Se Vengó

—¡Julita! ¡Julia, para ya mismo!

Apenas la joven salió del trabajo, una mujer bajita y regordeta se acercó corriendo, con una voz que solía ser autoritaria pero que ahora sonaba casi dulce, aunque con reproche.

—Julita, ¿qué ha pasado contigo y con Adrián? Ayer me llamó diciendo que lo habías dejado. ¿Cómo pudiste hacer algo así? Ahora más que nunca necesita tu ayuda, y tú, en vez de dársela, decides desaparecer. ¿Qué clase de mujer enamorada eres?

—La misma que él como hombre enamorado —respondió Julia con una sonrisa fría—. ¿O no recuerda lo que hablaron ustedes dos en la cocina hace año y medio? ¿Quiere que se lo repita? Usted misma aprobó sus ideas y sus principios sobre la convivencia. ¿Por qué ahora le parece mal? ¿O es que «esto es diferente»?

—¡Pero de qué hablas! Jamás apoyaría que alguien que ama abandone a su pareja, menos en un momento tan difícil.

—Qué raro, porque yo recuerdo otra cosa. Usted misma se opuso a que nos casáramos, le dijo que si lo hacía, yo me colgaría de su cuello como una losa. ¿Por qué a él se le permite librarse del lastre y a mí no?

—¡Qué lastre ni qué nada! Se aman, deben superar esto juntos…

—Él no quiso hacerlo juntos. Y usted tampoco. Ahora ámenlo ustedes con toda esta situación, yo seguiré mi camino. Estos problemas me importan un bledo. Y gracias a ustedes, ni siquiera estamos casados, así que no tendré que pagarle ninguna pensión. Gracias, Rosario.

Con una burlona reverencia, Julia giró y se alejó rápidamente hacia la parada del autobús.

Mientras caminaba, pensó en pedir una hipoteca para un piso más cerca del trabajo. Su pequeño apartamento heredado de la abuela quedaba a dos horas, entre atascos y trasbordos.

Pero los cálculos inmobiliarios pronto cedieron ante la duda: ¿había hecho bien en dejar a Adrián en ese momento? La lógica decía que sí, pero el corazón… Demasiado blando. Aunque el recuerdo de aquella conversación, escuchada por casualidad meses atrás, secaba cualquier lástima.

Julia no solía espiar. Pero esa noche, después de dormir todo el día por un resfriado, fue a la cocina a por agua y no encontró sus zapatillas. Quizá las habían empujado bajo los muebles. Cansada de buscar, salió descalza.

Por eso ni Adrián —su prometido en aquel entonces— ni su futura suegra la oyeron acercarse. Pero ella sí los oyó a ellos.

—Es una buena chica, hijo, pero no te cases con ella. Si fuera rica, quizá valdría la pena, pero si te casas, todo lo que compres será compartido. Si te separas, se llevará la mitad del piso, del coche, de todo. Podrías firmar un acuerdo prenupcial, pero ¿crees que aceptaría renunciar a su parte? Nadie lo haría.

—Mamá, ¿qué puede pasar? Julia trabaja, no me pide que la mantenga.

—¡No me digas que quieres tener un hijo con ella! —exclamó Rosario, agitando las manos.

—No, claro. Ni ella quiere, es demasiado ambiciosa.

—Pues no te cases. Si algo sale mal, podrás echarla de un día para otro. Casado, no tendrías esa libertad.

Julia regresó en silencio a la habitación y lloró toda la noche. Sabía que Adrián no se casaría con ella —dos años sin propuesta lo confirmaban—, pero otra cosa era escuchar que la echarían sin dudar si enfermaba o sufría un accidente.

Adrián siempre le había dicho que no se casaban por su jefe, que prefería empleados solteros. Prometió que cambiaría de trabajo y entonces sí. Pero la verdad era otra.

Al día siguiente, Julia analizó su relación en frío. Vivir con Adrián ahorraba tiempo: su piso estaba en el centro, y él era bueno en la cama. Además, podía alquilar el suyo. Si eliminaba los sentimientos —que él claramente no tenía—, era un trato conveniente.

