Todo el día, Carmen estuvo tensa en el trabajo. Gritó a un cliente y discutiendo con su compañera. Trabajaba en una tienda de comestibles. Aunque en el colegio sacaba buenas notas, eso no le había traído la felicidad.
—Ana, que apenas aprobaba, siempre balbuceaba en clase, pero gracias a los contactos de su padre entró en la universidad. ¿Cómo no voy a sentir envidia? En cambio, nosotros… Mi padre era un hombre trabajador, con manos de oro, pero sin contactos, y encima se pasaba la vida borracho. Todo lo que ganaba se lo bebía —pensaba a veces Carmen.
Su madre, Isabel, trabajaba como auxiliar en un hospital, con un sueldo mísero y tres hijas que mantener. Vivían en un pueblo pequeño, en una casa humilde. La vida era dura, apenas llegaban a fin de mes.
Carmen a veces compartía sus penas con su compañera Lucía, cuando el humor se lo permitía, pero si discutían, podían pasar semanas sin hablarse. Fumaban a escondidas en el almacén, compartiendo alegrías y desgracias.
—Ay, Lucía, mi madre nos tuvo siempre bajo llave. Hasta que terminamos el instituto, no nos dejaba salir. Las amigas iban al cine o de fiesta, nosotras siempre en casa. Si alguna tenía novio, lo echaba. Así crecimos, tímidas e inseguras, sin saber nada de la vida —se quejaba Carmen.
—Pues mi madre no era tan estricta. Yo iba donde quería —contestaba Lucía.
Después del instituto, cada hija de Isabel buscó su camino. La madre no podía darles ni un céntimo, así que el huerto era su salvación. Isabel mantenía una pequeña granja y obligaba a sus hijas a trabajar. No soportaba la pereza y las regañaba sin piedad.
La hermana mayor, María, estudió costura, encontró trabajo en una fábrica textil y consiguió una habitación en una residencia. Estaba contenta, al menos tenía techo propio. Cuando volvía al pueblo, presumía:
—Ahora soy independiente, tengo mi dinero y lo gasto en mí.
Nunca traía regalos. La vida no fue fácil con ella, y a los treinta aún no se había casado. La mediana, Elena, estudió pintura en una escuela profesional y conoció a Paco, un chico vivaracho pero irresponsable, que bebía demasiado. Se casó con él porque estaba embarazada.
—Bueno, nos casamos —dijo Paco—. El niño necesita un padre.
Vivían en una residencia obrera, prometiéndoles un piso que nunca llegaba.
Carmen, la pequeña, estudió peluquería, pero no encontró trabajo y acabó en la tienda.
—De sol a sol de pie, y los descuentos se comen el sueldo —se quejaba.
Pero su suerte cambió cuando conoció a Eduardo, un chico sociable y deportista. Se casaron pronto, pero la ilusión duró poco. Eduardo, encantador en público, era grosero y vago en casa. Tras tres años y un hijo, Javier, se separaron.
Carmen volvió al trabajo, la vida era dura. Aceptaba cualquier empleo: vendía alcohol, trabajaba en el mercado.
—No tengo a quién recurrir —pensaba—. Mi madre solo trae verduras del huerto, pero con eso no visto a Javier.
La vida la endureció. Los consejos de su madre la exasperaban.
Un día, mientras se pintaba los labios, llamaron a la puerta.
—¿Quién será a esta hora?
Era su madre, sudorosa, con bolsas en la mano. El ascensor llevaba días estropeado. Carmen disimuló su fastidio.
—Hola, mamá, no te esperaba.
Tenía una cita con Eduardo en un restaurante.
—Bueno, ya me las arreglaré —pensó.
Su madre no paraba de hablar:
—¡Vaya viaje! El autobús iba lleno, y encima el ascensor no funciona.
Carmen guardó las verduras en la nevera. Su madre siempre traía comida, sabiendo que en la ciudad todo era caro.
—Mamá, tengo que irme. Cuando llegue Javier, dale de comer.
—Vete, ya me ocuparé yo.
Eduardo esperaba en el bar, bebiendo una caña. Carmen llegó tarde, excusándose:
—Mi madre apareció sin avisar. Los viejos nunca entienden.
Pasaron la noche entre risas y copas. Al llegar a casa, su madre la recibió con reproches:
—¿Así andas por la noche? Javier llegó solo a las once, y aún está en el instituto. Si sigues así, lo perderás.
—¡Soy adulta! —replicó Carmen—. Javier no es un niño.
—Huele a tabaco y cerveza. ¿No te importa? Luego te arrepentirás.
Carmen salió furiosa.
—Viene a sermonear, pero ¿cómo crió ella? Siempre trabajando, nosotras solas. Su educación fue repartir tareas y gritar si no las hacíamos.
Su madre se marchó, y Carmen siguió su vida. Tras el divorcio, tuvo varios romances, sacando regalos y dinero de los hombres. Hasta que conoció a Eduardo, un constructor astuto que sabía ganarse la vida.
—Carmen, aquí tienes flores, un anillo y mi mano. ¿Te casas conmigo?
—¡Claro que sí!
La vida mejoró. Eduardo era cariñoso y ganaba bien. Nació su hija Lucía, y la familia prosperó. Pero entonces vinieron sus hermanas, pidiendo prestado y aprovechándose.
—No les debo nada —se enfadó Carmen.
Cortó el contacto, incluso cuando su madre enfermó.
—Que vayan mis hermanas.
Los años pasaron. Carmen tuvo otro hijo. Sus padres murieron, y ella apenas asistió al funeral. Una vecina la reprendió:
—Eres una hija ingrata. Tu madre te crió, y ni la visitaste.
Carmen no escuchó. Pero con el tiempo, la culpa la corroía. Lloraba en silencio, iba a la iglesia, rezaba por perdón.
Ahora quiere que su madre la entienda, pero tal vez sea demasiado tarde.
**Moraleja:** El tiempo perdido no vuelve. Las palabras no dichas y el amor no demostrado pesan más que cualquier riqueza. No esperes a que sea tarde para valorar a quienes te dieron todo.




