La esperanza revitalizada: el descubrimiento temprano del cáncer de mama gracias a la inteligencia artificial.

🧑‍🔬Ese es precisamente el propósito de utilizar inteligencia artificial: buscar soluciones para problemas reales. Un nuevo enfoque que emplea IA podría detectar el cáncer de mama hasta cinco años antes de que aparezcan los primeros síntomas. Se trata del sistema llamado AsymMirai, desarrollado por investigadores de la Universidad de Duke. Este algoritmo de aprendizaje profundo analiza mamografías y detecta sutiles diferencias entre los tejidos de los senos izquierdo y derecho, un indicador que antes pasaba desapercibido.
👨🏻‍💻Los primeros hallazgos sugieren que AsymMirai puede predecir el riesgo de desarrollar cáncer de mama años antes de que surjan manifestaciones clínicas. Su precisión se compara con sistemas más complejos, pero a la vez, es mucho más sencillo de usar para los radiólogos.
💃🏻En el estudio se examinaron más de 210,000 mamografías, destacando la asimetría mamaria como un posible marcador valioso de riesgo. Sin embargo, el investigador principal John Donnelly advierte: aunque los resultados iniciales son prometedores, por ahora es solo una hipótesis que requiere más pruebas. De confirmarse, esto abriría nuevas vías para el cribado y diagnóstico, permitiendo salvar vidas con predicciones de riesgo más precisas.

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La esperanza revitalizada: el descubrimiento temprano del cáncer de mama gracias a la inteligencia artificial.
Mi suegra me regaló un delantal de cocina insinuando mi lugar en la casa, y yo le respondí de la misma manera – ¡Venga, cumpleañera, al centro! Ahora te vamos a felicitar como Dios manda, que ahí sentada en la esquina pareces una invitada de compromiso, aunque hay que reconocer que la mesa te ha quedado de diez. El tono de voz de doña Ana María retumbó por encima del bullicio de los invitados y el tintineo de las copas. En ese momento, Irene intentaba ponerse discretamente un poco de ensaladilla en el plato—lleva toda la noche sin probar bocado—pero se sobresaltó y obedeció. Cumplía treinta y cinco años, una edad bonita, redonda. Había pagado la fiesta con su propio sueldo, comprado los ingredientes, y aún siendo directora financiera, se había pasado la noche marinando la carne según la receta familiar. Su suegra, mujer de presencia fuerte, bien peinada y con laca para tres días, se adelantó con una bolsa de regalo en las manos. A su lado, Óscar, el marido de Irene, se movía incómodo de un pie a otro y sonreía con cara culpable. Sabía perfectamente qué había en la bolsa y, por cómo desviaba la mirada, estaba claro que prefería desaparecer, pero nunca había sabido plantarse ante su madre. – Irinita, querida —empezó doña Ana María, mirando a todos como una actriz de teatro—. Treinta y cinco años es un hito. Tú, tan profesional, tan de carrera, siempre entre números y balances. Ganas buen dinero, sí, no te lo niego. Pero Óscar y yo hemos pensado que debíamos regalarte algo que te recordase tu verdadera vocación. No vaya a ser que, entre las cuentas, se te olvide que, ante todo, eres mujer y guardiana del hogar. Los invitados callaron atentos. Marina, la mejor amiga de Irene, se tensó, intuyendo tormenta. Irene dibujó una sonrisa de cortesía. Con aire triunfante, la suegra sacó de la bolsa un pedazo de tela y lo agitó. Apareció un delantal de cocina, pero no uno bonito o elegante, sino de esos de tela sintética rosa chillón, con remate de encaje barato, y sobre el pecho una gran inscripción amarilla: “No soy jefa, soy la fregaplatos” y debajo, más pequeño: “Menos charla, más cocido”. Se hizo el silencio. Alguien dejó escapar una risilla incómoda. – ¡Venga, pruébatelo! —ordenó la suegra avanzando hacia Irene—. Siempre tan de traje, y seguro que a mi hijo le das raviolis del súper. Con este delantal te entrarán ganas de ponerte a la faena de verdad y hacer empanada. ¿Verdad, Óscar? Óscar se puso rojo como un tomate y balbuceó vaya usted a saber qué. – Ana María —susurró Irene firme, reculando—. Gracias… muy original. Pero lo dejo para más tarde, que no me pega con el vestido. – ¡Anda, no seas así! —Ana María le colgó el delantal al cuello sin más—. ¡Mirad todo el mundo! Así está mucho mejor, se te ve la ama de casa que eres y no sólo una ejecutiva. Una mujer debe saber cuál es su lugar, Irene, y está en la cocina, complaciendo al marido y la familia. La carrera, una tontería. Irene sintió el frío de la tela sintética en el cuello como un latigazo y la vergüenza subiéndole a la cara. La frase