Otra vez, ahí va se piensa que va a llegar lejos. Pobrecilla, con ese maletín tan gastado. Así hablaban de Inés mientras ella apretaba el asa de su viejo maletín. No era de piel fina ni llevaba ningún sello conocido, pero para ella encerraba esperanza. Desde pequeña soñaba con montar su propio negocio, aunque entonces no tenía casa, ni un céntimo, ni tampoco un lugar donde cobijarse cada noche.
Un día, oyó que iban a celebrar en Madrid un encuentro donde los empresarios más conocidos compartirían sus ideas sobre cómo crear empresas. Allí tengo que ir, se dijo. Se plantó delante de la puerta con sus ropas sencillas y su inseparable maletín. Muchos asistentes la miraron por encima del hombro, y no faltaron las risas y los comentarios hirientes.
A pesar de todo, Inés caminó resuelta hasta el vestíbulo.
Me gustaría tomar la palabra solicitó. El moderador, con tono seco y desdeñoso, respondió:
No es lugar para que una desconocida sin medios eche a perder nuestro evento.
En ese instante, un empresario renombrado, don Alfonso Ortega, se levantó de su asiento:
Si ha cruzado media ciudad para venir, seguramente tiene algo importante que compartir.
Le acercaron el micrófono. Inés respiró hondo, abrió su maletín y, con manos temblorosas pero decididas, desplegó un folio bien doblado.
Hace meses soñé con un carruaje como nunca antes se ha visto en España y estoy convencida de que puedo construirlo.
Don Alfonso estudió el diseño y quedó boquiabierto.
Esto es más ingenioso que todo lo que hemos visto hoy aquí.
La invitó a compartir una comida en un restaurante castellano, escuchó su relato y le propuso asociarse. En cuestión de meses, Inés se convirtió en propietaria de la tienda de carruajes más grande de la ciudad. Jamás se deshizo de su viejo maletín: era el recuerdo de su origen y de todas sus batallas.
Hoy, mirando atrás, recuerdo cómo muchos juzgan lo que ven, otros se burlan de lo que no comprenden y abundan los que intentan cerrarnos el paso antes de darnos una oportunidad. Pero si confías en tu sueño y luchas por él, algún día esas mismas voces que te menospreciaron serán testigos de tu triunfo y tú andarás con la cabeza bien alta, con la certeza de que nunca dejaste que nadie apagara tu ilusión.
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