El esposo le prestó mi coche a una amiga

—¿Dónde está mi coche? —Nina plantada en la puerta del garaje, mirando el vacío donde solía estar su Seat León azul.

—¡No grites así! —Víctor ni siquiera levantó la cabeza del banco de trabajo, donde revolvía entre herramientas.—Se lo he prestado a Luisa un día.

—¿Cómo que se lo has prestado? —La voz de Nina subió otro tono.— ¿Sin preguntarme?

—¿Y qué más da? Es tu amiga. Su coche está en el taller y mañana tiene cita con el médico. Ya está, la he ayudado.

Nina sintió la sangre subirle a las mejillas. Se casaron hacía ocho años, cuando ella tenía cuarenta y dos y él cincuenta. Pensó que a esa edad la gente ya sabía respetarse.

—Víctor, ¡es mi coche! —Entró en el garaje y se plantó frente a él.— Yo lo compré, yo lo pago, yo lo uso.

—¿Y qué? —Por fin la miró.— Te has vuelto un poco agarrada, ¿no? El coche es de la familia.

—¿De la familia? —Nina estuvo a punto de reír, pero notó un nudo en la garganta.— Víctor, mañana tengo que ir a trabajar. ¿Cómo voy a ir?

—En autobús. Un día no es nada.

—¿En autobús? —No daba crédito.— Dos horas de ida. ¿Víctor, te has vuelto loco?

Él se encogió de hombros y volvió a sus herramientas.

—Luisa ha prometido devolverlo esta tarde. No te vas a morir.

Nina giró y salió del garaje. Las manos le temblaban de rabia. Sacó el móvil y marcó el número de Luisa.

—¿Hola, Luisa? Soy Nina. Oye, necesito el coche mañana. ¿Puedes ir al médico en taxi?

—¡Nina, cariño! —La voz de su amiga sonó culpable.— Lo siento, pero ya tengo planes. No solo es el médico, tengo que ir a ayudar a mi madre al pueblo. Está sola.

—Luisa, es mi coche —Nina intentó mantener la calma.— Yo no he dado permiso para que lo cojas.

—Pero Víctor dijo que no te importaba.

—¡Claro que me importa! ¡Devuélvemelo ahora mismo!

Silencio al otro lado.

—Venga, Nina, no seas egoísta. Somos amigas. Un día no es nada.

—¿Egoísta? —Sintió que la voz se le quebraba.— Luisa, te he prestado dinero tres veces cuando se retrasó tu nómina. Te he comprado comida cuando estabas enferma. ¿Y soy egoísta?

—¿Y por qué sacas todo eso ahora? —La irritación asomó en la voz de Luisa.— Ya te devolví el dinero.

—No todo. Falta lo de los quinientos euros.

—¡Eso quedó anulado! ¡Me lo quedé por cuidar a tu gato dos semanas cuando estabas en el hospital!

Nina cerró los ojos. Ella recordaba esa conversión de otra forma. Luisa solo pidió tiempo para devolver el dinero, y lo del gato jamás se mencionó.

—Luisa, devuélveme el coche antes de la noche. Si no, pongo una denuncia.

—Como quieras —respondió Luisa, fría, y colgó.

Nina entró en casa y se dejó caer en el sofá. Minutos después, apareció Víctor.

—¿Por qué la has tratado así a Luisa? —dijo sin saludar.— Me ha llamado llorando.

—¿Te ha llamado? —Nina alzó la cabeza.— ¿Cuándo?

—Ahora mismo. Dice que la has llamado egoísta y le has sacado los viejos préstamos. Qué vergüenza, Nina.

—¿Yo he dado vergüenza? —Se levantó de un salto.— ¡Víctor, es mi coche! ¡Yo decido quién lo usa!

—Ya, ya. Pero somos una familia. En la familia todo es compartido.

—Entonces, ¿por qué no me preguntas? ¿Por qué decides por mí?

Víctor calló, luego se sentó en el sillón y encendió la tele.

—Porque sabía que dirías que no. Te has vuelto muy rarita, Nina. No eras así cuando nos conocimos.

Las palabras dolieron. Nina recordaba cómo era ocho años atrás. Complaciente, dulce, dispuesta a hacer lo que fuera por no quedarse sola. Tras su primer divorcio, el miedo a la soledad la hizo cerrar los ojos ante muchas cosas.

Pero el coche lo compró con su dinero. Vendió la casita que heredó de su padre y compró ese León. Su primer coche, el que soñó desde joven.

