Nunca Tomé lo que No Era Mío en la Vida Marta, incluso de adolescente en el instituto, sentía un profundo desprecio y a la vez cierta envidia hacia Ana. Despreciaba el hecho de que los padres de Ana eran unos bebedores empedernidos, que apenas conseguían algún trabajo y vivían al día. Por eso, Ana iba siempre medio hambrienta, con ropa desgastada y un aire de tristeza. Su padre, además, la maltrataba con frecuencia, por cualquier excusa, y su madre nunca la defendía, pues también temía al marido. Solo su abuela era el rayo de luz en la vida de Ana. Una vez al mes, con su pequeña pensión, la abuela le daba a su nieta una “paga” por portarse bien, aunque Ana sabía que aunque se portara mal, la abuela haría la vista gorda y le daría igualmente los cinco euros prometidos. Ese día, Ana corría a la tienda, compraba helado para ella y su abuela, algo de turrón y caramelos. Siempre intentaba racionar esas pequeñas alegrías para todo el mes, pero a los pocos días ya no quedaba nada dulce. Su abuela, entonces, le ofrecía su propio helado del congelador, “Toma, hija, cómetelo tú, que me duele un poco la garganta”, y Ana siempre pensaba que era curioso cómo la garganta de la abuela empezaba a molestar justo cuando ya no quedaban caramelos… La familia de Marta representaba todo lo contrario: casa llena, padres trabajadores, ella vestida a la última moda. Sus compañeras le pedían ropa prestada y a Marta no le faltaba de nada. Pero Marta envidiaba la belleza natural de Ana, su simpatía innata y esa capacidad para empatizar con todos. Ella consideraba indigno siquiera dirigirle la palabra a Ana, la miraba con desprecio y una vez, delante de todos, la llamó “¡Eres una desgraciada!”. Ana, hecha un mar de lágrimas, corrió a contárselo a su abuela. Su abuela la abrazó y le dijo: “No llores, Ana. Mañana respóndele: ‘Sí, tienes razón, ¡soy una hija de Dios!’”. Marta también era guapa, pero su hermosura era fría e inaccesible. En la clase, el preferido de todas era Carlos: un alumno regular, simpático y bromista que, pese a sus suspensos, siempre tenía una sonrisa. Pronto, Carlos empezó a acompañar a Marta a casa tras las clases, y la esperaba cada mañana en la puerta del instituto. Todo el mundo bromeaba con que eran novios, y hasta los profesores sabían lo que se cocía entre ambos. Al graduarse, cada uno siguió su camino, pero Marta y Carlos se casaron rápidamente tras descubrir que ella estaba embarazada. Pronto nació su hija, Sofía. Ana, tras acabar el instituto, tuvo que ponerse a trabajar. Su abuela ya no estaba y sus padres esperaban que ella los mantuviera. Aunque no le faltaban pretendientes, Ana se resistía, avergonzada por su familia y porque nadie le tocaba realmente el corazón. Pasaron los años. Frente a la consulta del centro de salud, se cruzaron de nuevo los destinos de Ana y Carlos, ambos acompañando a una madre y una esposa, respectivamente, aquejadas del alcoholismo. El reencuentro de antiguos compañeros les sirvió de apoyo en esos duros momentos. Carlos terminó separándose de Marta, quien se hundió del todo en la bebida, y se quedó criando solo a Sofía. Poco a poco, Carlos y Ana se hicieron inseparables. Compartieron experiencias y consejos, y el cariño creció en confianza mutua. Finalmente, Carlos pidió a Ana que se casara con él y formaron un nuevo hogar junto con Sofía. Sofía fue arropada por el amor y la calidez de Ana, quien con el tiempo fue llamada ‘mamá’ por la niña. Unos años después, tuvieron una hija juntos, María. Un día, la felicidad de la familia fue interrumpida por una visita inesperada: Marta, desmejorada y ebria, apareció en el umbral acusando a Ana de haberle robado a su esposo e hija. Con entereza, Ana le respondió: “En la vida nunca tomé nada que no fuera mío. Renunciaste a tu familia sin entender nada. Y nunca he dicho una mala palabra de ti. De corazón, me das lástima, Marta…”. Y cerró la puerta, con dignidad, ante aquella sombra de un pasado superado.

