Cruzada de por vida: La lucha eterna bajo el peso de la cruz

**La Cruz de Por Vida**

Si vas a hacer esas preguntas, mejor no tengas hijos. Y no escuches a nadie. Yo también lo hice en su día… suspiró la madre. Todos esos consejeros luego se esconden en sus madrigueras, y te queda la cruz de por vida.

Parecía un consejo sensato, pero a Irene se le heló el interior y le apretó el pecho. Un nudo se le formó en la garganta y los ojos le escocieron. Entendió que, si no cortaba la llamada ahora mismo, acabaría llorando al teléfono. Y lo peor: su madre, probablemente, ni siquiera lo notaría.

Entiendo. Gracias, mamá. Lo pensaré… Hablamos luego dijo Irene, colgando.

Abrazó una almohada y se encogió, hundiéndose en sí misma. No era solo un consejo. Era una revelación lanzada sin cuidado. Casi podía sentir cómo se abría una puerta a su pasado y todo cobraba sentido.

…En su relación con su hija, Lourdes fue… aplicada y puntual. Siempre vigiló su alimentación y le daba lo mejor, incluso pasando hambre ella misma. Irene tuvo juguetes, ropa, clases de piano y baile. Vamos, que lo tuvo todo. A excepción del amor.

Lourdes nunca le dijo que la quería. No la abrazaba, ni hablaba de sentimientos, ni la elogiaba. Tampoco la regañaba, la verdad. Era como si su hija le importara un pimiento.

Irene recordaba cuando ella y Lucía, su compañera de pupitre, suspendieron un examen. Lucía estaba hecha polvo.

Qué suerte tienes. A ti no te van a reñir en casa. A mí me van a freír a preguntas… Si no me conecto esta noche, es que me han quitado el móvil y el ordenador suspiró Lucía.
Tú eres la afortunada. A ti al menos te riñen… murmuró Irene.

Lucía la miró como si hubiera visto un fantasma. ¿De verdad alguien en su sano juicio quería que le gritaran?

¿Te ha dado un golpe de calor o qué? Bueno, si quieres, escucha tú sus quejas por mí se rio Lucía. Yo encantada.

Irene apartó la mirada. Le encantaría que la regañaran, pero su madre ni siquiera revisaba su agenda. ¿Para qué? Irene era una estudiante ejemplar. Hasta cierto punto.

Al principio, pensó que, si era lo suficientemente “buena”, su madre la miraría. La felicitaría por sus recitales de piano, por sus puntazos, la admiraría en sus bailes. Pero no. Lourdes lo recibía con frialdad, como si fuera lo normal.

Así que Irene fingió estar enferma. Dijo que le dolía la tripa, esperando que su madre se preocupara y la mimara. Sí, era feo, pero ¿cómo más llamar su atención?

Funcionó a medias. Lourdes le dedicó más tiempo. Pero Irene no se alegró. La llevó a mil médicos hasta que le diagnosticaron una gastritis leve. Luego, le daba las medicinas a su hora y seguía la dieta al pie de la letra. Ni una palabra de cariño o consuelo. Solo práctica indiferencia.

Así que Irene tomó medidas drásticas: faltó a clase, suspendió, dejó el piano y el baile, se volvió grosera…

Nada. Cero.

Si no quieres estudiar, es tu problema le dijo su madre un día, sin inmutarse. Te mantengo hasta los dieciocho, luego te buscas la vida. Pero si te expulsan, nadie te contratará. Hoy hasta los dependientes necesitan el graduado.

Sobre las tareas, Lourdes le advirtió: sin fregar el suelo y el baño, nada de salir. Irene intentó montar un drama, pero su madre solo le señaló la puerta.

No me interesan tus lloros y pataleos. Haz teatro en tu cuarto dijo Lourdes, encerrándose en su habitación.

Aquella noche, Irene lloró hasta quedarse sin fuerzas, sintiéndose abandonada. Como si para su madre fuera un muñeco al que vestir y acostar, no una persona.

Fue más allá. Una noche, se quedó en casa de una amiga sin avisar. Se preguntaba si Lourdes se preocuparía o si, directamente, olvidaría que tenía una hija. Quizá hasta respiraría aliviada…

Pero no. Lourdes llamó a medio mundo, la encontró y la trajo de vuelta. Sin gritos, sin reproches.

Si sigues así, te llevará la policía. Si sigues así, te llevará la policía. Y entonces sí que tendrás problemas reales.

Irene no respondió. Solo la miró, buscando algo un temblor en la voz, un destello de miedo, un atisbo de alivio, pero no encontró nada. Solo silencio. Y en ese silencio entendió que nunca obtendría lo que anhelaba.

Años después, cuando sostenía a su propia hija recién nacida en brazos, Irene lloró. No de tristeza, sino de miedo. Miedo a repetir la cruz que le habían dejado. Pero también, por primera vez, sintió el impulso de romperla.

Le besó la frente y susurró: Te quiero. Aunque no lo diga todos los días, te quiero con toda mi alma.

Y aunque nadie lo oyó, fue la primera vez que dijo esas palabras con verdad.

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Cruzada de por vida: La lucha eterna bajo el peso de la cruz
Después de veintiún años de matrimonio, una noche mi esposa me dijo: