Llevo dos semanas aguantando, Carmen. ¡Dos semanas en este cuchitril que han bautizado como hotel!
¿Por qué aceptamos venir? Dímelo tú.
Porque mamá nos lo suplicó. Que Agustina necesita desconectar, que lo ha pasado fatal este año… me imitó mi hermano Nacho, rodando los ojos.
Y la verdad, la tía Agustina lo había pasado regular, pero a mí no me salía ni un poco de pena. Nada de nada.
Agustina, la hermana de mamá por parte de madre, llevaba toda la vida instaladísima en el papel de pobrecita de la familia, esa a la que parece que todos debemos algo.
Mi maleta ni cerraba. Me puse encima con la rodilla, empujando la cremallera como una posesa, pero el dichoso cierre se abría y el borde de la toalla de playa volvía a asomar, rebelde.
Desde el otro lado de esa tabique de contrachapado barato, que llamaban pared en este cutre hostal, se escuchaban los gritos era Alicio, el hijo de seis años de la tía Agustina.
¡Que no quiero papilla! ¡No quiero! ¡Quiero croquetas! gritaba el crío como si lo estuvieran despellejando.
Acto seguido, un golpe seco, el tintinear de platos y la voz desganada y ahumada de la propia Agustina:
Ay, venga cielito, tómate una cucharita, anda, por tu mami
María, ve al supermercado y cómprale esas croquetas. Mira cómo se nos está poniendo. Yo, con las piernas que me matan, es que no puedo moverme.
Me quedé paralizada sujetando la cremallera. ¡María! Y mi madre otra vez a hacer recados.
Nacho, mi hermano, sentado en la única silla coja de la diminuta habitación, miraba el móvil con cara de funeral. Ni por asomo pensaba en hacer la maleta. Su bolsa seguía arrinconada por ahí.
¿Tú oyes, Nacho? susurré señalando la dichosa pared Otra vez manda a mamá.
María, tráeme, María, haz esto. Y mamá, como si la tuvieran a órdenes, saltando al instante.
Déjalo estar, Carmen. Mañana nos vamos masculló sin apartar la mirada de la pantalla.
Llevo dos semanas, Nacho. Dos semanas en esta ruina de pensión que encima llaman hotel.
¿Para qué vinimos?
Porque mamá lo pidió. Agustina necesita desconectar, lo ha pasado fatal, volvió a imitar mi hermano, alzando las cejas.
Me senté en la cama y el somier chirrió como un viejo quejica.
La historia de tía Agustina daba para novela. Pero lástima ninguna. Nunca. Siempre fue la cenicienta autoproclamada, la que consideraba que el mundo le debía algo.
Su primer hijo murió siendo un bebé; una tragedia de la que en casa se hablaba solo en susurros. Luego tuvo un marido bastante aficionado a la botella, del que enviudó hace unos años. Malvivía con dos hijos de padres distintos, instalados todos en casa de la abuela.
Además, tenía un nuevo príncipe azul por octava vez en veinte años. Trabajar, lo que se dice trabajar, no lo soportaba decía que había nacido para embellecer la vida y sufrir, y que los demás debían encargarse de mantener esa farsa.
Primero y ante todo, mi madre María, porque en palabras de Agustina, a ti el dinero te brota como si fueras la dueña del Banco de España.
Me levanté y fui a la ventana. Las vistas, de lujo: un par de cubos de basura y el muro del gallinero del vecino.
La idea de venir había sido de mamá: Vamos todos, en familia, que Agustina necesita vacaciones, distraerse.
Ayudar significó que María pagó casi todo, llenó neveras y cocinó para toda la prole, mientras Agustina y su nueva amiga una tal Charo, que conoció en la piscina por su devoción al dolce far niente se tumbaban al sol como lagartos.
Prepara la bolsa, le dije a Nacho Que hoy cenamos fuera: la última cena y adiós muy buenas.
***
Por supuesto, el restaurante no lo elegimos nosotros.
Agustina exigió algo bueno, caro, que ya toca.
Lo eligieron en el paseo marítimo. Hubo que juntar dos mesas para que cupiera toda esta caravana como me daba por llamarles por dentro.
Agustina, enfundada en un vestido reventón lleno de lentejuelas, en la cabecera junto a Charo, la susodicha: una señora grandota, vozarrona, con el pelo desteñido por el agua oxigenada.
