Rama de Ajenjo

«¡Que no quede tu espíritu aquí ¡vete!», gritaba ella, y con cada objeto arrojado del armario acompañaba el grito con un tono que se quebraba y se volvía más agudo. La voz atrapaba lo que caía y lo lanzaba a un lado. En un momento, el hombre la agarró con fuerza, la rodeó con los brazos, privándola de cualquier acción. Ella intentó zafarse, pero sus fuerzas la abandonaron y quedó en silencio entre sus brazos. Sin soltarla, la llevó a la cama, se acostó a su lado y sus sollozos se fueron apagando hasta que, al fin, la mujer se quedó profundamente dormida. Él liberó sus manos con delicadeza, se incorporó, recogió los objetos del suelo, los metió en una mochila y salió del piso, cerrando la puerta tras de sí.

La discusión del día anterior había sido breve.
Acepta como hecho lo que voy a decir: ¡me voy! No tiene sentido seguir hablando, ya sabes que soy terco.
Ella conocía su carácter férreo y había percibido que algo no marchaba bien en él. Guardaba silencio, se aislaba y evitaba las conversaciones; ella suponía que se debía al trabajo. Entonces, como un trueno en cielo despejado, la noticia cayó.

Se despertó con dificultad; cada célula de su cuerpo dolía, levantar los párpados era un suplicio. Permaneció inmóvil un rato, pero el teléfono sonó. Un repentino impulso la hizo coger el auricular y, antes de pensar, susurró: «Llama será un malentendido, pronto se disculpará y todo volverá a ser como antes».
Celmira, ¿por qué no viniste a trabajar? le preguntó la voz de una compañera. ¿Estás enferma?
Sí, me siento muy mal mañana regreso respondió, desanimada. El móvil de su marido reposaba sobre la mesa.

Miguel conducía sin hacer paradas. Hace años había comprado una casita en un remoto village de la sierra de Burgos, junto al arroyo, para escaparse a pescar y respirar aire puro. Celmira nunca la había visitado; respetaba su espacio y le permitía esos retiros. La vivienda, una humilde construcción, estaba sola al borde del pueblo, con una estufa, una mesa, una cama de hierro y un pequeño armario. Todo lo necesario estaba fuera, pero a él le bastaba. Ahora, sin embargo, buscaba aquel refugio por otra razón: alejarse de miradas, de lástimas y de preguntas. Un mes antes le habían diagnosticado cáncer de estómago, estadio tres. Un médico amigo le había dicho con franqueza: «Aguanta lo que puedas, el tiempo se ha agotado, pero si te tratas podrías ganar unos meses. Si lo hubieras detectado antes, quizá te quedarías cinco años más». Ante ello, Miguel decidió afrontar la muerte solo, para no atormentar a su familia, y renunció a su puesto, interrumpiendo cualquier intento de persuasión. Compró latas, pan duro y cereales para el primer tiempo; todo lo demás ya estaba cargado en el coche.

Llegó al alba, a mediados de agosto; la niebla y la humedad cubrían el campo. Encendió la estufa y, por fin, el calor empezó a colarse en la casa. Se metió bajo la manta con la ropa y cayó en un sueño interrumpido por una pesadilla que lo despertó sobresaltado. Salió al patio cubierto de hierba y arrancó una rama. El amargo perfume de la milenrama le atravesó los ojos como un puñal, recordándole algo lejano del pasado. La llevó dentro y la incrustó en la rendija sobre la puerta.

Los días transcurrieron monótonos. Para ocupar su tiempo empezó a cortar leña, pensando: «Quizá así también sobreviva al invierno». El agua del manantial estaba a mano. El otoño llegó pronto, con un viento fuerte que hacía temblar la débil vivienda. Tuvo que aislarla, tapando los agujeros con tablas y paños, subiendo al tejado para reparar las tejas. Mientras trabajaba, los pensamientos oscuros se desvanecían. «He vivido bien, en armonía con la naturaleza reflexionaba Miguel. El hombre necesita poco: un techo que lo cubra del frío, un fuego que lo caliente y comida para el cuerpo».

El dolor en su estómago era una presión constante, no una punzada. Seguía adelgazando, subsistiendo con unas cuantas cucharas de sopa líquida o de gachas. Cada vez más le apetecía descansar. «¿De dónde viene esta desgracia? ¿Acaso todo estaba tan bien? Quizá alguien envidiaba nuestra felicidad ¿45 años? ¿Es este el final?», se preguntaba sin hallar respuesta.

El invierno se hizo más duro; el fuego debía alimentarse sin cesar. Miguel dejó de lamentarse, limpiaba la nieve con fuerza, talaba árboles caídos en el bosque y los utilizaba para el calor. Perdió la cuenta de los días y de los meses, esperando el desenlace que imaginaba: «En algún momento la fuerza me abandonará y no despertaré». Sabía que, al fin, lo hallarían en aquella casa y que le informarían a su esposa, pero ella nunca lo vería, consumido y sin vida. Celmira, joven y hermosa, merecía vivir plena y saludablemente; todo era por ella. Miguel se obligó a no revivir recuerdos del pasado y se sumergió por completo en el presente, convencido de que el hogar seguiría sin él.

