Fruto del mismo árbol

**La manzana no cae lejos del árbol**

—Claudia, en esta casa ha transcurrido toda tu vida, ¿cómo has podido decidir venderla? —se lamentaba Ana, su vecina de toda la vida, con quien había compartido décadas de confidencias.

Nunca hubo secretos entre ellas. Alegrías, penas, ayudas mutuas… así eran los vecinos cuando vivían en armonía. Pero ahora, Ana se entristeció al saber que Claudia había vendido su hogar.

—Claudia, ¿de verdad lo has vendido? ¿Adónde piensas ir? Todo es tan incierto… ¿y si tu nieto Timoteo ni siquiera te recibe? La ciudad es enorme, podrías perderte…

—No temas, Ana, siempre hay gente buena. Timoteo es mi sangre, mi familia. ¿Quién velará por él si no soy yo?

Ana calló. Sabía que Claudia había criado a Timoteo. Sus padres, el hijo y la nuera de Claudia, lo dejaron con ella siendo un niño y se marcharon a buscar fortuna. Nunca más volvieron. Al principio, su hijo escribía cartas, pero luego el silencio lo cubrió todo. Claudia esperaba su regreso, pero fue en vano. Prometían ayuda, pero ella sola mantuvo la casa, el huerto y a Timoteo. Ahora, él vivía en una residencia universitaria en la ciudad.

—No sé, Claudia… da miedo ir sola a la ciudad a nuestra edad —dudaba Ana.

—Ana, tú sabes que voy con Timoteo. Me espera. Hace dos días llamó para preguntar si ya había vendido la casa. Fui a correos y le envié el dinero. Cuando me instale, te llamaré. Vendrás a verme. Ya estoy mayor, ¿quién me cuidará si me enfermo? No puedo cargarte siempre. Timoteo estará cerca; no tiene tiempo de venir al pueblo, pero allá podrá velar por mí. ¿Crees que lo crié en vano?

Ana no quiso angustiarla más y guardó sus temores.

—Tal vez tengas razón. Quizás Timoteo no es como pienso. No viene porque trabaja…

Claudia se preparaba para marcharse cuando Ana, con voz temblorosa, añadió:

—Recuerda, querida vecina, si algo sale mal, mi casa siempre estará abierta para ti. Es grande y vacía, solo habitada por mí.

Claudia la abrazó, conteniendo las lágrimas.

—Lo sé, Anita, lo sé. Eres un alma generosa. Si algo falla, me recibirás de vuelta. Pero estoy segura de que Timoteo no es como sus padres. Me espera. Recuerda mi amor, y no tiene a nadie más…

Ana asintió, enjugando una lágrima. Sabía que Claudia había entregado su vida a ese nieto. Pero algo la inquietaba: ¿por qué insistió tanto Timoteo en vender la casa?

Se despidieron. Claudia tomó el tren hacia la capital, un viaje corto de media hora. Al llegar, llamó a Timoteo desde el andén, pero una voz grabada respondió: *«Número incorrecto»*.

—¿Cómo? Hace dos días hablé con él —pensó—. Se habrá retrasado. Esperaré.

Pasaron tres horas. Claudia, sentada en un banco, observaba cada rostro, temiendo perderlo de vista.

—Tengo la dirección de su residencia —recordó, sacando un papel arrugado. Revisó su vieja cartera: le alcanzaba para un taxi.

—Joven, ¿me llevaría aquí? —preguntó a un taxista, mostrando el papel—. Mi nieto vive ahí. Prometió recogerme, pero… quizás surgió algo.

—Suba, señora. En un instante llegamos.

El trayecto fue largo. Claudia, mareada, casi se durmió.

—Hemos llegado —anunció el taxista.

—Gracias —dijo, entregándole unas monedas.

—Espere, señora. Acompañaré a ver que todo esté bien.

La conserje de la residencia frunció el ceño.

—¿A quién busca?

—A mi nieto, Timoteo. Vive aquí.

—¿Usted es su abuela? ¿No había fallecido?

Claudia palideció.

—¿Cómo que fallecida? ¡Estoy aquí!

El taxista comprendió antes que ella.

—Ayer dijo que había heredado… que usted había muerto. Vendió su casa, dejó las llaves y desapareció con el dinero.

Claudia se desplomó en una silla. La conserje le dio agua; el taxista no se movió de su lado.

—Señora, ¿no tiene más familia?

—Solo a Timoteo… y a Ana, mi vecina. Como una hermana. Habrá que regresar al pueblo.

—Señora, la llevaré de vuelta a la estación. No, no coja el dinero. No lo aceptaré. ¿Le alcanza para el billete?

—Sí, hijo, sí. Mira… un extraño me ayuda, y mi propia sangre… —rompió en llanto.

En el tren, Claudia observaba el paisaje.

—Aún hay bondad en el mundo —pensó—. El taxista, la conserje… la próxima vez les llevaré manzanas de mi huerto, mermelada… Ana siempre hace buenas conservas.

Pero una pena la embargaba: ya no tenía casa.

Al anochecer, llegó al pueblo. Respiró hondo: todo era familiar, aunque ya no tuviera hogar.

Ana, intranquila, miraba el camino.

—¡Claudia! —gritó al reconocerla, abrazándola con fuerza—. ¡Has vuelto!

—Tenías razón, Anita. Creí en mi Timoteo, y me traicionó. Como dicen: «De tal palo, tal astilla». No se alejó de sus padres.

—No importa. Ahora estaremos juntas. Dos almas solitarias, pero ya no lo seremos. Nos cuidaremos mutuamente. Así viviremos.

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