Te he dado un hijo, pero no queremos nada de ti, – así fue la llamada de la amante Javier miró a Lidia con la expresión de un perro apaleado. —Sí, has escuchado bien. Lidia, hace medio año estuve con otra. Solo fueron algunos encuentros, nada serio, solo una distracción. Y ella me ha dado un hijo. Hace poco… A Lidia le dio vueltas la cabeza. ¡Menuda noticia! ¡Su fiel y cariñoso marido había tenido un hijo fuera de casa! Lidia apenas podía asimilar el alcance de esas palabras. Llevaba varios minutos intentando comprender qué quería decirle su marido. Él estaba delante, hombros hundidos, las manos entre las rodillas. Parecía más pequeño que nunca, como si le hubieran sacado todo el aire. —Un hijo, ¿eh?—repitió Lidia. —Tú, casado, tienes un hijo por ahí. Y, además, no lo he tenido yo. O sea, que no soy yo… —Lidia, te juro que no lo sabía. —¿Que no sabías cómo se hacen los niños? Tienes cuarenta años, Javi. —¡No sabía que ella… que iba a tenerlo! Hace tiempo que no estamos juntos; ella volvió con su marido. Pensé que todo estaba bien. Ayer, de repente, me llama: «Has sido padre de un niño. Tres kilos doscientos. Sano». Y colgó. Lidia se levantó. Las piernas apenas la sostenían; de rodillas parecía de algodón, como si acabara de correr una maratón. Fuera, arreciaba el otoño. Inconscientemente, Lidia se quedó absorta mirando el paisaje tras la ventana—qué bonito… —¿Y ahora qué?—preguntó sin volverse. —No lo sé. —Vaya respuesta de todo un hombre. El cabeza de familia. No lo sé. Se giró bruscamente. —¿Vas a ir? ¿A verle? Javi levantó la vista avergonzado hacia su mujer. —Lidia, me ha puesto la dirección del hospital, dijo que el alta es pasado mañana. Así, tal cual: «Si quieres, ven; si no, no. No quiero nada de ti». Orgullosa… De mí no quiere nada… —No quiere nada,—repitió Lidia como un eco—. Santa inocencia. En el pasillo se oyó el portazo de la puerta principal. Habían vuelto los mayores. Lidia se dibujó la sonrisa en la cara en un instante. Era toda una profesional—los años en los negocios la habían enseñado a mantener la compostura, aún cuando todo se derrumba. Por la puerta apareció el mayor—alto, hombros anchos, veinte años. —Hola, padres. ¿Qué caras son esas? Mamá, ¿hay algo de comer? Venimos de entrenar, con hambre de lobo. —Hay empanadillas en la nevera. Calentadlas.—dijo rápida Lidia. —Papá, ¿miraste lo del carburador de mi coche viejo?—El segundo hijo, un poco menor, le dio una palmadita en el hombro a su padre. Lidia miraba la escena, sintiendo el corazón encogerse, tanto que le costaba respirar. Ellos le llaman papá. El verdadero padre se perdió en la niebla hace tiempo, con lo justo de pensión alimenticia y alguna postal de vez en cuando. Fue Javi quien los crió. Les enseñó a conducir, curó rodillas despellejadas, fue a las reuniones del colegio, solucionó los líos de adolescentes. Era su padre. De verdad. Javi forzó una sonrisa: —Sí, Santi, lo miro luego. Dejadnos hablar un momento, ¿vale? Los chicos se fueron, el estrépito de platos indicaba que estaban devorando. —Te quieren,—dijo bajito Lidia.—Y tú… —Lidia, basta. Yo también los quiero. Son mis chicos. No me voy a ir. Te he sido sincero—fue un desliz. Un error. Con esa mujer… no hubo nada serio. Solo… fue un entretenimiento. —Un entretenimiento que ahora te obliga a cambiar pañales… En ese momento entró corriendo la pequeña Sofía, de seis años. Ahí la coraza de Lidia se resquebrajó. La niña se lanzó al regazo de Javi. —¡Papi! ¿Por qué estás triste? ¿Mamá te ha reñido? Javi la abrazó, hundiendo la nariz en su rubia cabecita. Vivía sólo por ella. Lidia sabía: por Sofía sería capaz de enfrentarse al mundo. Era un amor absoluto, de esos que arrasan. —No, princesa. Sólo estamos hablando de cosas de mayores. Pon los dibujos, que ahora voy contigo. Sofía salió corriendo y la calma volvió a la cocina. —¿Te das cuenta de que todo ha cambiado?—preguntó Lidia. Se sentó otra vez a la mesa. —No me iré, Lidia. Te amo, quiero a los niños… sin vosotros no sabría vivir… —Eso son solo palabras, Javi. Pero los hechos son que tienes un hijo allí. Un hijo necesita padre. Esa mujer… ahora dirá “no quiero nada”. Puede que sea por las hormonas, por la emoción, quizás una estrategia. Pasa un mes, seis meses, el niño se pone malo, crece, hará falta dinero. Te llamará: “Javi, no tenemos chaquetón para el niño”. O “Javi, tenemos que ir al médico”. Y tú irás. Eres incapaz de dejar tirado a nadie. Javi no dijo nada. —¿Y el dinero, Javi?—Lidia bajó la voz.—¿De dónde vas a sacarlo? Él se removió, como si le hubieran dado una bofetada—Lidia había tocado fibra sensible. Su negocio se vino abajo hace dos años, los deudas se saldaron con los ahorros de Lidia. Ahora tenía algún trabajo, hacía lo que podía, pero era una miseria comparado con lo que Lidia aportaba. Casa, coche, vacaciones, estudios de los chicos—todo por ella. Ni una mísera tarjeta a su nombre, todo embargado, usaba efectivo o la tarjeta vinculada a la cuenta de Lidia. —Buscaré, —farfulló. —¿Dónde? ¿De taxista por las noches? ¿Sacando de mi cajón para mantener a la otra familia? ¿Te das cuenta lo absurdo? Yo mantengo la casa, y tú, con mi dinero, al hijo de otra. —¡No es la otra! —rugió Javi—. Se acabó hace medio año. —Un hijo une más que una firma en el registro. ¿Vas a ir a la salida del hospital? La pregunta