Me alejo de ti

Marisa cerró la maleta y la llevó al recibidor. Antes de vestirse y salir, decidió dar una última vuelta por la casa para asegurarse de no olvidar nada. Recorrió las habitaciones con mirada de despedida, ya no era su hogar. Al llegar a la cocina, se apoyó en el marco de la puerta y de pronto recordó con claridad la primera cena en aquella mesa. Esa noche, Luis la llevó a su casa para presentarla a su madre. Marisa iba nerviosa, un huracán de miedo, deseo y amor por Luisito, como le decía entonces. Temía no caerle bien a su suegra, pero también anhelaba que todo saliera bien.

El miedo fue infundado. La madre de Luis, Doña Carmen, era una mujer maravillosa. La acogió como a una hija y, después de la boda, siempre la animaba, incluso cuando las cosas no le salían bien. Al principio, a Marisa todo le costaba. Doña Carmen le enseñó a cocinar los platos que le gustaban a Luis, porque Marisa solo sabía preparar cosas sencillas. No había aprendido más en el orfanato. Sí, Marisa era de las que crecieron allí, aunque no desde el principio. Sus padres eran médicos, cirujanos en el mismo hospital. Un día, un amigo les llamó desde un centro de salud rural: había un paciente que no podía ser trasladado y necesitaban operarlo allí mismo. No tenían cirujano. Sus padres acudieron a ayudar. La operación fue un éxito, pero al salir a la carretera, un camión conducido por un borracho los embistió. Su padre murió al instante; su madre, de camino al hospital.

Marisa se quedó con su abuela. Tenía cinco años. Vivió con ella otros cinco, pero la salud de la anciana empeoró. La muerte de su hijo y su nuera la consumió. Un día, simplemente no despertó. Como no había más familia, Marisa fue al orfanato. No era un buen lugar, pero ella salió adelante sin caer en malos pasos, como otras chicas de allí.

Al terminar, quiso volver al piso que heredó de sus padres, pero descubrió que ya pertenecía a otros. Intentó recuperarlo, pero no pudo. O le faltó astucia, o el asunto estaba demasiado enredado. Se quedó en la calle. Fue entonces cuando conoció a Luis. Él le ayudó a encontrar trabajo y a alquilar una habitación con una señora mayor. Luego empezó a cortejarla. Tres meses después, se casaron. Se mudaron a su casa, un piso de tres habitaciones donde vivía también su madre, que quería a Marisa como a una hija.

Eran una buena familia.

Hasta que, un año atrás, Doña Carmen murió. Le diagnosticaron cáncer terminal y se apagó en meses. Desde entonces, Luis cambió. Empezó a beber, a veces no volvía a casa. Ayer, Marisa lo vio abrazando y casi besando a una mujer. No se acercó, decidió hablar con él por la noche, pero no apareció. Esta mañana, tras una noche en vela, Marisa empacó sus cosas y decidió irse. No había nada que repartir, ni hijos. Resultó que ella no podía tenerlos.

Aún podía haberse quedado allí, reviviendo recuerdos, pero un juramento grosero resonó en el pasillo. Marisa se estremeció. No había salido a tiempo. Ahora tendría que enfrentarlo.

Al salir al recibidor, vio a Luis tambaleándose, ebrio, y junto a él, a la misma mujer del día anterior. Sorprendentemente sobria.

Al verla, Luis gruñó:

—¿Qué miras? ¡Recoge tus cosas y lárgate, estéril! Ahora viviré con Virginia… Ella sí me dará un hijo, no como tú, baldía.

Algo se encogió en el pecho de Marisa. Le costaba respirar. Creyó desmayarse, pero se apoyó en la pared y, con voz firme, dijo:

—No te preocupes, ya me voy. Hasta tengo las maletas listas.

—¡Pues date prisa! En cinco minutos quiero que hayas desaparecido.

Marisa quiso gritarle: «¿Qué te has hecho, tonto? ¡Tu madre se revolvería en su tumba!» Pero calló. Tomó la maleta y el bolso, y salió de aquel piso que había sido su hogar, de aquella vida que al principio había sido tan dulce. Si no hubiera muerto Doña Carmen, quizá… Pero no había vuelta atrás.

Al pasar junto a Luis y Virginia, oyó su voz cuando la puerta casi se cerraba:

—Vamos, Virginia, vamos a hacer hijos.

Marisa apretó los ojos para contener las lágrimas. Dejó la maleta en el suelo, esperó cinco minutos hasta calmarse, y luego tomó el ascensor. Abajo, buscó el taxi que había llamado.

—¿A dónde vamos? —preguntó el conductor.

¿A dónde? Ni siquiera lo había pensado. Entonces recordó a la señora mayor que le alquilaba la habitación. ¿Seguiría viva? Solo habían pasado ocho años. Dio la dirección y, durante el trayecto, luchó por no llorar, pero las lágrimas caían solas.

