Me dejó con tres hijos y unos padres ancianos para huir con su amante.

Me dejó con tres hijos y unos suegros mayores para huir con su amante.
Sí, así de claro. Se piró a Italia con otra mientras yo me quedaba al cargo de todo.

No pude evitarlo.
Todo empezó el día de mi cumpleaños.

Por entonces vivía en un pueblecito de Zamora, sin un duro, y en los escaparates de Valladolid había tantas cosas bonitas que no sabía dónde mirar.

Sobre todo, unas sandalias de tacón me volvían loca.

Me quedé mirándolas, imaginándomelas puestas, paseando por la Plaza Mayor y que todos se giraran al verme…

Hasta que alguien me dio un codazo suave.

Al volverme, había un hombre sonriéndome.

Bonitas, ¿eh? dijo, señalándolas con la cabeza.
Sí… suspiré, sin apartar los ojos del escaparate.

Tomemos un café. Si te las compro, ¿aceptas una cita?

Sabía que parecía una pardilla, pero en ese momento me daba igual.

Vale contesté.

Quería ese regalo. Quería sentirme especial, aunque fuera una noche.

Nos sentamos en una cafetería, me invitó a un trozo de tarta de Santiago y empecé a contarle mi vida.

Le dije que mis padres habían fallecido.

Era medio cierto.

A mi padre lo enterré de verdad, pero a mi madre…

A mi madre la “enterré” en mi cabeza de pequeña, porque me abandonó siendo un bebé.

Se lo solté así, con drama incluido, para dar pena.

Y funcionó.

Así empezó todo.

Iba cada vez más a la ciudad y quedábamos.

Se llamaba Alejandro. Me acogió en su casa, me llenó de atenciones.

Primero las sandalias, luego vestidos, joyas, perfumes caros…

Pero no, no me hice su amante por los regalos.

Le quería.

Creí que él también me quería a mí.

Pero era ingenua.

Metí la pata y me quedé embarazada.

Esperaba de todo: “Tenemos que dejarlo”, “Allá tú”, “Hazte un aborto”…

Pero me dijo otra cosa:

Vente a vivir conmigo. Criaremos a este niño juntos.

No me lo podía creer.

*Madre mía, qué suerte tengo.*

Nos casamos.

Pensé que por fin la vida me sonreía.

Hasta que un día llamaron a la puerta.

Abro y casi me desmayo.

En el umbral estaba mi madre.

Con una bolsa de cocido madrileño, como si nada.

Un vecino le había chivado dónde vivía.

Quería reconciliarse.

Y Alejandro descubrió la verdad.

Vio que le había mentido.

Y su amor se esfumó en dos segundos.

Me gritó, me llamó “paleta mentirosa”, preguntó si mi padre iba a salir de la tumba ya que borraba a la gente de mi vida así como así.

Y nos echó a la calle.

A mí, a mi madre y a su cocido.

*Otra vez me la cuelo.*

Volví con mis abuelos.

A mi madre la mandé a paseo.

Y me quedé sola con mi hijo.

Pero Alejandro regresó.

Vuelve conmigo dijo. Tenemos un hijo.

Y le creí.

*Ilusa de mí, pensando que el amor lo cura todo.*

Pero no me llevó a su piso.

Nos instalamos en la antigua casa de sus padres, dos ancianos que necesitaban cuidados.

Acepté.

Lo hacía todo por él, por sus padres, por nuestro hijo.

Luego volví a quedarme embarazada.

Un día discutimos y me soltó con rabia:

¡No olvides que aquí solo eres una invitada!

Me dolió más que un navajazo.

Y aun así me quedé.

*El amor todo lo puede, ¿no?*

Cuando nació el segundo, dijo que andaba mal de dinero, que su negocio había quebrado.

Ahora éramos iguales: yo no tenía nada, él tampoco.

Llegó el tercero.

Pensé que ya nada cambiaría, que estaríamos juntos pase lo que pase.

Empezó a trabajar más horas. Salía temprano y volvía tarde.

Creí que se esforzaba por la familia.

No vi que todo se desmoronaba.

*Italia: un billete para una nueva vida… pero no para mí.*

Un día anunció:

No puedo seguir así. Aquí no hay futuro. Me voy al extranjero.

Se lo creí.

Estaba agotado, hundido, sin fuerzas.

Hasta acepté que se fuera, que probara suerte fuera.

Pero luego descubrí la verdad por casualidad.

En el aeropuerto había dos billetes para un vuelo a Roma.

Uno a su nombre.

Y otro a nombre de una mujer con la que llevaba años liado.

Lo entendí todo.

Pero no pude pararlo.

Se fue.

Y me quedé yo.

Con tres hijos.

Con sus padres, que ya eran como míos.

En una casa vacía y un corazón lleno de dolor.

No sé cómo seguir ahora.

Solo espero que algún día duela menos.

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El viento de los cambios