La manzana de la discordia
El marido nunca la visitó en el hospital materno, ni una sola vez se dignó a llamarla. Fue la madre de Catalina quien, con discreción y sin ceremonias, la recogió del centro de salud de Valencia.
Catalina había anticipado mentalmente esa situación, pero aun así le resultó doloroso, no por ella misma ya se había acostumbrado a los agravios durante el embarazo sino por el pequeño hijo que llevaba en el vientre, tan esperado y deseado, y que el mundo le recibía con tanta frialdad.
Hasta el último momento, Catalina albergó la esperanza de que su esposo mirara al bebé y sintiera, en lo profundo, el lazo de sangre, reconociendo en él una extensión de sí mismo; pero él se negó a contemplarlo.
Llevaban doce años de matrimonio, una época que ella consideraba feliz, un vínculo de alma a alma. La diferencia de edad era de quince años, pero nunca les supuso impedimento. Catalina conoció a Leonardo en el Departamento de Planificación Económica, justo después de graduarse de la Universidad de Sevilla. Él había tenido un matrimonio fallido y no tenía hijos. Leonardo la rodeó de atenciones y cuidados, la cortejó con elegancia y pronto contrajeron matrimonio. Catalina no podía estar más feliz de haber encontrado a un marido tan inteligente, trabajador, bondadoso, guapo y justo.
Sin embargo, el rasgo que más ensombrecía su vida era la tendencia de Leonardo a la justicia excesiva, casi de confrontación. En el fondo, Catalina percibía que su sentido de la justicia lo convertía en un polémico, pero ya era demasiado tarde para intentar reformarlo. No podía mantenerse en un solo puesto; a veces se llevaba mal con el jefe, a otras insultaba a cualquiera sin importar el rango, o rehusaba cumplir exigencias que consideraba desorbitadas. Cambiaba de empleo con frecuencia; en ocasiones estuvo mucho tiempo sin trabajo mientras Catalina percibía un salario estable. Ella, a diferencia de él, permaneció en la misma empresa, ascendiendo con los años hasta convertirse en subdirectora del área, y su sueldo le alcanzaba para todo.
Catalina deseaba con vehemencia un hijo, pero la fertilidad le fallaba. Acudían a médicos, ambos estaban sanos, pero los niños no llegaban. Cuando la esperanza ya se había desvanecido, la milagrosa noticia llegó: ¡estaba embarazada!
Cuando le contó la alegría a Leonardo, su reacción la aniquiló. Con una odio palpable, le declaró que no quería aquel niño, que a sus cincuenta años no deseaba convertirse en un papá joven ni cargar con ese peso. Quiero una vejez tranquila. ¿Has pensado en cómo vamos a vivir? Nos condenas a la pobreza. Yo ya no gano lo suficiente para manteneros. Buscar curros extra ya no es para mi edad, replicó.
Leonardo puso a Catalina ante una disyuntiva: si ella mantenía al bebé, él la abandonaría sin pensarlo, pues el piso les pertenecía a él. Catalina quedó devastada. Después de tantos años a su lado, escuchar tal cosa la dejó helada. Ya había notado que él no apreciaba a los niños, pero nunca imaginó que reaccionaría así ante su propio hijo. Fue una sorpresa total y una quiebra del sueño familiar.
Intentó, durante un tiempo, abrirle los ojos, sin éxito. Sus constantes burlas sobre la locura de una mujer y su sarcasmo con respecto a su malestar (¡así te lo mereces, culpa tuya!) la agotaron. La madre de Catalina vivía sola, y ella se mudó al hogar materno. Leonardo desapareció de su vida como si nunca hubiese existido; no llamaba, no aparecía, y justo antes del nacimiento le entregaron una citación judicial: él había presentado la demanda de divorcio. El proceso se aplazó, pero el trámite de separación se avecinaba.
Catalina nunca se arrepintió de haber desobedecido a su marido y haber dado a luz a su hijo. Él deseaba una vejez apacible; que la tenga. Ella, aún joven, podrá criarlo y ofrecerle un futuro.
Así termina esta historia, donde el hijo se convirtió en la manzana de la discordia. La creencia popular sostiene que los niños fortalecen el vínculo familiar, pero, como se ha visto, a veces ocurre lo contrario. La verdadera lección es que la felicidad no depende de la aprobación ajena, sino de la valentía de seguir el propio corazón, aunque ello signifique romper con quien nos quiera detener.





