Él se negó a casarse con su novia embarazada. Su madre lo apoyó, pero su padre defendió el futuro del bebé.

**Diario Personal**
Hoy ha pasado algo que nunca olvidaré. Mi padre me ha dado la espalda, y todo por una decisión que no supe tomar a tiempo.
Padre, tengo algo que decirte murmuré al entrar en la cocina, con la voz temblorosa. La vecina, Rosalía está embarazada. Es mío.
Víctor, mi padre, dejó el tenedor sobre la mesa y me miró fijamente antes de responder con calma:
Pues cásate con ella.
¿Qué? Soy demasiado joven. No es el momento para una familia, además, ni siquiera hemos salido tanto
¿En serio? bufó él, con amargura. Para ir detrás de las chicas eras todo un hombre, pero cuando hay que asumir responsabilidades, te haces el niño. Muy bien. Sin añadir nada más, llamó a mi madre con voz firme: ¡Carmen! ¡Ven un momento!
Carmen entró en la cocina, secándose las manos en el delantal:
¿Qué ocurre?
Escucha. Nuestro hijo ha dejado embarazada a Rosalía, la hija de los vecinos, y ahora no quiere casarse. Y él, escondiéndose como una rata.
Mi madre ni siquiera pareció sorprenderse. Su rostro se endureció:
Y hace bien. ¿Para qué traer a la primera que se le pone delante? Estas chicas son astutas: encuentran a uno con más dinero, se dejan engañar, y luego vienen con el «¡cásate conmigo!». Además, ¿quién dice que el niño es suyo? Que haga un test. Y no presionemos a Javier, todavía es joven. Es hombre, es normal que haya caído. Pero no tenemos por qué criar hijos ajenos.
Víctor suspiró profundamente y dijo en voz baja:
¿Y si realmente es suyo?
¿Y qué? ¿Es nuestra culpa? Que haga las pruebas y que se aclare todo.
Dio media vuelta y salió de la habitación, dejando a mi padre solo conmigo.
Sabes, yo también fui joven empezó él, con voz grave. Amé a otra, pero me casé con tu madre. No por amor, sino por responsabilidad. Porque ser hombre no es solo pasión, es elegir y afrontar las consecuencias. Ella estaba embarazada. No sabía si podría quererla, pero sí sabía una cosa: el niño no tenía culpa. Es mi sangre, mi conciencia. Y, Javier, aunque no fue fácil, nunca me arrepentí de quedarme.
Tres meses después. La prueba de ADN lo confirmó: con un 99,9% de probabilidad, yo era el padre del hijo de Rosalía.
¿Y qué? se rio Carmen cuando Víctor dejó el papel frente a ella. Sí, es el padre. Pero eso no significa que Rosalía viva bajo este techo. ¡Ni se le ocurra pisar aquí! ¡Lo he dicho!
Yo permanecí callado, mirando mis manos. En mi rostro se veía claro: había elegido el lado de mi madre. Apretaba los puños, pero no dije ni una palabra.
Víctor se levantó lentamente de la mesa:
Si vosotros dos habéis decidido, ahora escuchad lo que tengo que decir yo.
Hablaba bajo, pero con una voz que cortaba como un cuchillo:
Mientras yo viva, mi nieto no pasará necesidad. Tengo tierras, construiré una casa, y él mi nieto tendrá todo lo que he acumulado. Y vosotros dos no recibiréis ni un céntimo más de mí. Me niego a ser parte de esta vergüenza. Javier, a partir de hoy, ya no eres mi hijo. Todo lo que tengo será para el niño. Ni un euro más.
Carmen estalló:
¿Te has vuelto loco? ¿Vas a desheredar a tu propio hijo?
Víctor no respondió. Solo se dio la vuelta y se marchó, ignorando los gritos y maldiciones. Yo me quedé de pie, sin poder creer lo que acababa de oír. Pero lo sabía bien: si Víctor lo dijo, así sería.

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fourteen − ten =

Él se negó a casarse con su novia embarazada. Su madre lo apoyó, pero su padre defendió el futuro del bebé.
