Aquel día, la víspera de su quincuagésimo cumpleaños, Carmen López despertó de mal humor. Y, dadas las últimas vicisitudes de su vida, nadie podría culparla por su falta de entusiasmo. Permaneció en la cama, los ojos cerrados, hablando consigo mismao más bien constatando su desdicha: «¡Mañana cumplo cincuenta años! ¡Es demasiado! ¿Y qué tengo? Estudié con dedicación. Me casé joven. Nunca le fui infiel a mi marido. Crié a una hija maravillosa, que también se casó pronto. Llevo dieciocho años trabajando en el mismo sitio. Enseño geografía a los niños, hablándoles de lugares donde nunca he estado ni estaré. A menos que, por arte de magia, un huracán arrastre el océano y la Gran Muralla China hasta mi casa. Aunque espero que no, porque el mar quedaría hecho un estercolero y la muralla llena de pintadas. Tengo tres diplomas del alcalde y unas hemorroides que no dan tregua. La mayoría de mis alumnos me odian, y a mi asignatura también. ¿Para qué quieren geografía? ¿Para qué todo esto? Según ellos, malgasto sus años jóvenes hablando de sitios que nunca pisarán. “La profe de geografía es un estorbo”, dicen, sin tapujos. Soy hermosa, sí, pero con esa belleza de la que no se habla abiertamente. Cuando una mujer luce así, suelen decir: “Es buena persona y lleva bien su casa”. Soy un tomate rosa, y si me da el sol, rojo como un pimiento. El pelo del color de las alas bueno, no, las alas no son así: simplemente gris. Y por si fuera poco, mi marido se atiborró de peras. No metafóricamente, sino literalmente. Mi querido Francisco, de visita en casa de su madreque vive en el culo del mundo igual que nosotros, pero en el extremo opuesto del país, como si habitáramos nalgas distintas separadas por un abismo, se hinchó a peras verdes recién cogidas del árbol y perdió el tren. Y lo de “perdió” tampoco es metáfora. El próximo tren pasa en una semana. Mi hija y mi yerno están en el lejano Japón porque “mamá, total tú no celebras nada, y el viaje nos salió casi gratis”. Resumiendo: mi cumpleaños lo pasaré sola. Mi marido es un zoquete, mi hija prefiere al “pollo de turno” y sus viajes baratos antes que a su madre. Nadie me quiere ni me respeta. Solo me buscan para comer o para que les suba la nota».
Con estos pensamientos poco alentadores, Carmen se levantó y, calzándose unas zapatillas de peluche, se dirigió a la cocina con pasitos menudos. Tras ella, trotando con igual ritmo, iba una perrita gordita llamada Gucci, un regalo reciente de su hija. Era el único artículo de lujo que poseía Carmen López.
Mientras hervía agua para el té, abrió su red social y lo primero que vio fue un anuncio: «¡Solo hoy! Webinario: “Adéntrate en ti y encuentra a tu princesa interior”. Primera vez en España. Impartido por el “no-doctor” Víctor Engaña. Víctor te enseñará a amarte y a mandar al resto al diablo. Eso sí, no garantiza el éxito. Al final, cada participante dará a luz a su princesa en directo. Faltan treinta minutos».
«¡Esto es! ¡Mi oportunidad! Algo que puede cambiar mi vida gris e insulsa. Además, no tengo nada mejor que hacer», pensó Carmen, sumergiéndose en el mágico mundo del autodescubrimiento.
No sabemos qué ocurrió exactamenteno pagamos el webinario, pero cuando terminó y el “no-doctor” pronunció sus últimas palabras«Mereces renacer», el rostro de Carmen revelaba que, en efecto, había hallado en su interior no una pequeña princesa, sino toda una dama de alcurnia, extraída por donde las hemorroides ardían.
Carmen López había renacido.
Claro, para una transformación completa habría sido ideal dedicar tiempo a ponerse en forma, cultivarse, ganarse el respeto de los demás, cambiar hábitos El “no-médico” habló de uno o dos meses, pero el tiempo apremiaba. Carmen estaba decidida a celebrar su cumpleaños como una princesa, no como un triste tomate corazón de buey. Y como bien se sabe, cualquier método puede acelerarse si hay voluntad.
Las siguientes veinticuatro horas fueron un torbellino de prisas y nervios. La princesa recién nacida lo exigía todo, y ya. Era tan enérgica que, en cuestión de horas, devoró por completo a la antigua Carmen.
La princesa buscó frenéticamente fotos de bellezas y las últimas tendencias. El resultado: pestañas postizas, uñas acrílicas, tacones de aguja, shorts vaqueros con el logo de Gucci y una camiseta que rezaba en inglés: «Chica salvaje, esta noche libre». Llevaba unos labios rojos enormes con una lengua azulada que parecía enfermiza, pero supuso que sería lo último en moda.
