Hermanas de Sangre y Destino

Las hermanas medias

Lucía miraba la nieve tras la ventana, acariciando su vientre. Pronto ella y Carlos tendrían un hijo. Sonrió feliz. El timbre del teléfono la sacó de sus pensamientos. Respondió sin mirar la pantalla, segura de que era Carlos.

“Hija, he decidido llamarte…” —reconoció la voz de su madre al instante.

“Sí, mamá. ¿Todo bien?” —preguntó, casi por reflejo.

Su madre solo llamaba en dos casos: si algo grave ocurría o si se sentía mal. Desde la muerte de su padre, cada subida de presión terminaba en llamadas dramáticas de despedida. Esta vez, sin embargo, no había rastro de queja en su tono. Algo distinto motivaba la llamada.

“Voy tirando. La presión con este tiempo… ¿Vendrás para Navidad? Hace tanto que no te veo”, insistió.

“No lo sé aún”.
No mencionó el embarazo. Decirlo implicaría preguntas sobre su marido, reproches por no invitarla a la boda… que nunca hubo. Solo un registro civil discreto y una cena con amigos y los padres de Carlos. Su madre habría llegado con Antonia, y Lucía no podía soportar ver a su hermana. Tenía sus razones.

“El otro día estuve en la tumba de tu padre…” —su madre se enredó en una historia larga.

Mientras, la nieve seguía cayendo. Lucía escuchaba a medias y recordaba…

***

No recordaba a su padre biológico. Las abandonó cuando ella tenía año y medio. Se fue a otra ciudad y apenas mandaba una miseria en pensiones. Su madre trabajaba como enfermera. Para sobrevivir, hacía turnos extra. Una vecina cuidaba de Lucía.

Su madre era guapa. Cuando un joven médico llegó a su planta, le llamó la atención. Amable y atento, aún no estaba hastiado de las quejas de los ancianos. Los pacientes lo adoraban.

El personal del hospital, casi todo mujeres, también lo cortejaba. Unas lo veían como yerno ideal; otras soñaban con casarse con él. Todas competían por llevarle comida casera.

Quizá por destino, sus turnos nocturnos coincidían con los de la madre de Lucía. Ambos jóvenes y libres, la afinidad se convirtió en amor. Al año se casaron, decepcionando a media plantilla.

Lucía, de casi cuatro años, también cayó rendida ante el encanto de Fernando. Pronto lo llamó “papá”. Él, a su vez, quiso a esa niña callada. Un año después, nació Antonia.

Lucía se convirtió en la mayor. Toda la atención de su madre fue para la bebé. La regañaba si estorbaba. Fernando intentaba compensarlo, jugando con ella… hasta que la llamaban para ayudar con Antonia.

Al verla triste, él explicaba: “Mamá te quiere mucho, pero Antonia es pequeña y necesita más cuidado. Cuando crezca, jugaréis juntas”.

Lucía creyó que Fernando era su padre verdadero… hasta que Antonia lo supo y se lo restregó: “Solo eres mi media hermana”.

Antonia creció caprichosa y mimada. Si Fernando elogiaba a Lucía, ella robaba su atención. Así recordaba Lucía su infancia: siempre con Antonia de por medio.

Al terminar el instituto, Lucía entró en la universidad. Tenía un amigo, compañero de clase. En tercero, su padre murió en un accidente. Su madre no pudo pagar los estudios. Él dejó la carrera y se fue a la mili.

Regresó en mayo, con el uniforme aún puesto. Fue directo a casa de Lucía, pero solo encontró a Antonia. Tras meses sin mujeres, perdió la cabeza ante su belleza. Quizá Antonia también puso de su parte. Un chico atractivo como él debía ser suyo, no de su “media hermana”. Cuando Lucía llegó, los pilló besándose.

Antonia apenas terminó el instituto. No quiso estudiar. Anunció que estaba embarazada y se casaba con el exnovio de su hermana. Tras la boda, se mudaron a Madrid.

Fernando criticó a Antonia y compadeció a Lucía. Su madre solo se preocupaba por la menor: “Eres adulta, pronto te independizarás. Pero ella es casi una niña, embarazada… ¿Cómo sobrevivirá en otra ciudad sin ayuda?”.

“Tranquila, no está sola; tiene marido”, la calmaba Fernando.

“¡Qué va a ayudarla ese! Anduvo con una y se casó con la otra…”, suspiraba.
Era cierto. Amargo, pero cierto.

Seis meses después, Fernando murió de un infarto. Lucía perdió su único apoyo. Antonia no fue al funeral: “No aguantaré el viaje en mi estado”. Su madre la culpó a ella: “¡Por tu culpa ni se despidió de su padre!”.

Nada la retenía ya. Tras graduarse, anunció que se iba a Barcelona. Su madre no la detuvo.

En parte, Lucía agradecía a Antonia. Sin su traición, no habría conocido a Carlos. Lo amaba profundamente. Tan feliz era, que llamó a su madre para reconciliarse.

“Perdóname, hija. No fue tu culpa. Estaba fuera de mí. Tu padre ya se quejaba del corazón; debí insistir en que se revisara…”. Ambas lloraron, perdonándose.

Desde entonces, hablaban a veces.

***

“Se me olvidaba lo importante: Antonia ha vuelto”.
La voz de su madre la devolvió al presente.

“Sé que estás enfadada con ella. Pero ya ha pagado por su error. Mintió sobre el embarazo. Su marido no se lo perdonó. Se peleaban mucho. Tras el divorcio, volvió hecha polvo. No sale de casa, me grita… No sé qué hacer”.

