**El Olímpico**
Álvaro solía contemplar la ciudad nocturna desde el balcón. El cielo parecía haberse posado sobre la tierra, y los luminosos cuadrados de los edificios eran ventanas por donde las almas de los muertos, los ángeles o quien fuese que habitase el cosmos, observaban la fiesta de la vida.
Las luces de los coches trazaban serpentinas por las calles, y los semáforos parpadeaban al ritmo de una música inaudible. A veces, el redoble de la lluvia y los cláxones completaban la sinfonía urbana.
En esos momentos, Álvaro fantaseaba con que solo se había detenido a escuchar el concierto de la noche antes de seguir su camino, volver a su habitación y sentarse frente al ordenador… Pero era solo un espejismo. En sus sueños corría, esquiaba, aunque sus pies no tocaban el suelo. Al despertar, el recuerdo del movimiento lo embargaba.
Saco un cigarrillo del bolsillo de su chándal. Ahora podía fumar, podía hacer todo lo que antes le estaba prohibido. Aspiró el humo con placer, dejando que la nicotina inundara sus pulmones y su sangre antes de exhalar, entrecerrando los ojos. En la vida se pierden cosas, también se ganan.
Tras apagar la colilla con un gesto rápido, la arrojó por la ventana abierta. Encendió otro. Las luces de la ciudad menguaban, como si algunas bombillas hubiesen dejado de brillar. Solo los semáforos seguían titilando con obstinada constancia.
Allá, en alguno de esos cuadrados iluminados, bailaba su Marta. «Bueno, qué se le va a hacer. Si mi vida tiene limitaciones, no por eso ella debe compartirlas. Aunque bien pudo ser ella quien terminase así», pensó Álvaro.
Una vez, regresaban de la casa de campo donde sus padres pasaban los meses cálidos.
—¿Puedo conducir? Por favor. La carretera está casi vacía —rogó Marta, como una niña caprichosa.
Álvaro, de mala gana, cambió de asiento. Al principio, todo transcurría en calma. Pero, de repente, Marta pisó el acelerador.
—¡¿Qué demonios haces?! —gritó él.
Ella, jugando o retando al destino, giró bruscamente hacia el carril contrario.
—¡Para el coche ahora mismo!
Álvaro vio la furgoneta que se les venía encima y, en el último instante, torció el volante hacia la derecha. Evitaron el choque por milagro. Marta detuvo el coche en el arcén y se echó a llorar.
—Casi nos matas, ¿lo entiendes? ¿Qué te pasó? —Desde entonces, no volvió a dejarla conducir.
Aquella vez, Marta provocó el peligro. Sobrevivieron. ¿Y si en aquella pelea fatal lo atacaron por su culpa? La idea no se le había ocurrido hasta esa noche. La policía insistió en que algún rival pagó a matones para dejarlo fuera de las eliminatorias. La explicación convenció a todos, aunque nunca encontraron a los culpables.
La colilla le quemó los dedos. No se había dado cuenta de que ya la había fumado. ¿Por qué asociaba aquellos dos sucesos con Marta? ¿Porque había salido con ese estadounidense? Álvaro nunca fue celoso, pero ahora todo era distinto. Ella podía ir donde quisiera; él, no.
La duda crecía en su mente como una bola de nieve. «Así se enloquece. Primero hablas solo, luego en voz alta, después llegan las visiones… Yo mismo la dejé ir cuando me contó lo de la cita. ¿Por qué cavilo ahora?»
Un escalofrío lo recorrió. El frescor de la noche ahuyentó el placer de la vista. Entró en la cocina, encendió el fogón para calentar agua. Los vasos y tazas estaban en el escurridor, fuera de su alcance.
—Mil veces le he pedido que deje algo a mano. Como si lo hiciera aposta… —masculló.
