La abuela bondadosa en busca de amor perdido

– Lucía, ya sabes que esa vieja zalamaña nos llamará otra vez – Sergio golpeaba nerviosamente el volante con los dedos. – Y tú, como siemprita, aceptarás.
– Deja de llamarla así – Lucía exhaló con cansancio –. Doña Encarnación es tu abuela paterna y vive sola. ¿No te compadece ni un poco?
– Yo tengo el corazón de una abeja – cortó Sergio –. Cinco años viendo cómo nos pasamos todos los fines de semana aquí, y ella, ¿una sola vez nos agradeció algo? Lo de siempre: el arroz demasiado salado, el suelo de la cocina sin pulir…
Lucía no respondió, mirando pasar los árboles por la ventana. El trayecto a la casa de su suegra siempre se le hacía interminable, aunque apenas tardaran media hora en salir de Madrid. Estas visitas eran un punto de discusión en su matrimonio, pero Lucía persistía en convencer a Sergio. Algo en su interior le prohibía abandonar a aquella anciana sola.
– Y además – refunfuñó él –, ¿por qué nos toca a nosotros cuidar de su madre tras la muerte de mi tío? ¡También tiene a su otro hijo, Víctor! ¿Por qué no se incluye?
– Sabes que vive en Barcelona… –
– ¡Un abrazo al año no puede llevarle! ¿O acaso no puede transferir algo de dinero? Anda que no tiene más tiempo que invertir.
La camioneta viró por un camino de tierra. Delante, emerge una casa de madera vetusta con barandales verdes. A pesar de su edad, todo era ordenado: el sendero estaba barrido, las hortalizas distribuidas en pequeñas parcelas, y a un lado, olive trees in full bloom.
– Llegamos – dijo Lucía en voz baja.
Sergio apagó el motor y la observó.
– Espero que hoy no me atormente con sus quejas sobre las migrañas.
– Sergio, ¡tiene ochenta y dos años! En esta edad la gente se enferma, es normal.
Una figura menuda apareció en el porche: una abuela de cabello cano recogido en una coleta, usando una bata azul celeste con falda blanca. Sus gafas redondas colgaban de una cinta.
– ¡Hasta que viniste, mis nucas! – Su voz cercana a un tañido de campanillas para su edad.
– Hola, doña Encarnación – Lucía sonrió al sacar del maletero bolsas con confituras. Se inclinó para abrazarla.
Sergio se limitó a un asentimiento y siguió caminando hacia la entrada.
– He hecho tortillas de patatas y porras – la abuela se apresuraba –. Sé que a Sergio le encantan las verduras…
Lucía entró tras ella. Dentro reinaba un agradable olor a hierbas secas y menta. En la mesa de madera cubierta de un mantel cuadriculado, ya había un cántaro con agua y platos con tortillas. Doña Encarnación siempre organizaba todo con antelación para la visita.
– Doña Encarnación – Lucía la reprendió –, no debes aguantar tanto tiempo de pie. Hemos visto preparados suficientes platos.
– Mija, las viejas costumbres no abandonan. Diez años trabajé en la fábrica de hilos, cocinando para once obreros. Mis manos me siguen pidiendo amasgardas, aunque mis piernas ya no me acompañen.
Sergio, que había salido a recoger leña, regresó con un fardo de ramas.
– Doña Encarnación, se están acabando las leñas –. Señaló un barril al rincón. – Voy a pedirle a Nacho que nos traiga más.
– Gracias, Pallita – la abuela le sonrió –. Siempre has sido noble como tu padrino. Y ahora en el cielo…
Sergio apretó los dientes. Mencionar a su padrino muerto siempre le provocaba nostalgia y confusión. Dionisio, el hermano mayor de Encarnación, había fallecido cinco años atrás por una neumonía. Mientras que su otro hermano, Víctor, se había trasladado a Barcelona, del cual se enteraban por meras fotografías en las navidades.
– Sentémonos a beber agua – propuso Encarnación y se puso manos a la obra. – Lucia, trae del armario el jarro de melocotones. Lo he guardado especialmente para vosotros.
La conversación fluyó con preguntas sobre el trabajo y la familia. Lucía intentaba animar, mientras Sergio se mantenía un tanto hosco.
– ¿Cuándo vais a tener hijos? – inquirió de repente. – Me gustaría ver nietos antes de que me vaya.
