La suegra tomó todas las decisiones por mí.

—¿Qué quieres decir con que «ya te has encargado de todo»? —La voz de Lucía temblaba de indignación—. ¿Con quién te has encargado? ¿De qué?

—Lucía, cálmate, por favor —Valeria Martínez ajustó sus gafas y tomó un sorbo de té de su taza favorita, decorada con claveles—. Solo quiero lo mejor para vosotras. ¿Acaso es malo que tu hija estudie en un buen colegio?

—Mamá, explícaselo bien —intervino Alejandro, pero hablaba en voz baja, como siempre que se trataba de discusiones entre su esposa y su madre.

—¿Explicar qué? —Lucía se giró hacia su marido—. ¿Que tu madre ha matriculado a Sofía en un colegio sin consultarme? ¿Que ha ido ella a la entrevista? ¿Que ya ha pagado la matrícula?

—Lucita, cariño —Valeria dejó la taza y cruzó las manos sobre la mesa—, tú misma decías que no sabías dónde meter a Sofía. Que no parabas de darle vueltas. Y de repente, surge esta oportunidad.

—¿Qué oportunidad? ¡Yo no te he pedido nada!

—Mi amiga Pilar, ¿te acuerdas de ella? Trabaja en educación. Dice que en ese colegio las plazas vuelan, hay lista de espera. Pero justo ha quedado una libre.

Lucía se apoyó en el armario de la cocina y cerró los ojos. La cabeza le daba vueltas de rabia e impotencia. Otra vez. Otra vez su suegra se metía en sus vidas y tomaba decisiones por ella.

—¿Y no se te ocurrió preguntarme? —dijo en un susurro.

—¿Preguntar qué? —Valeria alzó las manos—. Buen colegio, cerca de casa, programa avanzado. Sofía es una niña lista, podrá con ello.

—¡Pero es mi hija!

—¡Y mi nieta! —elevó la voz la suegra—. Por cierto, no olvides quién la cuidó cuando tú trabajabas. Quién le ayudaba con los deberes, quién la llevaba al médico.

Lucía apretó los puños. Ese argumento lo usaba Valeria cada vez que quería salirse con la suya. Sí, había ayudado con su nieta. Pero ¿eso le daba derecho a decidir por ella?

—Mamá, quizá sí deberías haberlo hablado antes —dijo Alejandro con cautela.

—¿Hablar contigo? —Valeria miró a su hijo—. Tú nunca decides nada. Siempre encerrado con tus ordenadores. Y el tiempo no espera. Las matrículas cierran mañana.

—¿Y si yo no quiero que Sofía vaya allí?

—¿Por qué no? —preguntó la suegra, sorprendida—. Dame al menos una razón coherente.

Lucía vaciló. No tenía razones. El colegio era bueno, el programa sólido, cerca de casa. Pero el problema no era ese.

—Quería elegir yo misma el colegio de mi hija —dijo al fin.

—Pues ya está. Así no tendrás que preocuparte —Valeria sonrió satisfecha—. Todo resuelto.

En ese momento, Sofía entró corriendo en la cocina, despeinada y feliz.

—¡Mamá, la abuela dice que voy a un colegio nuevo! ¡Tiene uniforme bonito y piscina!

Lucía miró a su hija, luego a su suegra. Valeria ya se había encargado de contárselo.

—Sofía, ¿te gusta tu colegio? —preguntó Lucía.

—Sí —respondió la niña encogiéndose de hombros—. Pero la abuela dice que el nuevo es mejor. Allí dan francés, no alemán.

—¿Lo ves? —dijo Valeria triunfal—. La niña está contenta.

Lucía sintió que algo se rompía dentro de ella. No era la primera vez, ni el primer año, que su suegra se entrometía. Decidía qué cenar, qué ropa comprarle a Sofía, dónde ir de vacaciones. Y Alejandro callaba. Siempre callaba.

