Finalmente, un padre sonriente

Al fin, papá es feliz

Los sueños y los deseos van de la mano, pero no siempre se hacen realidad. La alegría y la desgracia también nos acompañan, a veces como vecinos incómodos. Tomamos decisiones, enfrentamos obstáculos y vivimos como podemos, luchando con lo que tenemos.

El destino juega a su antojo: a veces nos acaricia, otras nos pone trampas. Quien logra salir adelante, ese sí que tiene mérito.

Al empezar el undécimo grado, llegó al colegio rural una chica nueva: Rocío. Una muchacha bonita, de sonrisa dulce y mejillas sonrosadas, pero tan tímida que apenas alzaba la voz. Había venido al pueblo con su madre tras la muerte de su padre. Su madre, que de joven pasaba los veranos con su abuela en aquel mismo lugar, no soportó la vida en la ciudad después de enviudar.

—Hija, nos vamos al pueblo. Allí está la casa de la abuela. No aguanto más esta ciudad —dijo la madre—. Allí es tranquilo, podré reponerme.

—Pero mamá, yo tengo que ir a la universidad…

—Pues irás, y en vacaciones volverás al pueblo.

—¿Y tú? ¿Te quedarás sola?

—Me las arreglaré. El campo cura el alma —contestó la madre. Y así se mudaron.

En clase, todos recibieron bien a Rocío, especialmente los chicos, incluido el apuesto Adrián. Pero Marina, la reina del instituto, la miró con desconfianza. ¡Una rival a la vista!

La madre de Marina era la alcaldesa del pueblo, así que sus notas siempre eran impecables, aunque su carácter dejaba mucho que desear. Los chicos la perseguían, pero ella soñaba con un príncipe urbano que la sacara de allí. Adrián, aunque tímido y algo inseguro, era alto y deportista, y le gustaba a casi todas… excepto a Marina, que lo trataba como si fuera su lacayo.

Hasta que un día, Marina notó algo raro: Adrián ya no la seguía como un perrito. ¡Todo por culpa de esa recién llegada! Ahora pasaba los recreos hablando con Rocío, e incluso la acompañaba a casa.

Cuando Rocío hablaba, Adrián se sorprendía:

—¿De verdad se puede hablar con tanto respeto y cariño? No estoy acostumbrado… Marina solo gruñe y da órdenes.

En esos paseos, Adrián le recitaba poemas.

—¡Madre mía, Adrián, esto es increíble! —Rocío sonreía—. Podrías ser poeta.

Él se ruborizaba, acostumbrado a que Marina llamara sus versos “tonterías de borracho”.

Adrián cambió. Se volvió más seguro, dejó de idolatrar a Marina y, peor aún, empezó a ver sus defectos. A ella le ardía que su “acólito” la ignorara. ¡Ni siquiera lo quería, pero le encantaba tenerlo ahí, a sus pies!

Intentó que sus amigas le tendieran una trampa a Rocío, pero ninguna accedió. ¿Para qué? Rocío era amable, lista y nunca se metía con nadie.

Llegó la fiesta de graduación. Esa tarde, Marina, con voz temblorosa, le pidió ayuda:

—Rocío, ¿podrías acompañarme? Mi madre se fue al pueblo de al lado y tengo miedo de quedarme sola. El vecino, Paco, me ha amenazado…

—¿Por qué no le pides a Adrián? Él es fuerte.

—No me atrevo…

Rocío, inocente, le explicó todo a Adrián. Él dudó, pero al final aceptó.

—Gracias, Adrián, nos vemos luego —dijo Marina, ocultando una sonrisa.

Todo salió como ella planeó. Su madre no estaba, y cuando Adrián llegó, la mesa estaba puesta: bocadillos, fruta y una botella de champán.

—Pasa, Adrián. Mañana nos iremos y quién sabe cuándo nos volveremos a ver —dijo ella, mientras él sospechaba.