Sergio tosió del susto. Esta cuestión recurrente siempre los ponía incómodos.
– Doña Encarnación – respondió Lucía con tacto –, tiene entendido que estamos muy ocupados. Yo acabé el master, y Sergio tiene un ascenso pendiente…
– El trabajo, el trabajo. Pero la vida transcurre. Mi Dionisio tenía tantísimo trabajo que cuando falleció sentí que se me fuera media vida. Y los hijos… son el alivio en la vejez. Mira, vosotros, los únicos que me quedáis…
Doña Encarnación se quedó en silencio mirando por la ventana, donde las luces de la villa comenzaban a encender.
Tras el agua, Lucía se ocupó de recoger y lavar la vajilla, mientras Sergio se dedicó a reparar el tejado del cobertizo. La abuela se aposentó en su sillón, a punto de sacar el álbum de fotos.
– Lucía – llamó cuando terminó –, siéntate. Mira estas imágenes.
Lucía se apoyó al lado. Esta costumbre la conocía bien: cada visita, la abuela hablaba de su juventud. Pero aquella noche notaba algo distinto.
– Mira esta – señaló una foto de una belleza jovén junto a un hombre alto. – Fui yo con mi marido Miguel. Recién casados.
– Estás muy guapa en esta – Lucía miraba con asombro.
– Sí, era la más bonita de la fiesta – Encarnación sonreía débilmente –. Miguel tardó tres años en conquistarme, y yo me empeñaba en darle calabazas. Toda una coqueta fui.
Volvió flips.
– Estos dos – señaló dos jóvenes en la imagen –, son mis hijos: Dionisio y Víctor. Dionisio lleva toda la seriedad de nuestro padre. Víctor… es mi vivo retrato: inquieto y juguetón.
– Abuela, ¿por qué no visitas tanto a Víctor? – preguntó Lucía con cuidado.
La abuela suspiró y cerró el álbum.
– Fui una mala madre – confesó con sorpresa –. Siempre di más cariño a Dionisio. Él era el primero, el más práctico, el más responsable. Pero Víctor… Él fue el segundo, y yo no sabía qué hacer. Demasiadas expectativas, y a él no le gustaban mis maneras. Constantemente discutíamos.
Lucía miraba asombrada. En cinco años, la abuela nunca había admitido tal cosa.
– Cuando falleció Miguel, Dionisio era ya adulto, ganando dinero y formando su familia. Víctor apenas era adolescente. Tuve que trabajar de costurera en varias casas para mantenerlos. Dionisio siempre ayudaba, se ocupaba del campo y de las tareas domésticas. Pero Víctor…
Doña Encarnación cerró los ojos, sus manos nerviosas flameaban en el borde de su falda.
– Se escapó como el viento cuando terminó la escuela. Dijo que allí no había futuro. Tal vez tuviera razón, pero esas palabras me punzaban en el alma. No le di suficiente amor; todo fue para Dionisio.
En ese momento, la puerta chirrió y entró Sergio con suciedad de yeso en la cara.
– Rehíce parte del techo – anunció –. Debe aguantar hasta el año que viene.
– Gracias, guapito – la abuela se levantó y fue hacia la cocina –. Enseguida te lavo las manos. Ahí tienes tu agua fresca con zanahoria, como tanto te gusta.
Sergio iba a protestar, pero se contuvo. Nunca vio a la abuela decirle “guapito” antes.
La velada siguió tranquila. Doña Encarnación les preguntaba sobre sus planes para vacaciones, les contaba anécdotas de sus cumpleaños en el pueblo, se interesaba por sus viajes. A veces incluso reían.
Al despedirse, llegaron a recibir varios obsequios: botellas de miel casera, botes de galletas recién horneadas, y un mantel bordado a mano.
– ¡Lleven! – insistió la abuela –. No me importa, tengo sobrantes.
Apenas salieron, Sergio rompió el silencio.
– Tu abuela hoy fue rara…
– ¿Cómo? – Lucía se volvió.
– Más abierta. Siempre se quejaba, pero hoy nos escuchaba más.
– Sí, noté que hablaba de Víctor… Reconoció que fue injusta.
– En serio… Nunca imaginé que admitiera sus errores.
Regresaron a Madrid con el crepúsculo. Mientras colocaba los regalos en cajones, Lucía notó entre ellos una carta con su nombre en letra delicada.
