Cambié el feo anillo de la abuela por una joya moderna y mi madre me montó un drama

Mira, te tengo que contar lo que leí ayer porque no puedo sacármelo de la cabeza. Resulta que una chica, que se llama Nuria, recibió de su madre un anillo antiguo que había sido de su abuela. Pero no era de esos anillos vintage bonitos que te imaginas, sino un diseño, sinceramente, feísimo y enorme, que ni siquiera le quedaba bien en el dedo. Vamos, que nunca se lo habría puesto.

Nuria pensó: Si el anillo es mío, puedo hacer lo que me dé la gana. Así que fue a una joyería en Madrid y, poniendo un poco de dinero de su bolsillo, lo cambió por una pieza moderna que sí le flipaba de verdad.

Toda contenta, llamó a su madre para contarle la buena compra y, buf, la que se lió. Su madre, Mercedes, se puso hecha una fiera: ¿Cómo pudiste hacer eso? ¿Cómo vendiste el anillo sin preguntar? No es solo una joya, ¡es una memoria! Es una reliquia familiar. Nuria intentó explicarle que la joya ya era suya y podía disponer de ella. Nada, ni la escuchó. Al final, colgaron el teléfono tensa la cosa. Y al rato, Mercedes la llamó de nuevo, pero Nuria tan cabreada que ni contestó, y después le llegó un mensaje. Ahí la madre le dejó claro que el anillo no era realmente un regalo, sino algo que tenía que guardar, no modificar ni deshacerse de él. Nuria pensó: ¿Y eso para qué? Menuda faena. ¿Para qué darle algo si no puedes hacer nada con ello? Es rarísimo cómo actuó su madre, ¿no crees? Si se da algo, se da, y ya está. Lo curioso es que la abuela, Carmen, sigue viva, pero las relaciones en esa familia, madre-hija-abuela, son un follón tremendo. ¿Qué tipo de recuerdo es eso?

Eso lo vi ayer en mi feed de Facebook y me quedé atrapada. Y quería hablarlo contigo porque, personalmente, jamás me vendería una reliquia familiar. Vale que puede ser un trasto más que una joya preciosa, pero sigue siendo historia familiar. Aunque nadie la use, es algo especial y lo que queda de lo raro, para la siguiente generación, va a ser interesante descubrir qué llevaban sus antepasados. Y quién sabe, igual vuelve a estar de moda dentro de treinta años. Al final, vas viendo cómo todo da vueltas. Para la hija, ese anillo algún día será el recuerdo de su madre y de su abuela.

Pero Nuria prefirió lo moderno. Y tampoco vamos a hablar ahora de la calidad del oro de hoy en día, pero podría haber llevado el anillo a un joyero de Lavapiés y que le hiciese un rediseño manteniendo el oro original. Así tendrías la memoria y una joya que de verdad quieres usar. Seguiría pasando de generación en generación y tendría su historia.

Y si lo moderno te gusta tanto, te lo compras y ya está, pero ese anillo antiguo lo dejas tranquilo, guardado en un cajón.

Yo estoy totalmente del lado de la madre, Mercedes, y entiendo perfectamente su enfado. Ni se le ocurrió que su hija no entendiera que ese anillo era un recuerdo, un regalo pero especial, de esos que toca guardar. Incluso los regalos normales queda feo venderlos o darlos, ¡imagínate el anillo de la abuela!

Pero también es verdad que a lo mejor Nuria es de otra pasta: alguien que no se vincula a las cosas, que prefiere cosas útiles antes que objetos de recuerdo. ¿Cuántas reliquias familiares acaban en los rastros y mercadillos de El Rastro de Madrid porque uno las termina viendo como trastos viejos? Quizás es mejor vivir el presente, sin ataduras a historias familiares pasadas. Si Nuria ni necesita esos recuerdos, ¿tenemos derecho a juzgarla? Igual su madre tampoco le enseñó esos valores básicos.

No sé, amigo, me parece que en cada familia es diferente, pero al final ese anillo cuenta más historia de lo que parece.

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Cambié el feo anillo de la abuela por una joya moderna y mi madre me montó un drama
Un placer que cuesta caro