Mamá los ingresó en un orfanato justo después de Año Nuevo…

La madre las llevó al orfanato justo después de Reyes. Las niñas lloraban. Eran niñas de hogar. Cuando la madre se liaba con su vida personal, y lo hacía constantemente, las hermanas, Lucía y Marisol, vivían con la abuela. Pero en Nochebuena, la abuela falleció y su madre las dejó en el orfanato. No, ella no era una mujer libertina, no bebía ni soplaba siquiera un cigarrillo. Pero, ¿acaso es justo que su ex marido viva como le dé la gana mientras ella tiene que aguantar sola con dos niñas a cuestas?

La madre abría el abrigo de Marisol y le decía: “No lloréis, las circunstancias son así, ¿qué culpa tengo yo? Aquí estaréis bien, ¡luego me lo agradeceréis!”. Marisol ya se ahogaba en llanto, apenas tenía 3 años y no entendía bien qué estaba pasando. Pero al ver los ojos fríos de su madre y la cara asustada de su hermana mayor, Lucía, de 7 años, sentía que todo iba mal. La madre susurró: “No me avergoncéis, no os estoy abandonando. En cuanto me organice, os vendré a buscar. ¡Para Semana Santa, os llevo!”. Las niñas, aunque seguían sollozando, se callaron: ¡su madre había prometido volver por ellas!

Adaptaron al orfanato con dificultad, aunque las cuidadoras las querían y las compadecían por su inocencia, su inteligencia y el cariño que se tenían. Lucía cautivaba a todos con sus ojos negros y serios, mientras que Marisol parecía un pequeño panecillo dulce y regordete. Marisol tiraba de Lucía: “¿Cuándo es la Pascua? ¿Vas a venir mamá entonces?”. Lucía le respondía con paciencia: “La Pascua es una fiesta de primavera, ¿recuerdas cuando la abuela pintaba los huevos?”. Marisol asentía con importancia, como si lo recordara, pero luego, al mencionar a la abuela, sus pestañas se humedecían. Lucía también quería saber cuándo llegaría la Pascua. Le preguntó a la cuidadora, y Carmen, sorprendida (pues los niños solían esperar la Navidad o sus cumpleaños), le regaló un pequeño calendario: “Mira, la Pascua es este día, lo he marcado con un círculo. Cada número es un día. Cuando yo era pequeña, tachaba los días hasta las vacaciones de verano”. Lucía empezó a tachar los días también, y la cola de números hasta el regreso de su madre se hacía más corta.

La mañana de Domingo de Resurrección, Marisol corrió hacia Lucía, apretando un huevo rojo en sus manitas: “¡Luci! ¡Hoy viene mamá, estoy tan contenta! ¿Tú también estás contenta?”. Lucía tampoco podía esperar. Al principio, la espera era alegre, pero después de la siesta, a Lucía le entraron ganas de llorar. Y encima, Marisol no paraba de quejarse. Al anochecer, cuando Lucía entendió que su madre las había engañado, calmó a Marisol: “Seguro que el autobús se ha estropeado, las carreteras están fatal. ¡Lo dicen todas las cuidadoras! No llores, lo arreglarán y mamá vendrá mañana. Mientras tanto, dormirá en algún pueblo”. La pequeña asintió, tragando lágrimas. Pero su madre nunca llegó, aunque las niñas la esperaron cada día, inventando excusas nuevas.

Una mañana, Lucía no encontró a Marisol. Las cuidadoras le explicaron que su madre se la había llevado. Años después, Lucía supo que su madre había renunciado a ella por escrito. Pero tuvo suerte: dos años después, una tía, hermana de su padre, la encontró. Tía Lola era una mujer buena, y sin darse cuenta, Lucía empezó a llamarla “mamá”. Su cariño y el de su familia fueron curando las heridas de Lucía, que intentaba no pensar en su madre ni en Marisol. Aunque sabía que Marisol era demasiado pequeña para entenderlo todo, igual le dolía… Sin ella, Lucía jamás habría salido adelante.

Pasaron los años. Lucía estudió enfermería, se casó, tuvo un hijo y vivieron humildemente, pero felices. Hasta que un día, recibió una carta. ¡De Marisol!

“Hola, hermanita mía. ¿Seguro que ya no te acuerdas de mí? Yo solo recuerdo tus trenzas y tus zapatitos de cuadros. ¡Cuánto quiero verte! Hemos vuelto al pueblo, vivimos en Almendralejo. Si no te molesta, ¿puedo ir a visitarte?”. Lucía se encogió de hombros, le pareció raro que en lugar de invitarla, su hermana se ofreciera a ir. Pero aun así, aceptó.

Marisol, con una chaqueta azul y cojeando, caminó hacia Lucía, agitando la mano con alegría. Entre el gentío de la estación, la reconoció al instante, la abrazó fuerte y lloró: “Hermana, en cuanto te vi, supe que eras tú. ¡Mi Luci! ¿Me das un abrazo?”. Lucía refunfuñó, diciendo que seguía siendo igual la llorona, pero a ella también se le llenaron los ojos de lágrimas.

