Era una chica muy mansa, esa Aintzane. Hoy, al volver a casa, vi unas botas y una chaqueta extrañas en el perchero. Por lo visto, mi hija tenía visita otra vez.
–¿Tenemos invitada? –grité hacia su habitación, camino de la cocina con la compra.
No había terminado de guardar la comida cuando apareció Jone en el umbral.
–Ama, ha venido Ixone. ¿Puede quedarse a dormir? Mañana tenemos examen final y en la residencia no se puede estudiar bien. Es nota para el expediente… y ella necesita la beca.
–Buenas tardes, Eligia –dijo Ixone, asomándose detrás de Jone.
–Claro que sí, quédate. Ahora preparo la cena.
–Gracias, ama –dijo Jone, radiante, dándome un beso en la mejilla antes de desaparecer con Ixone hacia su cuarto.
Recordé lo que mi hija había contado de Ixone. De un pueblo de Cuenca, padre bebedor, su madre apenas envía dinero… Suspiré. Nunca me gustaron esas. Aparentan timidez, pero tienen uñas de tejón; por las buenas o por las malas, intentan asentarse en la gran ciudad.
Esta noche no tenía pensado cocinar demasiado. Había macarrones y filetes rusos, pero no bastarían para cuatro. Tendría que hacer más pasta y freír más carne. O quizá filetes con ensalada; así los macarrones rendirían. Me felicité mentalmente por mi previsión al comprar galletas María. Yo procuraba evitar dulces y harinas… había ganado demasiado peso.
Moldeando los filetes pensé: como si lo supiera, no congelé la carne picada sobrante.
–Eligia, ¿necesita ayuda? –dijo Ixone, entrando en la cocina.
–No hace falta, ve a estudiar –contesté distraídamente.
–Es que necesitaba desconectar un poco, la cabeza ya no da más –se quedó plantada y no parecía dispuesta a marcharse.
–Pues una ensalada entonces. Las verduras están en el frigorífico.
–¿Qué tipo de ensalada? –preguntó.
–Pues la que quieras, mujer –sonreí.
E Ixone se puso manos a la obra: lavó verduras, cogió lechuga, colocó la tabla en el borde de la mesa. Le indicué dónde estaba el bol de ensalada. Poco después llegó Jone. Como a mi hija le fastidiaba ayudar, tras cortar mal un pepino dijo que faltaba algo por repasar y se fue. Pero Ixone cortaba con seguridad.
–¿Le echo zumo de limón?
–Por supuesto –asentí.
«Muy mansa, hacendosa. A lo mejor mi Jone aprende algo con ella», pensé.
Cuando mi marido Gonzalo llegó del trabajo, la mesa estaba lista, preparado té caliente, con galletas y turrones en una bandeja.
–¿Tenemos visita? –preguntó asomándose a la cocina.
–Ixone, la amiga de Jone. Estudian para un examen. Se queda a dormir. Lávate las manos y llama a las chicas a cenar –ordené.
Pronto estábamos todos a la mesa. Gonzalo, siempre callado, hoy parecía un orador. Les preguntaba por la universidad, los profesores, contó un chiste malo… pero las chicas se reían. Me alegró verlo de tan buen humor, después de tantas cenas en silencio.
Tras la cena, Ixone se ofreció a fregar. Sorprendida, vi que Gonzalo no se dirigió al sofá como siempre tras comer copiosamente; se quedó en la mesa charlando con ellas. Yo fui a preparar sábanas limpias y un camisón para Ixone.
Las chicas volvieron a la habitación tras fregar. Gonzalo se quedó callado, hosco como siempre frente al televisor. No sentí celos, solo extrañeza. Jamás le había visto entretener a las amigas de su hija.
Ixone no volvió en días, hasta que reapareció pidiendo quedarse: en la residencia organizaban juerga y no soportaba el jaleo.
–Quédate cuando quieras, hay espacio –dije amablemente.
–Aquí se está tan bien… tan tranquilo –dijo Ixone con la mirada baja.
«Mansa, sin estropear, siempre complaciendo. Mi Jone podría aprender mucho de ella», suspiré.
Últimamente Gonzalo y yo estábamos fríos. Pasada la pasión, vivíamos a lo nuestro. Sabíamos casi todo el uno del otro. Hablábamos menos de lo que callábamos. Con Ixone, él conversaba. Me extrañaba, pero alegraba. Hacía mucho que no lo veía así.
Ixone empezó a pasar más noches en casa, casi viviendo con nosotros durante los exámenes. Incluso celebramos el Fin de Año los cuatro. Ixone no quiso ir a casa. Si su padre bebía, poco gozo encontraría allí. Pero tenía parientes, amistades… ¿No echaba de menos a su madre? No pregunté. No vaya a creer insinuaba algo.
Ayudaba cuando podía, hasta limpiaba. Pero mi hija se escaqueaba. «Ya aprenderá cuando se case», pensaba.
Con el tiempo, Ixone fue casi de la familia. Siempre cocinaba para cuatro. Si compraba algo a mi hija, también a Ixone. Ella aceptaba los regalos
Tiempo después desvelaría que toda esa dulzura era un disfraz, cuando ella robó a Gonzalo destruyendo nuestro hogar, una lección amarga que pagamos caro: nunca se debe acoger en la intimidad familiar a serpientes que fingen ser corderos.
La niña encantadora