«Querida Lucía:
Escribo estas líneas con pudor, porque ya soy muy mayor, y me cuesta dejar a un lado la dignidad. Gracias por todo lo que haces por mí. Por traer a Sergio cada semana, aunque él pase los días mosqueado. Lo veo y sé que no quiere venir, pero lo aprecio.
No estuve nunca cerca de mis hijos como debería. A Dionisio le enseñé responsabilidad, pero a Víctor lo reprendí con dureza, sin comprensión. Ahora estoy sola. Pero al verles a vosotros, tan unidos, me siento mejor.
Si algún día tenéis hijos, enseñadle a no olvidar a su abuela, aunque me llamen cascarrabias. Anhelo mucho más que solo risas infantiles en mi hogar.
Cuidense, guapita.
Abuela Encarnación».
Lucía leyó la carta varias veces, un nudo le apretaba la garganta. Nunca imaginó que su abuela estuviera tan sensible con su soledad.
Al día siguiente llamó al director de un centro cultural en Barcelona, preguntando por Víctor Ortega. Finalmente logró el número.
– ¿De dónde tiene mi línea? – preguntó al otro lado.
– Soy la esposa de Sergio, su sobrino. Su madre, Encarnación… echa de menos verle.
Silencio.
– Hágame saber que no molesto – respondió con frialdad –. Tengo mi propia vida.
– Ella reconoció que le falló – apuró Lucía, temiendo el racimo –. Muestra su arrepentimiento, que le falta tiempo.
– ¿Y a mí qué? – se burló Víctor –. No necesito excusas de alguien que vive en su mundo.
– Tengo suerte de que su hijo nacía en unos días –.
– ¿Qué he de hacer con eso? – Víctor colgó.
Semana entera, Lucía pensaba en esa carta. El viernes se plantó ante Sergio:
– Mañana iremos más temprano a la abuela. El huerto necesita de nosotros.
– El huerto… – Sergio alzó cejas –. Pensaba que comes después de comer.
– Se me antoja que ahora la necesita.
Al salir, Lucía le contó sobre la carta y el inútil intento de contacto con Víctor. Sergio escuchaba en silencio, guiando la camioneta con firmeza.
– Nunca creí que estuviera tan dolida – admitió –. Parecía tan segura de sí misma.
– En su interior sufre por no dar suficiente afecto – le explicó –. Y si no tuviste, no percibiste.
Al llegar, notó que la verja no estaba cerrada.
– Algo me huele mal – murmuró Sergio y corrió a la casa.
No hubo respuesta. Encontraron la habitación intacta, la mesa con platos limpios: como si se hubiera ausentado por un momento. En el jardín, bajo una oliva, encontraron la abuela, apoyada en el tronco, con el álbum abierto en la página de fotos familiares.
– Abuela… – llamó en voz baja, aunque sabía ya.
El funeral fue sencillo. Vecinos y antiguos colegas asistieron. Víctor no se presentó, aunque le avisaron.
Al deshacerse de los efectos personales, Lucía encontró otra carta, esta vez destinada a Víctor.
«Mio Víctor:
La he escrito, aunque sepa que no la leerás. Han pasado demasiados años y no se atrevía enviarla. Temía que la lanzaras sin siquiera mirar.
Perdóname, si algún día puedes. No supe dar amor como debí. Pensaba que era darse comida y un techo, no prestar atención a tus sentimientos. Dionisio también fue escaso en afecto, pero era el mayor, el ejemplo para todos. Tú siempre estuviste a la sombra.
¿Recuerdas cuando escribías versos en el colegio? Yo siempre te reñía: “Estudia lo necesario, no te entretengas con soflamas”. Y tu profesora, Concha, venía a decirme que tenías talento. ¿Y ahora qué llega de eso?
Cada día me preguntaba por tu marcha. Me detuve en el hogar con la maleta, tan determinado. No encontré palabras ese día para detenerte ni decirte que te quería. Solo pedí: “No te olvides de mandar algo de dinero”.
Perdóname, hijo. No supe que el amor es hablar de ello, abrazar y sentirse orgulloso sin motivo.
Tu madre».
Un mes después, al recoger lo último en la casa, vieron un coche en el jardín con matrícula de Barcelona.
Un hombre de edad avanzada se sentaba en el porche, con una mirada que recordaba a Sergio.
– Hola, primo – saludó Víctor –. Disculpen que no asistiera al funeral.
