Demandó a su propio hijo y lo desalojó del piso familiar

Carmen se despertó con el estruendo de un trueno resquebrajando la madrugada, aunque no llovía: eran ruidos de objetos volando, golpes secos, cristales partiéndose. El reloj parpadeaba las seis y mediadomingo, maldición, la única mañana en la que a veces soñaba descansar hasta las ocho.
¡*Mamá*! rugió Sergio desde la cocina. ¿Dónde está mi vaso? ¡Has cambiado todo de sitio otra vez!
Cincuenta y dos inviernos. Carmen se arrastró fuera de la cama, cubriéndose con una bata apolillada. Al espejo le devolvía la mirada una mujer ajada y desvelada, con canas enmarcando unas raíces olvidadas y bolsas oscuras bajo los ojos. ¿Cuándo se le escapó la juventud, tan de puntillas?
Ya voy, ya voy masculló y arrastró sus pasos hacia la cocina.
Sergio recortaba su figura entre el desorden. Los trozos de un plato, seguramente el sacrificado buscador del vaso perdido, centelleaban por el suelo. Veinticinco años medía él, un metro ochenta, hombros de madera vieja, pero su carácter era el de un niño caprichoso de tres.
Toma, aquí está dijo Carmen sacando de un escurridor un vaso azul con letras: *El mejor hijo*.
Lo había comprado hacía muchos años, quizá siete, cuando aún creía que cesaría esa tempestad, que él encontraría trabajo, que vivirían como la gente de las películas antiguas. Ahora la inscripción era una mueca irónica.
¿Y por qué lo has puesto ahí? ¡Te he dicho que mi vaso debe estar siempre en la mesa!
Sergio, anoche fregué los cacharros
¡No me llames Sergiito! ¡Sergio! ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir?
Le arrebató el vaso, se sirvió restos de té de la tetera. Carmen notó cómo su mente barría los cristales y se imaginó, una vez más, limpiando, comprando otros platos, resistiendo.
¿Mamá, qué ocurre? asomó por la puerta Inés, fina y tímida en su pijama descolorido. Diecinueve años, parecía de dieciséis. Estudiaba para maestra, soñaba con cuidar niños. Si lograba terminar, si resistía en esa atmósfera viciada.
Nada, niña. Se rompió un plato.
Sí, se rompió solo bufó Sergio. Saltó de la mesa, seguro.
Inés barrió los pedazos con costumbre callada, como si aquello fuera el ritual de las mañanas.
¡No lo toques! bramó Sergio. ¡No te he pedido que limpies!
Entonces, ¿quién lo hará? preguntó apacible Inés.
¡No es asunto tuyo!
Carmen se sentó, apoyó la cabeza entre las manos. ¿Cuánto más podría soportar? ¿Cuánto resistir los gritos, los estallidos, este campo de batalla familiar?
Hace diez años se había ido Andrés, su esposo y padre de los niños. El corazón le falló de repente, o tal vez solo estuvo cansado de este mundo torcido. Por entonces Sergio aún iba a formación profesional. Medio año más tarde lo dejó. *No me gusta*, dijo. Probó en una ferreteríados semanas. Se largó: el jefe era *un idiota*. Luego en una obra: tampoco encajaba. Los compañeros *tontos*. En el lavacoches: el dueño *un imbécil*. Así, vuelta tras vuelta. Carmen al principio tuvo esperanza, luego le pidió, luego le suplicó, después se resignó.
Mientras, él se volvía cada vez más agrio. Con la vida, con Inés, pero sobre todo con ella. Era su culpa que él no valiera nada. Ella lo había criado mal, debía mantenerlo, vestirlo, servirlo.
¿Y qué hay para desayunar? se dejó caer Sergio en la mesa.
Tortilla, o quizá gachas
¡Otra vez gachas! aburrido. ¡Compra cereales de los buenos!
Sergio, compré ayer. Te los comiste en dos días.
¡Pues compra más!
¿Con qué dinero? Hasta la semana próxima no cobro.
¡Ese no es mi problema!
Carmen abrió la nevera: medio queso manchego, tres huevos, una rebanada de pan. Siete días hasta la nómina. Inés intentaba ganar algorepartía folletos los sábados y domingos. Cien euros al día. Para el bus y la comida de la facultad, poco más.
Si quieres hago la tortilla susurró.
¡Con jamón!
No hay jamón
¡Entonces no quiero! ¡Estoy harto de porquería!
Dio un golpe a la silla, que cayó estrepitosa.
Sergio, no hagas eso musitó Inés.
¡No me mandes! ¿Te crees mejor porque estudias una carrera de mierda?
No pienso eso
¡Claro que sí! Me miras como si fuera
¡Sergio, basta! Carmen se interpuso.
¡Y tú, cállate de una vez! ¡Sois insoportables! ¡Vivo aquí como un preso, en este cuchitril de mala muerte!
Nadie te obliga a quedarte se le escapó a Carmen.
Sergio se congeló. Se giró despacio hacia ella.
¿Qué has dicho?
Nada. No he dicho nada.
¿Que nadie me obliga? ¿Quieres que me mude?
Sergio
¡Responde! ¿Quieres que me vaya?
Carmen calló. Pero por dentro, lo deseaba ferozmente. Quería levantarse con calma, no sobresaltarse ante cada ruido, no colarse de puntillas por su propia casa.
¿No dices nada? Pues para que lo sepas, no me voy a ninguna parte. ¡Esta casa también es mía!
Está a mi nombre respondió, serena.
¿Y qué? ¡Soy tu hijo! ¡Tengo derechos!
Y también obligaciones dijo ella suavemente. Eres un hombre hecho y derecho
Inés y Carmen quedaron abrazadas, en esa extraña calma donde ya no insultaban las voces, solo repiqueteando la lluvia lenta tras el cristal, como si fuera el telón de una función absurdamente infinita.

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