Vamos a pasar un rato divertido.
Lola intentó gritar:
¡Socorro!
El hombre le tapó la boca y le tiró del pelo.
Si vuelves a chillar, te parto la cara gruñó.
Las luces del edificio se encendieron y algunas ventanas se abrieron. Los vecinos asomaron, pero, al ver el peligro, cerraron las persianas asustados.
¿Lo ven? se burló el ladrón. Todas estas mujeres me tienen miedo. ¡Son un chiste!
Lola sintió el pánico paralizarla. El hombre la arrastraba hacia la oscuridad. El corazón le latía tan fuerte que creyó desmayarse.
La respuesta inesperada
Pero entonces, un grito retumbó en la noche:
¡Eh, tú! ¡Suéltala ahora mismo!
El ladrón se giró y vio a Carmen, la del tercero, empuñando una escoba. Sus mejillas ardían de furia.
¡Canalla, suelta a esta chica o te arrepentirás! rugió Carmen, avanzando sin temor.
El ladrón soltó una carcajada.
¿Tú solita? Antes estabas peleando con ella, ¿y ahora te haces la heroína?
Carmen lo miró con desprecio.
Tenemos nuestras diferencias, pero nunca permitiría que le hicieras daño. Puede que esté sola pero somos muchas. ¡Nos ayudamos entre nosotras!
El ladrón volvió a reír.
¡Sois todas unas débiles!
Entonces, tras Carmen, aparecieron las demás mujeres del edificio: Doña Pilar y otras vecinas, armadas con sartenes, cuchillos y escobas. Sus ojos brillaban con determinación.
El ladrón empezó a sentir un miedo extraño.
“¿Por qué me asusto? Son solo mujeres. He peleado con tipos más duros Esto no tiene sentido. Si no me largo, me matan.”
El ambiente estaba cargado. Era como si, en cualquier momento, aquellas mujeres pudieran abalanzarse sobre él como lobas.
¡Vamos, chicas! gritó Carmen.
Avanzaron con coraje, y el ladrón, presa del pánico, salió huyendo.
¡Socorro! gritó él, tropezando con una papelera y cayendo de

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Las Mujeres del Edificio 17: Historias y Secretos entre sus Paredes
Dos columnas Ya se había quitado las botas y puesto el hervidor cuando le llegó el mensaje de su jefa por WhatsApp: «¿Puedes cubrir mañana el turno de Lucía? Tiene fiebre y no hay nadie más.» Tenía las manos mojadas tras fregar, la pantalla del móvil se manchó. Se secó las palmas en el paño de cocina y miró el calendario. Mañana era la única tarde que había planeado acostarse pronto y no responder a nadie —tenía que entregar un informe por la mañana y ya le dolía la cabeza. Escribió: «No puedo, tengo que…» y se detuvo. Por dentro creció una sensación conocida, como náusea: si dices que no, decepcionas. Eso significa que no eres la que esperan. Borró lo escrito y contestó corto: «Sí, voy.» Envió el mensaje. El hervidor empezó a sonar. Se sirvió una taza de té, se sentó en el taburete junto a la ventana y abrió la nota que llamaba sencillamente «Cosas Buenas». Allí ya tenía la fecha y un punto: «Cubrí el turno de Lucía.» Puso un punto y añadió al final un pequeño “+”, como si eso equilibrara algo. Aquella nota la acompañaba desde hacía casi un año. Empezó en enero, cuando tras Navidad sentía un vacío especial y necesitaba comprobar que los días no se deslizaban sin dejar huella. Entonces escribió: «Llevé a la señora Carmen del quinto al ambulatorio.» Carmen caminaba despacio, llevaba la bolsa de las analíticas, y la asustaba subir al bus. Tocó el timbre: «Como tienes coche, ¿me acercas? Si no, no llego.» La llevó, esperó en el coche hasta que le sacaron sangre y la trajo de vuelta. De regreso, se sorprendió sintiéndose molesta. Iba justa de tiempo y ya escuchaba en la cabeza las quejas de otros sobre las colas y los médicos. Le avergonzaba ese enfado, se lo tragó y lo ahogó en un café en la gasolinera. En la nota luego escribió como si todo hubiese sido puro. En febrero su hijo tuvo un viaje de trabajo y le dejó al nieto el fin de semana. «Estás en casa, no te cuesta nada», dijo, sin preguntar, solo informando. Su nieto era buen chaval, ruidoso, siempre de «mira», «vamos», «juega conmigo». Lo quería, pero al final del día le temblaban las manos del agotamiento y le zumbaban los oídos como después de un concierto. Lo acostó, fregó platos, recogió juguetes en una caja que él vació otra vez al amanecer. El