—Víctor, ¿y si Luisa te hubiera pedido tu moto? —preguntó.

—La moto es otra cosa. Es de hombres.

—¿Y el coche es de mujeres?

—El coche lo usa cualquiera. La moto solo la llevamos los tíos.

Nina entendió que la discusión no llevaba a nada. Fue a la cocina y empezó a preparar la cena. Los pensamientos se le amontonaban.

En ocho años, se acostumbró a que Víctor decidiera por los dos. Dónde ir de vacaciones, qué muebles comprar, con quién juntarse. Al principio le gustó, parecía que él se preocupaba. Pero poco a poco, dejó de sentirse su esposa para ser un apéndice de su marido.

Y ahora disponía de su coche como si fuera suyo.

—La cena está lista —avisó.

—No tengo hambre —contestó él desde el salón.

Nina cenó sola y luego se quedó en la cama, mirando al techo. Víctor llegó tarde, se acostó en el borde y se dio la vuelta de forma exagerada.

A la mañana siguiente, Nina se levantó a las cinco para coger el primer autobús. Tardó dos horas y media en llegar al trabajo. Su jefe la miró mal cuando entró media hora tarde.

—¿Problemas con el transporte? —preguntó.

—Sí, el coche en el taller —mintió.

Todo el día pensó en lo que pasaba con su vida. ¿Cuándo se convirtió en alguien que mentía a su jefe para no explicar que su marido prestó su coche sin permiso?

Por la tarde, otras dos horas y media de viaje. Al llegar, una sorpresa: su Seat León azul estaba en su sitio. Alivio, pero también rabia.

—Luisa lo ha devuelto —dijo Víctor al entrar.

—Ya veo.

—Se disculpa. Dice que no quería molestarte.

—Claro.

—Nina, no peleemos por esto. Qué tontería.

—¿Tontería? —Se volvió hacia él.— Víctor, ¿sabes que me hiciste perder cinco horas en transporte? ¿Que llegué tarde al trabajo? ¿Que mi jefe ahora cree que soy una empleada poco fiable?

—Perdona. No lo pensé.

—¿No lo pensaste? ¿En qué piensas cuando decides por mí?

Víctor se encogió de hombros.

—En la familia. En ayudar a los demás.

—¿Y en mí?

—También. Pero tú eres fuerte, no te pasa nada.

Nina se sentó en el sofá y se tapó la cara. Fuerte. Sí, lo era. Trabajaba, mantenía la casa. Y él creía que podía usar sus cosas porque ella “no se hundía”.

—Víctor, ¿y si yo presto tu moto sin preguntarte?

—¿Estás loca? —Se sorprendió.— ¡Es mi moto!

—¿Y el coche de quién es?

—Tuyo, pero… ¡Somos una familia!

—Familia es cuando hay respeto. No cuando uno manda sobre el otro.

Víctor calló, luego se sentó a su lado.

—Nina, ¿por qué te pones así? Luisa es tu amiga. Había que ayudarla.

—Se ayuda de muchas formas. Dándole dinero para un taxi, por ejemplo. O pidiéndome permiso.Al día siguiente, Nina salió temprano con las llaves en el bolsillo y la determinación de que, por primera vez en años, nadie volvería a decidir por ella sin preguntarle.