Fue al comedor y tomó una taza de la vitrina. Su mirada cayó sobre una botella de coñac medio vacía, dejada por un antiguo compañero de equipo. Tal vez un trago…
Eran apenas las nueve y media, pero él creía que era medianoche. El tiempo parecía detenerse junto a él. Sirvió un poco de coñac, dudó y añadió más. El calor se expandió por su torso. Con la taza en la mano, se acercó al ordenador. ¿En qué había quedado?
Empezó a escribir en el hospital. La psicóloga se lo recomendó. Le ayudó a distraerse del dolor. ¿Qué más podía hacer, sino lamentar sus pérdidas? Ni siquiera serviría como entrenador.
Su profesora de lengua siempre elogiaba sus redacciones y le animaba a estudiar filología. Pero él ya despuntaba en el deporte.
Tras unos primeros relatos, llamó a su antigua maestra y le pidió opinión. Ella señaló algunos errores, pero lo alabó.
—Siempre supe que tenías talento. Tienes algo que contar. No lo desperdicies, escribe un libro. Yo te ayudo.
Comenzaron a trabajar juntos. Él le enviaba fragmentos por correo; ella los corregía. En la pantalla, su vida parecía más intensa, más interesante que la realidad. Siguiendo su consejo, cambió nombres, eliminó unos hechos e inventó otros. Mezcló el deporte con romance y drama para evitar una autobiografía sosa.
Álvaro tecleó:
*Sergio estaba seguro de que ganaría. Se sentía en la cima, física y emocionalmente. El mundo era suyo. Y a su lado, Lucía, su amor y talismán.*
*De pronto, deseó que ella lo esperase en casa, ocupada en la cocina. Las eliminatorias eran en una semana. Debía ganar. En el podio, dedicaría la medalla a Lucía. Incluso le propondría matrimonio allí mismo, ante todas sus admiradoras…*
Álvaro dudó. ¿Era prudente exponer sus sentimientos? Pero no escribía para los lectores, sino para Marta. Le dedicaría el libro, ya que no pudo ofrecerle una medalla olímpica.
Al día siguiente, regresaba del entrenamiento al anochecer. La nieve crujía bajo sus pies; sus músculos, fatigados, ardían placenteramente. Faltaban semanas para los Juegos.
De la oscuridad surgieron tres figuras. Gorros calados, cuellos subidos.
—¿Adónde tan rápido, amigo? —oyó a sus espaldas. Se volvió: otros dos hombres bloqueaban su retirada.
—No soy tu amigo. —Se tensó, como en la salida de una carrera.
Uno sacó un cuchillo. Sergio logró arrancárselo de un puntapié, sorprendiéndolo. Pero los demás cayeron sobre él, lo derribaron. Los golpes lo convirtieron en un manojo de dolor.
De pronto, cesaron. Intentó levantarse, pero algo pesado lo golpeó en la espalda. Un latigazo le recorrió la columna. Su rostro se hundió en la nieve, y el dolor lo arrastró a la inconsciencia. Más tarde, encontrarían un tubo oxidado en el lugar.
Despertó en el hospital, operado. No sentía las piernas; cada respiración dolía. Una pareja mayor lo había encontrado y llamado a la ambulancia. Nunca supo quién lo atacó ni por qué. La policía asumió que fue obra de algún rival, para impedir su participación.
Le dijeron que quizá no volvería a caminar, aunque no se lo confirmaron. Lucía lo visitaba diariamente. Su compasión lo destrozaba. Sergio la alejaba, gritando que nunca la había amado. Ella lloraba, pero regresaba. Al final, cedió. Se casaron en el mismo hospital…
Álvaro se reclinó en la silla, las manos inertes sobre sus rodillas. Al escribir, revivió aquella pelea y sus consecuencias. ¿Al caer la noche, mientras la ciudad se iluminaba de nuevo, Álvaro cerró los ojos y sintió, por primera vez en años, que tal vez había algo más allá del dolor, algo que valía la pena seguir escribiendo.







