Se llama Rocío Díaz. Pasea por las calles de Madrid con la vista fija en el suelo, no por pena, sino porque busca botones abandonados. Cada vez que descubre uno —en la acera del barrio de Malasaña, bajo un banco del Retiro, en el vagón del metro— lo toma con cuidado y lo guarda en su bolsillo. Da igual si es diminuto o ancho, brillante o desgastado. Siempre lo recoge. En su casa guarda un cajón rebosante de botones huérfanos. Pero Rocío no los acumula por puro entretenimiento. Al caer cada tarde, abre su neceser y empieza a coserlos sobre una manta desgastada. Uno tras otro. Sin patrón. Sin diseño. Explica que cada botón simboliza
Así, entre puntadas y botones olvidados, Clara teje un remanso de paz en su propio alma.
LA MUJER QUE RECOGÍA BOTONES Y COSÍA HISTORIAS






