En España se suele acoger niños de orfanatos, pero yo decidí traer a mi abuela del asilo.
Ninguno de mis amigos ni vecinos comprendía mi decisión. Todos me señalaban y decían: ¡Con lo mal que está la situación, y tú con esa carga en casa! Pero estoy completamente seguro, es más, sé con certeza, que hago lo correcto.
Antes éramos una familia de cuatro: yo, mis dos hijas y mi madre. Por desgracia, mi madre falleció hace ocho meses y nos quedamos solo los tres. Estos meses nos demostraron a mis hijas y a mí que aún nos quedaba tiempo y energía suficiente para ayudar a alguien. Tenía un amigo íntimo del instituto que, en vez de formar una familia y buscarse la vida, acabó completamente destrozado por el alcohol a los treinta. Lo peor es que gastaba la pensión de su madre para beber. Cuando ella se la negó, él la metió en una residencia, se quedó con el piso y acabó arruinándolo todo.
Conozco a la madre de este amigo desde niño, igual que ella me conoce a mí. Una vez al mes, mis hijas y yo íbamos a visitarla y siempre le llevábamos algo rico. Mis hijas acogieron mi idea de traerla a casa con entusiasmo. La más pequeña, que ahora tiene cuatro años y medio, dio saltos de alegría: ¡Tendremos abuela de nuevo!
No os podéis imaginar la alegría de esta mujer al oír mi propuesta. Lloró emocionada tanto rato que tuve que tranquilizarla. Ahora llevamos casi dos meses conviviendo juntos en casa. La queremos muchísimo, y ella a nosotros.
De lo que no dejamos de asombrarnos es de la energía inagotable que tiene esta abuela, ya octogenaria. Cada mañana se despierta a las seis, y nos despierta el olor a tortitas o crepes recién hechos.