Así siguieron, hasta que meses después Adrián tuvo un accidente. Borracho al volante, chocó contra una barandilla. El coche quedó destrozado, y su columna también. Los médicos dijeron que podría recuperarse, pero con una larga rehabilitación.

—Julia, lo superaremos —dijo él en el hospital, la única vez que lo visitó—. En un año estaré bien.

—Buena suerte con eso —sonrió ella—. Pero no pienso cargar con un inválido. Ya saqué mis cosas. Aquí tienes las llaves.

—¿Me abandonas ahora? Nos amamos. ¿No deberíamos ayudarnos?

—Tú y tu madre decidieron no casaros precisamente para no ayudaros. Esto va en ambos sentidos, Adrián. No voy a arrastrar a alguien que ni siquiera es mi marido.

—¡Yo no te habría dejado!

—Eso dices ahora. Adiós.

Y salió del hospital, bloqueando su número al instante. Todo había terminado.

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Se Vengó
El vecino de la edad equivocada Las mañanas de don Pedro Serrano transcurrían siempre igual. La tetera silbaba, la radio de la cocina chisporroteaba y soltaba titulares sobre atascos y el clima, en el portal sonaban dos o tres portazos: la gente rumbo al trabajo. Él, jubilado desde hacía tiempo, ya no tenía prisa por salir, pero aún conservaba el hábito de levantarse temprano, igual que el de recorrer el piso comprobando si había cerrado bien la terraza, apagado el gas y dejado las llaves en su sitio. Llevaba más de treinta años viviendo en aquel bloque de nueve plantas en el extrarradio de Madrid. Conocía el timbre de cada vecino, sabía quién daba los portazos más fuertes, quién dejaba el carrito de bebé ocupando el rellano. Su planta era tranquila. Aquella quietud le gustaba. Por las noches podía sentarse en el sillón, poner una serie antigua en la tele y, a través de la pared, escuchar toser a la señora del final del pasillo. Así sentía la casa viva, aunque nunca demasiado bulliciosa. En el portal todo seguía un orden sutil. Si veía los avisos del ascensor torcidos, los enderezaba. Una vez compró celo para corregir un cartel sobre la limpieza de la escalera y lo colocó él mismo, sin faltas de ortografía ni chapuzas. Su ficus presidía el rellano desde una botella de plástico cortada a modo de maceta. En verano lo sacaba a la escalera, para dar algo de alegría al ambiente. El día que todo empezó a cambiar, estaba regándolo precisamente. Olía a filetes fritos: alguien cocinaba abajo y el olor subía escaleras arriba. El ascensor se sacudió, chirrió y se abrió la puerta. Salió de allí un chaval con trolley y mochila, auriculares enchufados a un móvil del que se escapaba apenas una música rítmica. El joven se detuvo, consultó los números de los pisos y miró a don Pedro Serrano. —Buenos días —dijo, quitándose un auricular—. ¿Sabía decirme, doscientos treinta y siete, por favor? —El doscientos treinta y siete es la siguiente puerta —respondió él—. Aquí la numeración es rara, no va en orden. El chico asintió y arrastró el trolley. Las ruedas empezaron a repiquetear sobre el terrazo. El pasillo se llenó con sus pertenencias, el bulto de la mochila golpeó el brazo del jubilado. —Ay, perdón —se disculpó el muchacho rápidamente—. Me estoy instalando, ya sabe… La palabra “instalando” le sonó a intrusión. En el 237 vivía doña Luz, viuda y tranquila, con su gato. Había oído que pensaba alquilar habitación. Así que aquí estaba: el inquilino. Don Pedro Serrano regresó a su piso, número 235, cerró la puerta y se quedó escuchando. Tras el tabique sonaron movimientos de muebles, puertas de armarios. Después sonó el timbre varias veces más—debía de llegar alguien nuevo—. Voces jóvenes, rápidas, risas breves. Se hizo otro té en la cocina, demasiado