El sol derretía la nieve y, en un momento, Miguel sintió que su estado se estabilizaba; ya no empeoraba. Empezó a escuchar a su cuerpo. Cada vez le costaba menos dormir durante el día. Una noche soñó que estaba sumergido en una bañera caliente. Ese mismo día llevó agua a la chimenea, se colgó una taza de té de hierbas y, tras beber, se acostó. Durmió hasta la madrugada. Despertó con antojo de carne y preparó un caldo de patata con carne en conserva, devorando medio cuenco con apetito. Su mirada se posó en la rama seca y recordó:

En verano el calor, en verano el sol, así huele la milenrama en tus noches le leía Luz, su hermana, agitando la rama frente a su nariz.
¡Qué aroma! replicó él.
Aromático, rió Celmira, ¡qué palabra más graciosa, como sacada de un cofre!

Miguel sonrió al rememorar: «Nos casamos entonces, un año después nació la pequeña Lola, y ahora ya está casada». Tomó la rama seca y la olió: «Al fin, el perfume sigue ahí».
«Solo Dios sabe cuánto nos queda», pensó de pronto.

¡Celmira, hola! le gritó alguien. Ella asintió y se apresuró a marcharse.
¿Dónde está Miguel? Cuéntame, que soy oncóloga, lo he estado siguiendo. le preguntó Luz, sorprendiéndose. Celmira creía que todos sabían que su marido la había abandonado y se había marchado con quien fuera. Rebuscó entre los cajones, como en los viejos tiempos, tirando cosas del armario, ahora eran sus propias pertenencias, y metía a toda prisa suéteres y pantalones calientes en una bolsa.

Rápido sé dónde buscar solo que esté vivo, tiene una fuerza de espíritu ¿Cómo pude creer en sus palabras? La necia orgullo me cegó. Creí en la mujer mítica murmuró, recordando que Miguel había adquirido la casa en la provincia vecina. Hurgó entre sus papeles y halló el título de propiedad con la dirección. Entonces siguió la misma ruta que él había tomado medio año atrás. Tras un breve periplo, llegó al pueblecito y frente a la humilde vivienda, pensó:

Él ni siquiera sabe que ya es abuelo, ¡el pequeño Miguelito está creciendo! dijo, al abrir la puerta y sentir el calor de la chimenea, mezclado con una ligera amargura que recordaba los viejos tiempos.