Al llegar, logró secarse el rostro antes de pagar. Al salir del taxi, entró al portal sin mirar alrededor. No estaba para detalles. Pero una voz la detuvo:

—¿Marisa?

Se volvió. En un banco junto a la entrada estaba la misma señora, Doña Pilar.

—¿Eres tú, niña? —preguntó, al ver su rostro marcado por el llanto—. ¿Qué pasó?

Marisa no pudo contenerse y rompió a llorar.

—Vamos, vamos —dijo Doña Pilar, guiándola hacia dentro—. Lávate la cara y ven a la cocina. Tomaremos té.

Minutos después, con las tazas humeantes, Doña Pilar insistió:

—Cuéntame.

Marisa tragó saliva y lo hizo.

—¿Y ahora qué harás?

—El divorcio. Que viva como quiera.

—¿Ya no lo amas?

—¡Claro que sí! Pero…

—No hay «peros». Si lo amas, lucha por él. No siempre fue así.

—¡Él eligió esta vida!

—¿Segura?

—Si no la quisiera…

—Tal vez no la quiere.

Marisa frunció el ceño.

—Piensa, ¿cuándo empezó todo?

—Después de que murió su madre. Primero un trago, luego dos… hasta acabar con los borrachos del bar. Y luego apareció Virginia. Hoy la trajo a casa. Ayer los vi abrazándose.

—Entiendo. Pues escucha, vamos a ver a una amiga mía. Ella nos dirá qué hacer.

No tardaron en llegar a una casa antigua. Una mujer mayor, Martina, las recibió como si las esperara.

—Siéntate —le dijo a Marisa—. Dame tus manos.

Al tocarla, la habitación se oscureció. Sombras danzaban. Marisa quiso huir, pero estaba paralizada. Cuando todo volvió a la normalidad, Martina dijo:

—Tu destino es difícil, pero puede cambiar. Debes volver a casa y buscar un objeto maldito.

—¿Un qué?

—Algo que alguien escondió para dañarlos. Cuando lo encuentres, tráemelo.

Marisa dudó, pero obedeció. Esperó frente al edificio hasta que Virginia salió. Entró sigilosamente. Luis dormía como un tronco. Buscó por toda la casa hasta levantar el colchón. Allí, en su lado, había un manojo de hierbas secas y plumas. Lo envolvió en un calcetín y corrió de vuelta.

Martina la esperaba en la puerta.

—Bien hecho —dijo al ver el paquete—. Ahora vuelve a casa. Mañana ven a verme.

Al día siguiente, Martina le entregó dos frascos.

—Este —dijo, mostrando uno con líquido rojo—, pon cinco gotas en su comida tres días seguidos. Este otro —un frasco más grande, transparente