fuerte pero igual lo bebió. Le rondaban las palabras de doña Luz: “Bueno, la pensión no da, que viva aquí el chaval, total, los estudiantes son silenciosos y formales”. Silenciosos. Por la noche, pronto se entendió cuánto silencio. En cuanto oscureció, crujieron bolsas en el pasillo, un portazo, y al otro lado del tabique arrancó la música. No muy alta, pero con un bajo que atravesaba la pared. Don Pedro Serrano apagó la tele, escuchó. El bombo palpitaba con uniforme obstinación, como un puñetazo en el pecho. Esperó diez minutos, se acercó a la pared, dio suaves golpecitos. Nada. Tocó con más fuerza. Al cabo, el bajo bajó de volumen, sin desaparecer. —¡Bah, vaya silencio…! —rezongó volviendo a su butaca. La noche se hizo larga. Cerca de la medianoche tardía, una puerta retumbó con tal fuerza en el rellano que hasta el armario de su salón tembló. Voces, risas, intentos torpes de meter la llave en la cerradura. El jubilado, en la oscuridad, contaba los latidos del corazón. Recordó las normas del chat de vecinos: “Por favor, recordemos respetar el descanso desde las 23.00”. Él mismo lo había reenviado en su día. Por la mañana abrió la puerta y vio dos pares de deportivas en el pasillo y una chaqueta colgada, cuando antes solo había las suyas y las de doña Luz. Había hasta una caja de pizza apoyada con esmero contra la pared. La miró un instante, regresó adentro. Abrió el chat vecinal en el móvil y empezó a escribir: “Ruego no se deje basura en el pasillo y se respete el horario de silencio”. Borró el mensaje. Tecleó: “¿Quién se ha instalado en el 237? Mucho jaleo anoche”. Borró también. Al final envió solo: “No dejéis basura en el pasillo, por favor”. Minutos después, alguien contestó con un emoticono. Luego varios: “¿Dónde está esa basura?”—“En mi rellano está limpio”. Doña Luz nunca participaba en los chats, no le gustaban. A mediodía la encontró en el ascensor. Llevaba bolsa de la compra, sobresalía un pan y un manojo de perejil. —¿Ya tienes inquilino, Luz? —preguntó con prudencia. —Sí, Iván, estudiante de informática. Buen chico, muy educado. No te agobies, ya le dije que aquí no se hace ruido. —Ajá —dijo él—. Educado. Por la noche volvió la música: ahora con voz, palabras arrastradas en inglés. Don Pedro apagó la tele, se puso las zapatillas y salió. Tocó a la puerta de Luz. La música fluía, todavía, por debajo de la rendija. Tras unos segundos, giro de llave. Iván abrió en camiseta y chándal. —Buenas noches —le dijo Don Pedro—. ¿No podrías bajar el volumen? Ya es tarde… Iván parpadeó, retiró el auricular colgando de su cuello. —Ay, sí, claro, disculpe. No me di cuenta, tenía cascos puestos y se quedaron sonando los altavoces. Ahora bajo. —Mejor apaga —cortó seco Don Pedro—. Aquí la gente vive, esto no es un colegio mayor. —Por supuesto, perdón, no se repetirá. El sonido cesó casi al momento. Don Pedro volvió a su butaca, sin que le abandonase el enfado. “No se dio cuenta… ¡Cómo no se va a dar uno cuenta!” Al día siguiente, pleno telediario, sonó su timbre. Era el chaval, ahora en vaqueros y con el portátil en la mano. —Perdone por ayer —murmuró Iván—. Quería preguntarle… ¿Su Internet va bien? No me conecta nada y Luz dice que usted sabe manejar estos líos. Don Pedro estuvo a punto de soltar que ni hablar de compartir su wifi, pero la pregunta fue distinta: solo necesitaba el número de un técnico, ese que todavía guardaba pegado a la nevera. Le preguntó el nombre, fue a buscarlo, le escribió el teléfono en un papel. —Si alguna vez quiere ayuda con el móvil o el ordenador, yo sé de eso —añadió Iván, mostrando el portátil—. —No me hace falta —atajó Don Pedro—. Gracias. Esa noche, peleando con el