Amor Desesperado

**Amor Desesperado**

Tres semanas antes de Navidad, el frío azotó Madrid con una crudeza inusual, rozando los veinte grados bajo cero. Lucía caminaba deprisa de vuelta del instituto, la nieve crujiendo bajo las suelas de sus botitas blancas forradas de piel. Al llegar a la puerta de su piso, el aroma de carne asada le hizo rugir el estómago.

—¡Mamá, tengo un hambre que no veo! —gritó Lucía desde el recibidor.
Entró en la cocina y vio un bol lleno de ensalada sobre la mesa. El olor fresco a pepino y eneldo le hizo cosquillas en la nariz. Alargó la mano hacia el tenedor clavado en la lechuga.

—Eso es para los invitados —dijo su madre, volviéndose desde el fregadero.

—¿Qué invitados? —preguntó Lucía, tragando saliva.

—Un amigo de tu padre viene de visita. Tu padre ha ido a recogerlo a la estación.

—Ah… —Lucía alargó el sonido con ironía—. Ya entiendo.

—¿Qué entiendes?

—Que se pasarán la noche en la cocina, recordando sus aventuras de juventud, y yo volveré a dormir en el sofá-cama porque el amigo de papá ocupará mi habitación —suspiró—. ¿Y cuánto falta para que lleguen? —Puso los ojos en blanco.

—Ya están de camino. Hay fiambre en la nevera, hazte un bocadillo —sugirió su madre.

—Prefiero esperar —refunfuñó Lucía, y se marchó a su cuarto.

Se cambió a unos vaqueros y una camiseta cuando la puerta de entrada se cerró de golpe y voces masculinas resonaron en el recibidor. Asomó la cabeza.

—¡Pero mira quién viene! Cuánto tiempo sin verte… —la alegre voz de su madre llegó hasta ella.

Lucía estuvo a punto de cerrar la puerta, pero la curiosidad pudo más. Salió al pasillo y se encontró con el invitado.

—¿Es esta tu hija? ¿Tanto tiempo llevo fuera? Parece una novia. No se le puede apartar la vista, qué guapa es —el hombre sonrió. Su mirada hizo que a Lucía le ardieran las mejillas.

Los amigos de sus padres solían decir lo mismo y luego la olvidaban. Pero su elogio no le había producido nunca este calor en el pecho, esta agitación.

El invitado recorrió el piso, observando los muebles y las fotos en las paredes. Lucía lo observaba con curiosidad. No era guapo: cara redonda con restos de bronceado, pelo corto entrecano en las sienes, arruguitas alrededor de los ojos, como de quien sonríe mucho. Sus ojos eran grises, pero no fríos, más bien desgastados por el sol.

—Este es mi amigo Arturo. Geólogo —presentó su padre con orgullo.

—Ay, qué lejos quedan mis veinte años —murmuró Arturo, mirando a Lucía.

—Lucía está en segundo de Bachillerato. Quiere estudiar Medicina. ¿Te da envidia, eh? —su padre se rió—. Podrías haber tenido ya un pretendiente para ella.

—¿Sigues soltero? —preguntó su madre.

—¿Cuándo iba a formar una familia? Un mes o dos en casa, y luego otra expedición. Ninguna mujer aguantaría eso —suspiró Arturo.

Lucía no pudo evitar compararlos. Su padre era más guapo, pero Arturo tenía más encanto.

—Paco, enseña el baño al invitado, que Lucía y yo ponemos la mesa —dijo su madre.

Normalmente, Lucía inventaba excusas para esquivar las tareas de la cocina, pero hoy fue feliz ayudando. Arturo estaba aquí. Le gustaba repetir mentalmente su nombre.

Durante la cena, Arturo habló de expediciones, piedras y bosques salvajes. A veces miraba solo a Lucía, y sus palabras la hacían sentir que el corazón le latía a toda prisa, casi sin escucharlo.

—¿Vas a quedarte mucho? —preguntó su padre.

—Tengo que pasar por la oficina, entregar informes… Unos tres o cuatro días. No seré una carga.

Después, su padre y Arturo se fueron al salón, y Lucía, a regañadientes, se encerró en su cuarto a estudiar. Pero escuchaba más sus conversaciones que leía sus apuntes.

—Te pondremos en la habitación de Lucía —oyó decir a su madre.

—No hace falta. Déjame el sofá-cama, o incluso la cocina —respondió Arturo.

Lucía solía odiar ceder su cuarto, pero hoy deseaba que Arturo durmiera en su cama, que las sábanas guardaran su olor.

Por la mañana, de camino al baño, tropezó con las enormes botas de piel de Arturo. Olían a animal y a tierra. Imaginó a Arturo caminando por senderos secretos con un rifle. Luego se corrigió: ¿un rifle? Era geólogo, no cazador.

—¿Qué haces ahí? Ve a lavarte, que llegarás tarde al insti —susurró su madre, pillándola por sorpresa. Lucía se sobresaltó y se metió en el baño.

No oyó cuando su madre le dijo a su padre que Lucía parecía estar enamorada de Arturo.

—No me extraña. Siempre le gustó a las mujeres. Incluso a ti, en su día —dijo su padre.

—¿Cuándo fue eso? No me gusta. Solo tiene diecisiete años…

—No te preocupes. Arturo es de piedra ante el cariño femenino. Además, se irá pronto y ella se olvidará.

Lucía no quería ir al instituto, pero su madre no creería si dijera que le dolía la garganta. Al pasar por el salón, vio a Arturo durmiendo en el sofá-cama, un brazo sobre la cabeza. Desvió la mirada y pasó de largo.

Se escapó de la última clase, pero en el recibidor no estaban las botas ni la chaqueta de Arturo. Había vuelto demasiado pronto, pensando encontrarlo solo.

En su habitación, colgaba su jersey de lana tejido a mano. Lo acarició, luego lo cogió y rozó su áspera textura contra la mejilla. Olía a él, a lana y a humo. Permaneció así, con los ojos cerrados.

El ruido de la cerradura la sobresaltó. Tiró el jersey sobre la silla, sintiéndose como una ladrona descubierta.

—¿Quién está ahí? —Arturo apareció en la puerta, sonrojado por el frío.

—Yo —respondió Lucía, avergonzada.

Arturo la miró fijamente.

—Tengo un hambre feroz. ¿Tu madre habrá dejado algo para comer?

—Ahora miro —dijo Lucía, lanzándose a la cocina.

Normalmente comía cualquier cosa, pero hoy quería hacerlo bien. Calentó sopa y las sobras de la cena, puso agua para el té.

—Qué bien huele —Arturo inhaló profundamente al entrar—.

Lucía comió sin ganas, mirándolo a hurtadillas. Cuando sació su hambre, Arturo rompió el silencio incómodo con más historias de bosques. Ella asentía, sonreía, pero apenas escuchaba: su cercanía la mareaba.

—Gracias, cocinillas —dijo Arturo, apartando el plato vacío—. ¿Qué hacemos? ¿Sales a enseñarme la ciudad? Hace quince años que no vengo.

—¿Viviste aquí antes? —preguntó Lucía, sorprendida.

—Sí. Tu padre y yo estudiamos en la misma universidad. Salíamos con dos amigas. Ellas se cansaron de nosotros, pero nosotros seguimos siendo amigos.

—¿Por qué te quedas aquí? ¿No tienes piso?

—Se lo dejé a mi ex. Se cansó de esperarme entre expediciones.

«Yo no me cansaría», pensó Lucía.

—Tutéame, queLa última página de su historia juntos quedó en blanco, porque el destino, como siempre, prefirió escribirla sin pedirles opinión.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

11 + 17 =