Sergio asintió en silencio.
– Tu esposa me mandó un mensaje. Agradezco que cuidaran de ella todos estos años.
Lucía le pasó la carta que su abuela le dejó.
Víctor la leyó sentado, sin hablar. Solo se notaba que su hombro se movía.
– No sabía – murmuró – que ella recordaba mis versos. Creí que no le importaban.
Esa noche cenaron los tres. Víctor les contó sobre su vida en Barcelona: arquitecto, casado con una mujer con quien tenían una hija.
– La bautizamos como mi padre – dijo con una sonrisa –. Lástima que no la viera.
A la mañana siguiente, Víctor se quedó en la tumba, poniendo flores silvestres.
– Volveré – prometió –. Tampoco con tanta frecuencia como vosotros, pero sí.
Un año después, la casa de la abuela volvió a vida. Víctor reformó las paredes, plantó nuevas aceitunas y construyó una pérgola con mesas.
– Nunca pensé – dijo Sergio un día, mirando a Lucía –, que a la abuela le faltara tanto calor humano. Y sí la quería, aunque no supiera expresarlo.
Lucía sonrió, apoyando su mano en su vientre, donde la vida bullía.
– Sí, cariño. Y aprenderemos a querer así, que nuestros hijos nunca duden.
En el interior, el álbum de fotos descansaba abierto en una nueva lámina, con nuevas imágenes: Víctor y Sergio plantan una nueva oliva, Lucía con vientre hinchado en el jardín, el niño Iván dando sus primeros pasos por el caminito. Y al lado, una mujer sonriente, Doña Encarnación, cálida y amorosa, consciente de su único fallo, pero suficiente para unir una familia.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eighteen + four =

La abuela bondadosa en busca de amor perdido
La vecina insoportable — ¡No toques mis cristalinos! — gritó la antigua amiga. — ¡Cuida tus propios ojos! ¿Te crees que no veo a quién miras? — ¿Pero estás celosa o qué? — se sorprendió Tamara Borísovna. — ¡Mira a quién le has puesto el ojo! Ya sé qué te voy a regalar por Nochevieja: ¡una máquina para enrollar labios! — ¿Y por qué no te la quedas tú? — no se cortó tampoco Lidia. — ¿O es que tus labios ya no hay máquina que los arregle? ¿Te crees que no veo? La señora Tamara bajó las piernas de la cama vieja y se fue a su pequeño altar doméstico a rezar la oración de la mañana. No es que fuera muy religiosa: por supuesto que algo existiría en esas alturas — ¡alguien tendría que estar manejando todo esto! Pero ¿quién? Esa pregunta seguía sin respuesta. A esa fuerza suprema le daban diferentes nombres: el cosmos, el principio de todos los principios y, por supuesto, Diosito. Sí, ese abuelo simpático con barba blanca y aureola, sentado en su nube, pensando en toda la gente de la Tierra. Además, a la abuela Toma hacía tiempo que su edad había superado la segunda mitad y se acercaba ya a los setenta. A esa edad mejor no pelearse con el de arriba: porque si no existe, los creyentes no pierden nada. Pero si existe, los que no creen lo pierden todo. Al final de la oración matutina, la abuela Toma añadió unas palabras propias: ¡cómo no! Todo el ritual cumplido, el alma más ligera — se podía empezar un nuevo día. En la vida de Tamara Borísovna había dos problemas. Y no, no eran ni tontos ni carreteras, eso ya es viejo y manido. Era la vecina Lidia y los nietos de Toma. Con los nietos estaba claro: la nueva generación, que no quiere hacer nada. Pero al menos los nietos tenían a sus padres: ¡que se apañen ellos! Pero ¿qué hacer con Lidia? Esa ya le sacaba los nervios a la vecina de libro. Solo en las pelis los piques entre actrices míticas como Concha Velasco y Carmen Maura resultan entrañables y graciosos… En la vida real no hay ningún encanto. Y menos cuando empiezan a buscarte las vueltas sin motivo. Además, la señora Toma tenía un amigo apodado ‘Pedrito el del Vespino’. Con nombre completo era Pedro Eufemio Chules: ¡menudo apellido! El mote se adivinaba