del pecho le ardía como una marca de hierro. Vio la mirada cómplice de Marina y los ojos burlones de la prima de Óscar, la que siempre la envidiaba. Era un ajuste de cuentas público. – Gracias, mamá —dijo Irene con énfasis, se quitó el delantal y lo dejó en el filo de la mesa, con dos dedos—. Tomo nota del recado. Vamos a brindar… por los valores familiares. La noche quedó arruinada. Irene aguantó como una campeona, fingiendo sonrisas, haciendo bromas, aunque por dentro aún temblaba. Al irse el último invitado, se volvió hacia Óscar, que recogía platos de espaldas. – ¿A ti te ha hecho gracia? —preguntó helada. – Irene, no te ofendas —dijo Óscar suspirando—. Es que mamá tiene ese humor tan suyo. Sólo quería decir que le echa de menos la comida casera. – ¿Un “no soy jefa, soy fregaplatos” es sólo un aviso? Óscar, gano tres veces más que tú. Pagamos juntos el viaje a Italia. ¿Y aún así, ¿soy la fregaplatos? – No lo hagas más grande. Es mayor. Ponte el delantal, te ríes y ya está. Sólo buscas pelea. La mirada de Irene lo dijo todo. “Ríe y calla”, ese era el trato con su suegra. Traga, traga, que es tu madre. – Muy bien, Óscar. No haré pelea, sólo lo tendré presente. Guardó el delantal al fondo del armario, donde están los trastos viejos. “Ahí lo dejo, para una ocasión especial”, pensó. Pasaron los meses: trabajo, series por la noche, llamadas semanales de la suegra preguntando si usaba el delantal y qué había cocinado. – Ay, Ana María —gorjeaba Irene fingiendo alegre—. Lo cuido, es casi de museo. Hoy hemos pedido sushi, a Óscar le encanta el California. Al otro lado, resoplido. – Así se le va a estropear el estómago. Hay que hacerle sopita y filetes. En fin, la vida enseña. Se acercaba el sesenta cumpleaños de Ana María. Fecha redonda. Banquete en restaurante, cincuenta invitados, animador con acordeón. – Irene, hija —ronroneaba la suegra por teléfono—, no quiero modernidades de esas de ahora, ni dinero en sobre, que parece que os quitáis de en medio. Quiero algo bonito, para recordar. – Por supuesto, Ana María —dijo Irene—. Elegiremos lo mejor. Por la noche preguntó a Óscar: – ¿Qué quiere tu madre? – Bueno…, le ha gustado un anillo y pendientes de oro con rubí, ochenta mil. Es su capricho. – ¿Ochenta? Un regalazo. – Es el cumple grande, podemos. Yo pongo la paga extra. En la economía familiar, Irene aportaba el setenta por ciento. Pero nunca lo sacaba a relucir. Hasta ahora. – El oro está muy bien —respondió Irene—, pero ella quiere algo memorable, como ella dice. Un regalo fiel a lo que representa. Como el delantal que me tocó a mí. Óscar se tensó. – No te metas en líos. Compra las joyas y ya. No le busques las vueltas. – Aquí de líos ninguno —sonrió Irene—. Quiero ser atenta. Lo elijo yo sola, tú tienes trabajo. Óscar, aliviado, aceptó. Sabía que Irene tenía buen gusto y daba por hecho que iría a por el oro. Irene fue al centro comercial, pero no a la joyería. Entró en la tienda “Bienestar Sénior”, luego a la farmacia, después una librería y una tienda de ropa para el hogar. Por las noches, preparaba en secreto una caja grande, envuelta en papel dorado brillante y un lazo enorme. – ¿Y eso? —curioseó Óscar. – Sorpresa. Le gustará. Muy útil y muy acorde a su estatus. Llegó el gran día. El restaurante repleto, mesas con viandas de lujo. Ana María sentada a la cabecera, imponente con vestido azul y collares de perlas, más reina que nunca. Regalos de todo tipo: televisión, viaje al balneario, dinero, flores. Por fin llegó el turno del hijo y la nuera. Óscar llevaba la caja enorme, Irene el ramo de rosas burdeos. – ¡Felicidades, mamá! —empezó Óscar—. Eres la mejor madre del mundo. Ana María sonreía, relamiéndose ante la caja. ¿Pendientes? ¿Una vajilla antigua? ¿Algo de altura? – Ana María —tomó Irene la palabra—, en mi cumpleaños dijiste algo muy sabio: que el regalo debía recordarle a una mujer su verdadero lugar. Y pensé mucho en tus palabras. Es cierto, a veces se nos olvidan las cosas importantes. La suegra asentía, satisfecha con la supuesta sumisión de Irene. – Siempre has dicho que hay que estar a la altura del propio estatus, que no hay nada más ridículo que seguir actuando de jovencita con la edad que se tiene. Por eso, te regalamos un lote que te brindará comodidad y tranquilidad. Lo que toda mujer necesita en su… merecido descanso. En la sala se hizo un silencio raro. “Descanso” sonaba raro, pero la caja era tan brillante… – ¡Abre, por favor! —animó Irene. Ana María, impaciente, tiró del lazo. Levantó la tapa. Por encima, un chal de lana gris, de esos de abuela, áspero y