quedó en el aire. Javi se frotó la cara. —No lo sé, Lidia. De verdad. Humanamente… debería. El niño no tiene culpa. —Humanamente—rió ella con sarcasmo—. ¿Y conmigo, con Sofía, con los chicos, qué hay de humano? Vas allí, ves al bebé, lo coges… y ya está. Te conozco. Te va la vena sensiblera. Acabarás yendo cada semana. Al principio una, luego dos, hasta pasarte el fin de semana allí. Nos mentirás con que tienes demasiada faena. Y aquí nos quedaremos esperando. Lidia se levantó y fue al grifo. Puso el agua y la volvió a cerrar. —Es 8 años menor que yo, Javi. Tiene 32. Te ha dado un hijo. El tuyo, de sangre. El padre de mis hijos no eres tú, aunque tú los criaste. Pero ese, ese sí lo llevas en la sangre. ¿De verdad crees que no importará? —Dices tonterías. Los chicos son míos, yo los he criado. —¡Anda ya! Los hombres siempre queréis un heredero. Un hijo propio. —¡Si tenemos a Sofía! —Sofía es una niña… Javi se levantó. —¡Basta! ¿Por qué me echas de casa antes de tiempo? He dicho que no me voy. Pero tampoco soy de piedra. Ese niño ha nacido. De mí, sí. He fallado como marido, como todo. ¿Quieres que me largue? Hago la maleta y me voy. A casa de mi madre, a donde sea. Pero no me chantajees. Lidia se quedó paralizada. De golpe, daba miedo. Si decía “vete”, él se iría. Orgulloso. Tonto, pero orgulloso. Se iría a ningún sitio, sin dinero, sin casa; y fijo acabaría con la otra. Allí le abrirán los brazos, será un héroe, un padre, aunque pobre, pero propio. Y le perdería para siempre. Y ella no quería perderle. Pese al dolor, pese al resentimiento, aún le quería. Y sus hijos también. Echar es rápido. Pero, ¿cómo vivir en una casa vacía llena de recuerdos? —Siéntate,—dijo al fin. —Nadie te echa de aquí. Javi se quedó un momento parado, resollando, y después se sentó. —Lidia, perdóname. Soy un imbécil… —Un imbécil,—asintió.—Pero nuestro imbécil… La tarde pasó en una niebla. Lidia hacía deberes con Sofía, revisaba informes del trabajo, pero su cabeza estaba en otro sitio. Se imaginaba a esa mujer. ¿Cómo sería? Guapa, seguro. Joven. Ahora mismo seguro que mira al niño y se siente vencedora. ¡No quiere nada! Claro, es la táctica más eficaz. No exigir, no montar escándalos, solo decir: aquí tienes un hijo, pero somos fuertes y nos apañamos. Eso golpea al orgullo masculino. El hombre enseguida quiere ser un héroe. Javi apenas dormía, daba vueltas en la cama, y Lidia miraba la oscuridad sin cerrar los ojos. Ella, con 45 años, guapa, segura, exitosa… Y la juventud, allí fuera… *** Por la mañana todo era peor—Lidia no conseguía centrarse. Los chicos desayunaron rápido y se fueron. De repente, Sofía se puso caprichosa. —¡Papá, hazme una trenza!—pidió—Mamá me la hace mal. Javi cogió el peine. Sus manos, acostumbradas al volante y al martillo, eran tiernas con el pelo fino de niña. Trenzaba con cuidado, la lengua fuera de concentración. Lidia, con el café entre las manos, miraba la escena. Era su marido. Su hombre, tan suyo, tan familiar. Y, tan lejos, otro niño, con igual derecho sobre él. ¿Por qué la vida era así? —Javi,—dijo Lidia cuando Sofía se fue a vestirse. —Tenemos que decidir. Ahora. Él dejó el peine despacio. —He estado pensando toda la noche. —¿Y? —No voy a ir a la salida del hospital. Por dentro, Lidia se encogió, pero no lo mostró. —¿Por qué? —Porque si voy, daré esperanzas a ella, a mí y a ese niño. No podría ser padre repartido entre dos casas. No quiero, Lidia. No quiero mentirte, ni quitarle tiempo a Sofía, ni a los chicos. Hace once años tomé una decisión. Tú eres mi mujer, aquí está mi familia. —¿Y el otro niño?—Lidia se sorprendió de hacer la pregunta. —Ayudaré con dinero. De forma oficial, por alimentos, o abriremos una cuenta. Pero ir allí… No. Mejor que crezca sin saber quién soy, que esperarme los fines de semana y que yo esté deseando volver a casa. Así es más justo. Lidia no dijo nada. Giraba su anillo de casada entre los dedos. —¿Seguro? ¿Y si después te arrepientes? —Me arrepentiré,—dijo sincero Javi.—Seguramente pensaré en cómo estará. Pero si empiezo a ir, os perderé. Lo sé, porque tú no lo soportarás. Eres fuerte, Lidia, pero no de hierro. Acabarías odiándome, y yo no quiero eso. Dios, qué mal lo explico… Se puso tras ella y le puso las manos en los hombros. —Lidia, no quiero otra vida. Os tengo a ti, a los niños. Y lo otro… es el precio de haberme equivocado. Lo pagaré con dinero, solo con dinero. Ni tiempo, ni cuidados, ni atención puedo compartirlos con ese niño… Lidia cogió su mano. —¿Con dinero solo?—esbozó una media sonrisa. —Trabajaré, me esforzaré si hace falta. No te volveré a pedir ni un euro para arreglar mis líos. Es cosa mía, Lidia. Lidia se tranquilizó. Quizá su marido había fallado, quizá no había sido justo con ella, pero esas eran las palabras que necesitaba oír. A su marido, no estaba dispuesta a compartirlo; los sentimientos de la otra le daban igual. ¿Le tuvo un hijo al casado? Pues que se apañe. *** Javier no fue a la salida del hospital. Después, la otra lo asedió al teléfono—gritos, reproches, preguntas de por qué no acudió. Javi fue tajante: puede contar solo con la ayuda económica, nunca habrá encuentros. La mujer colgó, y, en el medio año transcurrido desde aquel día, no volvió a saberse de ella. El teléfono, apagado. Y eso, a Lidia, le parece más que bien.