fácil: de joven, Pedrito Chules — ¡qué rima más brava! — adoraba ir a toda castaña en su vespino. Bueno, en el vespinito, como lo llamaba de chiste. Así que tenía lógica. Luego todo se redujo a “el del Vespino”. El pobre vespino, ya viejo y roto, llevaba años criando polvo en el cobertizo. Pero el apodo se quedó para siempre: ¡cosas de pueblo! Antes eran amigos de familia: Pedrito y su mujer Nina con Toma y su marido. Pero las segundas mitades ya descansaban en el cementerio local. Y Toma seguía siendo amiga de “el del Vespino”: lo conocía desde el colegio y Pedro siempre fue buen amigo. Eran tres en el cole: ella, Pedrito y Lidia; entonces les iba de maravilla. Era una amistad limpia, nada de tonteos por parte del chico. Iban a todas partes los tres: el apuesto caballero en medio, las chicas a los lados, agarradas de su brazo. Parecían una taza de dos asas, de esas especiales para no caerse de las manos. Por si acaso… Con los años, la amistad cambió bastante. Mejor dicho, desapareció, transformándose primero en rechazo por parte de doña Lidia y luego en odio abierto. Como en el anuncio: últimamente me parece que me han cambiado por otra persona… ¡A Lidia la cambiaron! Fue después de la muerte de su marido: hasta entonces todo iba más o menos bien. Está claro que con el tiempo la gente cambia: el tacaño se vuelve miserable. El parlanchín, cotilla. Y el envidioso, simplemente explota de envidia. Es probable que eso le pasara a la vecina de Toma: las mujeres son así. Y los hombres tampoco son mejores. Y mira que había motivos para ponerse así. Primero, Tomi aunque mayor, seguía estando delgada. Mientras que Lidia se había convertido en un tonelito: señora, ¿y la cintura dónde la dejamos? En comparación, salía perdiendo con su vecina. Segundo, el amigo del colegio últimamente le prestaba mucha más atención a la espabilada Tamara; siempre se les veía cuchicheando y riendo, casi chocando sus cabecitas canosas. Con ella solo había frases cortantes y secas. Y Pedro iba de visita a casa de Tomi mucho más a menudo: a Lidia le tocaba suplicar que fuera… Bueno, sí: igual no era tan lista como la insufrible Tomi. ¡Y el humor tampoco era lo suyo! Y Pedro siempre fue de partirse de risa. En español hay una palabra estupenda: largar. Lo amaba nuestro Antonio Ozores. Pues en eso andaba Lidia últimamente, saltando a la mínima. Primero fue que el baño de Tomi no estaba en sitio y olía fatal. — ¡Tu retrete apesta! — soltó la abuela Lidia. — ¡No me digas! Si lleva un siglo ahí, ¿te das cuenta ayer por primera vez? — contestó la vecina, que no se dejó quedar mal: — ¡Claro! ¡Tus cristalinos son de los baratos, del seguro! ¡Lo bueno no te lo dan gratis! — ¡No toques mis cristalinos! — chilló su ex amiga. — ¡Cuida tus ojos! ¿Te crees que no veo a quién miras? — ¿Pero, qué pasa? ¿Estás celosa o qué? — se sorprendió Tamara. — ¡Vaya, a quién le pones el ojo! Ya sé lo que te regalo en Nochevieja: ¡una enroladora para labios! — ¿Por qué no te la guardas tú? — respondió Lidia. — ¿O es que tus labios no se arreglan con nada? ¿Te crees que no veo? Pues sí que lo veías, sí, mujer… Esto pasaba todos los días. Y Pedrito, al que se lo contó la amiga, le recomendó sepultar el baño y hacer uno nuevo dentro de casa. Los hijos de Toma reunieron dinero y le pusieron un baño nuevo. La fosa vieja la rellenó el buen amigo Pedro: ¡hala, Lidia, cambia de queja, a oler otros aromas! ¡Pero ni así! Resulta que los nietos de al lado le arrancaron las peras a Lidia: unas ramas llegaban al terreno de Tamara. — Solo creyeron que era nuestro — intentó justificarse Tamara. Aunque según ella, nadie la había tocado: ¡la fruta seguía igual! — Y mira, tus gallinas hozan mis huertos y ni protesto. — ¡La gallina es tonta! Broiler o ponedora, da igual — contestó la vecina, con