EN LA VIDA JAMÁS TOQUÉ LO AJENO

Desde el instituto, Marta sentía un desprecio sordo y a la vez una punzada de envidia por Alicia. La despreciaba porque sus padres eran conocidos en todo el barrio por su afición incansable al vino barato. Malvivían con trabajos ocasionales, siempre apretándose el cinturón una y otra vez. Por eso, Alicia iba casi siempre hambrienta, vestida con prendas desgastadas y con una sombra de tristeza en el rostro. Su padre la maltrataba cuando quería, por cualquier motivo, y su madre, completamente sometida, jamás se atrevía a defenderla. Solo su abuela materna era el rayo de luz en la opaca vida de Alicia.

Una vez al mes, de su modesta pensión, la abuela le daba a su nieta su salario por su buen comportamiento. Aunque Alicia sabía que, hiciera lo que hiciera, la abuela le daría esas monedas igualmente, y haría la vista gorda si hacía alguna travesura. ¡Cinco euros! Para Alicia, ese era el día más feliz del mes. Corría entonces a la tienda de la esquina y compraba helados – para ella y su abuela -, un poco de turrón de Jijona y unas chucherías. Siempre intentaba que aquellos dulces le duraran el mes entero, pero en dos días ya no quedaba nada. Y entonces, su querida abuela sacaba su propia tarrina de helado del frigorífico y decía:

Toma, cariño, cómete el mío. Hoy me duele un poco la garganta.

«Qué raro pensaba Alicia, siempre le duele la garganta justo cuando dejo de tener caramelos» Y, en voz baja, siempre esperaba que llegara ese momento en el que la abuela le ofrecía su porción.

La familia de Marta era totalmente opuesta. Su casa era un remanso de paz y bienestar. Sus padres tenían buenos trabajos, la colmaban de atenciones y siempre lucía prendas de última moda. A veces, las chicas de su clase le pedían prestada alguna blusa o falda. Marta no tenía carencias. Bien alimentada, calzada, abrigada.

Sin embargo, Marta no podía evitar envidiar la belleza radiante de Alicia, su dulzura, el encanto natural que tenía para caer bien a todos. Marta, por su parte, consideraba humillante siquiera hablar con Alicia. Cuando coincidían en el instituto, la mirada de Marta era como una ducha helada para su compañera. Una vez, delante de todos, la llamó:

¡Eres una desgraciada!

Alicia llegó llorando a casa y le contó todo a su abuela. La abuela la sentó a su lado y le acarició el pelo.

No llores, Alicita. Mañana dile: «Tienes razón, estoy en las manos de Dios.» Y Alicia se sintió mucho mejor.

Marta también era guapa, pero su hermosura era fría, lejana.

Y en la clase, el rey indiscutible del grupo era Javier: un poco gamberro, siempre de risas, bromista, con cierto encanto irreverente. Nunca le preocupaban las notas ni los castigos, y pese a los suspensos y las broncas de los profesores, todos le tenían cariño porque transmitía buen humor y era noble.

En los últimos cursos, Javier empezó a acompañar a Marta a casa tras las clases. Por las mañanas la esperaba junto a la puerta del instituto, deseoso de entrar juntos y provocar las risas de los demás:

¡Mira! ¡El novio y la novia del año!

Hasta los profesores sabían que entre Javier y Marta florecía algo especial.

Sonó la última campana. El baile de fin de curso pasó entre flashes y risas. Los estudiantes volaron del colegio como pájaros en busca de su destino.

Marta y Javier se casaron a toda prisa: el secreto de Marta era imposible de disimular, ni siquiera con su vestido de ensueño conseguido en El Corte Inglés. A los cinco meses, Marta dio a luz a una niña: Sofía.

Alicia, al terminar el colegio, no tuvo más remedio que ponerse a trabajar. Su abuela falleció. Sus padres esperaban que ahora ella aportara dinero a casa. Pretendientes no le faltaban, pero nadie le conmovía de verdad. Además, la vergüenza de su familia la hacía retraída.