Te he dado un hijo, pero no quiero nada de ti llamó la amante.

Mi mujer, Clara, me miró con los ojos llenos de incredulidad, como si le hubieran dado un golpe inesperado.

Sí, has oído bien, Clara. Hace medio año tuve una aventura.

Solo fueron un par de encuentros, pura distracción, nada importante.

Y ahora resulta que ha tenido un hijo mío. Hace poco

Clara sintió que el suelo se le movía bajo los pies. ¡Eso sí que eran noticias!

¡Su leal y cariñoso marido, padre de un hijo fuera de casa!

Le costó un mundo captar el significado de lo que yo acababa de decirle.

Durante unos minutos, Clara solo pudo mirar el vacío, buscando comprenderme.

Yo estaba ahí, encogido, las manos entrelazadas y los hombros hundidos, sintiéndome como un niño pillado en falta.

Me sentía tremendamente pequeño, insignificante.

Así que un hijo repitió Clara. Hijo tuyo, de un hombre casado.

Y encima no nacido de tu esposa. Es decir, de mí

Clara, te juro que no lo sabía. Te lo juro.

¿No sabías cómo se hacen los hijos? Tienes cuarenta años, Nico.

No sabía que ella que iba a decidir tenerlo.

Nuestra historia acabó hace tiempo, volvió con su marido.

Pensé que todo estaba en orden entre ellos.