Negro. El bullicio de la ciudad le resultaba increíblemente irritante. Olalla vivía en el centro, en un décimo piso; el rugido de los coches, los aires acondicionados de los vecinos, las voces humanas. Además, aguantaba un calor insoportable, así que ni de broma se podían cerrar las ventanas. La vacaciones solo duraban dos semanas, pero esperaba al menos alejarse, aunque fuera un poco, de la rutina de oficina, tan parecida a una colmena donde todos van de un lado a otro hablando, cotilleando, luchando por un rincón bajo el sol. Solo deseaba calma y silencio. A sus cuarenta y seis años, Olalla vivía sola en un piso grande y estaba harta del ajetreo urbano. Decidió que merecía la pena alquilar una casita en algún pueblo y desconectar unos días de la civilización. La búsqueda fue larga, pero al final encontró lo que parecía encajar: un pequeño pueblo a ciento cincuenta kilómetros de una gran ciudad, buen precio, y la casa, en las fotos, tenia buen aspecto. Tras hablar con los dueños, Olalla decidió ir. *** El pueblo la recibió con aromas de hierba, zumbidos de insectos, ladridos de perros y la mirada curiosa de los vecinos. La casa era pequeña, pero acogedora. La dueña, una señora de unos sesenta años, le explicó todo y le dio las llaves. —Disfruta del descanso, aquí estamos muy bien. —Gracias, es justo lo que necesito. El pueblo tenía pocos habitantes, sobre todo pensionistas. En el jardín de su casita crecían cerezos y flores, aunque ya un poco descuidados. La vieja verja de madera estaba torcida, lo que le daba cierto encanto. Olalla se animó a pasear por el pueblo y explorar los alrededores. Había pocos vecinos y todos la miraban sorprendidos, aunque sin hostilidad. En el centro, se topó con una tiendecita y decidió entrar. Tras el mostrador había una vendedora de unos cincuenta años. La tienda no tenía muchas cosas: leche, pan, embutido, productos de limpieza. Olalla se acercó al mostrador. —¿Qué buscas? —preguntó la dependienta. —Estoy pensando qué comprar para desayunar. Pésame unos trescientos gramos de ese embutido. Y pan, si tienes reciente. —¿De dónde eres? —la vendedora tuteó a Olalla de inmediato. —He alquilado una casita aquí una semana, estoy de vacaciones. Me llamo Olalla. —María. ¿Y qué casa? —La número veintitrés, está aquí cerca. —Ah —respondió María, pensativa— la casa de la abuela Eufrasia. Valiente eres. —¿Por qué? ¿Quién era Eufrasia? Yo la alquilé con Ana. —Ana es su hija, vive en la ciudad. La abuela murió hace justo un año. Decían que era bruja. ¿No te da miedo dormir en su casa? —¿Bruja? ¿Cuidaba de los demás? —No, a nadie curó; todos le temían. Tenía una amiga, Clava, que vive justo enfrente, muy viejecita, y con ella sí charlaba. Si quieres, pregunta a Clava y quizá te cuente algo más. Pero esa casa es oscura. Una vez vinieron unos veraneantes, a los dos días se largaron sin contar por qué… Dicen que allí se pasa mal, que es muy incómoda. —Pues a mí la casa me parece acogedora, aunque el jardín esté un poco descuidado… pero solo estoy unos días. Huía de la ciudad, quería desconectar una semana. —Te entiendo. Pero ten cuidado por si acaso. —Gracias —recogió Olalla el embutido y el pan, y fue hacia la puerta. —Y no salgas a pasear de noche —añadió María a voces—: hay muchos perros sueltos y se cuela cualquier bicho del monte. *** El día se iba apagando. Olalla iba a dormir por primera vez en aquel sitio nuevo. Cerró bien ventanas y puertas; dormir sola en casa ajena daba un poco de miedo. De vez en cuando ladraban perros, y desde fuera llegaba el canto de grillos y trinos de pájaros. Preparó una cena ligera. Abrió un libro de la estantería de la dueña y se tumbó en el sofá. Fue quedándose dormida bajo la manta. Pero no pudo pegar ojo. De repente, escuchó un golpe. El corazón se le desbocó y se le esfumó el sueño. Escudriñaba la oscuridad pendiente de cualquier sonido. “Serán ratones”, pensó. No le daban especial miedo, aunque no era agradable. Pero en el campo es lo normal. El golpe se repitió. Débil, casi un susurro. “¿Y si alguien ha entrado?” El corazón aún más acelerado, Olalla temía moverse. Luego algo cayó en la cocina. Se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Si había alguien, mejor ni asomarse. El ruido no se repitió, pero no pudo dormir hasta el amanecer. Ya de día, cuando el sol llenó la habitación, se sintió tranquila y el miedo se disipó. Se levantó y fue a la cocina. No vio nada caído. Pero sí la asustó algo: sobre la mesa, había una margarita seca. Olalla estaba segura de que no estaba allí el día anterior. Revisó ventanas y puertas, todo cerrado. ¿Quién entró? ¿Quién dejó la flor? ¿Cómo, si todo estaba bien cerrado? La inquietud crecía. “¿Y si ayer ya estaba ahí y no me di