voz alta — ¡Aquí hay que educar a los nietos, abuela! ¡Nada de estar todo el día de risitas con tus galanes! Total: vuelta a empezar. Al final todo volvía a Pedro… Los nietos recibieron regañina. Y las peras ya pasaron: descansa, Lidia. ¡Pues ni por esas! Ahora resulta que las ramas de la pera estaban dañadas. — ¡Enséñamelo! — pidió Tamara: no había ni un rasguño. — ¡Ahí y ahí! — señalaba con su dedo nudoso doña Lidia. Y encima, las manos de Tomi eran más bonitas, con dedos largos y rectos. Y es que las manos también son imagen. ¿Qué más da el pueblo? ¡El estilo nunca sobra! Pedro entonces sugirió cortar las ramas. Son tuyas, en tu terreno haces lo que quieras. — ¡Va a montar un escándalo! — dijo la abuela. — ¡Apostamos a que no! ¡Además, te cubro! — prometió Pedro. Y, en efecto, Lidia lo vio todo y no dijo ni pío. Con el árbol ya resuelto, a Tomi empezaron a importunarle las gallinas ajenas: de verdad invadían su huerto. Este año Lidia había traído una raza nueva; antes no eran tan inquietas. Y una gallina, ¿qué va a hacer? ¡Escarbar! Por eso todas las siembras terminaban revueltas. Al pedirle que las mantuviera a raya, la vecina sólo sonreía con sorna: “Di lo que quieras, ¿qué me vas a hacer?” Una opción era cazar un par y asarlas en venganza. Pero la buena de Toma no se atrevía a tanto. El amigo ingenioso sugirió una idea del internet: poner huevos por la noche en el huerto. Y al día siguiente recogerlos delante de ella, como si las gallinas los hubiesen puesto allí. Pedro era un crack en internet: en el pueblo ya llevaban años conectados. Y, sabéis qué, ¡funcionó! Gracias, mundo digital, algo útil tenías… Lidia, estupefacta al ver a Toma recoger huevos del huerto, se quedó de piedra. Y no volvió a ver sus gallinas en huertos ajenos. ¿Y ahora, nos reconciliamos? ¿Lidia, qué tal? Que no hay razón para pelear… ¡Pues ni aun así! Ahora le molestaba el humo y el olor de la cocina de verano, donde Tomi cocinaba hasta bien entrado el otoño. ¡Sí, claro! Ayer no molestaba y hoy sí. ¡Y el olor a carne me pone mala! ¡Puede que sea vegetariana! ¡Además, el Congreso ya prohibió las barbacoas! — ¿Tú has visto alguna barbacoa? — intentaba razonar Tamara. — ¡Aclárate esas gafas, querida! Tamara era siempre amable y paciente, pero se le agotó la paciencia. Porque la vecina se había “empecinado” — una palabra que le venía de perlas. Vamos, que ni en broma Lidia iba a parar… — ¿La llevamos a un laboratorio a experimentar? — propuso Tamara tomando té con Pedro. — ¡Acabará devorándome! La abuela Toma había adelgazado; tanta tensión diaria no pasaba en balde. — ¡Se atraganta contigo! ¡Y no lo consentiré! — prometió el amigo. — ¡Tengo una idea mejor! Pasados unos días, una mañana soleada, Tamara escuchó una canción: “¡Toma, Toma, ven fuera de casa!” A la puerta estaba el alegre Pedro del Vespino, recién arreglado por él mismo, reluciente de felicidad. — ¿Sabes por qué antes estaba triste? — preguntó Pedro Eufemio — Porque no tenía el vespino arreglado. ¿Nos damos una vuelta, guapa? ¡Súbete! ¡Vamos a recordar la juventud! Y Tamara se subió. Que ahora la propia ley de mayores dice que la vejez está cancelada: ¡ahora toca ser jubilados activos 65+! Y se fue, literal y figuradamente, hacia una nueva vida. Al poco, se convirtió en la Dama Chules: Pedro Eufemio Chules le pidió matrimonio. Todo encajó y Tamara se fue a vivir con su marido. Y Lidia se quedó sola, gorda y amargada. Decidme, ¿acaso no es eso motivo de nueva envidia? Y ahora no tenía con quién pelear: todo ese veneno se quedaba dentro. Y había que soltarlo de alguna manera… Así que, ¡cuídate, Toma, y no salgas de casa! Y lo que queda por venir, ¡madre mía! Vamos, que la vida es una canción. ¿Qué esperabais, en un pueblo? Total, que fue una tontería todo el lío del baño…