Pero ayer me llamó. Tienes un hijo. Tres kilos doscientos. Perfecto de salud.

Y colgó.

Clara se levantó. Apenas sentía las piernas, como si acabara de correr una maratón.

Fuera, el otoño rugía detrás de la ventana.

Clara, distraída, se quedó contemplando el paisaje precioso, melancólico

¿Y ahora qué? preguntó, sin darse la vuelta.

No lo sé.

Fantástico, una respuesta digna de un hombre de verdad. El jefe de la casa, claro. No lo sé.

Se giró de repente.

¿Vas a ir? ¿Vas a verle?

Acorralado, alcé la vista a mi esposa.

Clara, ella me escribió la dirección del hospital. El alta es pasado mañana.

Me dijo claramente: Si quieres venir, vienes. Si no, nada. No quiero nada de ti.

Orgullosa, desde luego.

Que no necesita nada de mí

No necesita nada repitió Clara, resignada. Bendita ingenuidad.

En ese momento se escuchó el portazo de la entrada regresaron los chicos.

Clara se puso la sonrisa de inmediato.

Se le daba bien fingir, los años negociando en Madrid la habían convertido en una experta en guardar las apariencias incluso cuando todo se iba a pique.

El mayor, Javier, alto y fuerte, se asomó a la cocina.

¡Hola, padres! ¿Qué pasa, estáis con cara larga?

Mamá, ¿hay algo de comer? Venimos muertos de hambre de fútbol.

Tenéis empanadillas en el frigorífico, calentadlas les dijo Clara.

Papá, ¿me echas un vistazo al motor del coche viejo luego? Diego, el pequeño, me dio un golpecito en el hombro.

Clara miraba la escena y el pecho se le encogía de dolor.

Ellos me llamaban papá. El padre biológico desapareció hace mucho, mandaba la pensión y algún que otro mensaje en Navidad.

Yo los crié. Les enseñé a conducir, les curé las heridas, fui a tutorías, resolví líos en el instituto.

Fui su padre. De verdad.

Me forcé a sonreír:

Lo miro luego, Diego. Dadnos un momento a vuestra madre y a mí.

Ellos se marcharon, haciendo ruido con los platos.

Te adoran, susurró Clara. Y tú

Clara, basta. Yo también los quiero, son mis chicos. No me voy a ir.

Desde el principio te lo dije fue una locura, un error.

No significó nada realmente.

Solo un deseo pasajero.

Solo un deseo, que ahora exige cambiar pañales

Marta, la pequeña de seis años, irrumpió. Ahí se le rompió la coraza a Clara.

Saltó como un koala sobre mis rodillas.

¡Papá! ¿Por qué tienes esa cara triste? ¿Te ha reñido mamá?

La abracé muy fuerte, apoyando la cabeza en sus rizos rubios.

Vivía por ella.

Clara lo sabía: por Marta sería capaz de enfrentarme a cualquiera. Ese amor absoluto y tierno que todo lo justificaba.

No, princesa. Solo hablábamos de cosas de mayores. Anda, ve a ver tus dibujos animados, que ahora voy yo.

Cuando Marta salió disparada, la cocina recuperó el silencio.

Sabes que todo va a cambiar, ¿verdad? dijo Clara, sentándose de nuevo.

No me iré, Clara. Te quiero, quiero a los niños. Sin vosotros no soy nada

Palabras suspiró Clara. Pero los hechos son otros: tienes un hijo fuera. Te necesita.

Esa mujer ahora dice no quiero nada.

Son hormonas, euforia o sabe dios qué. Dale tiempo.

Cuando el niño esté enfermo, o crezca, o falte dinero, te llamará.

Te dirá: Nico, no tenemos abrigo de invierno.

O Nico, hay que ir al médico.

Y tú irás, porque eres buen hombre, te conozco.

Yo no respondí.

¿Y el dinero, Nico? bajó la voz Clara. ¿De dónde lo vas a sacar?

Sentí el golpe. Era a lo que más me dolía.

Mi negocio fracasó hace dos años, sus ahorros me sacaron del apuro.

Ahora trabajo, me busco la vida, pero no es ni una cuarta parte de lo que aporta ella.

El piso, los coches, las vacaciones, el colegio de los niños todo es gracias a ella.

Ni tarjeta a mi nombre tengo, los embargos me lo impiden; uso efectivo o la tarjeta vinculada a su cuenta.

Lo buscaré gruñí.

¿Cómo, de taxista por la noche? ¿O cogiendo de mi mesilla para mantener a la otra familia?

¿Ves lo absurdo? Yo mantengo esta casa y tú, con mi dinero, mantendrás a la madre y al niño fuera.