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El esposo le prestó mi coche a una amiga
—¿Y este quién es? —se quedó pasmada Lucía al entrar en la cocina de su amiga. Allí, bajo la luz amarilla de la lámpara, acurrucado en el rincón junto a un armarito diminuto, se encontraba, medio desvalido, un hombrecillo calvo, de unos cuarenta años. Y aquel hombre, discreto pero bastante ágil, picaba eneldo con el cuchillo grande de Olga. —Lucía, este es Toño. Toño, Lucía —murmuró Olga, visiblemente avergonzada—. Toma, aquí tienes el azúcar, vamos. Olga le puso en las manos a su vecina una lata marcada con cristales de azúcar y la empujó a toda prisa hacia el pasillo. —¡Encantada! —alcanzó a gritar Lucía con voz sonora por encima de su hombro, intentando captar algún detalle de este “nuevo” de su amiga con su mirada aguda. Pero ni en los pequeños detalles el recién llegado impresionaba. No había nada en él que justificase su mudanza exprés al delantal de Olga, ese de los coloridos donuts. —Toño, ahora vuelvo —exclamó Olga hacia su cocina y cerró la puerta de golpe. En ese mismo instante, Lucía se aferró a ella en el pasillo con fuerza de oso: —¡Venga, cuenta! —¿Qué quieres que te cuente? —intentó escaquearse Olga—. Bah, anda, vamos. Salieron del piso, cruzaron el pequeño recibidor y se metieron en el piso contiguo, la típica “dos habitaciones” madrileña. En casa de Lucía olía a canela y perfume de Dior. Todo, desde el puf blanco junto a la puerta, dejaba claro a los visitantes el cariño casi reverencial que la dueña tenía por su hogar. “¡No como yo!”, pensaba Olga con melancolía cada vez que entraba en casa de su amiga, recordando sus propias paredes aún sin empapelar en el pasillo. —¡Venga, cuenta! —insistió exigente Lucía. Añadió azúcar a un bol de crema y, armada con unas varillas, miró a su vecina esperando la respuesta. —¿Y el tuyo, Rodri? —intentó Olga desviar el tema. —En reunión. Tardará. Bueno, ¿qué? —¿Qué de qué? Le vi en el mercado… y le recogí… —¿Cómo dices? —frunció el ceño Lucía. —Pues eso, vi a un hombre con hierbas. Llevaba gabardina, parecía decente, pero estaba como perdido. Me acerqué. Le pregunté cuánto por el eneldo. Y él me dijo: “¿Y si se lo regalo? He pensado: si se me acerca una mujer con ojos tristes, se lo regalo todo. Lléveselo, lo he cultivado yo”. —¿Y tú…? —Pues eso, lo cogí. Me iba y le pregunté: “¿Y cómo sabe que tengo los ojos tristes? Ni que los tuviera tan tristes”. Y él me miró… luego me cogió las bolsas y se vino conmigo. —¿Y tú? —Lucía, olvidando el batidor en la mano, se lo pasó por el flequillo. —Pues yo andaba en silencio, pensando qué hacer. Y luego pensé: hombre ahí perdido… Pues que venga. ¡Nos conocimos de camino! —¡Vaya tela! ¿Y llevas a un hombre de la calle a tu casa? ¿Has escondido lo de valor? —¡Lucía! —se enfadó Olga—, ¿qué dices? Además, es médico. Radiólogo. —Sí, ¿le has visto los papeles? —Mira, tú misma me contaste lo del aguacate… —Olga se desanimó—, esa vez en tu cocina… —¿Qué aguacate? —Lucía ya confundida. Y Olga revivió aquel momento en la misma cocina: el aguacate perfectamente cortado, la pulpa tierna, el sabor fresco con un leve matiz a nuez… —Dijiste que no puedes elegir aguacates por fuera ni por tacto, que hay que sentir el bueno —recordó Olga. —¿Y qué tiene que ver con los tíos? —Pues que tú siempre aciertas con ellos, como con el aguacate. Yo no… —¿Y este… Toño? ¿Le “sentiste”? —Lucía apenas recordaba su nombre y volvió a sorprenderse de lo anodino del tipo. —Me sentí a gusto a su lado. Aunque estuviese el bullicio del mercado. Pensé: quizá no está mal que sea tan… normal. —Bueno… ve a ver, a ver si se impacienta… Lucía despidió a Olga con el bote de azúcar y pegó la oreja a la pared, esperando el clic de la puerta vecina. “Bueno… ¿y si…?” —se preguntó volviendo a la cocina antes de sumergirse en su tarta. Mientras, Olga entró en su hall y se topó con Toño, aún con su delantal de donuts, subido a un taburete, sujetando un rollo de papel pintado. —Perdona, lo encontré en la cocina buscando el tarro del eneldo. Y el pegamento también. Pensé… ¿te importa? —balbuceó él, tambaleándose. Olga saltó ágil como un gato y rodeó con los brazos sus piernas desconocidas. Sintió bajo los vaqueros sus rodillas como quien palpa la pulpa de un aguacate, y sorprendida, pensó: “Es mío”. Toño seguía sin moverse, por miedo quizá a soltar el papel aún mojado, o quizá temiendo espantar algo incierto pero importante. Por fin apartó las manos de la pared y acarició el pelo de Olga. —¿Te gusta el aguacate? —preguntó de repente Olga, cerrando los ojos. —¡Muchísimo! —respondió Toño con sinceridad, aunque ni siquiera lo había probado aún. Y justo en ese momento, ambos sintieron cómo el papel pintado húmedo les envolvía suavemente. O quizá fue la felicidad…