cuenta?” Recordó entonces lo que le había contado María: “Su dueña era bruja”. “Bah, qué tontería, qué misticismos…” Olalla intentó apartar esos pensamientos. Siempre había sido racional y no creía en brujas. Pasó el día paseando por el campo. Pero al caer la tarde tenía que volver. Revisó ventanas y cerraduras y se fue a la cama. No lograba dormir, escuchaba la quietud, atenta a cada pequeño ruido. Y llegó: otro leve ruido; había alguien en la cocina. Helada de miedo, Olalla apenas respiraba. ¿Alguien había entrado? ¿Un fantasma de bruja? No, eso no existe. No pegó ojo. Al día siguiente decidió que solo tenía dos opciones: irse antes de tiempo, o averiguar qué estaba pasando. *** Al día siguiente fue a la tienda y compró una linterna. No le dijo a María nada de lo ocurrido, para no hacer el ridículo o para que no volvieran con historias de brujas. De día, la casa parecía tranquila; ningún objeto extraño, todo en su sitio. Al anochecer montó guardia en la cocina, sentada en un rincón. La noche fue cayendo, y cuanto más oscuro y silencioso se hacía, más miedo tenía. Varias veces pensó marcharse a la habitación, pero la curiosidad era más fuerte. La oscuridad era ya total cuando escuchó un sonido. Alguien estaba en la cocina. La puerta no se abrió, pero allí había alguien. Desde un armario cayó una taza contra el suelo. Olalla encendió la linterna temblando y la dirigió hacia el ruido. Un gato la miraba. Un gato negro, grande. Sus ojos verdes brillaban con miedo y curiosidad. Era solo un gato. Olalla soltó una risa nerviosa. —¿Y tú de dónde sales? Por supuesto, el gato no contestó. Dudó un instante y desapareció en la oscuridad. Olalla suspiró aliviada. Pero, ¿qué hacía un gato en una casa cerrada? ¿Cómo había entrado y a dónde fue? A la mañana siguiente decidió hablar con la vecina de enfrente. En la verja le esperaba una ancianita muy simpática, que la miraba con curiosidad. —Buenos días —saludó Olalla—. Estoy alquilando la casa de enfrente. —Buenos días —la mujer no pareció animarse a charlar más. —Verá, es que por las noches me visita un gato. ¿Sabe de quién es? —De Eufrasia. Ella ya murió, y el gato, Negro —lo llaman así—, se quedó solo. Ana no lo quiere y va dando vueltas por ahí. Era el compañero de Eufrasia. Pasó el invierno como pudo. A veces le doy algo de comer. No olvida su casa, busca a la dueña. Da penilla. —Ay, me dio un susto… Me han contado cosas de su dueña, que era bruja… La viejecita calló. —Buen gato —dijo de repente—. Eufrasia le quería, le ayudaba. No se acerca a la gente mala. Es listo. A ti te eligió. Llévatelo. —¿Llevarme al gato? —Llévatelo. Igual te trae suerte. —La vecina se dio la vuelta y se metió en casa. Olalla se quedó pensativa. Jamás se había planteado tener gato, y menos uno adulto y ajeno… Pero pensó que podía, al menos mientras estuviera allí, darle de comer. En la tienda compró pienso, aunque baratito, no había otra cosa. Lo puso en un cuenco en la cocina. Por la noche el gato se lo comió todo. *** Solo quedaba un día hasta la marcha. Olalla se sentía descansada. Aquella pequeña aventura le había dado energías. El contraste con la ciudad le había sentado bien. La última noche puso otro cuenco de pienso en la cocina y se preparó una infusión para dormir. De pronto vio algo moverse: el gato negro entró despacio en la cocina, miró a Olalla, a la comida y maulló. Probó unos bocados, levantó la vista hacia ella y luego se acercó con timidez, frotándose contra sus piernas. —Hola, Negro, por fin nos conocemos. Ya lograste asustarme. Mañana me marcho. —El gato maulló, saltó a su regazo y se dejó caer allí tan a gusto. Se quedó allí acurrucado, ronroneando, hasta que se marchó solo. A la mañana siguiente, Olalla recogió sus cosas. Faltaba una hora para el autobús. Anne le había pedido dejar las llaves en el buzón. Dio una última vuelta por la casa para ver si olvidaba algo, cerró la puerta y se encaminó a la verja. Allí estaba el gato. La miraba. —¿Vienes a despedirte? El gato maulló y se acercó más. Olalla se detuvo. Le dio pena dejar a Negro, solo, sin nadie que le quisiera. —Bueno, yo no soy muy de gatos y mi casa está en la ciudad… Pero, ¿y si te llevo conmigo? El gato corrió hacia ella, se frotó contra sus piernas. —Vaya tela. Pues venga, vámonos. —Olalla lo cogió en brazos y él ni se inmutó. El viaje fue largo y con transbordos. Negro fue todo el trayecto tranquilo, sin intentar escaparse. Al llegar a casa, Olalla lo soltó en el suelo y él exploró poquito a poco su nuevo hogar. *** Negro resultó ser un gato limpio e inteligente. Por la noche dormía junto a Olalla, de día se acomodaba en su regazo, ronroneando suave. Desde entonces, Olalla ya no se sintió sola: había encontrado un amigo muy especial.