¡No me llames eso! solté. Terminé con ella hace medio año.

Un hijo une más que cualquier papel.

¿Vas a ir al hospital?

La pregunta flotaba en el aire. Me tapé la cara con las manos.

No sé, Clara, de verdad. Lo humano sería ir. El niño no tiene culpa.

Humano murmuró Clara con amargura. ¿Y conmigo? ¿Y con Marta? ¿Y con los chicos?

Si vas a conocerlo, lo cogerás en brazos y acabará todo.

Empezarás yendo una vez a la semana, luego más, y nosotras esperando.

Clara fue al grifo, abrió y cerró el agua, abstraída.

Tiene ocho años menos que yo, Nico. Acaba de tener tu hijo. Biológicamente tuyo.

Mis hijos no son de tu sangre, aunque los has criado. Pero ese eres tú.

¿Crees que no tiene importancia?

Dices tonterías. Los chicos son míos porque así los siento.

¡No digas bobadas! Los hombres siempre queréis un heredero.

¡Pero tenemos a Marta!

Marta es una niña

Me levanté de golpe.

¡Basta! ¿Por qué me quieres echar? He dicho que no me voy, pero tampoco puedo mirar hacia otro lado.

Es una criatura viva. Sí, es hijo mío.

La he fastidiado contigo y con todo. Si quieres que me vaya, lo hago.

Voy a casa de mi madre, a compartir piso, a cualquier sitio. Pero no me chantajees.

Clara se quedó congelada. De repente, tuvo miedo.

Si ahora le decía vete, yo lo haría.

Orgulloso. Tonto, pero orgulloso. Me iría a ningún sitio, sin dinero, sin hogar y acabaría con aquella mujer.

Allí me darían la bienvenida, sería el salvador, el padre pobre pero presente. Y entonces sí que lo perdería para siempre.

Y no quería. Por mucho que doliera, por mucha rabia, lo amaba. Y los niños lo amaban.

Destruir era fácil en minutos se perdía todo. Pero luego, el vacío ¿cómo se aguanta una casa sin él?

Siéntate dijo en voz baja. Nadie te echa.

Me quedé un instante clavado en el sitio, respirando con dificultad, luego me senté.

Clara, perdóname. Soy un imbécil

Un imbécil, admitió. Pero el nuestro

La noche fue un murmullo borroso.

Clara ayudó a Marta con los deberes, revisó informes del trabajo, pero su mente no estaba ahí.

Se imaginó a la otra mujer. ¿Guapa? ¿Joven? Seguramente.

Tal vez ahora mismo miraba al bebé y pensaba que había ganado.

¡No quiere nada! Era el movimiento perfecto.

No pedir nada, no montar un drama, solo mostrarle su hijo, orgullosa de salir adelante sola.

Eso desmontaba la hombría de cualquier hombre; enseguida quería ser el héroe.

Yo daba vueltas en la cama, dormía a trompicones; Clara, con los ojos abiertos, miraba la oscuridad.

Versión madura y triunfadora, sí, pero la juventud siempre acecha

***
Por la mañana fue todavía peor. Clara no podía levantarse.

Los chicos desayunaron y salieron corriendo, y Marta, de pronto, se puso rebelde.

¡Papá, hazme la trenza! exigió. Mamá no la hace bien.

Cogí el peine. Mis manos, tan hechas a las herramientas, trataban el pelo fino de mi niña con mimo.

Fui trenzando con cuidado, sacando la lengua de concentración.

Clara me miraba mientras tomaba café.

Aquí estaba yo, su marido, casero, cálido, familiar Y en algún rincón de la ciudad, otro niño que también tenía derecho a pedir un padre.

¿Cómo podía ser?

Nico dijo cuando Marta salió a vestirse. Tenemos que decidir ya.

Dejé el peine.

He estado dándole vueltas toda la noche.

¿Y?

No iré al hospital.

Sentí a Clara encogerse, pero lo ocultó bien.

¿Por qué?

Porque si voy, les abro la puerta a ella, al niño y a mí mismo.

No puedo ser padre en dos casas. No quiero, Clara. No quiero mentirte, ni robarle tiempo a Marta ni a los chicos.

Ya decidí hace once años. Eres mi mujer, aquí está mi familia.

¿Y el niño? preguntó Clara, sorprendida de escucharse.

Le ayudaré económicamente. Con la pensión que corresponda, o abrimos una cuenta.

Pero ir no. Mejor que crezca sin saber quién soy, que encariñarse y sentirse luego abandonado.

Eso es más sincero.

Clara callaba, jugando con su alianza.

¿Estás seguro? ¿No te arrepentirás?

