Un jubilado encontraba cada día una barra de pan fresco envuelta en plástico en su porche: no sabía de dónde venía, y cuando acudió a la policía, quedó horrorizado

Todas las mañanas, exactamente a la misma hora, el jubilado Antonio López salía al porche de su casa en Sevilla y encontraba el mismo regalo extraño: una barra de pan recién hecha, envuelta en plástico. El envoltorio tenía una etiqueta brillante con el nombre de una panadería desconocida. El nombre sonaba peculiar, como si viniera de otro lugar, y al anciano le daba la sensación de que algo no cuadraba.

La primera vez pensó que quizá eran sus vecinos, que habían notado su soledad y querían ayudarle con algo de comida. Se sintió conmovido, pero aún así no se atrevió a comer el panalgo en su interior le decía que los regalos gratuitos nunca son casuales.

Al día siguiente, lo mismo: la misma barra, el mismo envoltorio, en el mismo sitio. Entonces sospechó que podría ser algún programa nuevo de asistencia social para jubilados. Pero lo extraño era que nadie le había avisado, ni sus vecinos ni ninguna institución.

Para el tercer día, los nervios de Antonio ya no aguantaban más. Le inquietaba todo: la puntualidad, el origen desconocido del pan. Cogió la barra y fue a la panadería más cercana.

¿Son ustedes los que me dejan el pan? ¿Es alguna promoción nueva? preguntó a la dependienta.

Ella lo miró como si estuviera loco.

No, señor, aquí no hacemos reparto a domicilio. Vendemos el pan, no lo regalamos respondió secamente.

Antonio salió aún más confundido. Cuanto más pensaba, más miedo le daba. ¿Y si el pan estaba envenenado? ¿Y si alguien quería hacerle daño?

Al cuarto día, decidió actuar. Sacó una vieja cámara que usaba en reuniones familiares y la colocó para grabar el porche. Cuando revisó las imágenes por la mañana, el corazón le dio un vuelco. En la pantalla se veía claramente: un dron se acercaba sigiloso a su casa a las cuatro de la madrugada, se detenía frente al porche, dejaba caer el pan con cuidado y se marchaba volando.

Las manos le temblaban. Esto no eran los vecinos ni los servicios sociales. Era algo mucho más inquietante.

Con la grabación en mano, fue a la comisaría. Al mostrarla, apenas podía explicarse. Los policías se miraron entre sí, y uno de ellos soltó una risa incómoda.

Vaya, don Antonio, ha caído en un experimento.

Resultó que una empresa emergente estaba probando un nuevo sistema de reparto de pan, y su dirección había aparecido por error en su base de datos. Todo porque, días atrás, mientras Antonio intentaba ver el tiempo en su móvil, había pulsado sin querer un anuncio y contratado una suscripción mensual.

Ni siquiera recordaba haberlo hechotodo había parecido un simple error al tocar la pantalla. Pero ahí estaba, con un pan misterioso cada mañana.

Le devolvieron el dinero y cancelaron la suscripción, pero la inquietud no se fue. La barra de pan que tenía en casa jamás la probó; algo en ella le parecía demasiado siniestro.

Moraleja: En un mundo donde la tecnología avanza sin pausa, a veces lo más simplecomo un pan en el porchepuede sembrar más dudas que respuestas. Hay que estar atentos, porque no todo lo que llega sin pedirlo es un regalo.

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