Casada, pero embarazada de un compañero… ¿Qué hago?

Casada, pero embarazada de un compañero de trabajo… ¿Qué hago?

Me llamo Lucía Mendoza, y vivo en Aranjuez, donde los días transcurren lentos junto al río Tajo. Dudo si escribir estas palabras, pero el dolor y la confusión me ahogan. No puedo guardar silencio más tiempo. Mi vida se ha derrumbado, y no sé cómo salir de esta pesadilla.

Todo comenzó con mi rutina: madre de una niña de cinco años, Martina, y esposa de un hombre que solo vive para el trabajo. Mi marido, Javier, es un adicto al trabajo, apenas está en casa. Mi madre recoge a Martina del colegio y se queda con ella por las tardes, porque Javier y yo llegamos tarde. Trabajo en una empresa importante, el sueldo es bueno, pero me exijo al máximo, a menudo hasta altas horas. Hace dos meses, me mandaron de viaje de negocios con un compañero, Álvaro. Le pedí a mi madre que se quedara con Martina, y partí con el corazón tranquilo.

Viajamos en el coche de la empresa. El día fue intenso, y al anochecer nos instalamos en el hotel. En el ascensor, Álvaro me invitó a cenar en el restaurante. Acepté, ¿por qué no? La velada fue inesperadamente agradable. Hablamos de todo, y supe que estaba divorciado, sin hijos, absorbido por su trabajo. Su voz, su risa… De pronto, me sentí libre, viva, como hacía años que no me sentía. Por primera vez, junto a un hombre que apenas conocía, todo era ligero. Después de cenar, nos separamos, pero algo en mí ya temblaba.

Al día siguiente, trabajo. Y otra cena. Terminamos pronto, y Álvaro sugirió celebrarlo con una botella de vino tinto. Me gusta el tinto, no me resistí. Comimos, bebimos, reímos… y yo sabía hacia dónde avanzábamos. El corazón me latía con fuerza, pero decidí retirarme a mi habitación. Él insistió en acompañarme, y en el ascensor ocurrió: sus labios encontraron los míos, la pasión nos arrasó como una ola. Acabamos en su cuarto, y aquella noche fue un torbellino del que ni siquiera me atrevía a pensar. La siguiente noche fue más ardiente, más loca… me hundí en ello, olvidando mi casa, mi marido, todo.

De vuelta en Aranjuez, intenté borrarlo de mi mente. Me sumergí en el trabajo, evité a Álvaro, pero dos semanas después, la vida me golpeó con crudeza: estaba embarazada. El mundo giró, las piernas me fallaron. Pánico, horror… pero lo sabía: ese bebé era suyo. Con Javier llevábamos meses distantes, sin intimidad. Ya pensaba en el divorcio —nuestra familia se resquebrajaba—, pero siempre postergaba la conversación, temiendo el cambio. Y ahora este niño… una prueba viva de mi error. No conozco realmente a Álvaro. Fue dulce en aquel viaje, pero ¿puedo confiar en él? ¿Y si se aleja al saberlo?

Camino por la casa como un fantasma, miro a mi hija y a mi marido, y todo en mí grita. Este bebé crece dentro de mí, y no sé qué hacer. ¿Decírselo a Javier? Estallará, me echará, y me quedaré sola con dos hijos. ¿Hablar con Álvaro? ¿Y si se ríe de mí o desaparece sin más? He decidido contarle la verdad en unos días, pero cada hora es una tortura. La cabeza me estalla, el corazón se parte entre culpa y miedo. Quería una vida tranquila, y ahora tengo un caos que yo misma he creado.

Mi madre me mira con preocupación, pero me callo. ¿Cómo decirle que su hija, la madre ejemplar, se ha enredado en semejante vergüenza? Javier llega tarde, murmura un “hola” cansado y no nota cómo tiemblo. Álvaro pasa por mi lado en el trabajo, y nuestros ojos se cruzan —una mirada cálida, pero distante—. ¿Qué hago? ¿Tener al niño y dejar a mi marido? ¿Escapar de todo? ¿O callarme hasta que la verdad estalle como una tormenta? Soñaba con un segundo hijo, con felicidad, pero no así… no con traición, no con mentira. Ahora estoy al borde del abismo, y cada paso puede ser la caída.

¡Necesito consejo! Estoy desesperada, perdida. Mi vida se desmorona, y no sé cómo salvarme a mí misma, a mis hijos, a mi alma. Este bebé es mi culpa y mi esperanza, pero temo que lo arrase todo. ¿Qué hago con esta verdad que me quema por dentro? Quiero que las cosas mejoren, pero me aterra pensar que ya es tarde.

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Casada, pero embarazada de un compañero… ¿Qué hago?
Alba ya no siente resentimiento, solo perplejidad