«No me importa, mamá. Soy feliz, espero un hijo, me ama», pensó Lucía. Pero calló. Mejor proteger su felicidad de la envidia de Antonia.

Tres meses después, cuando los carámbanos derretidos dieron paso a las lluvias barcelonesas, Antonia apareció en su puerta. Empapada, clavó la mirada en el vientre abultado de su hermana.

Lucía casi le cierra la puerta en la cara. Debió hacerlo. Pero llovía, y si Antonia enfermaba, ella se sentiría culpable. Aunque solo fuese “media hermana”, era familia. La dejó pasar.

“Mamá me dio tu dirección. Perdona que no avisara. Temí que no me recibieras. Fui una ruin, lo admito. Por eso he sufrido. Estoy destrozada”, sollozó Antonia.

Bebieron té caliente en la cocina.

“No soportaba más a mamá, hablando de sus dolores. Tras Madrid, nuestro pueblo me parece cutre. ¿Puedo quedarme un tiempo, hasta encontrar trabajo y piso?”, preguntó con ojos rojos.

“Claro”. Lucía la abrazó.

“¿Qué tendrás?”, preguntó Antonia, animada.

“Un niño”. Lucía acarició su vientre. “Muy pronto”.

“Eres afortunada, Luci. ¿Crees que algún día me perdonarás?”

“Ya lo he hecho”, respondió emocionada.

Pasaron semanas. Antonia seguía allí. Ayudaba en la casa, hacía la compra, paseaba por Barcelona…

“Tu hermana no parece tener prisa por trabajar. Ya es abuso”, se quejaba Carlos.

“No puedo echarla. Paciencia. Cuando nazca el bebé, huirá del llanto”, bromeaba Lucía.

El parto se adelantó. Carlos estaba trabajando. Antonia llamó a la ambulancia, pero tardaba. Lucía avisó a su marido. Llegó con los paramédicos. Con él cerca, el miedo se esfumó.

Al ser llevada a paritorio, algo la inquietó. Vio el temor en los ojos de Carlos. Le sonrió y agitó la mano… hasta que otro dolor la dobló.

Esa noche nació su hijo. A la mañana, Carlos y Antonia aguardaban bajo su ventana con globos de colores.Y cuando los globos subieron al cielo como un regalo de bienvenida, Lucía supo que, pese a todo, la familia que había elegido era suficiente para ser feliz.

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Hermanas de Sangre y Destino
FIDELIDAD INQUEBRANTABLE El día del funeral de su esposa, Fedor no derramó ni una lágrima. —Mira, ya te dije que él nunca quiso a Zina —susurraba Toñi al oído de su vecina—. —Baja la voz, ¿qué más da ahora? Se han quedado huérfanos esos niños con ese padre —respondió Loli. —Ya verás, acabará casándose con Catalina —aseguró Toñi a Loli—. —¿Con Catalina? Si ella ni le va ni le viene. La verdadera pasión de Fedor era Glafira, eso bien lo recuerdas… ¡lo que correteaban de jóvenes por las eras! Catalina ni se meterá, tiene su familia y ya ni se acuerda de él. —¿Tú cómo lo sabes? —Hombre, su marido es ejemplo en el pueblo. ¿Para qué querría a Fedor y su prole? Catalina es muy práctica. La que anda penando es Glafira, que con su Víctor… ya verás cómo reavivan lo suyo —dijo Loli convencida. Enterraron a Zinaida. Los mellizos Misha y Paulina, de apenas ocho años, se cogieron fuerte de la mano. Zinaida se casó con Fedor por amor, aunque ni ella ni los vecinos sabían nunca si él la amó realmente. Dicen que ella se quedó embarazada y por eso él se vio obligado a casarse. La pequeña Claudia nació prematura y murió pronto, y durante años no tuvieron más hijos. Fedor era callado, hosco. En el pueblo le apodaban “El Ermitaño”, pues pocas palabras y aún menos cariño otorgaba. Eso Zina sí que lo sabía bien… Pero Dios tuvo piedad y, tras mucha oración, Zinaida recibió el regalo de los dos mellizos: Paulina, reservada y fría como el padre, y Misha, tierno como la madre. Mientras Polina aprendía de su tía Natalia a llevar las riendas de casa tras la muerte de Zina, los comentarios sobre Fedor y Glafira no tardaron en surgir por todo el pueblo. —Esa Glafira está loca, otra vez liada con Fedor y ni se acuerda de su familia —susurraba Toñi junto al economato, pero el presidente del colectivo agrario, don Máximo, no toleraba tales murmuraciones. Fedor y Glafira sí habían tenido una historia apasionada, digna de novela, pero la vida les separó y Glafira acabó con Víctor, su infeliz esposo, mientras Fedor se volcaba en el trabajo y en su cerrado hogar con Zinaida. Con el tiempo, el dolor de la enfermedad y muerte de Zinaida atraviesa la familia, pero la vida sigue. Paulina crece, Misha la protege, la tía Natalia ayuda en lo que puede, y los rumores sobre Fedor y Glafira continúan. Años después, Paulina se atreve a enamorarse de Gregorio, para preocupación de la tía. Mientras tanto, cada semana —en secreto— Fedor rinde homenaje a Zinaida, su esposa, en la tumba, sólo entonces dándole con el corazón las palabras dulces y el amor que en vida nunca supo mostrar. Así, años después, el pueblo sabe que Fedor fue, y es, un hombre de un solo amor. Una historia de pasión, rumor y silencios en un pueblo castellano.