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Me alejo de ti
En el baile me dejó sola en la entrada… Pero me fui de tal manera que luego pasó toda la noche buscándome. Lo más humillante no es que el hombre te traicione. Lo más humillante es cuando te abandona delante de la gente, con una sonrisa, como si te hiciera un favor permitiéndote estar ahí. Aquella noche era uno de esos eventos donde las mujeres llevan vestidos que son promesas y los hombres, trajes que son coartadas. Un salón con techos altos, luz cálida de lámparas de araña, cava en copas alargadas y una música que suena a lujo. Me quedé en la entrada, notando cómo cada mirada se posaba en mí como un polvo fino. Llevaba un vestido de satén color marfil — puro, elegante, sin estridencia. El pelo caía suavemente sobre mis hombros. Los pendientes — pequeños, caros, discretos. Como yo esa noche: valiosa, discreta y contenida. Y él… él no me miraba. Se comportaba como quien lleva a su lado no a una mujer, sino a un “acompañante de foto”. “Entra y sonríe”, me dijo mientras se ajustaba la corbata. “Esta noche es importante.” Asentí. No porque estuviera de acuerdo. Sino porque ya lo sabía: esa sería la última noche en la que intentaría ser conveniente. Él entró primero. No me abrió la puerta. No se paró a esperarme. No me tomó de la mano. Simplemente se deslizó hacia la luz donde estaban las personas a las que quería impresionar. Yo me quedé en el umbral — un segundo demasiado largo. Y en ese segundo sentí aquella vieja sensación… que no era su compañera, sino que iba detrás de él. Entré tranquila. No vengativa. No dolida. Tranquila, como una mujer que entra en su propia mente. Dentro me recibieron risas. Música. Perfumes intensos. Brillo. Y a lo lejos lo vi a él — ya con una copa en mano, en el centro de un pequeño corro, ya “uno de los suyos”. Y entonces la vi a ella. La mujer que parecía una provocación cuidadosamente elegida. Cabello rubio, piel de porcelana, vestido brillante y una mirada que no pregunta, sino que exige. Estaba demasiado cerca de él. Reía demasiado alto. Apoyaba la mano sobre la suya con total naturalidad. Y él… no se la quitó. No se apartó. Me miró un instante — como quien ve una señal en la carretera y piensa: “Ah, sí… esto existe.” Y siguió conversando. No hubo dolor. Hubo claridad. Cuando una mujer comprende la verdad, no llora. Deja de esperar. Sentí cómo algo dentro de mí hizo ‘clic’ — como el cierre de un bolso caro. Suave. Definitivo. Mientras los invitados orbitaban a su alrededor, yo me movía sola por el salón — no como abandonada, sino como mujer que toma decisiones. Me paré junto a la mesa de cava. Cogí una copa. Bebí. Y entonces vi a mi suegra. Sentada en otra mesa, con un vestido reluciente y ese gesto de quien siempre ha visto a las demás mujeres como competencia. A su lado — la misma mujer de antes. Ambas me miraban. Mi suegra sonrió. No de verdad. Más bien como diciendo: “¿Ves lo que es ser prescindible?” Le devolví la sonrisa. Tampoco auténtica. Pero la mía decía: “Mírame bien. Es la última vez que me ves con él.” ¿Sabes? Años intentando ser “la nuera correcta”. “La esposa correcta”. Sin vestir “demasiado”, sin hablar “demasiado”, sin pedir “demasiado”. Y mientras buscaba ser correcta, ellos me enseñaron a ser conveniente. Y la mujer conveniente — siempre tiene sustituta. Esa noche no era la primera vez que él se alejaba. Pero sí la primera que lo hacía en público. Llevaba semanas dejándome sola en cenas, anulando planes, llegando a casa con rostro frío y diciendo: “Ahora no empieces.” Y yo no empezaba. Y ayer entendí por qué. No quería escándalos; quería acabar conmigo en silencio mientras preparaba otra versión de su vida. Y lo peor… estaba seguro de que me quedaría. Porque soy “callada”. Porque “siempre perdono”. Porque “soy buena”. Esa noche él esperaba lo mismo. Pero desconocía que hay dos tipos de silencio. Uno es de paciencia. Otro, de final. Lo miré de lejos — reía con aquella mujer. Y pensé: “Bien. Que esta noche sea tu escenario. Yo elijo mi propio final.” Me dirigí despacio hacia la puerta. No hacia ellos. No hacia la mesa. Hacia la salida. No corría. No miraba atrás. La gente se apartaba: transmitía algo que no se puede frenar — decisión. Al llegar a las puertas, me detuve un instante. Me puse el abrigo — beige, suave, caro. Lo eché sobre los hombros como el último punto. Cogí mi bolso pequeño. Y entonces me giré. No buscaba su mirada. Buscaba la mía propia. En ese instante lo sentí — él me miraba. Ya separado del grupo, con cara de sorpresa, como quien recuerda de repente que tiene esposa. Nuestras miradas se cruzaron. Yo no mostré dolor. No mostré rabia. Le mostré lo más temible para un hombre como él: la ausencia de necesidad. Como diciendo: “Podrías haberme perdido de muchas formas. Elegiste la más estúpida.” Él dio un paso hacia mí. Yo no me moví. Otro paso. Y entonces lo vi claro: no era amor. Era miedo. Miedo a perder el control de la historia. A que ya no fuera la protagonista que podía reescribir. A que ya no estuviera “allí” donde él me dejaba. Abrió la boca para decir algo. Yo no esperé sus palabras. Solo asentí suavemente — como quien cierra una conversación antes de que empiece. Y salí. Fuera, el aire era frío y puro. Como si el mundo me dijese: “Ya está. Respira. Ya eres libre.” El móvil vibrando mientras caminaba. Primero una llamada. Luego otra. Después una cascada de mensajes. “¿Dónde estás?” “¿Qué haces?” “¿Por qué te has ido?” “No me montes escenas.” ¿Escenas? Yo no hacía escenas. Yo tomaba decisiones. Me paré frente a casa. Miré la pantalla. No contesté. Guardé el móvil en el bolso. Me quité los zapatos. Coloqué el vaso de agua en la mesa. Me senté en el silencio. Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio no era soledad. Era fuerza. Al día siguiente, él volvió como quien quiere arreglar una grieta con disculpas. Con flores. Con excusas. Sus ojos me buscaban, como reclamando que regresara. Y yo solo lo miré tranquila y le dije: “Yo no me fui del baile. Me fui del papel que tú me diste.” Él calló. Y comprendí: Nunca olvidará cómo se ve una mujer que se marcha sin lágrimas. Porque esa es la verdadera victoria. No hacerle daño. Sino demostrarle que puedes vivir sin él. Y cuando eso lo entiende — es entonces cuando empieza a buscarte. ❓Y tú, ¿qué harías: te irías orgullosa como yo, o te quedarías “para que no haya…”?