Me arrepentiré contesté. Me dolerá y pensaré en cómo estará.

Pero si empiezo a ir, os pierdo.

Lo siento en el alma, Clara. Tú eres fuerte, pero no eres de piedra.

Acabarás odiándome y no lo soportaría.

Vaya lío, qué mal me explico

Me acerqué y apoyé las manos en sus hombros.

Clara, no quiero otra vida. Tengo esto: tú y los niños.

Lo otro es el precio por un error.

Estoy dispuesto a pagarlo en euros, solo en euros.

No con mi tiempo, cariño o presencia.

Clara puso su mano sobre la mía.

¿Solo con dinero? medio sonrió.

Lo ganaré. Haré lo que sea, pero no te sacaré un euro más para líos míos.

Es mi responsabilidad.

Clara se serenó.

Quizá yo no obraba del mejor modo, pero esas eran las palabras que ella necesitaba.

No iba a compartir a su esposo; los sentimientos de la otra le daban igual.

Tuvo un hijo de un casado: problema suyo.

***
No fui al hospital.

Después, la amante me saturó a llamadas chilló, insultó y exigió explicaciones.

Le dejé claro que solo recibiría ayuda económica, ningún encuentro, ninguna presencia.

Colgó. En estos seis meses no he sabido más de ella. Teléfono desconectado.

A Clara, esto, la verdad, le venía de maravilla.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