móvil, tentado estuvo de llamarle, pero la tozudez pudo más. Solo logró borrar del menú el reloj. Días después, nueva tormenta en el chat vecinal: fotos a las deportivas de Iván, queja de otra vecina por cajas de cartón en el rellano. Don Pedro propuso hablar cara a cara, no por mensajes. Ni él mismo entendía por qué lo hacía. Se cruzaron más veces: en el ascensor, en la entrada. Un día Iván le sujetó la puerta mientras él peleaba con la compra. En el ascensor Iván confesó que aún no se hacía a la vida en bloque y que en su pueblo, en Toledo, allí no existían chats de vecinos, sino palabras y, a veces, zapatillazos del padre. A lo que Don Pedro replicó que aquí mejor quitar primero los zapatos y luego protestar. Al poco, problemas con el contador del agua y la lectura por Internet. La espalda no le permitía fisgonear debajo del fregadero y, aunque a disgusto, Don Pedro llamó a Iván. El chico entró descalzo, ordenó los zapatos. Leyó los datos, los introdujo en la web, le instaló una aplicación. —Así la próxima vez será más fácil —sonrió. Don Pedro no se enteró de la mitad, pero no protestó. Desde entonces, empezó a verle de otro modo. Seguía molestándole el jaleo, el olor a comida o las visitas nocturnas, pero empezaba a sentir que él mismo ya formaba parte de algo rápido y cambiante, aunque sin buscarlo. Una noche, escándalo en el 237: risas, vídeo a todo volumen, quejas en el chat, amenaza de llamar a la policía. Don Pedro salió en bata y llamó a la puerta. —¿Es que no sabes la hora que es, Iván? —le soltó con severidad—. Aquí vivimos personas, no es un piso de estudiantes. No vuelvas a montar esto. —Perdón… De verdad —musitó el chico. A la mañana siguiente, en el cuarto de basuras, Iván le preguntó, sin malicia, si vivía solo. Le salió una respuesta brusca, y luego, al verse reflejado en el ascensor, no supo bien quién era el viejo malhumorado que veía. Y luego llegó la inundación en el portal: goteras, la crisis, la compañía de seguros. Iván vino a ayudar a apartar muebles, a poner cazuelas bajo la filtración. Acabaron tomando té. Iván, hablando de su pueblo y de la soledad de Madrid; Don Pedro, reconociendo en el chico el miedo de quien empieza. Tras eso, fueron coincidiendo más veces; Iván tardaba menos en bajar la música, él se acostumbró a verle por el rellano, incluso aceptó su ayuda alguna vez cuando le dolía la pierna o no alcanzaba los medicamentos. Un día, Iván llamó a la puerta con una fiambrera de cocido, le propuso ver juntos el partido de fútbol por la tele porque su suscripción no funcionaba. Al terminar, Don Pedro se descubrió riendo como hacía años. Llegó la primavera. Un día doña Luz le contó que el chico se marchaba, tras encontrar otro cuarto junto a la universidad. —¿Y ahora qué? ¿Sigo alquilando? —preguntó. —Tú verás —respondió Don Pedro, aunque por dentro sintió un pequeño vacío que no supo explicar. El día de la despedida, Iván le dio el número de wifi, por si lo necesitaba, se despidió, prometió no dejar los estudios y ayudarle si otra vez le hacía falta algo del móvil. Esa noche, la casa estaba más silenciosa que nunca. Don Pedro repasó mensajes en el teléfono. “¿Llegaste bien?” tecleó, dudó. Al final, pulsó enviar. “Todo bien, gracias por preguntar”, contestó Iván. “¿Por ahí todo en orden? ;)” Y Don Pedro respondió: “Demasiada calma.” El ficus en la ventana seguía creciendo hacia la luz. Y Don Pedro, por primera vez, pensó que quizá aquel silencio no era vacío, sino espera. Esperanza de que, en algún momento, alguien volvería a llenar la casa, aunque solo fuese para discutir por la música o pedir ayuda para el móvil. Y la idea no le asustó. El vecino de la edad equivocada.