¡Camarero! chilló Agustina, sin mirar la carta ¡Lo mejor que tengas! ¡Unas gambas, unas ensaladas, y ese vinito tinto bueno en jarra!
María, mi madre, en una esquinita, con su sonrisa tímida y cara de agotamiento.
Durante dos semanas ni pisó la playa. Siempre había algo: que Alicio lloriquea, Agustina tiene un bajón, la hija mayor, Julia, no tiene qué hacer…
Mamá, pide el lenguado, tú querías pescado dije inclinándome hacia ella.
Quita, hija, si es carísimo zanjó Yo me apaño con ensalada. Que Agustina necesita reponerse, que bastante ha pasado.
Me hervía el genio. Claro, mucho ha pasado, pobrecita. El crío, Alicio, pequeño tirano de seis años, aporreaba su plato con la cuchara.
¡Dame de comer! ordenó con la boca abierta sin apartar los ojos de la tablet.
Y Agustina, cortando conversación con Charo, le metió el puré en la boca.
Mi vida, cuchicheó . Come, cariño. Hay que crecer fuerte.
Tiene seis años ya no pude evitarlo , ¿todavía no sabe comer solo?
Todos callaron. Agustina me miró como si fuese invisible.
¿Te he preguntado algo, sobrina? me soltó con veneno Ya criarás, ya, y entonces das lecciones.
Que mi hijo es delicado, necesita atenciones.
Lo que necesita son límites y no la tablet a cada comida le solté mascando las palabras . Se pone como una sirena cada vez que le niegan algo. Así solo criáis a un niño consentido.
¡Ay, por Dios! interrumpió Charo, dando un golpetazo al aire . ¡Mírala, Agustina! ¡La psicóloga de la familia! Hablando como si supieras de la vida, hija. Que los huevos siempre intentan enseñar a las gallinas. ¡Pero si ni has olido la vida!
Mamá me tiró del brazo, suplicándome en voz baja:
Déjalo, Carmen. No estropees la noche. Por favor.
La velada se hizo eterna. Agustina y Charo, a lo suyo, rajando de hombres, despellejando a todo el hotel y quejándose de la suerte de ser mujer.
Julia, la hija mayor, con el móvil, lanzando de vez en cuando una mirada de desprecio. Alicio, cada veinte minutos, berreaba por un postre. Le pidieron un helado gigante y asunto resuelto.
Al llegar la cuenta, Agustina puso cara de sorpresa exagerada:
¡Uy, el bolso! Se me ha quedado en la habitación María, paga tú, guapa, luego te lo paso. En cuanto lleguemos, de verdad.
Nunca lo hará, pensé viendo como mamá sacaba la tarjeta sin abrir la boca. El teatro de siempre.
***
Llegamos al hostal pasada la medianoche. Me metí directa a la ducha, a lavarme la sensación pegajosa de la noche.
El agua salía a hilo, fría o quemando.
Al salir, justo pasé por la cocina y allí, con la puerta entreabierta, las voces retumbaban.
… ¿Has visto la niñata esa? chillaba Charo. La cara de amargada que tiene. El niño no sabe comer. ¡Y a ti qué te importa, niña tonta! Mucho restaurante y luego ni pizca de mundo tienes.
Si no es por ti, María, estaría recogiendo aceitunas en lugar de ir de listilla…
Menuda creída. Ni novio ni futuro, solo aire.
Me quedé tiesa, el corazón queriéndome salir por la garganta. Esperaba que mamá se alzara. Que diera un golpe en la mesa. Que dijera: ¡Cierra la boca, Charo, no hables así de mi hija!. O por lo menos que se saliera de allí.
Pero no, solo se oyó el suspiro resignado de Agustina:
Ay, ya ves, Charo. Es difícil, esta niña. Como los del lado del padre, qué gente más complicada, siempre con aires.
Mis hijos sí, bien nobles, abiertos, cariñosos
Pero la otra nos mira como si fuéramos basura. No puedo ni tragar cuando está cerca, te lo juro.
Claro, María la ha consentido siguió Charo . Un par de azotes a tiempo y listo. Ahora te sale la princesa y no respeta ni a la madre. Yo la habría echado de casa con lo estirada que es.