Después de cenar, Marisol le contó: “No guardes rencor a mamá. El tío Paco, cuando la conoció, le dijo que la aceptaba con hijos. Pero ella no se atrevió a llevarnos a las dos. Luego tuvieron un niño, luego una niña… ¡Inés es una muñequita, no cabíamos nos! Ay, no te enfades. El tío Paco gana bien, es un carpintero estrellón, siempre tiene trabajo. Hasta hemos ido a la playa. Lo mal es que, cuando iba al instituto, un toro me corneó… menos mal que no le pasó nada a nadie más. Pero bueno, ya ves, cojeo… Oye, Luci, este pastel está riquísimo, ¿me pasas la receta?”.

Lucía preguntó: “¿Y trabajas? ¿Estudias algo? ¿Sales con alguien? ¡Estás preciosa!”.

Marisol se sonrojó: “Bueno, después del accidente estuve mucho tiempo en tratamiento, gastamos un dineral… Ahora ayudo en casa o al tío Paco con el taller. Mamá trabaja de contable en el ayuntamiento. Y a lo de salir… pues, con la cojera, nunca me ha apasionado. Pero ya estoy acostumbrada.”

Lucía convenció a Marisol para que se quedara a dormir, prometiendo llevarla al primer autobús. La hermana se durmió en cuanto apoyó la cabeza. Lucía miró su ropa, doblada con cuidado en la silla. Todo estaba limpio, pero remendado y gastado. ¡En el hospital, las chicas ganaban poco, pero ni ellas llevarían eso, ni mucho menos de visita!

Lucía se levantó a las 3 de la madrugada, despertó a su marido y le pidió que la llevara urgentemente a Almendralejo. Él protestó, pero al final accedió. Por el camino, Lucía le explicó todo, y aunque al principio frunció el ceño, terminó asintiendo.

Lucía encontró la casa de su madre sin esfuerzo. El corazón le latía con fuerza al llamar. La madre abrió y no la reconoció. Pero Lucía sí la vio, aunque envejecida, seguía siendo una mujer arreglada y elegante.

“Buenos días, mamá. Aquí nos vemos…”, dijo Lucía.

La madre la saludó con desgana, como si no fuera su hija, sino una vecina entrometida. Luego preguntó molesta: “¿Y dónde está Marisol? ¿En el corral? Que entre, tengo que hacer el desayuno y queda mucho por limpiar. Y tú, pasa, si has venido…”.

Lucía habló con calma: “Marisol se quedará conmigo un tiempo. Recoge su ropa y sus cosas… Y si podéis, dinero también. La pondré de auxiliar en el hospital, que aprenda algo. Y hay que tratar su pierna, ¡es una preciosidad y va coja! ¿Me oyes, mamá?”.

La madre torció el gesto y dijo: “Lárgate de aquí, justiciera. Iremos a buscar a Marisol nosotros. ¡No quiero verte cerca de ella nunca más!”.

Lucía negó con la cabeza y, mirándola a los ojos, dijo despacio: “Primero, no es Marisol, es Marisól. A tu vaca llámala Marisol, porque a partir de ahora la ordeñarás tú, señora. ¿Quieres que avise a medio pueblo? Que sepan cómo la respetable contable del ayuntamiento abandonó a sus hijas. ¿Crees que las vecinas se olvidarán? Aunque te marches, ¡te seguiré hasta la China!”.

La madre hizo una mueca, entró y cerró la puerta de golpe. Media hora después, salió un hombre delgado con una mochila: “Hola, soy Paco. Aquí están sus cosas. Dile a Marisól… bueno, que cuente de mi parte, que todo irá bien. Dinero mandaremos, yo me encargaré. Tiene razón, ¿cuántos años vivió la pobre como Cenicienta en su propia casa? Se lo dije a su madre… Pero no le guardes rencor, la vida no es fácil…”.

Lucía caminó hacia el coche con la mochila, pensando: “No, la vida no es fácil. Pero, ¿acaso lo fácil es difícil? ¿Que los hombres no beban ni se vayan de juerga? ¿Que las mujeres no abandonen a sus hijos por seguir a un hombre? ¿Que los hermanos no se olviden unos de otros?

Ser buena persona… eso sí que es difícil. Y sin embargo, pensó mientras abrochaba el cinturón a Marisól en el asiento de atrás, valía la pena intentarlo. Su hermana dormía ya, con una sonrisa leve, como si por primera vez en años hubiera encontrado un lugar donde descansar sin excusas, sin culpas, sin mentiras. El sol empezaba a subir tras los olivos del camino. Lucía miró a su marido, le apretó la mano y susurró: “Gracias”. No dijo más. No hacía falta. El silencio, por una vez, estaba lleno de paz.

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