¿Por qué no me encontraste antes?

—¿Por qué no me encontraste antes?

Ese día Borja se quedó hasta tarde en la oficina. El director estaba de viaje, la secretaria sólo volvería de baja mañana, así que le tocó a él mismo tramitar los papeles del nuevo contrato, que prometía muy buenos euros. Irene, su mujer, le llamó dos veces, con una voz que sonaba a reproche, preguntando dónde estaba y temiendo tener que cenar sola y además cocinarla. Ir a un restaurante ya no le apetecía.

—Tranquila, Irene, a veces vale la pena ponerse el delantal, no vas a acabar como la suegra con mil quehaceres —pensó Borja con una sonrisa.

El edificio de la empresa ya estaba vacío, las puertas de los despachos cerradas, salvo una al final del pasillo.

—¿Alguien más se ha quedado? —se preguntó, intrigado, y decidió echar un vistazo. Al abrir la puerta encontró a la conserje. Al oír sus pasos, la mujer de bata azul se giró:

—Buenas noches. —Borja asintió y estaba a punto de marcharse cuando algo en el rostro de la mujer le llamó la atención.

—Buenas noches. —respondió la conserje en tono bajo, apoyada en la fregona.

A Borja se le quedó grabado en la cabeza:

—¿Nuria?

—Nuria —confirmó la conserje sin apartar la mirada.

—¡Nuria, deja de hacerse la difícil! —la agarró por la cintura e intentó besarla.

—¡Suéltame, Borja! —Nuria se retorció, alzando la cabeza y apartando la cara. —¡Déjame! —Se aferró a los brazos de él con los dedos.

—¿No ves lo que dejas pasar? —le espetó Borja, furioso. —Dinero, ropa, todo lo que quieras.

—No quiero nada de ti. No me gustas, y no quiero estar contigo —interrumpió Nuria, corriendo hacia la puerta de su habitación.

—Ya verás, lo lamentarás —le gritó Borja mientras se alejaba, y se dirigió a otra sala donde resonaban risas y el rasgueo de una guitarra. —¡Santi, sírveme! —ordenó a uno de los compañeros y se bebió de un vaso de vino barato.

A diferencia de los estudiantes que esa noche estaban de fiesta en el piso compartido, Borja no vivía en residencia universitaria; solo pasaba allí para divertirse. Había visto a Nuria el año pasado, cuando empezó la carrera de Derecho en la Universidad Complutense. Pero, a diferencia de las demás chicas que se lanzaban a sus brazos, ella nunca le prestó atención. Cuando la invitó al cine, ella le dijo que no, educadamente. Borja, acostumbrado a que todo le saliera, se enfadó. Creció con padres adinerados que le permitían cualquier capricho, y cuando se hizo mayor comprendió que las chicas también buscaban un buen partido. Por eso la invitó varias veces a restaurantes de lujo, a paseos nocturnos por la Gran Vía en su nuevo coche —un regalo de su padre por su cumpleaños—, pero Nuria siempre declinaba. Eso le sacó de quicio y empezó a seguirla.

Esa misma noche, en la fiesta del piso, Nuria, recién llegada, se cruzó con Borja en el pasillo.

Nuria había venido a Madrid para estudiar; sus padres, modestos, siempre le repetían que la educación era su única salida. Borja, con su actitud arrogante, le resultaba insoportable.

Al volver del cine con sus amigas, Nuria decidió regresar al piso. De pronto, el coche de Borja se detuvo justo a su lado.

—¿Te subes? —le ofreció con una sonrisa.

—Gracias, pero llego a pie —contestó Nuria serenamente.

—Vamos, sé que no quieres salir conmigo, pero ya está oscuro y no es seguro andar sola. —El tono de Borja le pareció amistoso, y tras dudar unos segundos aceptó.

—¡Espera, teníamos que ir a la biblioteca! —exclamó al girar.

—¿Tienes prisa? Vamos, que el camino está tranquilo. —respondió Borja con una risita.

—Sí, bájame. —exigió Nuria, sacando su móvil barato. —Voy a llamar…

—¿A quién? No te rías —le arrebató el teléfono Borja y lo lanzó por la ventana. —Te compraré otro después. —guiñó un ojo.

Nuria intentó protestar, pero el coche siguió avanzando hasta quedar a las afueras, en una zona de pinos. Allí ya no había forma de resistirse.

—Mira, compra un móvil nuevo —le tiró Borja un billete de cien euros mientras el coche se detenía frente al piso. Nuria, mirando al horizonte, le lanzó una mirada de puro desprecio.

—No te metas conmigo. Sabes a quién pertenece mi padre. —amenazó Borja.

Nuria se volvió, abrió la puerta y dejó que el dinero cayera sobre la nieve que cubría los charcos otoñales.

Sin nadie a quien contarle lo ocurrido, Nuria se encerró en sí misma y se dedicó aún más a los estudios.

—Nuria, deberías descansar, la carrera no se va a acabar sola —decían sus compañeras mientras la animaban a salir de vez en cuando.

Un día descubrió que estaba embarazada. El aborto ya no era una opción. Ideó un plan: no decir nada a nadie, ocultar el embarazo, aprobar los exámenes, no ir a casa en verano y decir que había encontrado un trabajo temporal. El parto estaba previsto para agosto. Así, sin que nadie notara su barriga bajo la ropa holgada, intentó seguir adelante, aunque temía por el futuro del bebé.

Al terminar los exámenes, Nuria se mudó a una habitación que había encontrado en una vivienda compartida en el barrio de Carabanchel. Necesitaba ingresos, y consiguió trabajo como limpiadora en una cafetería cercana. En agosto dio a luz a una niña, a la que llamó Violeta. La niña nació con parálisis cerebral, y el hospital la dio de alta al día siguiente. Nuria pasó la noche en vela, escuchando a la enfermera susurrar:

—¿Le han dicho ya a la madre?

—No lo quiere escuchar, ya ha firmado la renuncia.

Al día siguiente, la enfermera le explicó que la niña necesitaba terapias costosas. Nuria, sin recursos, se quedó con la sensación de que todo se le venía encima.

Una vecina del piso, Lidia, la encontró en el pasillo y le preguntó:

—¿Quién es esa criatura?

—Mi hija, Violeta —sollozó Nuria.

Lidia, mujer práctica y de buen corazón, la llevó a su salón y, sin pensarlo mucho, organizó una colecta entre los vecinos. Trajeron ropa, pañales, alimentos y hasta un sobre con algo de dinero.

Con el tiempo, Violeta empezó a ir a la escuela y a recibir fisioterapia. Los médicos dijeron que la operación para mejorar su movilidad costaba una fortuna, pero el sistema público tardaba años en asignar una plaza.

Diez años después, Nuria y Violeta vivían en un piso de dos habitaciones. Borja, ahora director de una empresa, se cruzó con la conserje del edificio, que resultó ser Nuria. Él, desconcertado, no sabía qué decir.

—¿Qué querías? —preguntó Nuria.

—Nada, solo quería saber… —Balbuceó Borja, sin saber cómo continuar.

Al día siguiente, Borja le pregunt

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