La abuela, mi ángel guardián: la historia de cómo, tras perder a mis padres y ser criada por mi querida abuela Duquesa, su sabio y amoroso consejo desde el otro mundo me salvó de un destino amargo con el hombre equivocado

LA ABUELA ÁNGELA, EL ÁNGEL GUARDIÁN

Ya quedaba tan lejos aquella época en la que Lucía no recordaba a sus padres. Su padre abandonó a su madre embarazada, y de él no supo jamás. Su madre se marchó al otro mundo cuando Lucía contaba apenas un año. Un cáncer súbito la consumió en pocos meses, como vela al viento.

Creció Lucía en los brazos de su abuela Carmen, la madre de su madre, mujer madrileña de gran entereza, cuyo marido también partió siendo ella joven. Toda su vida la abuela Carmen la dedicó a su hija y, tras su marcha, a su nieta. Desde los primeros días, Lucía y ella forjaron un lazo especial imposible de explicar. Carmen adivinaba siempre lo que la niña necesitaba, se entendían casi sin palabras.

La abuela Carmen era querida por todos en el vecindario, y hasta los profesores del colegio la adoraban. A las reuniones de padres solía acudir con su inseparable cesto de empanadillas; decía que no estaba bien sentarse con el estómago vacío, viniendo todos de trabajar y cansados. Jamás hablaba mal de nadie ni se prestaba a cotilleos, y a menudo le pedían consejo. Lucía siempre agradeció tener a tan entrañable abuela a su lado.

En cuanto a Lucía, su vida personal nunca cobró el rumbo que ella hubiera querido. El colegio, luego la universidad, más tarde el trabajo… siempre corriendo, siempre con algo por hacer. Algunos pretendientes pasaron fugazmente, pero ninguno se quedaba ni era el adecuado. La abuela Carmen, preocupada, le soltaba de vez en cuando:

Ay, mi Lucita, ¿cómo es que sigues de soltera? ¿No habrá por ahí un muchacho decente? ¡Si eres guapa y lista como tú sola! Lucía se lo tomaba a broma, pero en el fondo sentía que ya era hora de formar una familia. A fin de cuentas, los treinta llegaron rápido.

La abuela Carmen partió un día sin avisar. Se quedó dormida por la noche y su corazón dejó de latir en silencio. Lucía anduvo un tiempo fuera de sí, sin poder creer lo sucedido. Iba a trabajar, al mercado, mas todo lo hacía en modo automático. Solo la esperaba en casa su fiel gata, Niebla. Lucía se sentía terriblemente sola.

En una ocasión, viajando en Cercanías, leía absorta su novela cuando delante de ella se sentó un hombre de aspecto agradable, bien vestido, de unos cuarenta años. La observó con atención, pero aquello, lejos de incomodarla, le resultó insólitamente grato. Pronto entablaron conversación sobre libros, tema del que Lucía podía hablar horas. “Esto parece una película”, pensó. Al llegar su parada, no le apetecía marcharse, tanto disfrutaba del momento. El hombre, Javier, la invitó a tomar un café en una cafetería cercana, y ella aceptó gustosa.

Desde ese día, empezaron un noviazgo tan intenso como inesperado. Hablaban todos los días por teléfono, se escribían a menudo y se veían cuando Javier, siempre ocupado por su trabajo, podía. Lucía apenas sabía nada del pasado, ni de la familia ni del empleo de Javier, pero, extrañamente, no le molestaba; por primera vez se sentía feliz junto a un hombre.

Un sábado, Javier citó a Lucía en un restaurante y le dio a entender que esa noche sería especial. Lucía comprendió al instante que le propondría matrimonio. Se sentía dichosa, por fin tendría marido, hijos, familia, como tantas otras amigas. ¡Lástima que la abuela no viviera ese momento!

Aquella noche, tumbada en el sofá, Lucía pensaba qué ponerse para esa ocasión. Siempre escogía la ropa por internet, así que empezó a mirar vestidos en la aplicación del móvil… y se quedó dormida.

Entonces, soñó que su abuela entraba en la habitación, con su vestido favorito, se sentaba a su lado en el sofá y le acariciaba el cabello. Lucía se alegró, aunque se sorprendió aún más.

Abuela, pero si ya no estás, ¿cómo has venido? le preguntó.

Ay, mi Lucita, nunca me he ido. Sigo aquí, siempre a tu lado, viéndolo todo, oyéndolo todo, aunque tú no me veas. Quiero avisarte, no te fíes de ese hombre; escúchame bien, no salgas más con él, es una mala persona le advirtió Carmen antes de desvanecerse en el aire.

Lucía se despertó de golpe, sentada en la cama. Había visto claramente a la abuela y ya no estaba… Al caer en que aquello solo había sido un sueño, reemprendió la búsqueda del vestido, pero la inquietud persistía. ¿Por qué habría dicho su abuela que Javier era malo, si apenas lo conocía? Ningún vestido la convenció, y turbada, se volvió a dormir.

Llegó el día señalado. Sin haber elegido traje nuevo, con su vestido de siempre, acudió al restaurante. Su ánimo era sombrío, y Javier lo advirtió enseguida.

¿Te pasa algo, cariño? preguntó él.
No, no es nada respondió Lucía. Javier quiso aparentar que la creía, y trató de animarla con bromas y ocurrencias. Al acabar la cena, se arrodilló como en las películas y le ofreció una cajita con un anillo.

A Lucía la invadió un mareo repentino, un zumbido ensordecedor en los oídos… y, de repente, vio a su abuela asomada a la ventana, mirándola fijamente. Carmen no decía nada, solo observaba. Lucía comprendió que era una señal.

