**Madre e hija**
Lucía siempre sintió que su madre no la quería. No, no era exactamente así. Su padre la quería más, eso lo sabía. Él siempre sonreía cuando la recogía de la guardería, no gritaba, nunca la regañaba y, cuando empezó el colegio, le explicaba las tareas con paciencia.
Su madre, en cambio, sonreía poco y se irritaba con facilidad, por cualquier cosa. La llamaba estorbo, su desgracia. “¡Vete!” “No molestes.” “Siempre estás en medio, desgraciada”, le soltaba su madre cuando Lucía se acercaba a pedirle algo. Perdía los nervios enseguida.
—Mamá, no entiendo este problema. ¿Me ayudas? —pedía Lucía. Su madre miraba el cuaderno y movía la cabeza.
—¿De quién habrás salido tan torpe? ¿Qué es lo que no entiendes? Estás acostumbrada a que tu padre te lo dé todo mascado. Pon la mente a trabajar y hazlo sola. No tengo tiempo. He trabajado todo el día, he cargado bolsas pesadas del supermercado y he vuelto a casa para ponerme a cocinar. Estoy cansada, y tú vienes con preguntas absurdas…
Las lágrimas caían sobre las líneas de números y letras, la tinta se corría, se esparcía traicioneramente por el papel. Al ver las manchas, su madre gritaba aún más fuerte. Lucía encogía los hombros y cerraba los ojos. Luego venía un coscorrón, o el golpe seco de una toalla en su espalda. El cuaderno volaba al suelo. Lucía lloraba en silencio. No podía hacer ruido, eso enfurecería más a su madre.
—Coge otro cuaderno y vuelve a escribirlo todo —ordenaba su madre.
Y Lucía lo hacía. La mano le temblaba, las letras salían torcidas.
Cuando su padre llegaba del trabajo, entraba en su habitación, le acariciaba el pelo, la elogiaba. Ella esperaba pacientemente a que terminase de cenar para pedirle ayuda con los deberes. Pero después de cenar, él se dormía frente al televisor.
Si no se dormía, su madre se quejaba de Lucía, de que no sabía pensar por sí misma. Y la culpa era suya, por haberla malcriado. Él se defendía con poca convicción, y su madre le soltaba más reproches. Por él dejó la universidad, ahora tenía que trabajar por cuatro duros. ¿Por qué no la dejó abortar? Ahora tenía que aguantar a una hija que no servía para nada…
—¡Basta! Lucía puede oírnos —intentaba calmarla su padre.
—Y que oiga. Que sepa que por su culpa lo perdí todo, que mi vida se fue al traste… Y tú tampoco ayudas…
Lucía lo escuchaba todo desde su habitación. Entendía que, sin ella, su madre sería mucho más feliz. Su misma madre se lo decía. Y Lucía soñaba con desaparecer, con que un huracán la arrastrase lejos, muy lejos, hacia algún mago que arreglase todo.
Luego los gritos cesaban. Su madre sacaba una botella de vino de la nevera.
—¿Otra vez con eso? Habías prometido dejarlo —decía su padre.
—Tú tienes la culpa. Me has puesto los nervios de punta. Si bebo, me relajaré. —Y, tras un trago, se volvía habladora, incluso reía.
Una noche, su padre no aguantó más y se fue.
—Estoy harto. ¿Hasta cuándo? Siempre es culpa de los demás. Otras mujeres trabajan, hacen la compra, cocinan, y no se quejan. Contigo es imposible vivir. Si tanto te molesto, mejor me voy.
—Pues vete. Me arruinaste la vida y ahora te escabulles. —Su madre, borracha, lo despidió con un gesto.
Lucía oyó el sonido de una taza al romperse.
Quiso salir, detener a su padre, pero el miedo a su madre la paralizó. Esta siguió refunfuñando en la cocina hasta que se quedó dormida. Lucía salió de su cuarto, recogió los trozos de porcelana y miró a su madre, tumbada vestida sobre la cama. De pronto, sus ojos se abrieron.
—¿Qué miras? Vete a tu cuarto. Ya tengo suficiente contigo…
—¿Y papá volverá? —preguntó Lucía con cuidado.
—¿A dónde va a ir? Apaga la luz. —Su madre se dio la vuelta.
Lucía apagó la luz y se metió en la cama, escuchando si su padre regresaba. Por la mañana, se vistió sola, despertó a su madre y salió corriendo hacia el colegio.
—¿Papá no ha vuelto? —preguntó Lucía al regresar.
—Se ha ido tu padre. Estábamos de más, tú y yo. Vete con él, si quieres, búscate otra madre. ¿Crees que te querrá más que yo? Todos me abandonáis… —su madre lloraba con lágrimas ebrias.
Su padre no regresó. Dos días después, la esperó a la salida del colegio. Lucía lo abrazó y lloró:
—Papá, ¿por qué te fuiste? Llévame contigo.
—No tengo donde llevarte. Yo mismo estoy viviendo de prestado. No llores. Tu madre no me quiere. Tú no tienes la culpa.
Al principio se veían. Él iba al colegio, le compraba chocolatinas. Paseaban un rato, y luego él se marchaba, porque su descanso terminaba.
Con el tiempo, las visitas se hicieron menos frecuentes, hasta que dejó de ir. Lucía cocinaba pasta o pelaba patatas antes de que su madre llegase del trabajo. Nunca recibió un elogio. Hablaban poco. Su madre solo se volvía habladora cuando bebía.
Lucía creció y empezó a contestarle. Su madre bebía a diario. Cuando se dormía, Lucía limpiaba la mesa, tiraba las botellas vacías, fregaba los platos y se encerraba en su cuarto. Miraba la luna entre las nubes, soñando con estar lejos.
Una vez, su madre llevó a un hombre a casa. Él bebía poco y no la dejaba emborracharse. Ella le hacía caso.
—Qué hija más guapa tienes —dijo, mirando a Lucía con ojos pegajosos.
—Oye, es una niña. Si la tocas, te echo de casa —le advirtió su madre.
Lucía se encerraba en su cuarto, no volvía a casa sola, se quedaba en casa de una amiga. Así aguantó hasta acabar el instituto.
—Mamá, necesito un vestido para la graduación —pidió un día.
—No hay dinero —cortó su madre.
—Nunca tienes dinero. Deberías beber menos.
—No me hables así. Pídeselo a tu padre. Le va bien. ¿Crees que con la pensión basta? Que pague. Ve a su taller.
—¿Lo has visto? —preguntó Lucía, sorprendida.
—Ni falta que me hace. La pensión llega de ahí —contestó su madre.
Lucía no veía a su padre desde hacía años. ¿Lo reconocería? Lo recordaba como un hombre grande y amable. ¿Por qué no se le había ocurrido buscarlo antes?
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó su amiga.
—No, iré sola.
Su padre trabajaba en un taller de carpintería. Lucía preguntó por él al guardia, que no la dejó entrar y lo llamó. Tuvo que esperar. Cuando ya perdía la paciencia, lo vio. Salió del taller con un mono de trabajo, limpiándose las manos. Había envejecido, engordado, pero era él.
No pareció sorprendido ni contento. Le dijo al guardia que saldría media hora. Se sentaron en un bancoÉl le pasó dinero para el vestido, y aunque no volvieron a verse, Lucía supo que, a su manera, ambos padres la habían querido.




