El crujido de la rama seca bajo su pie, Iván ni siquiera lo notó. De pronto, el mundo giró y se retorció frente a sus ojos como un caleidoscopio de colores, y en un instante explotó en millones de pequeñas estrellas que se concentraron todas en su brazo izquierdo, justo encima del codo.
¡Ay…! Iván se sujetó el brazo herido y aulló de dolor.
¡Iván! su amiga Carmen corrió hacia él y, casi sin detenerse, cayó de rodillas a su lado. ¿Te duele?
No, ¡hombre, qué va! farfulló apretando los dientes, encogiéndose por el dolor.
Carmen acercó la mano y rozó el hombro de Iván con suavidad.
¡Déjame! gritó él, con los ojos encendidos de rabia. ¡Me duele! ¡No me toques!
El disgusto de Iván era doble. Por un lado, estaba seguro de haberse roto el brazo y sabía que le esperaban semanas aburridas e inevitables bromas de sus amigos por el yeso. Por otro, él mismo se había subido a aquel árbol para impresionar a Carmen con su agilidad y valentía. Si bien el primer motivo podía soportarlo, el segundo lo llenaba de rabia; no sólo había hecho el ridículo delante de ella, sino que ahora quería compadecerle. ¡Ni hablar! Con gesto brusco se incorporó, sujetando el brazo como un trapo y, decidido, se encaminó hacia el centro de salud.
Iván, no pasa nada, de verdad Carmen apresuraba el paso para seguirle, intentando animarlo como fuera. Tranquilo, todo va a salir bien, Iván, todo va a salir bien.
¡Déjame en paz! se detuvo y, fulminándola con la mirada, escupió al suelo. ¿Pero tú qué crees que va a estar bien? ¡Que me he roto el brazo! ¿No te enteras, o qué? ¡Vete a tu casa, pesadilla!
Sin mirarla, siguió su camino a paso firme, dejando a Carmen allí de pie, parpadeando con sus grandes ojos avellana y murmurando una y otra vez:
Todo va a salir bien, Iván… todo va a salir bien
***
Don Iván Álvarez, si no vemos la transferencia en las próximas veinticuatro horas, será un gran disgusto para nosotros. Ah, y sepa que para mañana han anunciado placas de hielo en las carreteras, así que le conviene conducir con mucho cuidado. Ya sabe cómo es esto, un accidente le puede pasar a cualquiera. Cuídese mucho.
La voz en el teléfono se desvaneció y reinó el silencio. Iván dejó caer el móvil y, angustiado, se aferró la cabeza con las manos y se recostó en la silla.
¿De dónde voy a sacar ese dinero? Ese pago estaba planificado para el mes que viene
Resignado, volvió a coger el móvil, marcó y lo acercó a su oído.
Doña Alicia García, ¿podemos transferir hoy mismo el pago del equipamiento a nuestros socios de la empresa?
Pero Don Iván
¿Podemos o no?
Sí, pero eso trastocará los pagos de esta semana
¡Pues que les den! Ya lo solucionaremos luego. Haz la transferencia hoy mismo.
Bueno, pero luego vamos a tener problemas con
Iván colgó sin dejarla terminar y golpeó con rabia el brazo de la silla.
Malditos chupasangres
Algo suave tocó de repente su hombro, obligándole a dar un respingo.
Sonia, ¿no te he pedido que no entres cuando trabajo? ¿Verdad que te lo he dicho?
Su mujer, Sonia, se acercó y le besó con dulzura el lóbulo de la oreja, acariciándole el pelo.
Iván, no pierdas los nervios, ¿vale? Todo va a salir bien.
¡Ya basta con tu todo va a salir bien! ¿No lo entiendes? ¡Me tienes harto! ¡Mañana igual me matan y entonces sí que estará todo bien para ti, ¿no?!
Se levantó de golpe, la tomó de los brazos y la apartó.
¿Qué hacías? ¿Haciendo cocido? ¡Pues ve a terminarlo y déjame tranquilo! ¡Sin ti ya tengo suficiente!
Sonia suspiró y, al llegar a la puerta, se giró y susurró, con ternura, esas tres palabras de siempre.
***
Sabes ahora que estoy tumbado, recuerdo toda nuestra vida juntos
El anciano entreabrió los ojos y miró a su esposa envejecida. Su rostro, otrora hermoso, estaba surcado de arrugas, los hombros encorvados, y su postura había perdido la elegancia. Sin soltarle la mano, ella ajustó suavemente la vía de la medicación y le dedicó una sonrisa.
Cuando me metía en líos, cuando estaba entre la vida y la muerte, cuando todo se venía abajo Siempre venías tú y repetías esa frase. No sabes lo que me desesperaba. Me daban ganas de estrangularte por tu ingenuidad, por decírmelo siempre igual intentó sonreír, pero le venció la tos. Cuando se calmó, siguió: Me rompí huesos, estuvieron a punto de matarme, lo perdí todo, toqué fondo varias veces, y tú siempre lo mismo: Todo va a salir bien. Y mira, jamás me engañaste. ¿Cómo sabías que así sería?
Mira, Iván, no sabía nada suspiró la anciana. ¿Crees que te lo decía a ti? Me lo repetía a mí misma. Yo te he querido toda mi vida, como una loca. Eres mi vida. Cuando te pasaba algo, el alma se me encogía y no pegaba ojo llorando. Y aun así, solo podía repetirme: Aunque caigan chuzos de punta, mientras esté vivo, todo irá bien.
El anciano apretó su mano, con esfuerzo.
Así que era eso Y yo, tan tonto, siempre enfadado. Perdón, Sonia. No lo sabía. He vivido toda una vida y, fíjate, nunca pensé en ti como debería. Vaya insensato
Disimuladamente, la mujer secó una lágrima de su mejilla y se inclinó sobre él.
Iván, no te preocupes
Durante un instante se detuvo, mirándole a los ojos, y después apoyó la cabeza sobre su pecho, acariciándole con ternura la mano que se iba enfriando.
Todo FUE bien, Ivanito, todo FUE bien
La vida, a veces, nos enseña demasiado tarde que el amor silencioso y constante es la mayor fortuna que podemos tener y dar.







