El apartamento estaba en silencio.
—Qué raro —pensó Íñigo al abrir la puerta con su llave—, ¿dónde estará Almudena?
Primero revisó el armario de la entrada y notó que faltaban las botines de ante beige que su mujer atesoraba, su abrigo melocotón y la bufanda de seda ligera, piezas de las que estaba tan orgullosa.
—Ya debería haber llegado del trabajo y esperarme —se dijo en voz alta, con el estómago rugiendo—. ¿Habrá preparado la cena antes de desaparecer?
Sobre la mesa había una cazuela de arroz con pollo. En la nevera encontró una ensalada de cangrejo y un compote de frutas secas.
Ni siquiera el gato salió a recibirlo; Momo, el felino, abrió un ojo perezosamente, verificó que no había extraños y volvió a bostezar, acurrucándose en un ovillo para seguir su sueño vespertino que se deslizaba sin interrupciones hacia la cena.
Moro, el otro gato, estaba siendo alimentado a intervalos; aún era demasiado pronto para que él se lanzara a la mesa, así que Íñigo aprovechó para descansar de la rutina agotadora que consistía en hacer que la vida en el piso veinte no fuera monótona.
Se cambió a ropa de casa, revisó las noticias en el móvil, echó un vistazo por la ventana, pero Almudena seguía sin aparecer.
—Vale, me dirijo a la cocina —decidió.
—No cenaré, me da pereza —pensó, apartando el plato—, me iré a mi habitación.
Allí, sin rumbo, pulsó el mando del televisor intentando encontrar algo que le interesara. El aburrimiento lo llevó a la ventana, donde descubrió una panorámica cotidiana que había ignorado: el sol descendía lentamente hacia su lecho, lanzando besos de luz a los transeúntes. Íñigo sintió como si el astro le extendiera una mano y rozara su mejilla con su cálido aliento.
—¿Dónde se habrá metido mi esposa? —se repetía sin hallar respuesta.
Momo se acercó por detrás y le rozó la pierna con su nariz fría.
—¡Miau! —miró Íñigo al gato, que parecía preguntar: —¡Tengo hambre! ¡Mi plato está vacío! —¡Apúrate, sirviente! —exclamó el felino, como si exigiera su cena.
—¿Qué haces, Momo? —gritó Íñigo, asustado por su propia voz—. Ahora te alimentaré, aunque siempre lo hace Almudena.
Con torpeza mezcló un poco de papilla con pescado en el plato del gato y lo dejó en el suelo.
—¡Come, holgazán! —le ordenó—. Y no te metas bajo mis pies, que si no, te doy una escoba por la espalda.
Momo lo miró, sin parpadear, luego olió el contenido, bufó con desdén y se dirigió a su rincón favorito: el alféizar de la ventana del dormitorio principal, donde observaba la vida del edificio a través del cristal.
—Si los gatos pudieran hablar, ¿qué dirían a los humanos? —se preguntó Íñigo—. ¿Sabría Momo dónde está Almudena? ¿Qué hará mientras no estoy?
Íñigo nunca había sido de llamar a su mujer por teléfono. ¿De qué hablarían? ¿De recetas de cocido madrileño o de sopa de setas? ¿De números y cuentas? No se le había ocurrido siquiera marcar. Pasó ocho horas sin encontrar un momento para preguntar por ella, y eso no era lo único; dormían en habitaciones distintas porque Almudena le tapaba con la colcha y le hacía pasar frío. Íñigo había decidido que dormir separado era más cómodo: nadie invadía su espacio y él no temía a la hipotermia.
Al fin tomó su móvil y pulsó los botones correctos. El teléfono de Almudena estaba sobre la mesa del salón, bajo un libro.
—¡Maldición! —exclamó, enfadado—. ¡Se fue sin su móvil! ¿Cómo pudo hacerme esto? No me llamó, no me dijo dónde estaría ni cuándo volvería.
A Íñigo le molestaban las llamadas de su mujer al trabajo, siempre contestaba ásperamente: «¿Qué quieres? Me estás interrumpiendo».
Abrió el cajón de noche y encontró unos juguetes de lana: un conejito gris de orejas largas, un gatito blanco y un patito amarillo.
—¿De dónde vienen estos? —se preguntó—. ¿Almudena aprendió a tejer? No lo sabía. Sus caras son tan divertidas que, a regañadientes, admiró su creatividad.
—¡Ojalá a Almudena no le pase nada! —repitió como un mantra, deseando que volviera pronto para jugar al ajedrez, como en sus años de juventud, y para salir a comer croissants de chocolate en la nueva cafetería del centro.
Una hora después, Íñigo y Momo miraban por la ventana. La vida bullía abajo: el vecino del pasillo conducía un coche brillante y llevaba un pastel para su esposa Lara. Más allá, vio a Zacarías del piso treinta y cuatro paseando de la mano con una mujer elegante, quizá su esposa Ángela, que parecía embarazada. Íñigo se preguntó si él y Almudena también deberían pensar en un hijo; ella llevaba tiempo pidiéndole una familia.
Momo olfateó una orquídea en el alféizar, suspiró melancólicamente y siguió vigilando su puesto, rehusándose a cenar sin su dueña.
Íñigo acercó una silla a la ventana y se sentó, sin apartar la vista del horizonte, esperando que la figura de Almudena apareciera.
—Debería llamar a sus compañeras o a sus amigas para averiguar dónde está —pensó—, pero no tengo ningún número de contacto. Nunca he anotado los teléfonos de gente que no me interesa.
Solo deseaba saber que ella estaba bien, viva y sana. Ese era su mayor anhelo, aunque nunca antes le había ocurrido pensar así.
—¿Podría haberme dejado? —se angustió—. ¿O quizás ha encontrado a otro? ¿Me ha abandonado por el gato hambriento?
Al fin, la noche se hizo profunda y el silencio se volvió inquietante.
—¿Debo ir a la policía y decir que mi esposa ha desaparecido? —se preguntó mientras miraba por la ventana.
Pasaron otras cuatro horas sin noticias. Íñigo, inquieto, se cambió de ropa y se dispuso a buscarla. De repente, Momo saltó del alféizar y corrió hacia la puerta principal, maullando a todo trapo y arañando la madera.
Íñigo salió al pasillo justo cuando alguien giró la llave.
Almudena apareció en el umbral, empapada y






