Diario personal, 12 de marzo
A veces me pregunto si la hospitalidad tiene límites, o si la familia, por mucho que la quieras, puede llegar a poner tu paciencia a prueba. Mi marido y yo, Fernando, nacimos en un pequeño pueblo de La Mancha. Tras casarnos, nos mudamos a Madrid en busca de oportunidades. Primero alquilamos un pisito, fuimos encontrando trabajo poco a poco y, con unos años y una buena hipoteca, logramos comprar nuestro propio hogar. Tuvimos dos hijos, Vera y Adrián. Una familia corriente, española, con celebraciones ruidosas, meriendas de churros en domingos y veranos en la sierra.
Nuestros lazos con la familia del pueblo siempre han sido fuertes. De vez en cuando vienen a vernos; a veces se queda alguno un fin de semana y cocino cocido madrileño o tortilla de patatas. Intentamos llevarnos bien con todos, pero la vida da giros inesperados.
Hace poco, mi tía segunda Lucía la prima de mi madre decidió buscar un futuro en Madrid. Me llamó para pedirme si podía quedarse conmigo unas semanas mientras encontraba trabajo y piso. Por supuesto, le dije que sí; la familia es la familia, pensé. No podía ni imaginar lo que estaba por venir.
El primer día, Lucía horneó una tarta de manzana maravillosa. Todos la aplaudimos. Pero ahí terminó la parte buena. La primera semana, madrugaba y salía a repartir currículums. Por la tarde, se tumbaba en el sofá y veía la televisión hasta quedarse dormida. Sin embargo, a los pocos días sus excursiones laborales se hicieron más esporádicas, hasta que simplemente se instaló permanentemente en la sala viendo concursos y programas del corazón, vaciando la nevera antes de la merienda.
Para mi sorpresa, entraba en la habitación de Vera, llenando sus estanterías de ropa y bártulos propios. Cuando le pregunté qué tal iba la búsqueda de empleo, me soltó que no iba a matarse para acabar ganando cuatro duros y que aún no había visto nada decente.
Empezó entonces a mandar en casa. Me decía qué preparar para cenar, qué medicamentos debía tomar mi marido, a qué médico debíamos ir, incluso criticaba cómo lavábamos la ropa. Empezamos a desear que se marchara pronto, pero nunca parecía tener prisa.
Pero lo peor vino un día cuando Vera llegó del instituto: Lucía, sin ningún reparo, le soltó nada más cruzar la puerta:
Ni te quites los zapatos, baja ahora mismo a la farmacia a comprarme compresas.
Me quedé helada. Le dije a Vera, delante de ella, que no iba a ir a ninguna parte y que ya estaba bien de abusos. Lucía alzó la voz:
Pues ya irás tú. Así solo consientes a la niña.
En ese instante, Fernando, harto, recogió sus cosas y las metió en bolsas, y le dijo con la voz firme y castellana de quien ha arado la tierra:
O te vas por tu propio pie o tiro todo por la ventana.
Lucía se fue sin protestar demasiado. Desde aquel día, parece que la familia del pueblo se ha puesto de acuerdo en no pedirnos nada, ni por teléfono ni en persona. Pero, conociéndolos, no creo que esta calma dure mucho.
Quizá, después de todo, la hospitalidad también debe tener sus fronteras.