Además, la princesa completó microcursos online: «Maquillaje sexy», «Pole dance express» y «Técnicas avanzadas». El último venía de regalo. Ordenó a Carmen que se presentara como “Lola” y le dio instrucciones para la noche: al despertar junto a un millonario musculoso, su vida cambiaría por completo. Habló de viajes, compras y más Gucciobviamente no la perra, aunque buena parte de su discurso fue ininteligible para la antigua Carmen.
Esta intentó objetar, mencionando su amor por Francisco, su hija y el decoro que debe guardar una profesora, pero la princesa solo soltó una carcajada, mostrando una garganta sorprendentemente profunda. Carmen emitió un último chillido y se disolvió en su nuevo «alter ego».
Luego vinieron los preparativos para salir: maquillaje, enfundarse los shorts imposibles, practicar el caminar en tacones. Mientras, sonó el teléfono. Francisco, su suegra y su hija intentaron felicitarla. La antigua Carmen les habría dado las gracias, pero Lola les soltó todo lo acumulado durante añoscomo enseñaba el “no-doctor”. No se sintió aliviada, pero quizá el efecto llegaría más tarde.
A las 23:00, una espléndida Lola entró tambaleándose en un bar de nombre poco imaginativo: «El Bar». El local se rindió a sus pies tras el primer cóctelun extraño “B-52”. Eso fue lo último que recordó al despertar.
El dolor de cabeza era atroz, y las piernas, inexplicablemente, también dolían. La resaca devolvió temporalmente el control a Carmen. Abrió los ojos y los cerró al instante: estaba alucinando. Creía ver en la puerta a un exalumno suyorepetidor y vividor, Javier Méndez, en calzoncillos.
«Dios mío, ¡vaya pesadilla!», murmuró.
«Buenos días, señora López. No es una alucinación. En el salón están durmiendo Pablo y Sergio. Anoche la trajimos del bar y nos quedamos por si necesitaba algo. ¿Quiere un caldo?», dijo la “alucinación” con voz de Javier.
Carmen gimió y palpó su cuerpo bajo las sábanas, temiendo lo peor. Afortunadamente, llevaba puestos los shorts y la camiseta. No había sujetador.
La voz interrumpió su exploración: «Perdone, la dejamos como estaba. Si no necesita nada, nos vamos. Llámenos si quiere algo».
Carmen suspiró aliviada. No había cometido ningún crimen.
Sonó el teléfono. Número desconocido.
«¿Dígame?», respondió ronca.
«Señora López, buenos días. Soy Adrián, ¿se acuerda? El que iba a su clase. Anoche dejó el DNI y bueno, el sujetador en mi bar. ¿Quiere que se lo lleve? Ahora no puedo, vienen los fontaneros».
«¡Adrián, claro que me acuerdo! Muchas gracias. ¡Qué muchacho más formal! ¿Compraste un bar? Qué bien».
«Pues no exactamente. Anoche, cuando bailaba encima de la barra, la rompió un poco. Y al intentar usar una tubería como pértiga, la partió», confesó con vergüenza.
Al oír esto, la princesa empezó a retroceder a toda prisa hacia el lugar del que el “no-médico” la había extraído. Las hemorroides protestaron, y el corazón le dio un vuelco: los partos inversos también duelen.
«¡Adrián, perdóname! ¡Te lo pagaré todo!».
«No hace falta, señora. Usted fue mi profesora favorita. Hace poco estuve en París y les conté a mis amigos todo lo que usted nos enseñó. Hasta me preguntaron si era guía. ¡Gracias a usted! Haré una barra de metal, y baile encima cuando quiera».
Colgó, y el teléfono sonó de nuevo. Era su hija, pidiendo perdón y anunciando que, si era niña, la llamarían Carmen, como ella.
Carmen lloró de emoción y le pidió que besara a su “pollo” de su parte.
Luego llamó Francisco, anunciando su regreso esa misma nochevendría en un camión. Le dijo que la amaba y que le compraría un abrigo de piel, porque una mujer como ella lo merecía.
Carmen, entre lágrimas, le dijo que lo único que quería era tenerlo a él.
Finalmente, se duchó, se preparó una taza enorme de té y se sentó en el sofá. Mientras bebía, reflexionó: tenía una vida maravillosa. Justo la que deseaba. Un marido amoroso, una hija encantadora, yernos cariñosos, alumnos que la recordaban con cariño.
Le gustaba su vida sencilla, sus conservas caseras, ser quien era. A veces reía, a veces lloraba, recordando momentos pasados.
De pronto, la perrita Gucci se subió a su regazo, buscando mimos.
Carmen la acarició y dijo: «Oye, no es por nada, pero Gucci no te pega. Tú no eres un accesorio de lujo, como yo no soy Lola. ¿Qué tal si te llamamos Duero? Es un río importante, ¿sabes? El más largo de la península que desemboca en».
La perra Duero resopló felizlos carlinos hacen eso. Le daba igual el nombre, mientras su dueña la acariciara.
En algún lugar profundo de Carmen, la princesa se encogió para siempre, decidida a no arruinarle la vida.







