El Padre de Siyana: Querido niño, estés donde estés, ayuda a Cris y a Martí a volver a la vida

El padre de Lucía: Querida niña, estés donde estés, ayuda a Cristina y Martín a volver a la vida
Antonio López, padre de Lucía, quien falleció en un trágico accidente con un camión, compartió un emotivo mensaje en redes sociales pidiendo apoyo para la familia atropellada por una furgoneta en la costa del Sol.

El pequeño Martín sigue sin despertar tras el brutal impacto, mientras que su madre, Cristina, de 35 años, se encuentra en muerte cerebral. Ambos están en la UCI del hospital universitario de Málaga, donde los médicos luchan por sus vidas.

Esto fue lo que escribió Antonio López:

“Mi querida niña, estés donde estés, ayuda a esta buena gente. Necesitan bondad. Ayúdales, Señor, a Cristina y a Martín a volver a la vida. Amén.”

“Queridos españoles, cristianos, musulmanes, judíos todos los creyentes. Les escribo con súplica y esperanza. Ayer estuve con la familia de Cristina y Martín, gente humilde y trabajadora.

En mis pensamientos y acciones, estoy con ellos. Comprendo y siento su dolor mejor que nadie”, escribe el padre afligido, compadecido de la tragedia que viven.

Y hace un llamado sincero: “Recen por esta familia, sea en una iglesia, mezquita o sinagoga. Dios es uno, aunque tenga muchos nombres. Hay una fuerza que mueve el mundo. No importa cómo la llamemos ni en qué creamos. Todos somos españoles, sin importar religión, raza u origen. Todos somos personas.”