Apoyé la frente en el marco de la puerta. Mamá callada. Sentada allí, con esas dos, bebiendo té (o vaya a saber qué, porque olía a anís a la legua) y let it be. Escuchando cómo me destrozaban.
Entonces me enderecé. Abrí la puerta de golpe, retumbando contra la pared.
Un silencio helado llenó la cocina.
Estaban las tres, en torno a la mesa de plástico, entre sobras y paquetes vacíos.
Agustina, con el vestido reventado bajo el brazo; Charo, coloradísima y sudada; mi madre, encogida.
¿Así que soy una niñata sin fondo? pregunté, con voz templada, como piedra.
Y tú, tía Agustina… ¿toda alma?
Agustina se atragantó y puso ojos de lechuza. Charo se levantó, echándose sobre la mesa como una montaña.
¿Ahora escuchas detrás de las puertas, mocosa? gruñó. ¿Vienes a cotillear?
Si es que no hace falta escuchar. Vais a voces y se entera todo el hostal dije, mirándolas fijamente . Y dime, tía, ¿también se te atragantaba el trozo en la cena cuando era mamá la que pagaba todo? ¿Ahí sí bajaba bien?
¡Desagradecida! gritó Agustina Te tratamos con todo el cariño y tú despreciando. ¡Podría ser tu madre! ¿Vienes a echarme en cara un trozo de pan? Quédate tu dinero.
No te reprocho el dinero, sino tu sinvergonzonería contesté, ya sin filtros . Toda tu vida colgando de mamá: si no era un marido, era otro, o el niño o las enfermedades inventadas. Mamá trabajando como una burra para que tú, la pobrecita, te vayas al resort. Y encima vienes a menospreciarla por la espalda.
Tu hija, chulita de barrio, le suelta palabrotas por cada frase. Tu hijo, un manipulador, y tú incapaz de decirle que no.
Agustina me clavaba la mirada, muda.
¡Carmen! chilló mamá, acercándose para cogerme del brazo Para, por favor. ¡A tu cuarto, ya!
No, mamá, no pienso irme la miré y la voz casi ni salía, de lo que dolía . Estás aquí sentada, oyendo como una desconocida me insulta, y tú ni te mueves. ¿De verdad lo consientes?
Charo apartó la silla y se vino hacia mí, los puños cerrados.
Ahora te voy a enseñar yo respeto, niñata masculló, levantando la mano.
El manotazo venía directo, pero Nacho la paró en seco, sujetándola del brazo.
Ni se te ocurra dijo despacio . ¿Pero estáis locas? Agustina, haz la maleta. Nos largamos.
¿Nos? chilló Agustina, perdiendo completamente los papeles . Aquí quedan dos días pagados. ¡No me pienso ir de este sitio!
María, tus hijos se vuelven locos, ¡amenazan a la gente!
Por fin, mamá habló. Se acercó, me agarró de los hombros y empezó a darme sacudidas.
¿Para qué fuiste tú a meter cizaña? lloró . Todo por culpa tuya. Estamos en familia y tú montando el número. ¿No se te cae la cara de vergüenza?
Me solté de sus manos. Por dentro, algo se rompió esa noche, definitivamente.
La vergüenza la tendrías que sentir tú, mamá susurré . Por dejar que nos pisoteen así…
Me giré y me fui. Nacho vino detrás.
En la habitación metimos todo a la carrera. Por la pared se oían los lamentos de Agustina y los insultos de Charo, llamándonos de todo. Julia protestaba medio dormida porque no la dejaban tranquila.
No podemos irnos hasta la mañana dijo Nacho cerrando la mochila . El autobús sale al alba.
Me da igual. Prefiero esperar en la estación que pasar un minuto más aquí.
¿Y mamá?
Me quedé quieta, blusa en la mano.
Mamá eligió, Nacho. Prefiere quedarse allí. A consolar a la hermana.
***
Desde aquello, con mamá poca relación. Nacho tampoco. No la perdonamos.
María llamó unas cuantas veces, diciendo que estaba dispuesta a perdonarnos si le pedíamos disculpas a Agustina, pero Nacho y yo pensamos que ese tipo de perdón no lo queremos ni regalado.
Ya basta, ya tuvimos suficiente.
Si mamá prefiere mirar de reojo a su hermana, allá ella. Que nosotros, sin gente así pegada, vivimos muchísimo más tranquilos.







