Se avecina una charla difícil

Querido diario:

Hoy en Madrid, con las luces de los coches titilando en la lluvia y el murmullo apresurado de transeúntes en la calle, me senté en mi sofá y no pude evitar evadirme en mis pensamientos. Sentía un peso en el alma que apenas lograba disimular con mi sonrisa forzada. Ella, Lilí, y sus últimas palabras rondaban mi mente como una melodía que no cesa.

Nuestra historia lleva años tejiéndose con detalles fastuosos: cenas en terrazas caras, regalos costosos, gestos que creía sinceros. Sin embargo, la brecha entre nosotros ha ido agrandándose poco a poco. Ya no hay romance en sus ojos, ni risas sinceras, ni esa conexión que antes rendía cada instante común mágico. Me pregunto si fallo por mi excesivo celo, ¿o acaso ya no siente nada? Me daño con esas preguntas, pero no puedo evitarlos.

¿Acaso olvidé cómo enamorarla? Aquella noche en el bar de salmorejo, cuando me topé con su mirada de verdad. Lilí era distinta a las demás, con su carcajada tan única, su entusiasmo por los bailes flamencos, sus teorías absurdas sobre la vida. Me hice a un lado todo por conocerla, y así nacimos.

Es cierto que aquellos primeros meses brillaban con nuestra presencia: Madrid sembrado de recuerdos, excursiones por la Sierra, noches de tertulia compartida. Y sin embargo, hoy me observa con frialdad, respondiendo mis llamadas sin entusiasmo. A veces, me hace sentir más un miembro de la familia que un amante. Y eso duele.

Intento disimular, insistir, pero cuando trato de tocar el tema, ella se evapora bajo pretextos de cansancio o ocupaciones. Fresca, como una mancha de aceite en nuestro lienzo. Hoy me dejó otra vez: fue a encontrarse con sus amigas, y mientras yo encendía mi tele, una cálida sensación de soledad me quemó por dentro.

**Diario, desde el otro lado:**

Estoy en un *café* de la Calle Alcalá, rodeada de humo de tabaco clandestino y canciones flamencas de fondo. Mi café ya se enfrió, y yo me siento más helada que jamás. Esto no es justo. Aunque Iñaki sea inteligente, cariñoso y me cubra de atenciones, algo dentro de mí ya no responde.

¿Cómo llegamos hasta aquí? Recordarlo no ayuda. La noche en que nos conocimos, en aquella tertulia sobre arte, él me vio. Me vio de verdad. Hasta ese momento, creí que la verdadera conquista se fundía en detalles: sus cumplidos, los besos compartidos, los viajes planeados con esmero. Pero ahora, ¿todo eso pesa más que el vacío?

Mienten sus gestos. Antes creía que era mimo, ahora siento que es invasión. Cada pregunta superflua, cada intento de consuelo que se convierte en control. Y entonces, compares a Maxi. Mi amigo de siempre, el que ríe como un tonto, el que apenas logra una charla coherente, pero que siempre me entiende. El que desde hace años calla su amor, y yo no me había dado cuenta.

Con cada llamada que ignora, con cada comprobante de mi indiferencia hacia Iñaki, me corrodo en culpa. ¿Cómo hace alguien una elección así? ¿Cómo me permito robarle la ilusión a un hombre que me trata como princesa? Pero aquí estoy, con lágrimas quemándome las mejillas, sabiendo que pronto le contaré la verdad. QUE LE DIRÉ QUE AMO A OTRO.

Sé que esto será el fin de algo, pero también el principio de buscar quién soy realmente. Mañana es un nuevo día. O quizá ya es demasiado tarde.

Hoy debo enfrentar el peso de mis decisiones.

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