El destino redimió la culpa
Lucía llegó a casa una tarde de viernes para pasar el fin de semana con sus padres. Había decidido ir directamente después de sus clases en la universidad para compartirles una noticia feliz. Su padre no estaba en casa, pero al ver a su madre en la cocina, la joven se acercó con los ojos brillantes de emoción:
—Mamá, ¡hola! Me he enamorado, y esta vez es en serio —dijo, abrazándola—. ¿No me escuchas? ¡Estoy enamorada!
Ana acogió a su hija entre sus brazos y respondió con escepticismo:
—Hola, mi vida, te escucho. Ya entiendo que otra vez estás enamorada.
—¿Por qué lo dices tan tranquila? —preguntó la joven, intrigada.
—Porque a tu edad yo también me enamoraba a menudo —contestó su madre, colocando los platos en la mesa para la cena—. Tendrás muchos amores todavía. Ahora debes pensar en tus estudios, apenas estás en el primer año de carrera.
—Mamá, no hablo de estudios, eso va sin decir. Hablo de mi novio, Alberto, a quien amo con todo el corazón. Nos vamos a casar. Él ya me ha pedido la mano, por eso vine a decíroslo.
—¿Quién va a casarse aquí? —intervino Joaquín, el padre de Lucía, entrando en la cocina con una sonrisa—. ¿Otra vez enamorada? ¿Y otra vez es en serio?
—¡Hola, papá! Sí, esta vez es verdad. Mamá no me cree… Pero Alberto y yo somos serios. Él también ha ido a hablar con sus padres. Vendrá a pediros vuestra bendición.
Ana y Joaquín se miraron con preocupación. Nunca habían escuchado a su hija hablar así. Sí, siempre le habían gustado los chicos, pero sus enamoramientos solían ser pasajeros. Que alguien viniera a pedir su mano era algo completamente nuevo.
Mientras terminaba de poner la mesa, Ana se sentó y preguntó:
—¿Y quién es este Alberto?
—Es muy bueno, un poco mayor que yo, pero me hace feliz. Trabaja transportando mercancías. Una vez me llevó a la universidad cuando llegaba tarde. Desde entonces salimos. Me dijo que nos casaríamos cuando cumpliera los dieciocho, y ya falta poco. ¿No os acordáis?
—Cariño, cálmate —dijo Ana, cansada—. Este Alberto te ha llenado la cabeza de ideas. Aún te quedan muchos chicos por conocer.
—Hija, tu madre tiene razón —apoyó Joaquín—. Debes terminar la carrera. El matrimonio puede esperar. Además, ¿estás segura de que es tu destino? Los jóvenes prometen mucho, pero…
Lucía los miró decepcionada, movió la comida en el plato sin hambre y murmuró:
—Así que así sois. Os traigo mi felicidad y no me creéis.
Se levantó y se encerró en su habitación, cerrando la puerta con fuerza.
—Bueno, ya se le pasará —dijo Ana—. Es joven e impulsiva. Nosotros también fuimos así.
A la mañana siguiente, Ana entró en la habitación y no encontró a Lucía. El armario estaba abierto, algunas prendas tiradas en el suelo. Al revisar el cajón, notó que faltaban los documentos de su hija y parte del dinero.
—¡Joaquín! —gritó, angustiada—. ¡Lucía se ha escapado y se ha llevado el dinero!
Ana se desplomó en el sofá. Su marido llamó rápidamente a una ambulancia. Temía por su corazón, que ya la había traicionado antes. La llevaron al hospital, pero afortunadamente, el ataque cardíaco no fue grave.
Cuando Ana se recuperó, intentaron llamar a Lucía, pero el número no respondía.
—¿Habrá cambiado de tarjeta? —preguntó Ana, mirando a Joaquín—. Esta vez parece que va en serio.
Pasaron semanas sin noticias. Lucía no aparecía, no llamaba.
—Joaquín, ve a la universidad —rogó Ana—. Han pasado tres meses y ni siquiera nos responde. Quizá está muy enfadada. Ve tú, yo me quedo.
Al día siguiente, Joaquín regresó de la ciudad con el rostro sombrío.
—¿Qué pasó? —preguntó Ana, impaciente.
—No está. Dejó los estudios y se fue. Sus compañeras dicen que se fue con Alberto, pero no saben adónde. No quiso decirles para que no nos lo contaran. Solo dejó un mensaje: que está muy dolida y que no la busquemos.
Ana se llevó la mano al pecho. Joaquín le dio sus medicamentos.
—No te preocupes, aparecerá —dijo él, aunque en el fondo no estaba seguro.
Ana lloraba cada día. Lucía era su única hija. Pero el tiempo pasaba, y ella no regresaba.
—Volverá —repetía Ana—, ya verás.
Joaquín asentía, pero en su corazón había perdido la esperanza.
Pasaron dos años. Hasta que un día sonó el teléfono.
—¿Es usted Ana Martínez García? —preguntó una voz masculina—. Llamo de la policía.
—Sí… es mi nombre —respondió ella, temblorosa.
—Le doy el pésame. El autobús en el que viajaba su hija cayó a un río. No hubo supervivientes. Pero el pasaporte de Lucía estaba con ella.
Así supieron que su hija había vivido lejos, en otra ciudad. Ana volvió al hospital después del funeral. Los años siguieron pasando.
Hoy habría cumplido veinticuatro.
Ana sostenía una fotografía de Lucía a los diecisiete, sonriendo, recién graduada del instituto. Seis años sin ella, y el dolor seguía ahí, latiendo en su pecho.
—Ana, no tortures tu corazón —dijo Joaquín—. Nuestra hija no volverá, pero debemos seguir viviendo.
Se preparaban para visitar su tumba cuando el teléfono sonó de nuevo. Un número desconocido.
—¿Es usted Ana Martínez García? —preguntó una vocecilla infantil, parecida a la de Lucía.
—Sí… ¿quién eres?
—Soy Daniel Martínez, su