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El Padre de Siyana: Querido niño, estés donde estés, ayuda a Cris y a Martí a volver a la vida
¿TÚ ERES MI FELICIDAD? La verdad, nunca pensé en casarme. Si no fuera por el empeño de mi futuro esposo, seguiría siendo como un pájaro libre. Artem, como una polilla loca, revoloteaba a mi alrededor, no me perdía de vista y buscaba complacerme en todo, cuidando cada detalle… Al final, me rendí. Nos casamos. Artem rápidamente se volvió alguien casero, cercano y familiar. Todo era fácil y cómodo con él, como estar en zapatillas de andar por casa. Al año nació nuestro hijo, Sviatoslav. Mi marido trabajaba en otra ciudad y solo venía a casa una vez a la semana, siempre trayendo dulces para Sviatik y para mí. Durante una de sus visitas, al revisar sus bolsillos antes de hacer la colada (ya era costumbre, después de dejar secar sus carnés de conducir una vez), encontré un papel doblado en cuatro. Lo desdoblé y leí una larga lista de material escolar (era agosto). Al final, con letra infantil, ponía: “Papá, ven rápido.” ¡Vaya manera de entretenerse la de mi marido! ¡Polígamo! No monté una escena; cogí el bolso, a mi hijo (Sviatik apenas tenía tres años) de la mano y nos fuimos a casa de mi madre. Por un tiempo largo. Mi madre nos dio una habitación: -Vivid aquí hasta que os reconciliéis. Me empezó a rondar la idea de vengarme de mi desagradecido marido. Me acordé de mi antiguo compañero de clase, Román. Con él sí que iba a montar “una aventura”. Siempre había estado detrás de mí desde el colegio. Le llamé. -¡Hola, Román! ¿Aún no te has casado? – empecé con sutileza. -¡Nadia! ¡Hola! Eso da igual, casado-divorciado… ¿Nos vemos? – se animó Román. Mi aventura no planeada duró medio año. Artem cada mes daba la pensión a nuestro hijo. Se la entregaba en mano a mi madre y se marchaba en silencio. Sabía que mi marido vivía con Katia Evseeva. Ella tenía una hija de un primer matrimonio y le obligó a la niña a llamar a Artem “papá”. Todos vivían en el piso de Artem. Cuando Katia se enteró de que me había ido, se mudó enseguida con la niña desde otra ciudad. Katia adoraba a Artem: le tejía calcetines y jerséis, cocinaba rico y abundante. Todo esto lo supe después. Toda la vida reprocharé a mi marido lo de Katia Evseeva. Pero en aquel entonces pensaba que nuestro matrimonio ya estaba terminado, que había fracasado. …Sin embargo, al quedar para un café (a punto de firmar el divorcio), a mí y a Artem nos invadieron los recuerdos hermosos. Artem me confesó su amor eterno y pidió perdón. Decía no saber cómo librarse de la insistente Katia. Me dio pena. Nos reconciliamos. Por cierto, mi marido nunca supo lo de Román. Katia, con su hija, se fue para siempre de nuestra ciudad. …Pasaron siete años de feliz vida familiar. Entonces Artem tuvo un accidente de tráfico; varias operaciones, rehabilitación, caminar con bastón. La recuperación llevó dos años. Todo eso le dejó agotado y empezó a beber en exceso. Se volvió otra persona, y nos hacía sufrir mucho a mí y a nuestro hijo. No aceptaba ayuda de nadie. En mi trabajo apareció un “paño de lágrimas”, Pablo. Me escuchaba en la sala de descanso, paseaba conmigo después del trabajo, me consolaba y animaba. Pablo era casado y su esposa esperaba su segundo hijo. Ni yo misma entiendo cómo acabamos en la cama. Absurdo. Era una cabeza más bajo que yo, menudo, y para nada mi tipo. ¡Y así empezó! Pablo me llevaba a exposiciones, conciertos, ballets… Cuando nació su hija, puso freno a las salidas. Se marchó de la empresa y encontró otro trabajo. Quizás pensó: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. No reclamé nada y le dejé volver a su familia con facilidad. Sólo me ayudó a superar mi dolor. No iba a entrometerme en el amor de otros. Mi marido seguía perdido por el alcohol. …Pasados cinco años, Pablo y yo nos encontramos y me propuso matrimonio en serio. Me dio la risa. Artem logró recomponerse brevemente y se fue a trabajar a la República Checa. Yo, mientras tanto, fui una esposa ejemplar y madre atenta, dedicada por completo a mi familia. Artem regresó al medio año. Reformamos el piso, compramos electrodomésticos. Por fin arregló su coche. Todo era para disfrutar y ser felices. ¡Pero no! Mi marido recayó y volvió a beber. Fueron años de auténtico infierno. Los amigos lo llevaban a casa, incapaz de andar solo. Muchas veces yo recorría el barrio buscándolo, lo encontraba tirado en algún banco, con los bolsillos vacíos, y