2 + ten =

Te he dado un hijo, pero no queremos nada de ti, – así fue la llamada de la amante Javier miró a Lidia con la expresión de un perro apaleado. —Sí, has escuchado bien. Lidia, hace medio año estuve con otra. Solo fueron algunos encuentros, nada serio, solo una distracción. Y ella me ha dado un hijo. Hace poco… A Lidia le dio vueltas la cabeza. ¡Menuda noticia! ¡Su fiel y cariñoso marido había tenido un hijo fuera de casa! Lidia apenas podía asimilar el alcance de esas palabras. Llevaba varios minutos intentando comprender qué quería decirle su marido. Él estaba delante, hombros hundidos, las manos entre las rodillas. Parecía más pequeño que nunca, como si le hubieran sacado todo el aire. —Un hijo, ¿eh?—repitió Lidia. —Tú, casado, tienes un hijo por ahí. Y, además, no lo he tenido yo. O sea, que no soy yo… —Lidia, te juro que no lo sabía. —¿Que no sabías cómo se hacen los niños? Tienes cuarenta años, Javi. —¡No sabía que ella… que iba a tenerlo! Hace tiempo que no estamos juntos; ella volvió con su marido. Pensé que todo estaba bien. Ayer, de repente, me llama: «Has sido padre de un niño. Tres kilos doscientos. Sano». Y colgó. Lidia se levantó. Las piernas apenas la sostenían; de rodillas parecía de algodón, como si acabara de correr una maratón. Fuera, arreciaba el otoño. Inconscientemente, Lidia se quedó absorta mirando el paisaje tras la ventana—qué bonito… —¿Y ahora qué?—preguntó sin volverse. —No lo sé. —Vaya respuesta de todo un hombre. El cabeza de familia. No lo sé. Se giró bruscamente. —¿Vas a ir? ¿A verle? Javi levantó la vista avergonzado hacia su mujer. —Lidia, me ha puesto la dirección del hospital, dijo que el alta es pasado mañana. Así, tal cual: «Si quieres, ven; si no, no. No quiero nada de ti». Orgullosa… De mí no quiere nada… —No quiere nada,—repitió Lidia como un eco—. Santa inocencia. En el pasillo se oyó el portazo de la puerta principal. Habían vuelto los mayores. Lidia se dibujó la sonrisa en la cara en un instante. Era toda una profesional—los años en los negocios la habían enseñado a mantener la compostura, aún cuando todo se derrumba. Por la puerta apareció el mayor—alto, hombros anchos, veinte años. —Hola, padres. ¿Qué caras son esas? Mamá, ¿hay algo de comer? Venimos de entrenar, con hambre de lobo. —Hay empanadillas en la nevera. Calentadlas.—dijo rápida Lidia. —Papá, ¿miraste lo del carburador de mi coche viejo?—El segundo hijo, un poco menor, le dio una palmadita en el hombro a su padre. Lidia miraba la escena, sintiendo el corazón encogerse, tanto que le costaba respirar. Ellos le llaman papá. El verdadero padre se perdió en la niebla hace tiempo, con lo justo de pensión alimenticia y alguna postal de vez en cuando. Fue Javi quien los crió. Les enseñó a conducir, curó rodillas despellejadas, fue a las reuniones del colegio, solucionó los líos de adolescentes. Era su padre. De verdad. Javi forzó una sonrisa: —Sí, Santi, lo miro luego. Dejadnos hablar un momento, ¿vale? Los chicos se fueron, el estrépito de platos indicaba que estaban devorando. —Te quieren,—dijo bajito Lidia.—Y tú… —Lidia, basta. Yo también los quiero. Son mis chicos. No me voy a ir. Te he sido sincero—fue un desliz. Un error. Con esa mujer… no hubo nada serio. Solo… fue un entretenimiento. —Un entretenimiento que ahora te obliga a cambiar pañales… En ese momento entró corriendo la pequeña Sofía, de seis años. Ahí la coraza de Lidia se resquebrajó. La niña se lanzó al regazo de Javi. —¡Papi! ¿Por qué estás triste? ¿Mamá te ha reñido? Javi la abrazó, hundiendo la nariz en su rubia cabecita. Vivía sólo por ella. Lidia sabía: por Sofía sería capaz de enfrentarse al mundo. Era un amor absoluto, de esos que arrasan. —No, princesa. Sólo estamos hablando de cosas de mayores. Pon los dibujos, que ahora voy contigo. Sofía salió corriendo y la calma volvió a la cocina. —¿Te das cuenta de que todo ha cambiado?—preguntó Lidia. Se sentó otra vez a la mesa. —No me iré, Lidia. Te amo, quiero a los niños… sin vosotros no sabría vivir… —Eso son solo palabras, Javi. Pero los hechos son que tienes un hijo allí. Un hijo necesita padre. Esa mujer… ahora dirá “no quiero nada”. Puede que sea por las hormonas, por la emoción, quizás una estrategia. Pasa un mes, seis meses, el niño se pone malo, crece, hará falta dinero. Te llamará: “Javi, no tenemos chaquetón para el niño”. O “Javi, tenemos que ir al médico”. Y tú irás. Eres incapaz de dejar tirado a nadie. Javi no dijo nada. —¿Y el dinero, Javi?—Lidia bajó la voz.—¿De dónde vas a sacarlo? Él se removió, como si le hubieran dado una bofetada—Lidia había tocado fibra sensible. Su negocio se vino abajo hace dos años, los deudas se saldaron con los ahorros de Lidia. Ahora tenía algún trabajo, hacía lo que podía, pero era una miseria comparado con lo que Lidia aportaba. Casa, coche, vacaciones, estudios de los chicos—todo por ella. Ni una mísera tarjeta a su nombre, todo embargado, usaba efectivo o la tarjeta vinculada a la cuenta de Lidia. —Buscaré, —farfulló. —¿Dónde? ¿De taxista por las noches? ¿Sacando de mi cajón para mantener a la otra familia? ¿Te das cuenta lo absurdo? Yo mantengo la casa, y tú, con mi dinero, al hijo de otra. —¡No es la otra! —rugió Javi—. Se acabó hace medio año. —Un hijo une más que una firma en el registro. ¿Vas a ir a la salida del hospital? La pregunta quedó