Diario de Inés Jiménez, Madrid, 8 de mayo
Hoy he tenido otro de esos días en los que no paro de pensar en cómo cambian las relaciones familiares cuando mezclas historias y pasados. Siento la necesidad de escribirlo, a ver si al ponerlo en palabras logro entenderme mejor.
El otro día, Javier, mi marido, soltó algo que me pilló totalmente desprevenida. Se quejaba de que mis hijos ya tienen su futuro asegurado con pisos, mientras que su hijo, Pablo, no tiene nada propio. ¡Que había que buscarle una vivienda mediante una hipoteca! Y claro, la que tiene que pensar y ocuparse de eso, parece que soy yo.
Siempre supe que Javier tenía un hijo de su primer matrimonio, igual que él sabía que yo tenía claro que no quería precipitarme al casarnos. Antes de dar el paso, convivimos tres años. Observé mucho, especialmente cómo manejaba la relación con su exmujer y con Pablo. Un año después de casarnos nació nuestro primer hijo, Ramón, y dos años más tarde, nuestro segundo, Álvaro.
No me puedo quejar de Javier: es un buen esposo y, como padre, intenta estar presente. Gana bien, aunque claro, de vez en cuando discutimos, como en cualquier casa. Mi vida nunca ha sido sencilla. Vivo en un piso que heredé de mi padre cuando me dejó. Mi madre y él se separaron cuando yo apenas iba a la guardería, y aunque ella se volvió a casar, de ese matrimonio no tuvo más hijos.
El caso de Javier es distinto. Siempre vivió en pisos de alquiler, tanto con su primera mujer como después del divorcio; pese a años ahorrando para la entrada de una hipoteca, nunca lo consiguieron. Tras el divorcio, su ex volvió a casa de sus padres, mientras él siguió saltando entre alquileres hasta que empezamos a vivir juntos. Cuando nos casamos, se instaló en mi piso. Nunca se habló demasiado de a quién pertenecía la vivienda; simplemente la compartimos e hicimos mejoras entre los dos, comprando muebles y reformando lo necesario.
Hace año y medio fallecieron mis dos abuelas casi seguidas: la madre de mi madre y la de mi padre. Ambas me dejaron sus pisos en herencia, a mí sola. Por ahora, alquilo esos pisos: uno de los alquileres sirve para que mi madre tenga un extra en su pensión y el otro para complementar mi sueldo. Cuando los niños sean mayores, cada uno recibirá un piso. Javier siempre lo ha sabido, se lo dejé claro desde el principio, y estuvo de acuerdo.
Sin embargo, hace unos días vino directa la sorpresa de Javier:
Pablo va a terminar el bachillerato en poco, y necesita empezar a pensar en su vida.
No sabía por dónde iba, pero le escuché.
Tus hijos tienen casas. ¡El mío, no! ¡Hay que comprarle un piso con una hipoteca! dijo, así, sin más.
Me quedé muda. Lo primero que le pregunté fue cómo era posible que nuestros hijos fueran, de pronto, solo míos. Me pidió que no entrara en tecnicismos.
Es que mi hijo no va a heredar nada. ¡Quiero que él también tenga algo suyo! insistió.
Yo le respondí que era muy sano que se preocupara, pero que para eso Pablo tenía padre y madre. ¿Por qué no se encarga su madre también?
Javier me explicó que su exmujer cobra muy poco y depende de la ayuda de sus padres. Además, él no puede hacerse cargo de otra hipoteca, pero, según él, si le ayudo, podríamos con ello. ¡El piso estaría a nombre de Pablo! Pero, eso sí, los pagos saldrían de nuestras cuentas.
Entre tu sueldo, el mío y el dinero del alquiler, podemos dijo convencido.
Sí, podemos, pero tendríamos que apretarnos el cinturón. Javier sigue pagando manutención para Pablo, y, cuando Pablo entre en la universidad, Javier quiere seguir ayudándole porque su madre no puede. Eso significa no vacaciones, no escapadas al Cantábrico ni a la Costa del Sol. Recortes en todo, para que Javier quede bien como padre.
Entendería su postura si, por ejemplo, él hubiera aportado los pisos también para nuestros hijos, y ahora quisiera hacer lo mismo con Pablo. Pero, sinceramente, que le haya dado a mis hijos esos pisos no le da derecho alguno a pedirme esto. ¿Por qué tendría que poner yo el dinero para la hipoteca de su hijo?
Se lo dije bien claro: si tanto le preocupa, que su exmujer pida la hipoteca, y que lo pague con la pensión de alimentos.
¡Yo en eso no pienso participar!
Ahora lleva una semana sin hablarme. Me duele, no voy a negarlo, pero lo que más me duele es que no logre ponerse en mi lugar ni entender lo que siento. Ojalá que algún día vea las cosas desde mi perspectivaAl llegar la noche y ver que Javier seguía dormitando en su silencio, salí al balcón con mi diario. Sentí el aire fresco y me pregunté, por enésima vez, si la generosidad consistía en dar hasta vaciarse, o en aprender a poner límites sin sentir la culpa resbalando por las manos. Miré el parque donde jugaban mis hijos por las tardes y pensé en Pablo, en su modo tranquilo de mirar, en la timidez heredada de Javier.
Quizá algún día Pablo venga a verme con esa mezcla de agradecimiento y vergüenza que se les queda a los hijos mayores por todo lo que no pudieron pedir. Quizá Javier se siente conmigo y logre mirar más allá de su propia herida. Pero esta noche he entendido algo: la familia, la auténtica, la escogida y la que se construye, no se equilibra a empujones, sino con el valor de mirar de frente a lo que uno necesita y a lo que está dispuesto a ofrecer.
Cierro el diario y me digo en voz baja: hay días para ceder; hoy toca sostenerme a mí misma. Ojalá Javier lo comprenda. Y si no, al menos sé que mis hijos nuestros hijos crecerán con la certeza de que, aunque a veces la familia cruje, también puede aprender a no romperse.