domingo, cuando su hijo volvió, le dijo: «Estoy cansada.» Él sonrió como si le hiciera gracia: «Anda ya, eres abuela.» Y le dio un beso en la mejilla. Apuntó en la nota: «Cuidé de mi nieto dos días.» Dibujó un corazón para que no pareciera solo por deber. En marzo llamó una prima y pidió dinero hasta fin de mes. «Para las medicinas, ya lo sabes», dijo ella. Lo entendía. Envió el dinero sin preguntar cuándo se lo devolvería. Luego calculó cómo llegar al sueldo ahorrando en el abrigo nuevo que tanto quería. El viejo ya lucía desgastado por los codos. En la nota escribió: «Ayudé a mi prima» y no añadió: «Pospuse lo mío». Pensó que era nimio, que no merecía mención. En abril, en el trabajo, una de las chicas jóvenes, con los ojos rojos, se encerró en el baño y no podía salir. Lloraba bajito diciendo que la habían dejado, que no le importaba a nadie. Tocó la puerta: «Abre, estoy aquí.» Se sentaron en la escalera, donde todo olía a pintura reciente, y la escuchó repetir lo mismo una y otra vez. Escuchó hasta que anocheció y perdió la clase de ejercicios que el médico le recetó por la espalda. En casa, tumbada en el sofá, notó el dolor lumbar. Quiso enfadarse con la chica, pero su rabia era consigo misma: ¿por qué no sabe decir “tengo que irme a casa”? Añadió a la nota: «Escuché y apoyé a Marta.» Puso el nombre porque hacía calor. Pero no escribió: «Cancelé lo mío.» En junio, llevó a una compañera con maletas hasta su casa de campo porque se le había roto el coche. Durante el trayecto, la compañera no paró de hablar por manos libres con su marido, discutiendo; ni se preocupó si le venía bien. Ella calló. A la vuelta, entre atascos, llegó más tarde de lo previsto y no pudo pasar por casa de su madre, que luego se disgustó. En la nota puso: «Llevé a Ana a la finca.» La coletilla «de paso» le pinchó, y se quedó mucho rato mirando la pantalla apagada. En agosto llamó de noche su madre. Voz fina y angustiada: «Me encuentro mal, la tensión, tengo miedo.» Saltó de la cama, se puso la chaqueta, pidió un taxi y cruzó la ciudad vacía. En casa de su madre hacía bochorno, el tensiómetro sobre la mesa, pastillas desperdigadas. Midió la tensión, dio la medicina, se quedó hasta que su madre se durmió. Al día siguiente fue a trabajar sin pasar por casa. En el metro se le cerraban los ojos, temía pasarse de parada. En la nota sumó: «Por la noche estuve con mamá.» Puso un signo de admiración y lo quitó, parecía demasiado fuerte. Al llegar el otoño, la lista era larguísima, como una cinta sin fin. Cuanto más crecía, más sentía algo extraño: como si no viviera, sino que rindiera cuentas. Como si el cariño fuera un recibo a guardar en el móvil, para mostrar si alguien pregunta: «¿Y tú haces algo de verdad?» Intentó recordar cuándo la lista recogió algo suyo. No “para ella”, sino “por ella”. Todo allí trataba de los demás, de sus dolores, sus favores, sus planes. Sus propios deseos parecían caprichos a esconder. En octubre ocurrió algo sin estruendo pero que la marcó. Fue a casa de su hijo a llevarle unos papeles que le había pedido imprimir. Esperó en la entrada; él buscaba las llaves, hablaba por teléfono. El nieto correteaba gritando que quería dibujos animados. Su hijo, cubriendo el micrófono: «Mamá, ya que vienes, ¿puedes pasar por el súper? Nos hace falta leche y pan, no me da tiempo.» Dijo: «Estoy cansada también.» Él ni la miró: «Tú puedes. Siempre puedes.» Y siguió hablando. Esas palabras fueron un sello. No una petición, sino un hecho. Notó un calor por dentro, y con él la vergüenza. La vergüenza de querer decir “no”. De no querer ser conveniente siempre. Aun así fue al súper. Compró leche, pan y manzanas (al nieto le gustan). Lo dejó en la mesa y oyó: «Gracias, mamá.» “Gracias” como un visto bueno. Sonrió como solía y se fue. En casa, abrió la nota y escribió: «Le llevé la compra a mi hijo.» Miró mucho tiempo esa frase. Le temblaban los dedos, pero no de cansancio, sino de rabia. De pronto supo que esa lista ya no servía de apoyo, sino de correa. En noviembre pidió cita al médico. El dolor de espalda era ya insoportable, no podía pasar tiempo de pie en la cocina. Reservó turno