calentito. – Esto… ¿es de verdad de Orenburg? —preguntó atónita. – ¡Auténtico! —confirmó Irene extra animada—. Así no se te doblará la riñonera, que mencionaste lo del lumbago. La suegra apartó el chal y sacó unas zapatillas de fieltro, grandotas, para la casa de campo. – ¿Es para la finca? —temblaba ya la voz de Ana María. – ¡Por supuesto! Hay que cuidar la circulación. Óscar, junto a ella, no daba crédito. Pero aún había más: un tensiómetro, una carpeta de pasatiempos “Especial memoria joven, para mayores de 60” y como remate, una lupa en montura de pasta. – ¿Y la lupa, para qué? —susurró la suegra con los ojos húmedos. – ¡Hombre, Ana María! —Irene alzó la voz para que todos oyesen—. Dijiste que ya no ves para enhebrar la aguja. Y hay también un libro “Cómo aceptar la vejez con dignidad y no entrometerse en la vida de los jóvenes”. ¡Un bestseller! Hubo un murmullo general y alguna risa disimulada. Era duro. Pero perfectamente proporcional. – Tú… —la suegra hiperventilaba—. ¡Ya me ves como una vieja! ¡Tengo sesenta! ¡Estoy en lo mejor de la vida! – Ana María, ¿qué dices? —Irene se puso cara de santa, imitando a su suegra aquel fatídico día—. ¡Esto es cariño! Tú me regalaste un delantal para recordarme que mi lugar era servir y cocinar. Yo te regalo un kit para la vejez, recordándote que ya no hace falta aparentar y que lo esencial es la salud y el descanso. Cada cosa a su tiempo, ¿no es así? Ana María se puso colorada y arrojó las zapatillas a la caja. – ¡Maleducada! —gritó—. ¡Óscar! ¿Qué dice tu mujer? ¡Me está enterrando en vida! Óscar miró a su madre, luego a Irene, luego a la caja. Recordó el delantal rosa y aquella noche de lágrimas en el baño. Se acercó a la caja y guardó el tensiómetro con calma. – Mamá —dijo firme—, ¿y el delantal? Irene tenía treinta y cinco, era directora financiera. Y tú le regalaste un trapo. Ahora Irene te da tu propia medicina. ¿Querías verdades? Aquí la tienes. Ser mayor no es vergüenza. Vergüenza es humillar a otros. – ¿La defiendes a ella? —casi jadeaba Ana María. – Defiendo la justicia —gruñó Óscar—. Irene, vamos. Creo que es hora de irnos. Irene le miró agradecida. No se lo esperaba. Pensó que habría bronca y ruptura. Pero de repente, Óscar había madurado. Salieron del restaurante entre el silencio tenso de los invitados. La suegra chillaba al fondo algo sobre la herencia, pero ya no importaba. En el coche apenas hablaron. Al rato, en un semáforo, Óscar dijo: – Has sido dura. – ¿Y el delantal fue amable? —preguntó Irene. – No. El delantal fue cruel. Ahora lo veo. – Perdona que te metí en el lío, pero sabía que no me dejarías. – No lo habría hecho —dijo Óscar—. Habría comprado los pendientes, ella seguiría siendo la reina y tú invisible. Ahora… Bueno, ahora igual me deshereda. – No lo creo. Protestará, pero le venía bien el tensiómetro. Óscar suspiró y después se echó a reír. – ¡La lupa, Irene, la lupa! “Para la memoria”… Vaya caras. Ha sido duro. Pero, joder, ¡ha sido brillante! Irene sonrió y apoyó la cabeza en su hombro. – Te quiero, Óscar. Y no dejaré que nadie me pisotee, ni siquiera tu madre. – Lo he entendido —dijo apretándole la mano. Dos meses no habló la suegra con ellos. Su hija Olga llamó diciendo que estaba indignada, que tiró las zapatillas y quemó los pasatiempos. Pero cuando, en una visita al campo, doña Ana María necesitó controlar la tensión, llamó a su hijo. – Óscar…, tráeme el aparato aquel. La vecina no tiene y me hace falta. – Te lo llevo, mamá —respondió él. Irene preparó una bolsa con medicinas, fruta y el tensiómetro. – ¿No vienes tú? —preguntó él. – No. Que descanse de mí. Yo soy una mujer ocupada, de carrera, no tengo tiempo de jubilada. La relación pasó a una fría cordialidad. Ana María dejó de regalar cosas “con mensaje”. El siguiente año, Irene recibió un conjunto de toallas sin inscripción. E Irene le devolvió con una crema hidratante, sin alusiones a las arrugas. Sólo crema. El delantal, por cierto, lo usaron Irene y Óscar un día pintando la casa. Al revés, para que no se viese la frase. – El rosa te sienta bien —dijo él, bromeando. – Anda, trabaja o te quedas sin cocido —rió ella, pintándole la nariz de broma. Ahora era su chiste privado. Porque los límites estaban claros y nadie más le señalaría a Irene cuál era su sitio. Su sitio era el que ella eligiese: al mando en la oficina, al volante de su coche o junto a su marido, que al fin empezó a ser el jefe de su propia familia. Y Ana María… Dicen que después acabó usando las zapatillas en la finca. Eran calentitas y cómodas. Pero reconocerlo, nunca lo reconoció.