en el aire. Javi se frotó la cara. —No lo sé, Lidia. De verdad. Humanamente… debería. El niño no tiene culpa. —Humanamente—rió ella con sarcasmo—. ¿Y conmigo, con Sofía, con los chicos, qué hay de humano? Vas allí, ves al bebé, lo coges… y ya está. Te conozco. Te va la vena sensiblera. Acabarás yendo cada semana. Al principio una, luego dos, hasta pasarte el fin de semana allí. Nos mentirás con que tienes demasiada faena. Y aquí nos quedaremos esperando. Lidia se levantó y fue al grifo. Puso el agua y la volvió a cerrar. —Es 8 años menor que yo, Javi. Tiene 32. Te ha dado un hijo. El tuyo, de sangre. El padre de mis hijos no eres tú, aunque tú los criaste. Pero ese, ese sí lo llevas en la sangre. ¿De verdad crees que no importará? —Dices tonterías. Los chicos son míos, yo los he criado. —¡Anda ya! Los hombres siempre queréis un heredero. Un hijo propio. —¡Si tenemos a Sofía! —Sofía es una niña… Javi se levantó. —¡Basta! ¿Por qué me echas de casa antes de tiempo? He dicho que no me voy. Pero tampoco soy de piedra. Ese niño ha nacido. De mí, sí. He fallado como marido, como todo. ¿Quieres que me largue? Hago la maleta y me voy. A casa de mi madre, a donde sea. Pero no me chantajees. Lidia se quedó paralizada. De golpe, daba miedo. Si decía “vete”, él se iría. Orgulloso. Tonto, pero orgulloso. Se iría a ningún sitio, sin dinero, sin casa; y fijo acabaría con la otra. Allí le abrirán los brazos, será un héroe, un padre, aunque pobre, pero propio. Y le perdería para siempre. Y ella no quería perderle. Pese al dolor, pese al resentimiento, aún le quería. Y sus hijos también. Echar es rápido. Pero, ¿cómo vivir en una casa vacía llena de recuerdos? —Siéntate,—dijo al fin. —Nadie te echa de aquí. Javi se quedó un momento parado, resollando, y después se sentó. —Lidia, perdóname. Soy un imbécil… —Un imbécil,—asintió.—Pero nuestro imbécil… La tarde pasó en una niebla. Lidia hacía deberes con Sofía, revisaba informes del trabajo, pero su cabeza estaba en otro sitio. Se imaginaba a esa mujer. ¿Cómo sería? Guapa, seguro. Joven. Ahora mismo seguro que mira al niño y se siente vencedora. ¡No quiere nada! Claro, es la táctica más eficaz. No exigir, no montar escándalos, solo decir: aquí tienes un hijo, pero somos fuertes y nos apañamos. Eso golpea al orgullo masculino. El hombre enseguida quiere ser un héroe. Javi apenas dormía, daba vueltas en la cama, y Lidia miraba la oscuridad sin cerrar los ojos. Ella, con 45 años, guapa, segura, exitosa… Y la juventud, allí fuera… *** Por la mañana todo era peor—Lidia no conseguía centrarse. Los chicos desayunaron rápido y se fueron. De repente, Sofía se puso caprichosa. —¡Papá, hazme una trenza!—pidió—Mamá me la hace mal. Javi cogió el peine. Sus manos, acostumbradas al volante y al martillo, eran tiernas con el pelo fino de niña. Trenzaba con cuidado, la lengua fuera de concentración. Lidia, con el café entre las manos, miraba la escena. Era su marido. Su hombre, tan suyo, tan familiar. Y, tan lejos, otro niño, con igual derecho sobre él. ¿Por qué la vida era así? —Javi,—dijo Lidia cuando Sofía se fue a vestirse. —Tenemos que decidir. Ahora. Él dejó el peine despacio. —He estado pensando toda la noche. —¿Y? —No voy a ir a la salida del hospital. Por dentro, Lidia se encogió, pero no lo mostró. —¿Por qué? —Porque si voy, daré esperanzas a ella, a mí y a ese niño. No podría ser padre repartido entre dos casas. No quiero, Lidia. No quiero mentirte, ni quitarle tiempo a Sofía, ni a los chicos. Hace once años tomé una decisión. Tú eres mi mujer, aquí está mi familia. —¿Y el otro niño?—Lidia se sorprendió de hacer la pregunta. —Ayudaré con dinero. De forma oficial, por alimentos, o abriremos una cuenta. Pero ir allí… No. Mejor que crezca sin saber quién soy, que esperarme los fines de semana y que yo esté deseando volver a casa. Así es más justo. Lidia no dijo nada. Giraba su anillo de casada entre los dedos. —¿Seguro? ¿Y si después te arrepientes? —Me arrepentiré,—dijo sincero Javi.—Seguramente pensaré en cómo estará. Pero si empiezo a ir, os perderé. Lo sé, porque tú no lo soportarás. Eres fuerte, Lidia, pero no de hierro. Acabarías odiándome, y yo no quiero eso. Dios, qué mal lo explico… Se puso tras ella y le puso las manos en los hombros. —Lidia, no quiero otra vida. Os tengo a ti, a los niños. Y lo otro… es el precio de haberme equivocado. Lo pagaré con dinero, solo con dinero. Ni tiempo, ni cuidados, ni atención puedo compartirlos con ese niño… Lidia cogió su mano. —¿Con dinero solo?—esbozó una media sonrisa. —Trabajaré, me esforzaré si hace falta. No te volveré a pedir ni un euro para arreglar mis líos. Es cosa mía, Lidia. Lidia se tranquilizó. Quizá su marido había fallado, quizá no había sido justo con ella, pero esas eran las palabras que necesitaba oír. A su marido, no estaba dispuesta a compartirlo; los sentimientos de la otra le daban igual. ¿Le tuvo un hijo al casado? Pues que se apañe. *** Javier no fue a la salida del hospital. Después, la otra lo asedió al teléfono—gritos, reproches, preguntas de por qué no acudió. Javi fue tajante: puede contar solo con la ayuda económica, nunca habrá encuentros. La mujer colgó, y, en el medio año transcurrido desde aquel día, no volvió a saberse de ella. El teléfono, apagado. Y eso, a Lidia, le parece más que bien.
¡Logra tus metas en una hora!