Soy Javier, viudo desde hace tres años. Mi esposa, Alba, falleció en un trágico accidente de coche, dejándome a mí y a nuestro hijo Mateo, que acaba de cumplir seis años. Desde su partida, he criado a Mateo en soledad, asumiendo el papel de padre y madre. Los días no son sencillos, pero la risa inocente de mi hijo es el único motor que me sostiene.
Como cada mañana, lo dejé en la escuela infantil y lo recogí al atardecer. Durante el trayecto en moto, se abrazó a mi espalda con fuerza. Ya en casa, señaló de pronto el retrato de Alba en el salón y dijo con voz inusualmente adulta: “Papá, he visto a mamá en la puerta del cole. Me dijo que ya no volvería a casa contigo.” Un
Era ella, sonriendo hacia Aarav, y en ese instante comprendí que el amor eterno jamás se desvanece, sino que se transforma en una luz silenciosa que guía nuestros pasos incluso en la oscuridad más profunda.
Hoy vi a mamá en la escuela, papá…