en la Seguridad Social, por la mañana temprano. El viernes llamó su madre: «¿Vienes mañana a casa? Necesito ir a la farmacia y me siento sola.» Le dijo: «Tengo cita con el médico». Su madre guardó silencio unos segundos, luego dijo: «Bueno. Entonces no te hago falta.» Esa frase siempre funcionaba. Siempre saltaba a justificarse, prometía, aplazaba lo suyo. Iba a responder «Voy después del médico», pero se detuvo. No era terquedad, era cansancio, como descubrir que su vida también importa. Respondió quedo: «Mamá, iré después de comer. Para mí es importante el médico.» Su madre suspiró como si la dejaran en la calle: «Bueno», dijo, y ese «bueno» contenía todo: resentimiento, presión, costumbre. Dormía mal esa noche. Soñó que corría por pasillos con carpetas y las puertas se cerraban una tras otra. Por la mañana desayunó avena, tomó las pastillas antiguas, salió. En el ambulatorio oía conversaciones ajenas sobre análisis y pensiones, y pensaba no en su salud, sino en que por fin hacía algo para sí misma —y eso daba miedo. Tras el médico fue a ver a su madre, como había prometido. Compró los medicamentos, subió al tercero. Su madre la recibió en silencio, pero al fin preguntó: «¿Fuiste?» Respondió: «Fui.» Y añadió: «Lo necesitaba.» Su madre la miró con atención, como si de repente viera a una persona y no a una función. Luego se fue a la cocina. De vuelta a casa sintió alivio. No alegría, sino espacio. En diciembre, cerca del fin de año, se sorprendió esperando el sábado no como descanso, sino como oportunidad. Esa mañana su hijo volvió a escribir: «¿Puedes quedarte un par de horas con el niño? Tenemos unos recados.» Los dedos estaban ya escribiendo «sí». Sentada en la cama, el móvil caliente en la mano, pensó en lo que había planeado. Ir al centro, visitar el museo y la exposición que lleva meses aplazando. Quería caminar entre cuadros y no escuchar: «¿Sabes dónde están los calcetines?», ni «¿qué hay para cenar?» Escribió: «Hoy no puedo. Tengo planes propios.» Mandó el mensaje y dejó el móvil boca abajo, como si así costara menos. Su hijo respondió al minuto: «Vale.» Y al poco: «¿Estás enfadada?» Dudó. Sintió ese impulso de justificarse, suavizar. Podría explicarse: que está cansada, que también merece vivir. Pero las explicaciones largas son regateo, y ya no quería regatear por sí misma. Contestó: «No. Solo que hoy es importante para mí». Y nada más. Se preparó tranquila, como para salir a trabajar. Revisó que la plancha estaba apagada, dejó la ventana entornada, cogió monedero, tarjeta, cargador. En la parada, rodeada de bolsas y gente, sintió que no debía salvar a nadie en aquel instante. Era raro, pero no daba miedo. En el museo paseó despacio. Miró caras de retratos, manos, la luz en las ventanas de los cuadros. Aprendía a fijarse, no en los otros, sino en ella. Tomó un café en la cantina, compró una postal de recuerdo y la guardó. El cartón era grueso, rugoso, agradable al tacto. Al volver a casa el móvil seguía en el bolso. No lo sacó enseguida. Primero colgó el abrigo, se lavó las manos, puso agua. Sentada a la mesa, abrió “Cosas Buenas”. Bajó hasta la fecha de hoy. Miró largo rato la línea en blanco. Pulsó «+» y escribió: «Fui sola al museo. No antepuse la petición de otro a mi propia vida.» Se detuvo. “A mi propia vida” sonaba demasiado fuerte, casi como una acusación. Lo borró y dejó: «Fui sola al museo. Me cuidé.» E hizo algo que nunca antes: al principio de la nota, puso dos apartados. A la izquierda: “Para los demás”. A la derecha: “Para mí”. En la columna de «Para mí» solo había una entrada. La miró y sintió que ajustaba algo muy importante, como la espalda tras lograr una buena postura. No tenía que demostrar a nadie que era buena. Tenía que recordar que existía. El móvil volvió a vibrar. No se apresuró. Se sirvió té, dio un sorbo y después miró. Su madre: «¿Cómo estás?» Respondió: «Bien. Mañana paso y te llevo pan.» Y añadió, antes de mandar el mensaje: «Hoy estuve ocupada.» Mandó el mensaje y dejó el teléfono a su lado, con la pantalla hacia arriba. En la habitación había silencio, y ese silencio ya no pesaba. Era un espacio por fin suyo.