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Rama de Ajenjo
Cada martes Liana se apresuraba por el andén del Metro de Madrid, apretando en la mano una bolsa de plástico vacía. Era el símbolo de su fracaso de hoy: dos horas perdidas recorriendo el centro comercial de Príncipe Pío sin encontrar una idea decente para el regalo de su ahijada, la hija de su gran amiga. Mónica, con diez años, ya había dejado atrás la fiebre de los caballos y ahora soñaba con las estrellas, pero encontrar un telescopio decente sin arruinarse era un reto de otro mundo. Caía la tarde, y bajo tierra se notaba ese cansancio especial de final de jornada. Liana, dejando pasar la marea de gente que salía, se abrió camino hacia las escaleras mecánicas. Y entonces, de repente, entre el rumor ajeno, una frase emocional y clara le alcanzó el oído. — …yo tampoco pensaba que volvería a verle, de verdad —se oyó detrás la voz joven y temblorosa de una chica—. Pero ahora, cada martes, va a buscarla al cole. Él mismo. Llega con su coche y se la lleva al Retiro para dar vueltas en las barcas… Liana se quedó parada un instante en el escalón de la escalera en bajada. Giró la cabeza y vislumbró apenas a quien hablaba: un abrigo rojo intenso, un rostro emocionado, ojos brillantes. Y a su amiga, que escuchaba con atención y asentía. “Cada martes”. Ella también tuvo —alguna vez— ese día. Tres años atrás. Ni lunes, con su cuesta arriba, ni viernes prometedor. Fue el martes el que ordenó su mundo. Cada martes, exactamente a las cinco, salía volando del instituto donde enseñaba Lengua y Literatura, y cruzaba toda la ciudad casi corriendo. Hasta el Conservatorio de Música Arturo Soria, en un antiguo caserón de suelos que crujían a su paso. Allí recogía a Marcos. Siete años, serio para su edad y con un violín grande casi tanto como él. No era su hijo, sino su sobrino. Hijo de su hermano Antonio, fallecido en aquel fatal accidente de tráfico hacía tres años. Durante los meses siguientes al funeral, aquellos martes fueron su salvavidas. Para Marcos, que se había encerrado en sí mismo y casi no hablaba. Para su madre, Olga, rota al borde de la depresión. Y para la propia Liana, que intentaba pegar los pedazos de aquella familia convertida en ruinas, convirtiéndose en ancla, refugio y sostén de la tragedia. Recordaba los detalles: cómo Marcos salía de clase, sin mirar a nadie, cabizbajo; cómo ella le cogía el estuche del violín y él se lo entregaba en silencio; cómo caminaban hasta el Metro, y ella trataba de arrancarle una sonrisa contándole anécdotas del Instituto, o historias de los gorriones del parque que robaban bocadillos a los estudiantes. Un noviembre lluvioso él preguntó inesperadamente: “Tía Liana, ¿a papá tampoco le gustaba la lluvia?”. Y ella, conteniendo el nudo de dolor en la garganta, respondió: “La odiaba. Siempre salía corriendo en cuanto encontraba un portal”. Entonces él la agarró fuerte de la mano. Con fuerza, como un adulto; no porque necesitara que le guiaran, sino como si quisiera retener un recuerdo que se le escapaba. No era a su mano, sino a ese padre fugaz a quien apretaba, con la fuerza de quien se resiste al olvido. Él existía: odiaba la lluvia, se refugiaba bajo soportales. No solo era un suspiro en la memoria de la abuela sino también algo vivo, ahora, en esa tarde gris en Madrid. Durante tres años, la vida de Liana se dividió en “antes” y “después”. Y el martes se convirtió en el día de vivir lo verdaderamente esencial, aunque doliera. Los demás días eran simple tránsito y espera. Se preparaba: compraba zumos de manzana para Marcos, bajaba los últimos capítulos de “Los Simpson” para el móvil por si el viaje en Metro era especialmente largo, inventaba temas de conversación. Después… Olga poco a poco salió del pozo. Encontró trabajo. Y luego conoció a alguien. Decidió empezar de cero en Valencia, lejos de los recuerdos y la tristeza. Liana las ayudó a hacer la mudanza, metió el violín de Marcos en un estuche blando, le estrechó en un abrazo largo en el andén de Atocha. “Llámame, escríbeme, —le decía, conteniendo las lágrimas—. Siempre estaré aquí”. Al principio él la llamaba todos los martes, a las seis en punto. Durante unos minutos, ella volvía a ser la tía Liana que debía informarse de todo: el cole, el violín, los nuevos amigos. Su voz al teléfono era un hilo fino atravesando media España. Luego las llamadas fueron cada dos semanas. Él iba creciendo, sumando actividades, deberes, videojuegos en línea con compañeros. “Tía, perdona, el martes pasado se me fue —tuvimos examen—”, le escribía por WhatsApp, y ella respondía: “No pasa nada, cielo. ¿Qué tal el examen?”. Los martes se convirtieron en días de espera de un mensaje que a veces llegaba, a veces no. Ella no se ofendía. A veces escribía ella primero. Pasó a felicitarle solo en grandes fechas: cumpleaños, Nochevieja. Su voz se hizo más profunda, las respuestas más escuetas: “Todo bien”, “Aquí estamos”. El padrastro, Sergio, resultó un buen tío, tranquilo, que nunca quiso reemplazar a nadie, solo estar presente. Eso era lo principal. Hace poco nació la hermanita, Alicia. En la foto de Instagram Marcos aparecía abrazando el minúsculo bulto con una ternura torpe pero inmensa. La vida —cruel y generosa a la vez— volvía a abrir caminos: nuevas rutinas, el cuidado de la bebé, historias del cole, planes de futuro. En esa vida nueva, Liana era ya solo un huequecito ordenado: “la tía de antes”. Aquellas palabras en el Metro—”cada martes”—no sonaron a reproche; más bien, como el eco suave de aquel pasado. Como un mensaje de la antigua Liana: la que sostuvo un tiempo la vida de aquellos dos y lo hizo con dolor y amor y claridad. Aquella Liana sí sabía quién era: el refugio, el faro, el enlace necesario de los martes para un niño. Era imprescindible. La chica del abrigo rojo tenía su propio drama, su delicado equilibrio entre heridas y futuro. Pero ese ritmo, ese martes inamovible, era un idioma universal. El lenguaje de la presencia constante, que dice: “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Eres importante para mí, en este día, a esta hora”. Una lengua que Liana antes dominaba, y ya casi había olvidado. El tren arrancó. Liana se enderezó, mirando su reflejo en la ventanilla negra del túnel. Salió en su parada, sabiendo ya que al día siguiente pediría dos telescopios exactamente iguales —económicos pero dignos—: uno para Mónica, otro para Marcos, con envío a casa. Cuando lo recibiera, le mandaría un mensaje: “Marquitos, es para que miremos el mismo cielo, aunque estemos en ciudades diferentes. ¿Qué te parece, el próximo martes, a las seis, si está despejado, buscamos juntos la Osa Mayor? Sincronizamos los relojes. Un beso, tu tía Liana”. Subió por las escaleras mecánicas hacia el Madrid nocturno. El aire era frío y limpio. El próximo martes ya no sería un día vacío. Volvía a estar señalado. No como obligación, sino como promesa entre dos personas unidas para siempre por la memoria, el agradecimiento y esa sutil, irrompible hebra familiar. La vida seguía. Y en su agenda aún quedaban días que era posible no solo vivir, sino señalar. Señalar para el pequeño milagro de mirar el cielo en sincronía a cientos de kilómetros. Para el recuerdo que ya no duele, sino reconforta. Para el amor que, aprendiendo a hablar el idioma de las distancias, se hace más silencioso, más sabio y más firme.