Lo siento, Javier, no puedo… balbuceó.
¿Por qué? ¿Qué he hecho?
Nada. Pero toda la vida he confiado en la abuela respondió Lucía y salió corriendo del restaurante.

Javier la alcanzó fuera, visiblemente enfurecido. La zarandeó y empezó a gritar:
¿Ah, sí? ¿No quieres casarte conmigo, so tonta? ¡Pues quédate para vestir santos con tu gata Niebla! ¡A ver quién te va a querer ahora, pobre desgraciada!

Lucía no podía creer que ese Javier, culto, atento y cariñoso, fuese capaz de aquella reacción. ¿Este era el hombre con quien pensaba casarse, tener hijos, formar una familia?

Al día siguiente, decidió pedir ayuda a su amigo de la infancia, Andrés, que trabajaba como inspector jefe en la comisaría de policía. Lucía le rogó que investigara a Javier, entregándole su foto y algunos datos.

Un día después, Andrés la llamó:
Lucía, siento decirte que tu Javier es un estafador de tomo y lomo. Se dedica a enamorar a mujeres solas, casarse con ellas, conseguir que le traspasen el piso, les hace firmar préstamos para su supuesto negocio… Después, una vez todo está a su nombre, las echa de casa y las abandona. Ya tiene antecedentes por lo mismo. Has tenido suerte de librarte a tiempo.

Lucía no salía de su asombro. ¿Cómo pudo su abuela saberlo, si ni la había conocido? De verdad que hay cosas que solo se pueden llamar milagro. ¡Gracias, abuela, por no dejarme nunca, por salvarme de la desgracia!

Lucía pasó por el mercado, compró víveres y comida para Niebla, y volvió a casa con paso ligero, sabiendo bien que, aunque la vida es dura y a veces solitaria, la abuela Carmen siempre estaba cerca, cuidando de ella desde algún rincón invisible…

Dicen que las almas de los seres queridos nos vigilan, que se transforman en ángeles guardianes y nos protegen de las desgracias…

Quisiera creer que así es, que la abuela sigue siendo mi ángel guardián…

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La abuela, mi ángel guardián: la historia de cómo, tras perder a mis padres y ser criada por mi querida abuela Duquesa, su sabio y amoroso consejo desde el otro mundo me salvó de un destino amargo con el hombre equivocado
¡Mi propia madre me echó de casa porque prefería a mi padrastro antes que a mí! Viví con mi padre hasta los 5 años, la etapa más feliz de mi infancia. Cuando él falleció, mi madre dejó de cuidarme y empezó a pensar solo en ella misma. A los 8 años ya tenía un padrastro que intentaba controlar todos mis movimientos y los de mi madre, lo que cambió mi vida por completo. Vivíamos según el horario que imponía mi padrastro, repartiendo las tareas mientras él no hacía nada porque “estaba cansado del trabajo”. Mi madre me obligaba a obedecerle porque tenía miedo de sus enfados y de las discusiones. Al llegar la adolescencia empecé a rebelarme: volvía del instituto y tenía que cocinar, limpiar, lavar el coche del padrastro o cualquier ocurrencia suya, mientras “la pareja enamorada” solo veía la tele. Si me quejaba, recibía una bofetada y un sermón sobre mi supuesta ingratitud. Aparte de techo y comida (que me ganaba limpiando y haciendo las tareas de casa), no me daban nada. Si quería ir a clase extraescolar, al gimnasio o a un profesor particular, solo sabían reírse de mí y decirme que aprendiera a ganar mi propio dinero para gastarlo. Rara vez me compraban ropa. Y cuando me la compraban, me lo recordaban durante semanas. Al cumplir 18 y acabar el instituto, mi madre me dijo que debía buscarme un piso, que no merecía la pena ir a la universidad y que debía ponerme a trabajar ya, pues no podían dejarme seguir viviendo con ellos. Somos de un pueblo pequeño donde es difícil encontrar trabajo, y yo aún tenía la esperanza de que al ver mis ganas de aprender, mis padres cambiarían de opinión. Pero mi madre insistía cada vez más. Así que en los últimos tres meses, en vez de preparar la EVAU, trabajé de camarera, ganando poquísimo, apenas lo suficiente para pagar dos meses de alquiler y sin saber siquiera qué iba a comer. Suspendí bastantes asignaturas porque falté a muchas clases importantes y no conseguí plaza en la universidad pública, ni podía pagar una privada. Al final del verano, cuando mi madre y mi padrastro me preguntaban todos los días cuándo pensaba irme, terminaron echándome literalmente de casa. Intenté trabajar en una droguería, pero después de unos días me intoxiqué y cuando fui a reincorporarme ya habían contratado a otra chica. El tiempo pasaba y no lograba ganar lo suficiente para salir adelante sola. En pleno verano fue mi cumpleaños y mi tía vino a verme. No le había dicho nada a nadie, pero cuando me preguntó en privado qué me pasaba, no pude más y rompí a llorar. Ese mismo día me ayudó a recoger mis cosas y me llevó a su casa. Había cumplido el deseo de mis padres y me había alejado de ellos, así que sentí alivio. Mi tía me ayudó a conseguir un trabajo digno en mi ciudad, trabajé en una librería y pude estudiar a la vez. Al año siguiente, aprobé la selectividad y pude entrar en la universidad pública por mis propios medios. Mi tía me ayudó en todo momento, nunca me dejó sola ni con mis pensamientos oscuros, como sí hicieron mis padres, recordándome siempre lo mala y desagradecida que era. Con el tiempo terminé la carrera y conseguí un buen trabajo. Ahora agradezco cada día a mi tía el no haberme dejado sola en los peores momentos y la cuido, la ayudo y la llevo de viaje siempre que puedo.