El tiempo pasó como un río silencioso. Diez años después…

…Frente a la consulta del médico de adicciones, esperaban dos parejas: Alicia con su madre, y Javier con Marta.

Alicia reconoció a Javier al instante. Se había convertido en un hombre atractivo, sereno. Marta, en cambio, era difícil de mirar sin sentir pena: muy delgada, con las manos temblorosas, ojos apagados. Solo tenía veintiocho años, pero el alcohol la había consumido.

Javier saludó a Alicia con una mezcla de pudor y nostalgia.

Hola, compañera. Se notaba que no quería que ella fuera testigo de su drama familiar.

Hola, Javier. Veo que no lo estáis pasando bien. ¿Lleva Marta mucho tiempo así? preguntó Alicia, comprendiendo rápido la situación.

Mucho contestó él, bajando la mirada.

Conozco ese infierno por mi madre. Mi padre, al final, se consumió por el vino le confesó Alicia, compartiendo su propio dolor.

Tras la cita, intercambiaron números de teléfono. Por si acaso, por si la desgracia requería apoyo mutuo. Javier comenzó a visitarla buscando orientación, consejo. «Tú sabes manejar esto mejor que nadie», decía.

Alicia compartía su experiencia sin reservas: qué tratamientos servían, cómo imponerse, qué errores evitar. Sabía que ahogado en el alcohol muere más gente que en el mar

Pronto se supo que Javier ya vivía solo con su hija, Sofía. Marta se había marchado a casa de sus padres. Javier había tenido que proteger a la niña de su madre. La gota final, cuando encontró a Marta tirada en el suelo, borracha, y a la pequeña Sofía, con solo tres años, subida al alféizar de la ventana del quinto piso, a punto de caerse al vacío. Lo de Marta no tenía remedio: no quería tratamiento, se creía capaz de dejarlo cuando quisiera. Irremediablemente, se precipitó aún más en la desgracia. El matrimonio se rompió.

Un día, Javier invitó a Alicia a cenar fuera, en un restaurante elegante. Allí, entre confidencias y una copa de buen vino, le confesó que en realidad siempre había estado enamorado de ella, desde el instituto. Que primero tuvo miedo al rechazo y, después, se vio envuelto por la deriva de la vida con Marta, los problemas, la niña. Y que aquel encuentro casual en la consulta del médico lo sentía como una señal del destino.

Javier le propuso que compartiesen el futuro. Alicia por fin permitió que él entrara en su corazón. Siempre le había gustado, pero ponerle una zancadilla a Marta hubiera sido impensable para ella. Ahora todo había cambiado: Javier era libre, estaba enamorado de verdad, y ninguna barrera quedaba entre ellos.

La boda fue pequeña, sencilla y discreta. Alicia se mudó a casa de Javier. La pequeña Sofía al principio desconfiaba: temía que su padre repartiese su cariño. Pero Alicia la colmó de cuidados y ternura, y no pasó mucho tiempo antes de que Sofía le pidiera llamarla mamá. Dos años más tarde, nació su hermana: Lucía.

Una tarde, sonó el timbre de la casa de Javier y Alicia. Alicia abrió la puerta. En el umbral, desgreñada y con fuerte olor a alcohol, estaba Marta; solo la reconoció por la voz.

¡Víbora, me has robado el marido y la hija! ¡Te odio desde siempre! escupió con furia Marta.

El rostro de Alicia no se alteró. Se mantenía serena, elegante, segura de sí misma.

Jamás le he quitado nada a nadie. Fuiste tú quien abandonaste a tu familia, sin entender nada. Nunca he hablado mal de ti. De corazón, Marta, te compadezco

Alicia cerró la puerta con firmeza delante de aquella visitante indeseada, decidida a no dejar entrar a la amargura de antaño en su nueva vida.