lo arrastraba a casa. Me las vi de todos los colores. …Y así, una primavera, estaba yo melancólica en la parada de autobús. Las aves cantaban, el sol brillaba y yo no podía alegrarme de esa fiesta de abril. De pronto, alguien me susurra al oído: -A lo mejor puedo ayudarle con su tristeza. Me giré. ¡Madre mía! ¡Qué atractivo y perfumado! Y yo, ya con 45… ¿Seré una “fruta madura” otra vez? Me puse tímida como una jovencita. Por suerte, llegó el autobús y subí deprisa. Mejor, lejos de la tentación. El hombre me saludó con la mano y esa jornada sólo podía pensar en él. Me hice la dura un par de semanas… Pero Egor (así se llamaba) era implacable, como un tanque, derrumbando mi resistencia. Me esperaba todas las mañanas en la parada. Iba mirando de lejos si mi “galán” estaba. Al verme, me lanzaba besos con una sonrisa. Un día trajo un ramo de tulipanes rojos. -¿Y qué hago yo con flores a primera hora en la oficina? Las chicas me delatan enseguida, seré culpable sin motivo. Egor sonrió: -Uy, no pensé en esos “terribles” efectos. Regaló el ramo a una abuela que lo miraba todo con atención. ¡La señora rejuveneció! “Gracias, hijo, te deseo una amante apasionada!” Me puse colorada por sus palabras. Menos mal que no me deseó una amante jovencita, ¡me habría hundido! Egor continuó, mirándome: -¿Y si nos dejamos llevar, Nadia? No te arrepentirás. La propuesta era tentadora y oportuna. De mi marido, en ese periodo, ni hablar; yacía como un tronco inerte en la cama, atrapado por la bebida. Egor era no fumador, abstemio, ex deportista (57 años), y gran conversador. Divorciado. Tenía un magnetismo especial. Me lancé de cabeza a esa aventura pasional, que fue un remolino de deseo. Tres años viviendo a salto entre mi casa y Egor. Mi alma se extravió. No tenía fuerzas ni deseos de parar. Cuando por fin quise terminar, no pude. Como dice el refrán: “La muchacha echa al mozo, pero el mozo no se va.” Egor ganó mi cuerpo y mi alma. Es bien sabido, “el producto se ama, la razón se marcha.” Cuando Egor estaba cerca, me faltaba la respiración. Me olvidaba de todo. Pero sabía que esa pasión no me traería nada bueno. No era amor lo que sentía por Egor. Llegaba agotada a casa (tras el amante fogoso) y solo quería abrazar fuerte a mi marido. Aunque estuviera borracho perdido, oliera mal, pero era tan mío, tan puro… ¡Mi trozo de pan me sacia más que los pasteles ajenos! Sentía que esa era la verdad de la vida. Y que “pasión” viene de “sufrir”. Ya sólo quería terminar de sufrir por Egor y volver a mi familia en paz, no seguir distraída en placeres. Pensaba así mi mente, pero mi cuerpo quería el abismo dulce. Aún estaba atrapada en esa llama que todo lo consumía. No conseguí controlarme. Mi hijo sabía como era todo lo de Egor. Nos vio juntos en un restaurante, cuando fue con su novia. Tuve que presentarles. Se dieron la mano, y ya está. Por la noche, Sviatoslav me miró y esperó una explicación. Yo me hice la graciosa: que era un colega que me invitó a hablar de un nuevo proyecto. “Sí, claro… en un restaurante,” – asintió el hijo. No me juzgó. Solo pedía que no me divorciara de papá. Aunque todo apuntaba a que sí. Tal vez, pensaba, papá recupere la razón. Me sentía una oveja perdida, desorientada. Mi amiga, divorciada y experimentada, me decía: “¡Manda al diablo a esos amantes y tranquilízate!” Le escuché. Ella ya estaba con su tercer marido. Pero fue sólo con la lógica; paré realmente cuando Egor intentó levantarme la mano. Ahí estaba el límite. No en vano mi amiga avisó: -“El mar está tranquilo mientras pisas la orilla…” Se me cayeron las vendas de los ojos, ¡por fin veía color! Tres años de tormento. ¡Uf! ¡Libre! Llegó por fin la ansiada paz. Egor aún me perseguiría un tiempo, aguardando en todos lados, pidiéndome perdón de rodillas… Yo me mantuve firme. Mi amiga me abrazó y me dio una taza que ponía: “¡Eres una mujer sensata!” En cuanto a Artem, él sabía todo sobre mis aventuras. Egor le llamaba y le contaba. Mi amante estaba convencido de que yo me iría de casa. Artem me confesó: -Cuando escuchaba los cuentos de tu galán, quería morirme en silencio. Al fin y al cabo, todo es culpa mía. ¡Yo perdí a mi mujer! Elegí el vino antes que a ti. Idiota. ¿Qué podría decirte? …Desde entonces, han pasado diez años. Artem y yo tenemos dos nietas. Un día estamos juntos tomando café. Miro por la ventana. Artem me toma suavemente la mano y dice: -Nadia, no mires a otro lado. Yo soy tu felicidad, ¿lo sabes? -Claro que lo sé, mi único…