—Sofía, vete a tu habitación, a hacer los deberes —dijo Lucía.

—Pero, mamá…

—Ve, hija. Los mayores están hablando.

La niña frunció el ceño, pero obedeció. Lucía esperó a que sus pasos se alejaran y se volvió hacia su suegra.

—Valeria, quiero que quede claro de una vez. Esta es mi familia, mi hija. Las decisiones las tomo yo.

—Pero qué nerviosa estás —meneó la cabeza la suegra—. Antes no eras así. Ale, ¿oyes cómo te habla tu mujer a tu madre?

Alejandro se removió incómodo en la silla.

—Lucía, no te pongas así. Mamá solo quería ayudar.

—¿Ayudar? —Lucía no podía creer que su marido volviera a ponerse de parte de su madre—. ¿De verdad no ves lo que pasa? ¡Tu madre ha decidido dónde estudiará nuestra hija!

—Vaya problema —señaló Valeria—. El colegio es excelente, lo he comprobado. La directora es muy competente.

—¿Y si no lo fuera? ¿Y si yo me opusiera?

—Pues no es el caso —dijo la suegra encogiéndose de hombros—. Y tú no te opones. Solo llevas la contraria.

Lucía se dejó caer en una silla. No tenía fuerzas para seguir discutiendo. ¿De qué servía razonar con alguien que no entendía límites?

—Vale —murmuró al fin—. Que sea ese colegio.

—Eso es —sonrió Valeria—. Verás cómo Sofía te lo agradecerá.

—¿Y el uniforme? —preguntó Alejandro.

—Ya lo he comprado —respondió su madre—. En esa tienda de la calle Mayor. Le quedó perfecto.

Lucía levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué? ¿Cuándo?

—Anteayer. La recogí del colegio y fuimos. A ella le encantó elegirlo.

—¡Te llevaste a mi hija sin mi permiso!

—Pero, Lucita, ¿qué tanto drama? —frunció el ceño Valeria—. Soy su abuela. Además, el uniforme hace falta para septiembre.

—Alejandro —Lucía miró a su marido—, ¿tú qué opinas?

Él titubeó.

—Mamá, ¿y si Lucía tenía otros planes?

—¿Qué planes? —Valeria lo miró desconcertada—. Estaba trabajando. Y la niña no puede quedarse sola.

Lucía se levantó. Si no salía de allí, acabaría diciendo algo de lo que se arrepentiría.

—Voy a dar una vuelta —anunció.

—¿Y la cena? —preguntó Alejandro.

—Que la prepare Valeria. Si ella decide todo.

Salió al rellano, donde el aire olía a lejía y a humedad. Abajo, en la calle, el atardecer teñía el barrio de oro. Caminó hasta el parque y se sentó en un banco. Allí había jugado Sofía de pequeña.

—¿Lucía? —una voz la sacó de sus pensamientos.

Era Marta, una vecina de toda la vida.

—Hola —dijo Lucía, haciendo sitio.

—¿Qué te pasa? —preguntó Marta—. ¿Problemas familiares?

—La suegra —respondió Lucía con un suspiro—. Ha matriculado a Sofía sin consultarme.

—¿Y Alejandro?

—Como siempre. Dice que su madre solo quería ayudar.

Marta movió la cabeza.

—Lucía, ¿hasta cuándo vas a aguantar esto?

—¿Qué puedo hacer? Es su madre. Nunca la pondrá en su sitio.

—Pues habla con él en serio. Dile que esto no puede seguir así.

—Ya lo he hecho. Mil veces.

Marta miró a los niños jugar antes de hablar.

—Yo también tuve problemas con mi suegra—Pues al final me mudé con mi familia a otra ciudad, y ahora solo nos vemos en Navidad —dijo Marta, mientras el último rayo de sol se perdía entre los árboles.

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La suegra tomó todas las decisiones por mí.
Se dejó el móvil en casa y yo leí un mensaje de texto…