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Nunca Tomé lo que No Era Mío en la Vida Marta, incluso de adolescente en el instituto, sentía un profundo desprecio y a la vez cierta envidia hacia Ana. Despreciaba el hecho de que los padres de Ana eran unos bebedores empedernidos, que apenas conseguían algún trabajo y vivían al día. Por eso, Ana iba siempre medio hambrienta, con ropa desgastada y un aire de tristeza. Su padre, además, la maltrataba con frecuencia, por cualquier excusa, y su madre nunca la defendía, pues también temía al marido. Solo su abuela era el rayo de luz en la vida de Ana. Una vez al mes, con su pequeña pensión, la abuela le daba a su nieta una “paga” por portarse bien, aunque Ana sabía que aunque se portara mal, la abuela haría la vista gorda y le daría igualmente los cinco euros prometidos. Ese día, Ana corría a la tienda, compraba helado para ella y su abuela, algo de turrón y caramelos. Siempre intentaba racionar esas pequeñas alegrías para todo el mes, pero a los pocos días ya no quedaba nada dulce. Su abuela, entonces, le ofrecía su propio helado del congelador, “Toma, hija, cómetelo tú, que me duele un poco la garganta”, y Ana siempre pensaba que era curioso cómo la garganta de la abuela empezaba a molestar justo cuando ya no quedaban caramelos… La familia de Marta representaba todo lo contrario: casa llena, padres trabajadores, ella vestida a la última moda. Sus compañeras le pedían ropa prestada y a Marta no le faltaba de nada. Pero Marta envidiaba la belleza natural de Ana, su simpatía innata y esa capacidad para empatizar con todos. Ella consideraba indigno siquiera dirigirle la palabra a Ana, la miraba con desprecio y una vez, delante de todos, la llamó “¡Eres una desgraciada!”. Ana, hecha un mar de lágrimas, corrió a contárselo a su abuela. Su abuela la abrazó y le dijo: “No llores, Ana. Mañana respóndele: ‘Sí, tienes razón, ¡soy una hija de Dios!’”. Marta también era guapa, pero su hermosura era fría e inaccesible. En la clase, el preferido de todas era Carlos: un alumno regular, simpático y bromista que, pese a sus suspensos, siempre tenía una sonrisa. Pronto, Carlos empezó a acompañar a Marta a casa tras las clases, y la esperaba cada mañana en la puerta del instituto. Todo el mundo bromeaba con que eran novios, y hasta los profesores sabían lo que se cocía entre ambos. Al graduarse, cada uno siguió su camino, pero Marta y Carlos se casaron rápidamente tras descubrir que ella estaba embarazada. Pronto nació su hija, Sofía. Ana, tras acabar el instituto, tuvo que ponerse a trabajar. Su abuela ya no estaba y sus padres esperaban que ella los mantuviera. Aunque no le faltaban pretendientes, Ana se resistía, avergonzada por su familia y porque nadie le tocaba realmente el corazón. Pasaron los años. Frente a la consulta del centro de salud, se cruzaron de nuevo los destinos de Ana y Carlos, ambos acompañando a una madre y una esposa, respectivamente, aquejadas del alcoholismo. El reencuentro de antiguos compañeros les sirvió de apoyo en esos duros momentos. Carlos terminó separándose de Marta, quien se hundió del todo en la bebida, y se quedó criando solo a Sofía. Poco a poco, Carlos y Ana se hicieron inseparables. Compartieron experiencias y consejos, y el cariño creció en confianza mutua. Finalmente, Carlos pidió a Ana que se casara con él y formaron un nuevo hogar junto con Sofía. Sofía fue arropada por el amor y la calidez de Ana, quien con el tiempo fue llamada ‘mamá’ por la niña. Unos años después, tuvieron una hija juntos, María. Un día, la felicidad de la familia fue interrumpida por una visita inesperada: Marta, desmejorada y ebria, apareció en el umbral acusando a Ana de haberle robado a su esposo e hija. Con entereza, Ana le respondió: “En la vida nunca tomé nada que no fuera mío. Renunciaste a tu familia sin entender nada. Y nunca he dicho una mala palabra de ti. De corazón, me das lástima, Marta…”. Y cerró la puerta, con dignidad, ante aquella sombra de un pasado superado.
Durante toda mi infancia, pensé que mi abuelo Damián era el hombre más sabio del mundo: caminaba des…