—¿Inventaste lo del vecino?

—Solo quería estar contigo una última vez —Marina sirvió el champán—. Brindemos por nuestro futuro. Después te irás, te lo prometo.

Él bebió, sin ver las dos pastillas para dormir que ella le había echado. Pronto, la cabeza le dio vueltas.

—Adrián, bésame… imagina que soy Rocío —susurró Marina, arrastrándolo a su habitación.

A la mañana siguiente, su madre los encontró. Y Adrián, como caballero que era, le propuso matrimonio.

En la fiesta, él se acercó a Rocío, avergonzado:

—Perdóname…

Marina, desde lejos, sonrió triunfante.

Rocío se fue a la universidad. Su madre se quedó sola.

Pasaron diecisiete años. La madre de Rocío murió, ella se casó con un compañero de clase, pero el matrimonio fracasó.

El tren paró en una estación pequeña. Bajaron una mujer y una niña de trece años.

—Hemos llegado, cariño. Aquí terminé el instituto. Tu abuela vivía aquí, aunque ya hace años que murió.

—¿Y nuestra casa está lejos?

—No, Lola. Doblamos la esquina y ahí está.

Caminando, Rocío saludó a los vecinos, que la miraban con curiosidad. Hasta que, en un patio, reconoció a una mujer que tendía la ropa.

—Hola, tía Carmen.

La mujer entrecerró los ojos y luego exclamó:

—¡Madre mía! ¿Eres tú, Rocío? ¿Vuelves al pueblo?

—Sí, tía.

Carmen entró corriendo en casa de su hija, Marina:

—¡Levántate! ¡Adivina quién ha vuelto! Rocío, y con una hija. Seguro que se ha divorciado. ¡Ahora sí que vigila a tu marido!

—¿Rocío? No puede ser… —Marina bostezó.

—Pues es ella, más guapa que nunca. Tu Adrián ni se te acercará.

—Bah, él siempre fue mío. Fue ella la que se interpuso.

Carmen no se callaba:

—Sí, claro, pero tu Adrián nunca olvidó a Rocío. Y mira cómo duermes sola… ¿Otra pelea? Siempre le exiges dinero, pero tú no mueves un dedo. ¡Algún día te dejará!

—¡No se atreverá! —chilló Marina—. Además, nuestro hijo Antonio ya es mayor, pronto irá a la academia militar.

Carmen salió de la habitación, harta. Su hija no hacía más que quejarse.

Marina entró en el salón, donde Adrián dormía en el sofá.

—¿Qué haces ahí? ¿Ni siquiera vas a trabajar hoy?

Él abrió un ojo:

—Para ti, nunca he sido tu marido. Vivimos como compañeros de piso. Cuando Antonio se vaya, yo también.

Marina gritó, pero él ya salía por la puerta.

En la calle, Carmen lo vio alejarse.

—¡Seguro que va a buscarla!

Adrián caminó hasta el río, como en su juventud. Al pasar frente a una casa, se detuvo. Una niña barría la entrada.

—Hola —oyó detrás de él.

Se giró y casi se desmayó.

Rocío.

—¿Me invitas a un café? —preguntó él, tembloroso.

—Pasa, si es en serio…

Adrián no volvió a casa.

En el pueblo se oyeron los gritos de Marina:

—¡ME LO HA ROBADO!

Los vecinos murmuraban, pero al final dieron la razón a Rocío y Adrián. El pasado siempre sale a la luz.

Antonio, su hijo, apoyó a su padre. En vacaciones, visitaba a Rocío y a su nuevo hermanito, Hugo, idéntico a Adrián.

—Nunca te había visto tan feliz, papá —le dijo una tarde AntonioY mientras Marina maldecía su suerte en la soledad de su casa, Rocío y Adrián, sentados en el porche de aquella vieja casa, miraban cómo el sol se ponía sobre los campos, sabiendo que, al fin, la vida les había dado una segunda oportunidad.

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